lunes, 29 de julio de 2013

Paty Aguirre (Fragmentarium) IV.- El Laberinto del Inconsciente Por Alberto Espinosa


(Fragmentarium) 
IV.- El Laberinto del Inconsciente


   La principal dificultad con la tropieza la mirada de la artista es el entramado de un mundo donde reinan los símbolos ficticios e invertidos que inevitablemente, como los ídolos de barro, conducen a la angustiante zozobra del inmanentismo o a las excrecencias de las místicas inferiores, en una especie de locura cultivada por un mundo dirigido por fuerzas inhumanas, oscuras, no creadoras. Ante tales escollos existenciales Patricia Aguirre se decide por la alternativa de levantar la orografía de los nuevos territorio al describir a sus figuras más emblemáticas, realizando con ello una exploración para descubrir sus sombríos abismos morales que, como en los mapas antiguos, aparecen en la geografía estética contemporánea como una serie de manchones blancos, ostentando la cruda leyenda “Hic sunt leones” (“Aquí hay leones”).
   La revista va de los posesos y asesinos fríos y calculadores que dan la nota roja a la prensa cotidiana a los manipuladores profesionales, chantajistas y farsantes de toda laya. Su nota común  no es otra que la frialdad de la voluntad y el endurecimiento consecuente de su querer, de su voluntad, desviada en la dirección de reducir al otro y controlarlo, para plegarlo a sus deseos, acabando la víctima por plegarse inconscientemente a sus deseos ser, al no poder pensar ni ser por sí misma, siendo así finalmente o adocenada entre las filas del rebaño o utilizada para los fines disímbolos del criminal en turno, quien manipula los factores emocionales mediante acuñados sofismas y técnicas perversas diseñadas para lograr la sumisión y el servilismo. Se dan cita entonces una serie de figuras, cuya caravana nos va hablando de las personalidades destructivas y socialmente disolventes que gozan del ejercicio de la fuerza; de los tipos humanos que encarnan personalidades ambiciosas, audaces, cuya astucia e inteligencia se retuerce en el sentido del egoísmo desmesurado y los placeres narcisistas que reducen al otro a la impotencia o a la labilidad emocional, para lograr así que se incline y lo reverencie. Voluntades férreas, superiores según el orden de la bajeza y la vulgaridad, quienes debilitando la voluntad del prójimo y resquebrajando sus sentimientos mediante un sistema elemental de premios, castigos e intermitentes sobajamientos y amenazas corporales y psicológicas, logran que la víctima obedezca su voluntad y termine por imitarlos, llevándola así a una evidente complicidad en el mal. Hombres inmorales o insensibles cuya libertad descendente invade la personalidad del paciente, dando cuenta con ello del malsano triunfo que hay en la obediencia nocturna, cuya contaminación en la degradación moral conduce finalmente a envolver y amarar a la victima con fuertes hilos psicológicos a la esclavitud del pecado. Así, el ámbito que rodea al fenómeno del miedo se presenta en lo que tiene también de lucha intestina por establecer una jerarquía invertida, por elevarse, por ser más o en algún sentido mejor que los otros criminales, ya ostentando como un negro clavel el verde gargajo en la solapa, ya subiendo con la piedra rodante a la desolada cumbre resbaladiza de Sísifo.



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