miércoles, 26 de abril de 2017

El A Priori Moral del Hombre Por Alberto Espinosa Orozco

El A Priori Moral del Hombre
Por Alberto Espinosa Orozco




I
El a priori moral del hombre  es lo que constituye propiamente la naturaleza humana y debe estar a la cabeza de toda analítica existencial. El hombre tiene el impulso de su voluntad en dos cualidades, y ambas están en él: el bien y el mal. El manantial del mal es una fuerza colérica, sedienta, infernal, la cual da malos frutos, pues conduce a la herejía, al error, a burlarse de la verdad, al pecado y finalmente a la muerte. Es la fuerza colérica que hay en la naturaleza y que hace al demonio furioso y frenético. Por su parte, el manantial del bien es una fuerza santa, amable y celestial, cuyo fruto son los hombres santos, sabios e inteligentes, que constituyen la cabeza de la Iglesia y que son luz del mundo.
La fuerza de Dios es la fuerza santa, quien da a los hombres el mandato del bien, quien exhorta incansablemente al bien, a ser santos como Dios es santo, que exhorta con sus leyes a ser santos en todo, procediendo al ser obedientes, mansos, siervos de la verdad, amigables y misericordiosos, a refrenarse la lengua de hablar mal y de engañar, a no devolver mal por mal, ni maldición por maldición, sino a bendecir, en hacer el bien, a huir del mal, a amar la vida y buscar la paz, a imitar lo bueno y a ser justos teniendo buena conciencia (2ª Cata de Pedro 3. 9-13), pues no quiere Dios la rebeldía ni el mal, dando en cambio el Espíritu Santo a quienes se lo piden (Lucas 11.13).
De acuerdo a lo expuesto por el filósofo zapatero teutón Jacobo Boheme hay una riña violenta en la naturaleza entre las cualidades del bien y del mal, entre las cualidades buena y mala, imagen de la riña y choque que bulle entre el reino infernal, que es demoniaco, inmundo,  y el reino celestial, que mana para formar seres angélicos. El drama de tal riña se escenifica en el hombre como en ninguna otra criatura –salvo el caso de los ángeles rebeldes, quienes con su revuelta obtuvieron como premio, junto con Lucifer, la expulsión del cielo y la caída, que sería el origen del mal en el mundo y de que la cualidad colérica se haya mesclado en toda la naturaleza terrestre. La caída de Adán y Eva se debería a causas análogas: a que se arrojaron a lo colérico, a los deseos de la carne (el pecado original), de tal manera que se le pega el mal al hombre –aunque éste es capaz de vencer la mala cualidad en la naturaleza, por su buena cualidad, que es y viene de Dios, pues en ella es soberano el Espíritu Santo, ya que el hombre es hijo de Dios, quien lo hiso del mejor meollo de la naturaleza para que domine el bien y venza al mal.
Pero el hombre es libre y tiene su impulso en ambas cualidades, pudiendo echar mano de cualquiera de ambas cualidades, pues en este mundo vive entre las dos, estando el bien y el mal en él. Y así, aunque el mal se le pegue al bien, al igual que sucede en la naturaleza,  la cualidad buena del hombre puede vencer al mal, pues si levanta su espíritu a Dios mana en la buena cualidad de su naturaleza y el Espíritu Santo lo asiste para ayudarlo a vencer. En el alma malvada, en cambio, vence la cualidad colérica, pues es el demonio poderoso en lo colérico y su príncipe eterno. Cuando el hombre se hunde en los deseos de este mundo, mana y domina, en efecto, la cualidad colérica de la sabia infernal y se corrompe, pues deja que domine en él el demonio con su veneno.[1]
Por la debilidad de la carne el hombre se ´presta a ser siervo del pecado, entregándose con sus miembros a hacer la maldad y a la impureza. Así, la rebeldía propiamente religiosa consiste en ser el hombre libre relativamente a la justicia, por ser en cambio esclavo del pecado, y cuya vida vergonzosa no tiene otro fin que el de la muerte, que es la paga del pecado -pues la carne es como yerba y su gloria como la flor de yerba, que crecen un día, pero al día siguiente se seca la yerba y la flor cae (1ª Cata de Pedro 1.24).
Por lo contrario, el hombre puede optar por liberarse del pecado para ser reo o siervo de Dios, esclavo del Espíritu, aceptando su yugo, que es suave, teniendo como buenos frutos las obras de la santidad y como fin, como paga y recompensa, la vida eterna como miembro del cuerpo de Cristo Jesús (Romanos 6. 19-23). Opción de la libertad es, en efecto, huir de la corrupción que está en el mundo por obra de la concupiscencia y de la cólera, liberándose de la esclavitud de las pasiones. El hombre es llamado por la virtud de la fe a ser virtuoso -y a mostrar en la virtud ciencia, y en la ciencia templanza, y en la templanza paciencia y en la paciencia temor de Dios, y en el temor de Dios fraternidad, y en el amor sin fingimiento de hermanos el corazón puro de la caridad, para participar así de la naturaleza divina (2ª Cata de Pedro 1. 4-7).
El hombre, en efecto, es llamado a la libertad, pero no para cubrir con ella su malicia o para utilizarla como pretexto para servir a la carne, como los hombres ciegos, que no pudiendo ver de lejos se olvidan de la purgación de sus pecados, de purificar sus almas por la obediencia de la verdad por medio del Espíritu (1ª Cata de Pedro 1. 22: 4. 10); o como hacen los desobedientes, los embusteros y engañadores con las almas débiles, a quienes hablan de libertad siendo ellos mismos siervos de esclavitud (2ª Cata de Pedro).
II
            Desde la perspectiva de la filosofía de la naturaleza puede decirse, de acuerdo con Jacobo Boheme, que la naturaleza misma tiene dos cualidades que manan con gran aplicación: una amable, de sabia de vida, celestial, santa, en la que domina el deseo del bien o el Espíritu Santo y cuya fuerza santa da buenos frutos; otra colérica, huraña, sedienta, infernal, en que domina el espíritu del mundo o la fuerza infernal con su veneno, que da malos frutos, corrompidos, agusanados –dualidad de cualidades cuya distinción conocieron Adán Y Eva en el Paraíso y que originó su caída, porque así como hay bien y mal en la naturaleza, hay bien y mal en el hombre.
            Sin embargo, Dios hizo al hombre para que domine en él el bien y venza al mal –cuando levanta su mirada al cielo, pues el espíritu santo lo ayuda a vencer. Porque al igual que en la naturaleza el mal se le pega al bien, también en el hombre, pudiendo su buena cualidad vencer a la mala por venir aquella de Dios y dominar en ella el Espíritu Santo. En cambio, la cualidad colérica vence en el alma malvada, pues el demonio es soberano en lo colérico y su príncipe eterno. Es la obediencia nocturna, la rebeldía del pecado, que al decir que se le pega al bien ya indica un principio de parasitismo, al que llamamos modernamente enajenación. La obediencia al mal es así debilidad ante lo colérico, que toma por decirlo así todo el control y que otros identifican con el alma inferior. Es la cólera de la naturaleza, pues, que arruina a tanta conciencia noble por el impulso colérico, furioso, frenético y vano, pues el demonio tienta y seduce al hombre con su fuerza mundana, con los placeres carnales, con el orgullo, con el deseo de riquezas y de poder, creciendo por tano en él la herejía y cayendo en el gran error al guasear y burlarse de la verdad y despreciar a Dios –no pudiendo así captar la verdad del Espíritu Santo, que predica penitencia, sino viviendo como vulgares paganos, a la manera de las bestias en medio del arte y la exuberancia mundana.
