lunes, 22 de mayo de 2017

Hipnosis Por Alberto Espinosa Orozco


Hipnosis
Por Alberto Espinosa Orozco


El polvo suelto levantado en torbellinos
asecha en las equinas empujado
a su desordenado confín sin titubeos
los desechos desgastados por las horas;

El polvo de oro ya quemado por el tiempo
ahogado por el peso de las sombras
residuo de hojarasca vuelto harapo,
sucio trapo devastado, agónico, exhausto
desmayado como un manto gris sobre el asfalto.

El viento turbio enemigo de las leyes,
el viento estrábico que silba airado,
bobino obtuso que acomete el otro lado
de las horas, acosa al tiempo hueco
como a una cáscara reseca para hollarlo
con su pelambre pútrido de musgosos hongos;

Insistente torbellino maniatado
arrojado en su manía repetitiva
 a la ruinosa ciudad abandonada
que levanta al polvo de su letargo 
invadiendo los rincones sin memoria
desangrados de su sabia de recuerdos.

el viento sordo, que malamente apuesta
a ser silbido obtuso de su propio vacío sin escondite,
desbarata los nítidos perfiles en su rencor de hielo
recorriendo incesante las vidrieras por las calles
de la ciudad amortajada, olfateando a su presa
en su bufido con las narices pegadas contra el suelo
llevando en el seno de su hueco una malignidad.

El viento contrario del oeste obtuso,
filoso como arena, salado como arenque,
vendaval cuyo hocico vuelto lanza recorre
la plaza deprimida, revolviendo el cabo
del hilo de memoria con los días desleídos, 
empujando su deshilachada esfera hasta tocar 
el eco mudo de las tapias funerarias y el vacío
que ciego late discordante al otro lado
-confundiendo en su ajetrear al día
con la hipnótica fijeza de la noche.



