martes, 30 de julio de 2013

Patricia Aguirre (Fragmentarium) V.- Los Extremos de la Excentricidad Por Alberto Espinosa


(Fragmentarium)
V.- Los Extremos de la Excentricidad



   El arte de Patricia Aguirre tiene el don de penetrar del otro lado del espejo, para mostrarnos el revés de las cosas, donde por razón de sus veladuras, de su virado cromatismo y dislocadas matizaciones logra asomarse al reino de lo invisible, de lo irracional o del presentimiento. En un de sus registros, desfilan por su aleph iconográfico una serie de figuras revulsivas u ominosas, de tétricos emblemas de la comunicación de masas hollywoodense y su fábrica de horrores, cuyo particularismo, empero, nos sitúa abiertamente en la ambigua frontera postmoderna, haciéndonos sentir la atmósfera de sus terrores colectivos –dejando filtrarse, sin embargo, una ambigua sensación de claustrofobia regional, tramada con las tensiones del ostracismo propio del aislamiento provinciano y de una extraña combinación donde se superponen las areniscas sedientas y coléricas del salitre con las aguas añubladas y cenagosas del estancamiento.
   Retrato, pues, del mundo moderno, poblado por hombres sacados de centro, debido tanto a su excentricidad y como a su extremosidad, los cuales son guiados, no tanto por la razón que define esencialmente al ser humano o por sus propiedades o exclusivas humas derivadas de ella, sino por tendencias e impulsos más apremiantes de su voluntad  y sobre todo por sus instintos. Registro de la edad contemporánea, pues, que pone de manifiesto cómo es que han ido quedado desarticulados los goznes de su arquitectura psíquica y sociológica, hasta quedar sus mismos goznes desquiciados por razón de la presión histórica, que presenta en cada generación normas morales más relajadas, agudizando la tendencia a la decadencia y al declive moral, desembocado finalmente en una especie de oscuro paganismo desenfrenado, donde la abundancia de pecados incita a ser adoctrinados por los demonios –creando la atmósfera desenfadada y colorística del pop art una especie de festivo y perturbador trasfondo apocalíptico.
   Retrato, pues, de la presión histórica de nuestra edad, donde las potencias inhumanas encaminan a la humanidad toda, por medio de los medios masivos, en la dirección de una libertad descendente, fundándose en una idea psico-biológica del hombre que lo afirma como cosa encadenada a la necesidad o a una función orgánica dominante. Mundo de irracionalismo extremo, plagado por los chancros de la simulación y la frivolidad, que en un culto creciente engullen a los sujetos en la disgregación social y la dispersión psíquica, dando por resultado una caterva de almas atormentadas hundidas en la desesperación. Expresión del peligro de la novedad estética también, que lleva en su farándula y estilización de las formas al extravío de los caminos y de las orientaciones dadas por la tradición, para hacer circular al hombre en el gélido circuito de un campo devastado y sin raíces. Peligro radical y extremo que corre el ser humano cuando la existencia reclama la prioridad sobre la esencia al ser sólo de hecho y sin razón de ser o cuando se es pudiendo más bien no ser -cuando por inducción o por imprudencia se interna con temblor por las oscuras veredas del bosque existencialista -que no llevan a ninguna parte.
   Mundo que mirado desde un punto de vista socio-cultural, revela s u sin sentido en una serie de actitudes agresivas, en cierto modo avaladas por el establecimiento de una civilización interesada en validar la moral del abuso y de la fuerza, dando a colación una realidad que automáticamente promueve y codifica formas socialmente aceptadas de hostilidad hacia el prójimo, que van de la fingida indiferencia, ya sea como ausencia de relación o como forma simbólica de despreciar al prójimo, a la cínica dominación –pasando por la inducción, el adoctrinamiento y el omnipresente chantaje moral o sentimental. Crítica, pues, a las viciadas matrices de la organización social misma, donde disimuladamente se propone que es más digno ser fuerte que ser deseable, llevando con ello el agua del prójimo al molino de la fuerza donde el león prepara su despótica tajada. Mundo de la complacencia sorda en la dominación y el ejercicio del sometimiento, pues, donde abiertamente se humilla y desprecia el mundo del valor y de la significación, reduciendo al ser humano a los mecanismos básicos de la animalidad, exhibiéndolo como un puro ser biológicos, para luego destilar, como un veneno, una moral de la sumisión recortada de acuerdo a los patrones insensatos de las mecánicas del inconsciente.
   Así, el collage, barroco por la saturación de imágenes que contrarresta la sensación del horror producida por el vacio, nos muestra, en base al gusto por el color, la observación y el detalle, un recorrido que desciende por las escalinatas del deseo cuando éste ha perdido ya la libertad, convirtiéndose entonces la obra en una exploración de la psique oscura envuelta por el viento maniático y enemigo de las leyes que sordamente silba para extraviar al hombre, detectando así todo lo que hay de engañoso fetiche en la “belleza convulsiva” del vanguardismo contemporáneo, expresando todo ello en términos de figuras y tonos sentimentales a medio camino de la angustia y la estridencia.
   Visión del lado negativo de la libertad, pues, donde los desequilibrios y la absorción de la luz que hay en mal nos conduce al mohoso poso sin fondo del irrespeto o de la  insolencia –y en cuyas gélidas lozas rebotan en esquirlas los reflejos de la conciencia desgarrada, encerrada por el peso grave de la falta de no querer el hombre asumirse como espíritu, de negar en el alma humana su componente radical,  que es su esencia divina, desterrándose con ello el hombre de su propio huerto cultivable y de su pequeña porción de paraíso. Experiencia de la libertad negativa, es verdad, que equivale no a una expansión del espíritu, sino a la hinchazón de un vacío, que no es tampoco la experimentación del futuro realizándose, sino la visión enturbiada de la chisporroteante cauda en el comenta hundiéndose fantásticamente en lo posible y donde lo que se manifiesta es la profunda irrealidad del mal.
    Patricia Aguirre se sirve entonces de una serie de figuras para dar cuenta de las presiones sociales y las distorsiones psíquicas de nuestra época, las cuales, como una enfermedad mental colectiva, alejan de la verdadera ruta a los iniciados, quienes lejos de encontrar las puertas últimas o la salida del laberinto, acaban por perderse en lugares ocultos o quedar encerrados en prisiones perpetuas, condenados por sus imprudencias, enredados por sus errores inextricables, para sufrir las penas correspondientes a sus irreflexivos extravíos o a su loca temeridad.

   Retrato de la crisis de nuestro siglo, pues, donde tras el grito de angustia rebotando en el espejo vemos tambalearse al mundo en torno al darse el sólito fenómeno de la escisión del yo y del alma desdichada, mostrándose las esencias sociales mismas como caducas. Disolución del yo que sólo puede engendrar en sus dobleces, pliegues y repliegues, los chispazos esporádicos de un fuego mojado, para enturbiar y quemar en su impotente fricción el agua tibia. Relato de un viaje iniciático por un mundo poblado de simuladores, disfraces y fantasmas, donde los centros claros de poder espiritual han quedado ensombrecidos por el ajetreo mecánico de las válvulas sociales, en una efervescencia mecánica que tienta con arrojarnos a sus pies al ahuyentar al amor, la inteligencia y la bondad o al perseguir a la belleza y a la verdad con único fin de degradarlas.



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