El impulso de bien, por el contrario, se asocia a la aspiración de las cosas elevadas y por tanto al espíritu, dando por consecuencia frutos suaves, dulces, elevados y válidos, dando por consecuencia hombres santos, sabios, inteligentes, que conocen a la naturaleza y respetan a su Creador, siendo por ello antorcha y luz del mundo.
            El impulso del hombre esta así entre el mal y el bien, pues vive entre ambos y ambas cualidades están en él, pudiendo echar mano de ambas, sirviendo al pecado para la muerte, u obedeciendo a Dios para justificar. Porque a pesar de haber mal en la naturaleza y de pegarse el impulso colérico al hombre, Dios dio al hombre el mandato del bien y la prohibición del mal, porque no quiere Dios el mal, sino que venga su reino y se haga su voluntad en esta tierra, a la manera celeste, haciendo que a diario se le exhorte al hombre al bien –y mereciendo en reciprocidad Dios por parte del hombre eterna alabanza por su obra y por su nombre.
III
El hombre es, por el desequilibrio propio de su doble naturaleza, animal y raciona, un ser que necesita recuperar su verdadero ser, que necesita recuperarse para llegar a sí mismo, a lo mejor de sí que guarda su propia alma como un tesoro; pues estando hecho, como lo está, de mala madera, de dos cualidades una mala y otra buena, tiende irracionalmente al vicio y al pecado, a dejarse fugar de su centro verdadero y arrastrar por el egoísmo, la envidia, o las presiones y convenciones del mundo en torno –muy en particular a dejarse llevar por su alma inferior, cuya energía opaca y tensa suscita las escorias asociadas a la experiencia de la energía negativa y de la pérdida de conciencia, que en el fondo ambicionan la muerte, siendo reacia a la purificación propia del alma superior -cuya energía positiva exige la abolición de la voluntad de vivir egoísta (Schopenhauer) para llevarnos al plano de la conciencia espiritual, donde se da la mezcla de la limitación del individuo, que es su autenticidad, con la participación de los contenidos universales de la vedad.
   El conocimiento se presenta entonces como la fuente liberadora de la ignorancia esclavizante, pues rompe los grilletes que oscurecen o disipan el entendimiento –ya sea por falsas creencias acerca de uno mismo, de nuestra naturaleza propia o de Dios (paganismo e idolatría).  En particular el conocimiento de la palabra santa: “Y así conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”; “Porque todo aquel que hace pecado es siervo del pecado” (Juan, 8-32 a 35). Lo que equivale, pues a decir que el hombre debe buscar la libertad ascendente del espíritu, la relación sin trabas, tanto internas como externas, con su propia, con su verdadera  naturaleza humana, para alcanzar con ello la verdadera autonomía (frente a la culpa) y los verdaderos fines de su naturaleza, el desarrollo de sus aptitudes o predisposiciones de carácter, o los dones con que la naturaleza le regaló al venir al mundo (autorrealización) –para lo cual se requiere, evidentemente, un concurso de los factores sociales, es decir la armonización axiológica tanto de la esfera privada como pública.
         Para alcanzar tal armonía en el plano individual como social se requiere un criterio para discernir la bondad o la maldad de las satisfacciones humanas (puesto que hay insatisfacciones que resultan benéficas tanto como placer o satisfacciones que resultan perjudiciales, no siendo el puro criterio de lo satisfactorio confiable en lo absoluto). El único criterio disponible es entonces el de la misma naturaleza, divina o demoniaca, en el hombre; es decir, de su naturaleza volitiva, de su querer, ya sea el mero  deseo primario, ya el de la segunda naturaleza del querer motivado por la reflexión intelectual, más pleno y lleno de matices. O dicho de otra manera: el hombre es por naturaleza tanto susceptible como menesterosa de satisfacciones, ya sean éstas superficiales o profundas) –que es precisamente la naturaleza exclusiva, propia del hombre o la exclusiva suya más radical y fundamental de todas. Pero el criterio de lo que es bueno o malo no puede ser dado por la naturaleza divina o demoniaca de las satisfacciones mismas, sino que, por el contrario, sólo puede ser dado por la naturaleza misma de los sujetos, divinos o demoniacos, por lo que puede conceptuarse una satisfacción de buena (amar el bien y odiar el mal) o mala (odiar el bien y amar el mal) –que es donde plenamente se da la evidencia de las perfecciones y las imperfecciones morales.
   O dicho de otra forma: no hay otro criterio para juzgar o discernir las satisfacciones buenas o malas en el hombre que la naturaleza buena o mal del hombre mismo –sean las naturalezas divina o demoniaca infintilizaciones de la naturaleza humana, de lo vivido por el hombre como bueno o malo, o existen de hecho realmente. Estando así el imperativo moral respecto de la bondad o maldad ya en relaciones positivas con la ley natural (o con la ley natural de la sociedad humana generalizadora de máximas individuales, como el imperativo categórico kantiano), ya con la ley de la teología eudemonista, o en relaciones peculiares con la divinidad.
   La explicación de la moralidad se daría así por las relaciones ético-metafísicas con el ser (el amor infinito como deseo de presencia, y de presencia infinita) y con el no-ser (el odio, no menos infinito aunque de signo contrario, como deseo de inexistencia, y de ausencia radical de la persona, como voluntad ya de encubrimiento, de olvido o de aniquilación). La cacodemonología antiteológica postularía así un error, pero radical, entre las satisfacciones, prefiriendo a las más altas espirituales y sociales o altruistas las más bajas sensibles y egoístas, o las más bajas e impuras, la de los placeres propiamente perversos y de los odios demoniacos, las satisfacciones demoniacas de los malhechores o de los inicuos, que por más que puedan resultar si no altas si al menos profundísimas, resultan también impuras y en definitiva bajas. De lo cual no puede desprenderse sino una ontología y hasta una mentología, ambas sui generis.



