martes, 2 de mayo de 2017

Lorena Marrero: entre lo Bello y lo Siniestro Por Alberto Espinosa Orozco


Pintoras de Durango
Lorena Marrero: entre lo Bello y lo Siniestro
Por Alberto Espinosa Orozco





I
   Quizá siempre haya en las imágenes materiales de todo artista, una especie de nostalgia, una forma latente de relación permanente con los lazos de origen, de residuo objetivo originario del tiempo vivido que pesa en la trama de la reelaboración permanente de las imágenes labradas por el autor, por el homo estéticus. Esta vez las salas del museo Ángel Zárraga del ICED se abrieron para recibir la exposición La casa de los muñecos de la artista durangueña Lorena Marrero, logrando articular una amplia situación de convivencia estética, que pudo aunar en el tiempo social la rotundez de la roca con el esplendor de la llama, la llana frugalidad armónica y la firme cordialidad de una de las cumbres culturales de nuestra civilización norteña mexicana, en esta ocasión representada, revelada por la obra de una singular pintora.
   Las imágenes que Lorena Marrero (1972) hacen venir al mundo no representan un objeto a la vista cualquiera, digamos un modelo copiado del natural mecánicamente, sino que hilan y urden un sutilísimo velo o red al través de los que poder atrapar los fantasmas de un inconsciente a veces decididamente freudiano, a veces ampliamente espiritual. Su pintura consta así de una serie de experimentos en que, por una parte, se fatigan las fantasías del deseo sexual y tanático o sus signos, índices o fetiches, hundiéndose desde las capas más inmediatas y tangibles de la percepción sensible hasta los laberintos de la sangre y la destrucción más aberrantes o abismados. Por otra parte, pareciera reinar en su obra una especie de distancia lúdica, un humor franco de luminosidad optimista, en donde las formas animadas se entrometen en el espíritu de situaciones, personas o fisonomías cuyos símbolos habitan en el hombre en todos los tiempos, en el individuo en todas las culturas, fraguando arquetipos de la fascinación, de la inspiración, o de lo terrible cotidiano, de lo monstruoso necesario que hay en la condición humana después de la caída.
   En cualquier caso, se trata de una exploración de lo otro, de lo vedado a la mirada consciente, racional, pero que al artista le es dado atisbar parcialmente como un reino de figuras eternas, míticas y poderosas, de estructura, coherencia y dibujo unitario, pero circunstancialisadas por el tiempo y la historia.  Se trata, una vez más, del intento estético-antropológico de rehacer el relato metafísico de la totalidad de los seres en su lucha y complicidad  ya con la nada, el mal infinito, ya con las representaciones del infinito bien –que igual es Dios que la categoría del Ideal. Es decir, se trata de una pintura que conceptualmente se coloca en la posición de una exploración, y por lo tanto descubrimiento, de los claro-oscuros de la esencia humana, que va de una antropología filosófica negativa, crítica de la crisis y el desequilibrio constitutivo del hombre, a una antropología positiva de nuestra especie. Y en medio de esa búsqueda de lo que legitima y fragua al hombre, o de sus extremos virados, el encuentro con una inocencia primordial, con una mirada transparente y fresca como el agua bebible, recuperada por la visión artística, que es un manantial de evidencias y de sentido. Exploración, pues, que da caza a imágenes esquivas que parecieran esfumarse en el despeñadero del moroso olvido, amajadándolas por el arte para que rindan sus secretos, haciéndolas potentes para otorgar valor y esclarecer al mundo en torno incluso más allá de la estética.
II
   La mirada de reojo de la artista perfora las apariencias inmediatas para tensar la experiencia vivida en un sistema comprensivo como una carpa de circo y equilibrado como un trapecio. La pintura de Marrero en esta ocasión va levantando una exploración  por el mundo inconsciente infrarracional, donde se visitan las regiones infernales de lo siniestro o de lo sublime terrorífico. En sus cuadros, en efecto, hay algo de la sensación de espanto que se adhiere a cosas conocidas y familiares, llevándonos a la sensación repelente de algo desconocido, al sentimiento espantoso y desgarrado de lo que trasgrede el orden doméstico. Se trata de la incursión a los límites donde lo  confidencial y familiar, que nos tranquiliza bajo la máscara de lo confortable, protector y hospitalario, de pronto se empareja con lo  desacostumbrado, con lo que se conoce y se vuelve de pronto, no sin horror, desconocido. Es también la región limítrofe donde lo secreto y oculto que hay en los códigos íntimos, lo que los extraños no pueden advertir, surge repentinamente a la superficie del cuerpo para mostrar lo que tiene de tatuaje, de lacerante huella o quemadura perdurable en la memoria de las sensaciones táctiles. Radiografía, pues, de aquello que debiendo permanecer secreto u oculto, sin embargo se ha manifestado.