domingo, 21 de mayo de 2017

La Pandilla de los Sentimientos Por Alberto Espinosa Orozco

La Pandilla de los Sentimientos [1]
Por Alberto Espinosa Orozco

I
   La galería Estela Shapiro celebra su vigési­mo aniversario con una muestra representa­tiva de su sociedad: "Color, Imagen y Pen­samiento". La exposición que en viaje iti­nerante ha estado en los museos más prestigiosos de la República Mexicana, en una segunda vuelta de tuerca se prolonga, inaugurando los albores del siglo XXI, teniendo como primer puerto de arribada el Museo de Arte Guillermo Ceniceros (Ex Hacienda de Ferrería) de la ciudad de Durango.
   El hombre es también el ser que, entre otras co­sas, intercambia productos y obsequia regalos: sím­bolos de su quehacer, de sus recorridos, hallazgos y pesquisas, al través de cuya circulación y conserva­ción se tienen poderosos lazos de unión entre los hombres. Las galerías han sido uno de los interme­diarios económicos, pero también vehículos de con­tacto y comunicación entre la obra de arte y los cus­todios de sus soportes materiales -pues la creación artística es siempre propiedad soberana e inalienable de su autor. Las galerías de arte han sido así uno de los más especializados motores de la historia contemporánea. El intercambio mercantil, creador de culturas refinadísimas (como la árabe, la persa y la judía), hace a la historia universal, por ser puente entre las ideas, las sensibilidades y las civilizacio­nes. Sin embargo, el mercado de arte también está amenazado por el vértigo circular de la despersona­lización, por la helada materialista de la usura, que transforma la valía de lo precioso y único, en la uni­formidad famélica del éxito: el precio. Más allá de la transacción económica, la sabía y culta conversa­ción entre comerciante y comprador es uno de los ingredientes que, a no dudarlo, representa la tradi­ción que humaniza al mercado (Inés Amor).
   La presente exposición edifica contra el mal de la mercancía el justo remedio del diálogo de las mi­radas en el coloquio de lo admirable. Color, Imagen y Pensamiento es una exposición triple, que se mue­ve y se desplaza en tres niveles simultáneos. Por un lado, se encuentran las obras de veinticuatro artistas plásticos, provenientes de diversas regiones de la infinita gama de los grises extrae con la  máquina de las centellas, a la nerviosa velocidad del dedo índice, una rebanada instantánea de las apues­tas, posturas y actitudes fundamentales de los artis­tas, pero igualmente de su personalidad y carácter. Por último, se imbrica el margen de la leyenda gráfica de cada maestro versando sobre su definición del arte, lo cual representa la mano que habla en la concentrada reflexión de la letra sobre la perspecti­va intelectual que a cada uno de ellos le es dada la; realidad. Asamblea de voces, imágenes caracterológicas y de la inabarcable diversidad de la realidad, todas ellas articuladas por el más noble de los ins­trumentos, por el instrumento de instrumentos: la mano humana.
   México, tierra de volcanes y de pintores, convo­ca en esta ocasión a una serie de artistas originales, cuyo vigoroso corazón late, no al ritmo pernicioso de la novedad rebelde o de la triste uniformidad ser­vil que cacofónicamente sólo sabe imitar monstruos de feria, sino con el temple de la moral estética: aquella actitud de fidelidad del artista en el diálogo con su obra, con sus imágenes y figuraciones. El momento crítico, que debe ser también fiel a esa fi­delidad, muestra que el diálogo solitario del artista con su trabajo es un hilo de conversación que perte­nece también a los otros. Es entonces cuando más plenamente el cuadro interroga y contempla al pin­tor: tiempo de la reverberación de las miradas que vuelve como el boomerang a decirle al artista lo que acaso fue lo que tal vez sea en el fondo, repitiendo en la nueva comba del disco la pregunta esencial del arte: ¿para qué se pinta, para qué se escribe?
   La exposición se abre con la dignificación de esa arcaica artesanía tradicional que es el textil, la cual junte con la alfarería (Picasso) se encuentran en trance de reconocerse nuevamente como hermanas legítima de las artes plásticas mayores (grabado, escultura y pintura). Androna Linartas (Lituania, 1940) trabaja con las cueras sólidas y flexibles como si fuese un arquitecto y un cristaliza: explora con sabiduría gustativa el espacio y sus volúmenes, edificando palacios increíbles de puertas secre­tas, de arcos y amplísimas ventanas, en donde hay algo de la mezquita bizantina con sus piscinas que son mares o son cielos de rojos garambullos o de oro viejo. Pero también de las formas elementales de la conjunción heterosexual humana y sus infini­tas sublimaciones. Dialoga estrechamente con ella la obra de Carmen Tejada (Coahuila 1944), quien enreda, zurce y cose el tiempo en sus tres dimensio­nes (presente, pasado y futuro), para con las fibras más ásperas, duras y resistentes de la cultura indíge­na, realizar la exhumación de un rostro vivo hecho de carne. El barro de la "Tierra Colorada" se vuelve así el campo fértil de las germinaciones: es el rostro barbado de una deidad uránica, que es también un paisaje sembrado de arbusto y montañas o un hori­zonte seco donde se cruzan los caminos.