[1] Jacobo Boheme, Aurora. Ediciones Alfaguara. 1979. Madrid, España.




lunes, 24 de abril de 2017

Irma Escárcega: lo Mexicano Femenino Por Alberto Espinosa Orozco

Irma Escárcega: lo Mexicano Femenino
Por Alberto Espinosa Orozco

   Durango no deja de sorprender por sus figuras artísticas de relieve y talla nacional, las cuales forman parte y constituyen  una ínsula entrañable de la memoria y del espíritu de nuestra cultura. La magnífica pintura de la maestra Irma Escárcega (1932) es, sin lugar a dudas, una montaña más que sumar a la gruesa cordillera de cumbres que levantaron la mirada estética durante la segunda mitad del siglo XX mexicano, continuando sus tremendos movimientos telúricos en algunos casos hasta le fecha. La maestra Escárcega, congruente en su visión con la realidad mexicana y sus símbolos más profundos, continúa una labor personal que se ha extendido por más de medio siglo de labor creativa. Su obra recuerda las visiones más perfectas y profundas de una tradición tocada por la magia y el misterio de lo femenino, que va de María Izquierdo y Angelina Belof a Frida Kahlo, hasta llega a la soberbia pintura de  Teresa Moran.
   Por un lado hay que destacar su compleja concepción festiva de la muerte y la sobriedad simbólica de las prendas del cristianismo, que esponjosa y lapidariamente nos seducen por lo que tienen de alegría irónica, de suave pesantez y de hondo apego a la mentalidad popular. La muerte vista en términos de vida y de festividad, de lucha perruna en una esquina árida y de celebración por lo que tiene de despliegue colorido en la fragilidad de su espontánea caricia. Todas las cosas nacen de su contrario: la vida nace de la muerte y lo animado de lo inanimado. El espíritu, es verdad, ha de retornar a la materia inerte y sin vida, arrastrando sin embargo todo un caudal de experiencia y de vivencia, todo el movimiento que desarrolló en su despliegue, posándose como una capa de animación sobre los dulces huesos del recuerdo.
   Por el otro, hay que destacar su concepción de dignidad y grandeza del tremendo paisaje nacional, con sus altos soles y volcanes y su chaparral de nopales. Pintura realista de encanto y maravilla en la que ha quedado fijada la imagen y los ideales plásticos de toda una etapa de la pintura mexicana y en la que se cifran los símbolos de toda una tradición. No sólo la búsqueda de los orígenes en el paisaje y las tradiciones populares, sino también el intento de desenajenación cultural que buscaba ante todo la articulación de una visión auténtica de hombre y del mundo, la cual representa una bocanada de aire refrescante y salubre en el retrato fiel de la realidad, en el cual aparece nuestro verdadero rostro, a veces dolorido y fatigado, pero nunca vencido. Superficie bidimensional potente para darnos una identidad concreta y para tener un plano en el cual reconocernos sin vergüenza, aportando los ingredientes necesarios para estructurar una comunidad de carácter nacionalista.
   Irma Escárcega frecuentó, no sin precocidad, esa época estelar de la pintura nacional, dejando como testimonio de su participación en el movimiento una serie de gemas preciosas, imágenes inolvidables y memorables para la historia de la pintura. Sorprende por su perfección técnica un cuadro pintado a los 16 años de edad, cuando la joven maestra egresaba de la Academia de San Carlos: Desnudo de niña (1948), donde hay algo de la escuela de Diego Rivera, pero también de la grandeza metafísica con que se trata al modelo y al paisaje –oriunda de una concepción del hombre en donde se magnifican y privilegian los planos emotivos de la persona y los escorzos simbólicos e históricos del paisaje natural.
   Dos obras suyas deben ser contadas entre las más significativas y reveladoras de la pintura durangueña en general: el dibujo del Cerro de los remedios (1949) y el lienzo extraordinario del Cerro del Mercado y de los Remedios (1950). El último una preciosa imagen del paisaje más íntimo de Durango, un testimonio de los tiempos idos donde reverbera desde el fondo del tiempo como un eco una perspectiva armónica de singular belleza, reposo y sosiego, en donde los dos cerros amigablemente se superponen, comulgan  y se visitan, antes de ser asaltados por la oleada urbanística en donde se disuelve esa feliz conjunción del paisaje, ese romance, ya sordo y ciego, de los dos colosos de tierra y roca. Pintura que a la vez nos habla del respeto por la arquitectura sacra y el hábitat provinciano, ahora sólo  material del recuerdo y de la nostalgia.
   Porque Irma Escárcega creó imágenes de un tremendo poder plástico, cuya fuerza no es otra que el de la realidad concreta, de carne y hueso, en cuya vitalidad casi eléctrica y desentumecedora poder alcanzar un sentimiento de belleza cercano a la revelación de nuestra esencia patria, partiendo de imágenes cotidianas (Perros, 1959, grabado). Dos cuadros más destacan por su rescate antropológico y urbano, de un México que se abría a sí mismo, que se exteriorizaba para mostrar su modesta grandeza y su temperado recreo: Calle de Violeta y Soto (1959), paisaje urbano de la colonia Guerrero, y Alameda central (1959), pintura arqueológica de un momento de la cultura nacional donde se refleja algo muy delicado que acaso hemos perdido: el rescate de la belleza apacible de lo sencillo, de propio y nuestro, de lo tradicional encarnado en un jardín en donde todavía podía darse el encuentro con la esperanza, con lo real maravilloso o con el misterio.