   Columpios que en su vértigo revelan la dolorosa escisión humana entre el rostro y la pelvis: la oposición entre la cara racional, verbal, en donde reina el espíritu o los sueños altos del hombre en su complicidad con Afrodita Uránica, y la dulce violencia del sexo femenino, rojo y violeta, que baja a la sombra biológica de las pasiones pandémicas. O la visión del cuerpo femenino como el de una muñeca o el de un títere fragmentado en donde la salvajería del cuerpo revela en cada parte una historia, en la que los dulces pezones son chupones evefrénicos, el vientre un plato de fideo extraído de una fotografía de revista y el órgano reproductor femenino el corazón guadalupano de López Velarde. Imagen de la familia como un circo de muñecos sin cara, como un conjunto de seres despersonalizados donde las cifras del abecedario y de la educación ruedan hasta el precipicio de las piernas. Enjambres de signos donde aparece también el hombre de la ciudad, el hombre anónimo, en cuyas vacías cuencas se anuda un dardo de sombras que refleja una culpa indeterminada y amarga. Rostros degollados y terribles en los que se mide el doloroso extravió de nuestra especie y en donde las  convicciones primitivas superadas parecieran hallar una nueva confirmación. Amarillos hirientes donde se abisma el alma sola en el rostro incrédulo de la falta. Expresionismo que visita a la crueldad para poder nerviar otra vez un mundo, transitando por las regiones de la expresión mímica facial en que captar la rigidez del gesto cómplice o definitivo.
   Mundo de las figuras de cera, de los autómatas y de las muñecas sabias en donde se da una relación promiscua entre lo humano y lo inhumano, vinculando lo real y lo fantástico. Se trata, en efecto, de la región estética donde lo fantaseado se vuelve real, en que lo deseado por el sujeto de forma oculta, veda o autocensurada surge a la superficie de las formas para revelar la región de lo fantástico encarnado o de lo sublime terrorífico. Categoría estética que en las exploraciones de Marrero nos conduce a la fuente de los temores y deseos reprimidos, al  lugar imaginario donde los complejos infantiles y juveniles son reanimados por una impresión exterior, o donde se superponen a una vivencia adulta en que se repite algo trasgresor de lo familiar e íntimo olvidado por medio de la censura o refutado por la conciencia del sujeto.
   Sitio limítrofe en el que también se frisa el reconocimiento del cuerpo femenino y sus recuerdos memorables, donde el cuerpo bello y todo humano registra las huellas cariciosas del amor de la ternura sacándolo de sus sombras y atavismos, para darle una memoria reconocible a tanta historia e insuflarle un alma.
   Una de las formas de trascender hacia el más allá es la contemplación, la concepción o figuración de arquetipos negativos. La artista empieza por situarse en la  plaza o arena donde luchan los extremos de las bajezas o fealdades, para así atisbar los puntos medios, relativamente más altos, de las virtudes. Lo siniestro, lo monstruoso,  no son entonces sino el límite necesario y complementario de la belleza, sin el cual ésta no esplendería. Proceso de desintoxicación también que abre el paso a otras realidad más sonrientes.
III
   La poesía, lo ha dicho Cesar Pavese, es en sus inicios el ansia de realidades espirituales ignotas, presentidas como posibles. En Lorena Marrero ese afán y búsqueda de cosas nuevas que decir, de objetos nuevos que admirar, y por lo tanto de nuevas formas que forjar, equivale a un desenmascaramiento de los valores, correctos o no, ilusorios o reales, que constituyen al hombre. La cara, la representación de lo que tiene un transfundo o un alma, es revelada entonces en su significaciones más hondas hasta establecerse como una crítica del mundo en torno, apostada contra una sociedad en cuyas sombras y extremos se destila la versión mitificante del individuo, excluyente, cerrado  y doble. Quizá sea por ello que Marrero explora en una región de su pintura las categorías negativas estéticas, que van de lo espantoso a lo siniestro, pasando por los puntos relativamente más altos de lo sublime, permeados por un humor crítico paradójico de tinturas francamente irónicas y una técnica alada de doradas proporciones, en cuyo esquema hay que añadir un componente tradicional de elegancia clásica. Todo ello para lograr una concepción precisa de las  realidades internas turbulentas que dan cuenta de los extremos tocados por la constitución humana, transitado paulatinamente hacia realidades del ser cada vez más claras y luminosas. Tenebrismo, pues, que partiendo de la negación y de lo demoníaco, avanza hacia el camino de las ilusiones y las pasiones, para ensoñar acaso las regiones de la religión y el bien infinito o Dios, o ahondando en sus concepciones hacia el horizonte del tiempo y la historia o la sociedad. En todo caso, amor por las características y cualidades que críticamente espiritualizan al hombre, hallando en medio de ellas acaso la virtud máxima de todas: la de la contemplación reflexiva.  
2001-08-3



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