   En seguida un díptico premonitorio de la afable y amable Rosa Luz Marroquín (San Luis Potosí, 1941). "Los lobos tienen hambre y las ovejas tam­bién" es un símbolo o una alegoría que atrapa una imagen del subconsciente colectivo, en donde un re­baño de ovejas ennegrecido por la noche (acaso por la oscuridad de las convenciones ciegas) tensamen­te aguarda en él aislamiento conjunto, volteando atentamente a izquierda y a derecha, la llegada del pastor o de los guardianes.
   Un poco más allá Mario Rangel (Ciudad de Mé­xico 1938), con una obra espléndida: "La Carta", en donde, con una técnica intacta soplada con la brisa, aparece el naipe magno: el Rey de Corazones Ro­jos. Símbolo ambivalente que en su parte suicida que esconde detrás de su cabeza el metal de las pa­siones y las apuestas fáciles, mientras que arriba el señor sabio se aroma de abstracciones blancas y hu­mildemente reducido en la oración se alista para sa­car de su corona la espada que acaso sea de Miner­va o de Atenea.
   Siguiendo el recorrido una imagen perfecta: el tríptico marítimo de Antonio López Sáenz (Mazatlán 1936). Momento de solaz y de recreo en donde las familias festivas cantan, flotan y conversan en el "Embarcadero de las Islas". Icono de ese otro tiem­po de la modesta pudiente mexicana, en donde hay algo del cromatismo puntillista de Seurat, pero tam­bién un no sé qué... en donde lo que queda es la querencia originaria del mar y de la playa. Quizás el batirse de las alas del sombrero, acaso la nube ex­pansiva y ascendente del paraguas, pudieran ser las escamas del mar o el brazo fuerte de la tierra que en el abrazo da forma a la bahía.
II
   La triple exposición "Color, Imagen y Pensamiento", con la que un grupo de 25 artistas plásticos celebra el vi­gésimo aniversario de la Gale­ría Shapiro, realiza una nave­gación itinerante por los mu­seos de la provincia mexicana. Al arrancar el siglo XXI, de­sembarcó en las costas de la ciudad de Durango, teniendo como puerto de llegada el Mu­seo Guillermo Ceniceros, Ex hacienda de Perrería (ICED).
   Adentrándose en el recorri­do de la muestra no queda sino volver con Antonio López Sáenz (Mazatlán, 1936), quien con otro cuadro memorable su­tura la escisión del hombre moderno, tendiendo un puente movible entre el hombre y la naturaleza, al llevarnos a un "Paseo en lancha" por el río verde. La nave como el tiempo resbala vertiginosa siguiendo el agua hacia lo más profundo, o se desliza sigilosa por la du­ración del momento apacible por un cauce trazado hace mil años. De una parte la inquietud y el mareo de los hombres dis­persos que navegan de pie; de otra, la placidez del pasajero femenino y solitario que medi­tando junto a los cristales del reflejo, juega con la fresca ma­no a ser pez o sinuoso timonel por los caminos blandos.
   Frente a ese cuadro las sa­bias imágenes, simbolistas y enigmáticas, de Rodolfo Morales (Oaxaca, 1925). Primero el ícono de la mujer autóctona y morena, ignorada hospedera que olvidada posadera de nuevas naciones que de frente al sol negro y melancólico de la modernidad y su cielo abrasivo de sequía y oropeles, flota sobre la tierra roja de los cactus para encajar en el centro de la tierra su re­bozo o su manto: es la bandera de las casas de esmeralda, de perlas y zafiros. Enseguida una imagen de cuño surrealista: el "Hombre con guitarra", evoca­ción y superación a no dudarlo de su maestro Tamayo, en done una cara regordeta y olivá­cea se abstrae del cuerpo para conectar las manos con las cuerdas y crear con las pautas de las notas un paisaje de tier­nos manzanares sobre un fon-do de azules frambuesales, mientras que el cielo pesado se cuadra de arcos y de muros li­mitando y desdoblando el es­pacio -un poco a la manera de Esther. Imágenes que hacen de la necesidad de expresión que hay en el arte, el arte de lo que necesita ser expresado, de la expresión necesaria y esencial.
   La siguiente cláusula es un descanso para los ojos: las pin­turas "naifs" (ingenuas) de Carmen Esquivel (San Luis Potosí, 1937). En "Un lugar de Chiapas", el Subcomandante Marcos, trepado a la cima de un árbol, atento lee en El Qui­jote la locura simbólica de los grandes ideales redentores, mientras abajo, en la selva roussoniana, un Beatles de lujo sube por el tronco, el niño jue­ga, la mujer teje y el indio tra­baja. Por su parte, "El viejo de los globos", que en canastas lanza pájaros al viento, es un icono surreal de profundas re­miniscencias populares. Vira­do al rosa y a punto de conver­tirse en pastel y empalagar el gusto, maliciosa y alerta la ar­tista lo rescata en un equilibrio último, logrando totalizar la imagen por el juego geométrico de las formas azules; el ciprés y las montañas moradas, la canasta de los gatos que se esconden, y la repercusión del niño navegando en la nube con el viejo sembrador de alas.