   Otra pintura de la misma etapa, Estudio de Rechy (1959), vuelve sobre el cuarto-taller del artista, recinto de la cotidianidad donde el creador convoca a los espíritus que guían a la reflexión plástica, donde se entraña toda una concepción de una forma de vida artística, de carácter riveriano,  donde en su barroca frugalidad se privilegian los objetos populares y los cuadros amigos, dando cuenta y razón de ser de una intimidad rica y profunda, en un clima de pureza franciscana, de una alegría pobre, sencilla y amorosa ante la vida y de una actitud simpática con lo popular en que se da una simpatía solidaria que colabora refinadamente con los valores que nos son más propios y caros. Concepción también vangoghiana de la vida, del recinto o claustro de la concentración, teñido de fiesta y de alegre conciencia por lo que nos identifica y nos une. No el folklore hueco del mercado, sino la doble concepción de la muerte y de la vida, del sol y de la luna, que nos hace pertenecer a una misma cosmovisión. La visión de la muerte en el esqueleto de papel brillante, no como un espantajo de la disolución, sino como el fin que nos aguijonea para vivir y rehacernos en este mundo, que nos hace re-murientes re-vividos urgiéndonos e instándonos para superarnos a nosotros mismos en la reflexión contemplativa o en la fraternidad convocada por la convergencia en un cosmos de valores asumidos de forma libre y auténtica como horizonte cultural de vida.
   El cuadro Puente de Nonoalco (1964) es un lienzo clásico, de lo mejor de su pintura, donde resaltan todo tipo de calidades, colorísticas y compositivas, el cual da cuenta de un México modernizado pero más estable, menos vertiginoso, más popular y tradicional, con más carácter y sentido. Por otra parte el Cristo en paja (1966) se atreve otra vez con la interpretación popular de nuestra tradición religiosa, dando amparo a la sencillez colorida y muchas veces abrupta de nuestro horizonte metafísico. Escárcega da pruebas de no haberse desprendido de la reflexión sobre el paisaje nacional (Catemaco, 1989), pero sobre todo de su profunda concepción, de su visión de los símbolos profundos que traman nuestra cultura: Homenaje a Fernando Amado (2000) desentraña una imagen compleja y acaso esperanzadora, en donde un domo abierto a la luz permite que las nubes y el cielo se derramen como un ojo o una gran mirada a los símbolos plásticos que vibran en el fondo de nuestro inconsciente colectivo, sumando a los cristianos de la cruz de roca, emblemas  prehispánicos e ídolos de muerte y resurrección, de renovación del ciclo de la vida.
   Sin embargo, también hay que apuntar que la obra de la maestra Escárcega es tremendamente irregular, afectada por uno de los caracteres más negativos de la época contemporánea: por la prisa y el vértigo, por la rapidez de lo no acabado a conciencia, por el impulso que sólo quiere terminar con la obra y su infinita o ilimitada interpretación, produciendo mecánicamente objetos mudos e ininterpretables. En efecto, en su obra más reciente hay algo así como una imperfección experimental rayana en lo mal hecho, donde se insinúa un ansia inexplicable por terminar, por cerrar la obra, lo cual sólo se puede interpretar como apresuramiento y desgana. La forma es a la imagen lo que la palabra al pensamiento: la superficie material y física donde vibra un espíritu, un sentido. Se presenta entonces la pregunta ¿por qué sustituir las formas e imágenes de una realidad vistas a la luz de una rica tradición nacionalista y desde un punto de vista íntimo y personal, por pseudo-verdades y modas vanguardistas ya rancias? ¿Porque romper con la escuela mexicana de pintura, de la que la maestra Escárcega ha sido un alto representante, para realizar experimentos formalistas azarosos en cuadros neutrales y contingentes, despreocupados y ópticamente venenosos?
   El rasgo más negativo del arte contemporáneo es frecuentado también por la pintora: la falta de desarrollo. Obra abstracta hecha con recortes de tapetes o con carpetas coloridas que muestran una regresión hacia formas balbucientes y  que ejemplifican un retorno al movimiento de la materia muerta y sin vida, a lo carente de esfuerzo visionario que, por lo tanto, no puede labrar ningún arquetipo de belleza, ni producir ninguna visión del mundo y que no alcanza la validez estética de la imagen. Los retratos de niñas o el de Olga Arias ofenden a la vista en su desamparo compositivo. Empero, aún dentro de ese extravío facilista y experimental, la maestra Escárcega ha podido encontrar algunos símbolos y objetos valiosos: la sillita verde hecha con desperdicios automotrices resulta, éste sí, un diseño extraordinario, una escultura en chatarra que nos salva del peso efímero y evanescente de la civilización maquinista y de la tecnocracia, para reelaborar sus detritus irónicamente, dando con ello forma y salvación  a los emblemas de una civilización que amenaza en su aceleración con borrar toda imagen del hombre y del mundo.