   En otro muro una imagen inquietando de Jonathan Barbieri (Washington, 1955): es "El As" de larguísimas piernas y afiladas, que en compases de enormes zancadas viaja sobre el lodo de la ciénega. Imagen de la muerte (acaso del vampiro o del Tezcatlipoca rojo) que descendiendo del sótano insa­lubre del inconsciente salvaje y demoníaco de las regiones obscuras, asciende por un ins­tante al horror de la contempla­ción estética.
   La artista Teresa Aguilar Suro (Guadalajara, 1931) pareciera alcanzar la dicha sólo al pintar sus duros paisajes pétreos y metálicos –fabricados de mosaicos severos fundidos con soldadura autógena de alta industria y tremenda presión geológica. Águeda lozano (Chihuahua, 1944) visita también los paisajes rigurosos, pero para se reservan os pasajes de las  arenas blancas de los hierros y de­siertos; imantaciones y cristali­zaciones, flujos y reflujos de los acrílicos que son también una imagen, acaso ascética, del vértigo de lo inmediato.
   Siguiendo la ruta del abs­traccionismo Alejandro Cha­cón Pineda (Guanajuato, 1942) colabora con dos espléndidas especulaciones formales: "Espacio rabioso" es una superfi­cie de amarillos bajos, donde se confunden las sensaciones de la adrenalina y de la diarrea en una composición de gestos surcados por los rayos rojos de la cólera, logrando la crueldad del espasmo, pero también la articulación monosilábica del grito, del fuete y del chicote, llegando incluso a ligar el ar­gumento breve y fulminante. Pintor de retratos emocionales y de historias íntimas, Chacón Pineda incursiona también por el paisaje movible, descriptivo y sonoro de las aves: “Paloma". Su exploración no es otra cosa que el seguimiento colorístico de la huella de sus pasos, el recorrido de la parti­tura minuciosa de su pacífico baile y el dibujo fiel de sus quejidos tiernos guturales y es­ponjosos -en todo lo cual hay reminiscencias de la refinadísi­ma pintura japonesa y de la pictografía de la escritura chi­na.
   En mitad de la pureza Palle Seiersen Frost (Dinamarca, 1944), realiza construcciones soñadas en un país eterno, trasmutando el papel de arroz en sólidas edificaciones de memoria. Su bella escritura geométrica es una la de una escultura impermeable al tiempo: tesoros de reflejos sin reflejo (“Morisca II”) o regias edificaciones del  espacio, echa de vanos y colores  para subir al cielo a tra­vés de senderos y eléctricos ca­minos como en un mundo atraído por un lugar de hadas ("Escala"). También el rescate del pensamiento perdido de aquel filosofema estético: "Sueños que el arte es tu me­dio, para descubrir que el me­dio eres tú".
   Carlos Nakatani (Cd. de México, 1934) trabaja con el azar y la mancha traslúcida de la acuarela sondeando profun­didades íntimas; sus papeles parecieran a punto de decirnos una cosa, pero nos dicen mu­chas más y misteriosas. Figu­ras a punto de aparecer o de es­fumarse, donde la aureola del color y las irradiaciones del sol dan flores, cuya vida orgánica apunta al hombre y a la recon­ciliación con la naturaleza. Por su parte, Jesús Martínez (Guanajuato, 1942) no hace otra co­sa que resucitar al mito de la tierra a través de los tótems de ' la tradición prehispánica. Si sus figuras visitan los símbolos zoológicos y sus afinidades, el­lo es sólo para encontrar los emblemas de nuestras tribus, lugar donde trazar un diálogo con la animalidad genérica y con su animalidad específica.
   Annie Rodríguez (Francia, 1954) explora el neofigurativismo contemporáneo en una variación hecha de desgarradu­ras y reconciliaciones; de an­gustias inacabables que pasan con el tiempo y de pensamientos sin tiempo que se posan ya sin sombras. En una tesitura similar parecieran vibrar las obras de Arón Cruz (Cd. De México, 19449 quien, con una paleta más controlada, lúcida y lírica,  enfrenta los rigores de la soledad y su refugio de tenderos, palomas y almohadas (“La espera VI”).
   Cerca de ellos, añadiendo un tono dramático e insípido, las imágenes de Nunik Sauret (Cd. de México, 1951) incursionan en las tensiones colorís-ticas, en sus cromatizaciones, timbres y matizaciones, con in­sospechado arrojo. Exploracio­nes limítrofes del color (las cuales recuerdan a Aceves Na­varro y a Emilio Carrasco) por las que Sauret ha ido recono­ciendo en las formas del cuer­po femenino, el alma y el espí­ritu, la libertad del individuo y la pertenencia a la especie ("Uno navegando") -pero tam­bién en el interior de sí misma, la hermandad con el exuberan­te árbol que canta y la roca que siente ("Trancos").
   Por último, el asombroso descubrimiento de un increíble maestro, abuelo de la reflexión abstracta: Felipe Orlando (Tabasco, 1911), "La vuelta del marino" y "Paseo de sombra" son dos acrílicos en los que las formas, en medio de una at­mósfera opaca, van surgiendo en miradas de imágenes, en donde podemos descifrar cabe­zas, unicornios, venados, hé­roes, montañas, mares. Poesía que nada explica y que pare­ciera implicarlo todo: el borbo­tón natal del tiempo y de la vi­da.