2001-10-10


domingo, 23 de abril de 2017

El Monumento al Héroe de Nacozari Por Alberto Espinosa Orozco

El Monumento al Héroe de Nacozari 
Por Alberto Espinosa Orozco 



   El Monumento al Héroe de Nacozari partió de un diseño de Fermín Revueltas, realizado en mancuerna con Ignacio Asúnsolo. Juntos se encargaron personalmente de la construcción, de diciembre de 1931 a marzo de 1932. Puede decirse que ambos diseñaron toda la estructura del monumento, traduciéndola Revueltas a dibujos y Asúnsolo a maqueta. El escultor Federico Canesi litigó para que se le atribuyera la obra , pero sin ningún éxito. 


   Se trata de una estructura de cuerpos geométricos regulares, un hexaedro de cuatro caras, levando sobre una base piramidal. El estilo sobrio de la composición atendía a la idea de reflejar, en el cubo central mediante la pureza de las formas, las ideas abstractas de justicia, verdad y perfección. Para las cuatro caras del hexaedro Asúnsolo diseñó relieves de gran simplicidad, alusivos a la acción heroica de Jesús García, siendo añadidas inscripciones igualmente sobrias sobre las superficies por parte de Fermín Revueltas. La solución arquitectónica, que contaba con un recinto interior, resulto de gran equilibrio y elegancia, influenciando notablemente a posteriores proyectos monumentales. Por tratarse de las tres virtudes abstractas de la justicia, de verdad y la perfección bajo la forma alegórica de tres figuras femeninas, la voz popular ha llamado también a la obra “Monumento a la Madre” –correspondiendo aquellas más bien a los lauros de gloria trascendentes que coronaron las sienes del héroe sonorense sub especie aeternitis.  
   El monumento, efectivamente, cuenta con tres caras marmóreas en bajorrelieves escultóricos, que Asúnsolo mandó chapear con una capa de granito mezclada con cemento.    


   El amor ideal a su patria chica, Durango, y las afinidades electivas, llevó a los dos artistas a un trabajo de gran armonía en su conjunto, levantándose el Monumento al Héroe de Nacozari en el Parque Madero de Hermosillo Sonora, en los terrenos del Puente Colorado, que había sido propiedad del ciudadano francés Pallet, a unos pasos del lugar donde habría nacido Jesús García Corona.[2] Algún crítico ha visto en el estilo de la obra la difícil conjunción entre el Art Decó y el totalitarismo ideológico de la época, planteándose ciertamente la tensión entre un arte revolucionario y un poder cada vez más corporativo, encarnado por el periodo presidencial denominado del “Maximato” (1924-1934), justo en la época en que el gobierno de Sonora era detentado por Rodolfo Elías Calles, el mismísimo hijo del general Plutarco Elías Calles. Lo cierto es que la obra refleja claramente la mano de la Escuela de Talla Directa, antecedente directo de “La Esmeralda”, trasportando los diseños de las virtudes ideados por Revueltas en mármoles extraídos del Cerro de la Campana, símbolo de la ciudad de Hermosillo, también conocida como “La Ciudad del Sol”.[3]  




   Hay que agregar aquí que Fermín Revueltas realizó una obra más para Sonora: el vitral para la Casa del Pueblo de Sonora del año de 1933. Los murales en emplomado, pertenecientes al último ciclo del artista de Santiago Papasquiaro, engalanaron el teatro de la casa del Pueblo, teniendo como tema el “Movimiento Obrero Mexicano”, hecho por pedido del Ingeniero Juan de Dios Bohórquez. El proyecto fue concluido y montado en su lugar por la casa Montaña de Torreón, Coahuila, contando como ayudante de dibujo con el novel pintor Francisco Montoya de la Cruz. La obra constaba de tres dípticos, cuyos anteproyectos a prisma color aun se conservan, que son: “Zapata y la Maestra Rural”; “La Revolución”, y; "Obrero Muerto y Mitin”. La Casa del Pueblo formó parte de un complejo arquitectónico de beneficio social, contando con canchas de tenis, frontenis, alberca, ring de box y el estadio de beisbol “Fernando M. Ortiz”. Las instalaciones fueron convertidas en oficinas del PNR y los vitrales se perdieron, no dejando ninguna huella de su paso, porque a alguno les gustó y se los llevó para su casa.




   Por su parte Ignacio Asúnsolo  Mason dejó varias obras para Sonora, pues tenía una relación con la entidad, ya que su madre, Doña Carmen Mason Bustamante, era oriunda de Pitiquito, Sonora. Para Nogales, Sonora, labró el “Monumento a la Madre”, inaugurado el 19 de agosto de 1946. También realizó dos monumentos del general Abelardo L. Rodríguez, uno de ellos la estatua sedente que se encuentra en la Biblioteca de Sonora. El boulevard Abelardo L. Rodríguez cuenta con dos obras más del autor: dos estatuas de Plutarco Elías Calles y otra de Benito Juárez. Para Hermosillo, Sonora, labra en 1959 una obra más, titulada también “Monumento a Madre”. Por último realizó dos esculturas de primeros presidentes revolucionarios de la nación: Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles .
 









El Héroe de Nacozari Por Alberto Espinosa Orozco

El Héroe de Nacozari
Por Alberto Espinosa 
Orozco





I
   En el año de 1931 Ignacio Asúnsolo se asoció con el artista, también durangueño, Fermín Revueltas. Juntos se dieron a la tarea de realizar  para Hermosillo, Sonora, el proyecto para el monumento al Héroe de Nacozari. De hecho ambos artistas trabajarían en estrecha colaboración hasta el año de 1934 para el proyecto del Monumento a Álvaro Obregón, aproximadamente durante el periodo comprendido por la presidencia interina del general Abelardo L. Rodríguez (Guaymas, Sonora, 1899- La Jolla, California, 1964).  
   Se conoce como el Héroe de Nacozari a Jesús García Corona (1881-1907). Jesús García nació en la ciudad de Hermosillo, pero a la muerte de su padre marchó a la ciudad minera de Nacozari para buscar mejor fortuna, acompañado por su madre y sus siete hermanos.
   La ciudad de Nacozari, que en la lengua aborigen ópata significa “lugar rodeado de nopales”, fue fundada en 1660 por los mineros españoles, que le dieron el nombre de Nuestra Señora del Rosario de Nacozari. A mediados del Siglo XIX, en 1867, la ciudad esperimento un crecimiento en su población cuando las minas de cobre explotadas por la Cia. U.B. Teader, fueron vendidas a la Moctezuma Copper Company (subsidiaria de Dodge Phelps), debido a que contrataron a muchos ingenieros y trabajadores de Estados Unidos, quienes introdujeron adelantos metalúrgicos modernos, además de hospital, biblioteca y casas estilo americano.[1]
   El humilde ferrocarrilero Jesús García Corona (Hermosillo, 13 de noviembre de 1883-Nacosari, 7 de noviembre de 1907), un hombre apuesto, de 1.80 mts de altura, moreno de ojos claros y bigote rubio, había aprendido el oficio de mecánico junto a su padre, Francisco García Pino, quien murió en el camino antes de llegar con su familia a Nacozari. Entró a trabajar muy joven a la industria minera Moctezuma Cooper Company, controlada por el Ing. W.L. York, siendo el menor de sus siete hermanos que ya se habían instalado para trabajar en ella, mientras su madre Rosa Corona Viuda de García atendía un pequeño negocio personal de lonches y café para los trabajadores.




   Su primer puesto fue de aguador, a los 16 años de edad, en 1898, escalando a bombero y luego a controlador de frenos, obteniendo cuatro años más tarde, por su dedicación y notables dotes, el grado de Ingeniero Mecánico, lo que lo facultó como ayudante de maquinista. por ese tiempo fue premiado por el superintendente de la minera Sr. James S. Duglas y el gerente Sr. Elizalde con un viaje todo pagado a Missouuri, estados Unidos. 




   La tragedia se dio cita en Nacozari el 7 de noviembre de 1907, cuando el maquinista oficial de la compañía, el alemán Alberto Biel, enfermó y tuvo que ser remitido al hospital. Como a las tres de la tarde tocó su turno a Jesús García, de 25 años de edad, quien por aquel azar del destino tuvo que tomar el mando de la locomotora, la que se encontraba estacionada en el Patio de Abajo, junto al bodegón de la casa de Máquinas, cargada hasta el tope con más de mil cartuchos de dinamita, lo que la convertía a aquel centro en un imponente polvorín. 
   Un viento contrario se desató entonces, llevando las chispas desprendidas de la caldera del vapor, avivadas por el fuerte viento, hacia las góndolas del tren, cargadas con una serie de cajas que contenían cuatro toneladas de dinamita, que  pronto empezaron a arder. El fogonero y los garroteros se bajaron presurosos del tren. No así Jesús García, quien tomó la decisión de sacar el ferrocarril, corriendo con su Maquina # 501 a toda prisa por la pendiente, cuesta arriba, para que no volara la ciudad entra. Jesús García logró llevar el tren a un lugar abierto, siendo el último en saltar el garrotero José Romero, quien salvó su vida al esconderse detrás de una piedra. A la altura del kilómetro # 6, al llegar al patio de Arriba, lugar conocido como "El Seis", la locomotora y los carros cargados con 2 toneladas de TNT volaron en mil pedazos por el aire, cimbrando la ciudad de Nacozari con un estrépito horrendo que se oyó a más de 16 kilómetros de distancia, rompiendo la onda expansiva todos los vidrios de las ventanas que halló a su paso. Se escucharon tres explosiones sucesivas como a las 2:20 de la tarde, causando una gran destrucción, matando en el acto a Jesús García que iba al frete de la cabina de tren, junto con 13 personas más que deambulaban por los alrededores y dejando heridas a otras 18 más, varias de ellas mortalmente lesionadas. Efectivamente, en el acto también murieron 6 mujeres y dos muchachas que estaban en una casa de sección junto al camino, más 5 hombres que pasaban por los alrededores. También murió el hijo del carpintero de la industria, un muchacho de apenas 14 años de edad de nombre William Chilshom. El superintendente Sr. J.S Duglas rindió a las pocas horas un informe detallado de lo sucedido al gobernador del estado de Sonora, Sr. Luis E. Torres, mientras el cielo se encapotaba de nubes grises y llovía durante toda la noche en el pueblo de Nacozari, como si el cielo mismo se vistiera de luto y llanto.   
   El sacrifico del ferrocarrilero no fue, sin embargo, en vano. Su hazaña heroica había salvado al pueblo de una terrible destrucción, quedando su epopeya labrada en la mente de sus coterráneos, y su figura como un símbolo verdadero, por encarnar los ideales de humanidad, valor y gallardía propios al más hondo arquetipo ideal de ferrocarrilero del norte del país. Héroe blanco de Sonora, héroe civil de la humanidad, en cuyo honor el poblado cambió en 1909 de nombre a Navozari de García por decreto de la legislación de su estado, celebrándose en México el día de muerte, 7 de noviembre, el Día del Ferrocarrilero, a partir de 1944.     