[1] *Exposición itinerante del 14 de enero al 13 de febrero de 2000

El Espejo de la Mirada Por Alberto Espinosa Orozco

El Espejo de la Mirada[1]
Por Alberto Espinosa Orozco

A Héctor Palencia,
por su durangueña hospitalidad.



   Al cerrarse la centuria se presenta en el Instituto de Cultura del Estado de Durango una extraordinaria muestra de grabado bajo el título “Archivo de los Talleres II”. Se trata de una valiosa colección en la que se encuentran representados algunos de los  Talleres de Grabado más descollantes en las últimas dos décadas del arte mexicano. De esta manera se han dado cita, en una asamblea sin duda mayor, disímbolos talentos que conforman a esos preciosos sujetos colectivos que son los talleres de la estampa. Los laboratorios de la libertad de la expresión estética que participan en esta exposición  son: el Taller de Nunik Sauret , la Litográfica Juárez, la Gráfica Said y el Taller de Gráfica Experimental.
   Haciendo un poco de historia habría que decir que todos ellos edifican sobre un territorio conquistado definitivamente a finales de los años 60´s. Por esos años un movimiento de renovación y de cambio desbrozó el terreno en greña en que se había convertido el Taller de la Gráfica Popular, el cual, después de un legítimo apogeo, se desgastó en el folklore ideológico al vaciar de contenido los temas de la revuelta armada y los motivos populares, empobreciendo las técnicas formales hasta el extremo huarachudo de la “suelografía”. Nuevos aires oxigenaron entonces la atmósfera a partir del surgimiento de un grupo de jóvenes maestros oriundos de la Sociedad Mexicana de Grabadores, los cuales, con propuestas vanguardistas, fundaron el Taller Profesional de Grabado en San Fernando. Artistas de la talla de Leo Acosta, Ignacio Manrique y Carlos García, junto con el Taller de la Ciudadela comandado por Silva Santamaría, recuperaron viejos modos expresivos y técnicas olvidadas hacía mucho tiempo. Al través de la fidelidad al oficio (de la recuperación de la carne en la automatización de procedimientos), empezaron a resurgir las capacidades, excelencias y florituras del aguafuerte y  el aguatinta, de los barnices suaves y fuertes, de las maneras negras y al azúcar, de los intaglios y la litografía. Con ello se abrieron las puertas al campo a las posibilidades inexploradas, combinando los experimentos formales  y colorísticos con los ensayos no figurativos y abstractos. De esa forma se dio un impulso inigualable al grabado mexicano, colocándolo sobre un terreno universal, profesionalizándolo e internacionalizándolo, al afianzarlo como el tercer pilar en que se sustenta la plataforma de las artes plásticas contemporáneas.
   Los frutos de aquellos esfuerzos han germinado ahora en árboles maduros y huertos saludables. La envergadura de la presente exposición nos muestra, más que personalidades aisladas, el mosaico de un conjunto de miradas referidas a los mismos problemas colectivos. Los artistas, en efecto, no surgen de la nada ni van hacia el vacío, sino que se orientan por hondas tradiciones, preocupaciones humanas conjuntas y búsquedas comunes.
   De esta espléndida muestra lo primero que hay que destacar es la preocupación por la categoría central de la “belleza” (que es la apacibilidad). En el núcleo mismo de esta categoría cardinal del espíritu, heredada por los griegos, giran los dos átomos opuestos, complementarios e incluyentes  de la pareja primordial: Psique y Eros (la princesa Alma o Vida y el flechador Amor). Santos Balmori Picaso con su mano maestra abre el diálogo con una soberbia piedra: desde las infinitas grisallas litográficas surge la mujer, el símbolo blanco irradiado por la luna, en expresión de crisis. La figura de áureas proporciones apenas asoma el rostro en la zozobra de las olas, cuando ya el terso cuerpo se sumerge en las aguas vastas y profundas del olvido. Hay algo de eclipse solar, pero también lunar en esa obra. A partir de esa estampa el rostro del eterno femenino, el rostro con alma, la faz humanizada de la especie sufrirá una ocultación casi total –acaso porque con Balmori se cierra una exploración clásica... para comenzar otra tradición marcada por la reflexión y por la crítica. Arnold Belkin entra al quite, dando un salto atrás para remontarse siglos, abriendo capas y costras de sedimentaciones temporales. Cuando se detiene, encuentra al Conquistador pactando con Huitzilopochtli quien entrega a la mujer vencida.