  La epopeya del ferrocarrilero inspiró la lirica popular vernácula, siendo el héroe de un corrido que narra sus hazañas, el que ha sido cantado a la largo de los años por variopintos intérpretes, desde el Charro Avitia hasta Pepe Aguilar, pasando por Los Camineros, Los Alegres de Terán, Las Voces del Rancho, Los Llaneros de Guamuchil, Los Rieleros del Norte, Montañeses del Álamo, Eduardo "El Gallo" Elizalde y Lorenzo de Montecarlo.







Maquina # 501

Maquina # 501
la que corría por Sonora
por eso los garroteros el que no suspira llora
era un domingo señores
como a las tres de la tarde
estaba Jesús García acariciando a su madre
dentro de pocos momentos
madre tengo que partir
del tren se escucha el silbato
se acerca mi porvenir.

Cuando llegó a la estación
un tren ya estaba silbando
y un carro de dinamita
ya se le estaba quemando.

El fogonero le dice
Jesús vámonos apeando
mira que el carro de atrás
ya se nos viene quemando
Jesús García le contesta
yo pienso muy diferente
yo no quiero ser la causa
de que muera tanta gente.

Le dio vuelta a su vapor
porque era de cuesta arriba
y antes de llegar al seis
ahí terminó su vida.

Desde ese día inolvidable
tú te has ganado la cruz
tú te has ganado las palmas
eres un héroe Jesús.




Fotografía de Alberto Bbiel (1904): Jesús García Corona, José Romo, Hipólito Soto, Francisco Rendón y Agustín Bruló


1] Nacozari se encuentra a 150 km de Hermosillo y a 123 km de Agua Prieta, enclavada en el extremo norte de la Sierra Madre Occidental, a 1, 100 metros de altura. En 1900 tenía apenas mil habitantes, contando en 1912 con dos mil y en la actualidad con una población de más de 10 mil almas. En 1912 fue nombrada Cabecera Municipal, con el nombre de Nacozari de García, en honor del héroe ferroviario. En 1904, debido a la necesidad de llevar el preciado metal a los Estados Unidos, se introdujo el ferrocarril, conectando Nacozari primero con Agua Prieta y luego con Duglas, Arizona –pues hasta esa fecha las vías del tren jalaban los vagones que eran arrastrados por mulas.  En 1948, cuando se agotaron los recursos minerales de Nacozari y la industria trasnacional cambio de nombre a Compañía Mexicana de Cobre S.A. de C.V., comenzó la exploración de los yacimientos circunvecinos, encontrando entonces, a 20 millas al sureste de la ciudad, la mina La Caridad  que empezó a explotarse a cielo abierto para el año de 1968, siendo en la actualidad la 3ª mina de cobre más grande del mundo, contando para su explotación con gigantescos camiones de 8 mts de altura por 12 de largo, de 27 toneladas de peso, que soportan paladas de 60 toneladas de mineral, el cual luego de ser triturado en el. Complejo Metalúrgico de Esqueda, Sonora.  
[2] Existe en el mismo Parque Madero un Monumento a Jesús García de confección más reciente, escultura de 1997 debida al escultor Julián Martínez Sotos. Hay que agregar que el escultor oficial postrrevolucionario Federico Canessi (1906/1977) realizo una escultura del Héroe de Nacozari para el Sindicato Ferrocarrilero de la bella ciudad de Toluca en 1948, dejando en Hermosillo, Sonora, la huella de sus cinceles con un retrato de Adolfo de la Huerta. 







[3] Blogger Sonora Diversidad. Tonatiu Castro Silva, “El Patrimonio Cultural ante un urbanismo rapaz,” 





sábado, 22 de abril de 2017

APOTEGMAS DE LOS PADRES DEL DESIERTO: SOBRE LA VIDA ESPIRITUAL

APOTEGMAS DE LOS PADRES DEL DESIERTO:
SOBRE LA VIDA ESPIRITUAL 




1
Preguntó uno al abad Antonio: «¿Qué debo hacer para agradar a Dios?» El anciano le respondió: «Guarda esto que te mando: donde quiera que vayas, ten siempre a Dios ante tus ojos, en todo lo que hagas, busca la aprobación de las Sagradas Escrituras; y donde quiera que mores, no cambies fácilmente de lugar. Guarda estas tres cosas y te salvarás».

2
El abad Pambo preguntó al abad Antonio: «¿Qué debo hacer?». El anciano contestó: «No confíes en tu justicia; no te lamentes del pasado y domina tu lengua y tu gula.

3
Dijo San Gregorio: «De todo bautizado Dios exige tres cosas: una fe recta para el alma, dominio de la lengua; castidad para el cuerpo».

4
El abad Evagrio refiere este dicho de los Padres: «Una comida habitualmente escasa y mal condimentada, unida a la caridad, lleva muy rápidamente al monje al puerto de la apatheia (1)».

5
Dijo también: «Anunciaron a un monje la muerte de su padre, y el monje dijo al mensajero: “Deja de blasfemar; mi padre es inmortal”».

6
El abad Macario dijo al abad Zacarías: «Dime, ¿cuál es el trabajo del monje?». «¿Y tú, Padre, me preguntas eso?», le respondió. Y el abad Macario le dijo: «Tengo plena confianza en ti, hijo mío Zacarías, pero hay alguien que me impulsa a interrogarte». Y contestó Zacarías: «Para mí, Padre, es monje aquel que se hace violencia en todo».