   Por su parte Nunik Sauret, siguiendo de cerca las enseñanzas  del maestro Ignacio Manrique, corroe el metal hasta el extremo último para velar y develar, en el fondo del zinc herido por el nítrico, el delgado contorno del cuerpo femenino explorándose a sí mismo (“Signum”). En esa misma dirección Sauret adelanta un paso, pero está empleando los cloros analíticos, hasta topar con el límite infranqueable de la disección anatómica (“Orbita”). Luego retrocede y hurga en la memoria empapada de colores secos, hasta dar con la imagen del mito femenino de la recolección de las semillas. Se trata de una estampa de arcaica perfección rupestre, donde el terroso azul juega con las naranjas regias del durazno.
   Adrián Tavera  da con la definición exacta del arquetipo en su litografía a color: el  rotundo cuerpo femenino tallado en el árbol del desierto extiende los brazos y en su remate intenta construir las cariñosas manos, pero las piernas se hunden en la arena y el rostro o no se ha formado o se haya ausente –mientras al fondo camina el cenobita surrealista de Buñuel o de Valle Inclán. Entonces Gilberto Aceves Navarro entra al torneo de la interlocución: con su irrisoria lámpara de pilas bucea en las profundidades de las sombras. Como Orozco, no se arredra ante la presencia de lupanares pestilentes (“Las alumbradas”). Rastrea y sigue buscando para encontrar un monumento inmenso de carne maternal, con su falda tableada de pájaros, como una inversa Coatlicue de la vida.  Ya en duermevela, entre los ruinosos cañonazos del televisor y su prisión catódica, se trasmina un fragmento de la verdad estética: en el fondo del rostro sin rostro femenino, detrás de la trivial caricatura despersonalizada, se asienta y vive el rostro regular e intacto de una niña. Miguel Castro Leñero, transitando por el primitivismo ingenuo como una cococha o una tórtola distraída, pareciera asentir a esa verdad figurativa y reforzar aquel  hallazgo al detenerse para contemplar la fisonomía de la inocencia campesina  (“Señorita”).
   Roger Von Gunten, practicando una técnica sutil y tenue, como de papel de china, atreve con dulzura una imagen completa femenina.  José Bairo le sigue, incursionando con sus gobelinos y  divertimentos  en el tema de la amistad heterosexual, donde las almas  se reúnen alrededor de los valores supraindividuales de la música, tañendo cuerdas o tocando trinos. Por último Joy Laville, desde su universo de polen y humedades (desde la antigua fidelidad a una íntima pureza), registra a la pareja primordial como una esperanza verde en medio de una atmósfera a punto de diluirse o de perderse.
   En otras mesas del coloquio el diálogo transcurre recorriendo la gama entera de las formas, yendo desde el ártico del geometrismo a la antártica de la expresión realista, pasando por los densos ecuadores del paisaje y la mitología fantástica.
   Por un lado habría que recorrer las arduas escaleras maniáticas de Vicente Rojo y sus chispazos de agua. Visitar las formas arbitrarias de Sebastián y su cristalografía geológica. Pero también pulsar las cuerdas de Said y viajar entre sus máquinas renacentistas. Recorrer despacio las bóvedas y arquitecturas  bien trabadas de Gabriel Macotela, por donde  parecieran pasear las sombras expresionistas y el grito de Eduard Munch.  Leer el festivo abecedario primigenio de Javier Arévalo por donde circulan soles, lunas y planetas, o sumergirse con Alejandro Gómez Oropeza en los abismos marítimos para palpar las texturas vibrantes y las cargas voltaicas de la  fauna y flora submarina.
   Por otro lado, pasando ya al mundo del figurativismo, se escuchan las voces de otro grupo de artistas. Benjamín Murguía sondea en su “Laberinto” el desequilibrio más patente del mundo contemporáneo: el del hombre negador de su entorno social que entra al páramo del solipsismo, perdido en el cogito de sus cogitaciones, extraviado entre la ambigüedad de sus iguales, prisionero en la vaga identidad impersonal de los lugares comunes. Yendo al realismo estricto destacan las proyecciones foto-xilográficas de José Castro Leñero. Se trata de dos grabados de gran formato: en el primero se observa al niño embebido que se observa mirarse en el  reflejo de un charco de agua (el cual evoca los microcosmos de  Leonardo da Vinci y acaso los reflejos de Zuluaga); en la segunda estampa un párvulo surge una dramática regresión y, huyendo del mundo neurasténico, se envuelve en la nostalgia prenatal donde beber en el recuerdo líquidos amnióticos confundidos con las sombras. Se encuentran también los torsos de heroicidad  helénica modelados por Roberto Cortázar; y una pulida estampa de Reynaldo Velázquez donde, en la posición decúbito supina del hombre recostado, se pueden leer las tres huellas definitivas de la sexualidad, de la relajación total, del sueño y de la muerte.
     Pasando a las emociones espumosas y agradables es posible asomarse por un momento a la fiesta pueblerina y fauve de bravos toros y toreros celebrada por Heriberto Juárez; asistir al paisaje curvilíneo y telúrico de Alejandro Hadd en su homenaje al Dr. Atl; y recordar la carcajada roja, fría y luminosa de las sandías de Tamayo en las evocaciones de Leticia Tarragó, Fidel Corpues y Jaime Domínguez.
   Por último, entramos a los sitios del tremendo simbolismo, a las zonas cargadas de energía fantástica y mítica del psiquismo humano. En primer lugar a la piedra litográfica de Jesús Reyes Haro. Se trata de una piedra en donde Lucifer (el ángel bello, luminoso y caído), se sume en su trono donde la Reina es ruina, intoxicado acaso de androginia  al aliar las fuerzas del amor y de la vida, rodeado de ambiguas fieras y adornado con mayas, peplos de oro y  alas que alucinan. Las estampas de Leonora Carrington llaman la atención por su carga mágica: sitios secretos por donde pasan los naguales o figuras que se vuelven sombras ominosas. En los aguafuertes de Cecilio Baltazar se revelan las fuerzas y fantasmas que acosan a las proyecciones de los placeres solitarios. Juan Bautista nos sumerge en barrocos delirantes al seguir la huella de su extraña escatología, en donde habría que intentar comprender como los actos y símbolos del hombre (gravados con una marca histórica), repercuten y se expresan en la extensión completa del jardín de la Naturaleza. Por fin, se encuentran, para rumiar y remirar, las puntas secas y barnices blandos de José Luis Cuevas: por un lado el “Mac Beth” que al apurar la copa estrella su cabeza de remordimientos y que al ceñirse la corona falsa se evapora en los hilos fatales del destino; por otro la lectura de la “Intolerancia” en el signo de carne, en el libro vivo, revelado como un gesto mímico estático total marcado por el estigma de la sobrada soberbia  y la sombría distancia con respecto de los otros.
    La exposición “Archivos de los Talleres II” en su coloquio nos recuerda cómo el grabado especifica en sus técnicas de espejo viejos secretos de herreros y alquimistas. Al invertir la imagen en la estampa, el grabado logra vincular lo izquierdo y lo derecho; al quemar el metal sondea la memoria de la imagen hasta encontrar la huella, la cifra del pensamiento que más allá de la conciencia. El grabado es el puente de metal corroído por los ácidos donde conectar los hemisferios, haciendo posible la fusión de los contrarios: lo espléndido luminoso y lo sagrado oscuro, el subterráneo impulso y la altura del ideal, la vigilia y el sueño, la imagen y el concepto. El arte de la estampa es así cuerda pendiente por donde bajar a los sótanos del inconsciente (ese antro de fieras), o escalera para subir y sacar al buey de la barranca. Filtro donde quemar la escoria y restablecer la unidad perdida. También grano de maíz del que crecen veinticinco,  cincuenta o cien mazorcas; o semilla de trigo con que hacer la siembra y la cosecha para luego cocinar el bolillo integral de comunión que no sabe dar migajas.
 27-30 de Noviembre de 1999



[1] Exposición “Archivos de los Talleres II”, ICED, biblioteca “José  Fernando Ramírez”. Del 25 de noviembre al ...