7
Decían del abad Teodoro de Fermo que aventajaba a todos en estos tres principios: no poseer nada, la abstinencia y el huir de los hombres.

8
El abad Juan el Enano dijo: «Me gusta que el hombre posea algo de rodas las virtudes. Por eso, cada día al levantarte, ejercítate en todas las virtudes y guarda con mucha paciencia el mandamiento de Dios, con temor y longanimidad, en el amor de Dios, con esfuerzo de alma y cuerpo y con gran humildad. Sé constante en la aflicción del corazón y en la observancia, con mucha oración y súplicas, con gemidos, guardando la pureza y los buenos modales en el uso de la lengua y la modestia en el de los ojos. Sufre con paciencia las injurias sin dar lugar a la ira. Sé pacífico y no devuelvas mal por mal. No te fijes en los defectos de los demás, ni te exaltes a ti mismo, antes al contrario, con mucha humildad sométete a toda criatura, renunciando a todo lo material y a lo que es según la carne, por la mortificación, la lucha, con espíritu humilde, buena voluntad y abstinencia espiritual; con ayuno, paciencia, lágrimas, dureza en la batalla, con discreción de juicio, pureza de alma, percibiendo el bien con paz y trabajando con tus manos. Vela de noche, soporta el hambre y la sed, el frío y la desnudez, los trabajos. Enciérrate en un sepulcro como si estuvieses muerto, de manera que a todas las horas sientas que tu muerte está cercana».

9
El abad José de Tebas dijo: «Tres clases de personas son gratas a los ojos de Dios: primero los enfermos que padecen tentaciones y las aceptan con acción de gracias. En segundo lugar, lo que obran con toda pureza delante de Dios, sin mezcla de nada humano. En tercer lugar, los que se someten y obedecen a su Padre espiritual renunciando a su propia voluntad».

10
El abad Casiano cuenta del abad Juan que había ocupado altos puestos en su congregación y que había sido ejemplar en su vida. Estaba a punto de morir y marchaba alegremente y de buena gana al encuentro del Señor. Le rodeaban los hermanos y le pidieron que les dejase como herencia una palabra, breve y útil, que les permitiese elevarse a la perfección que se da en Cristo. Y él dijo gimiendo: «Nunca hice mi propia voluntad, y nunca enseñé nada a nadie que no hubiese practicado antes yo mismo».

11
Un hermano preguntó a un anciano: «¿Hay algo bueno para que yo lo haga y viva en ello?». Y el anciano respondió: «Sólo Dios sabe lo que es bueno. Sin embargo, he oído decir que un Padre había preguntado al abad Nisterós el Grande, el amigo del abad Antonio: “¿Cuál es la obra buena para que yo la haga?”. Y él respondió: “¿Acaso no son todas las obras iguales”? La Escritura dice: “Abraham ejercitó la hospitalidad, y Dios estaba con él. Elías amaba la hesyquia (2), y Dios estaba con él. David era humilde y Dios estaba con él”. Por tanto, aquello a lo que veas que tu alma aspira según Dios, hazlo, y guarda tu corazón».

12
El abad Pastor dijo: «La guarda del corazón, el examen de si mismo y el discernimiento, son las tres virtudes que guían al alma».

13
Un hermano preguntó al abad Pastor: «¿Cómo debe vivir un hombre?». Y el anciano le respondió: «Ahí tienes a Daniel, contra el que no se encontraba otra acusación, más que el culto que daba a su Dios» (cf. Dn, 6, 56)

14
Dijo también: «La pobreza, la tribulación y la discreción, son las tres obras de la vida solitaria. En efecto, dice la Escritura: “Si estos tres hombres, Noé, Job y Daniel hubiesen estado allí…”. (cf. Ez 14, 1420). Noé representa a los que no poseen nada. Job a los que sufren tribulación. Daniel a los discretos. Si estas tres se encuentran en un hombre, Dios habita en él».

15
El abad Pastor dijo: «Si el hombre odia dos cosas, puede liberarse de este mundo». Y un hermano preguntó: «¿Qué cosas son esas?». Y dijo el anciano: «El bienestar y la vanagloria».

16
Se dice que el abad Pambo, en el momento de abandonar esta vida, dijo a los santos varones que le acompañaban: «Desde que vine a este desierto, construí mi celda y la habité, no recuerdo haber comido mi pan sin haberlo ganado con el trabajo de mis manos, ni de haberme arrepentido de ninguna palabra que haya dicho hasta este momento. Y sin embargo, me presento ante el Señor como si no hubiese empezado a servir a Dios».

17
El abad Sisoés dijo: «Despréciate a ti mismo, arroja fuera de ti los placeres, libérate de las preocupaciones materiales y encontrarás el descanso».

18
El abad Chamé, a punto de morir, dijo a sus discípulos: «No viváis con herejes, ni os relacionéis con poderosos, ni alarguéis vuestras manos para recibir, sino más bien para dar».

19
Un hermano preguntó a un anciano: «Padre ¿cómo viene al hombre el temor de Dios?». Y respondió el anciano: «Si el hombre practica la humildad y la pobreza y no juzga a los demás, se apoderará de él el temor de Dios».

20
Un anciano dijo: «Que el temor, la privación de alimento y el penthos (3) moren en ti».

21
Dijo un anciano: «No hagas a otro lo que tú detestas. Si odias al que habla mal de ti, no hables tampoco mal de los demás. Si odias al que te calumnia, no calumnies a los demás. Si odias al que te desprecia, al que te injuria, al que te roba lo tuyo o te hace cualquier otro mal semejante, no hagas nada de esto a tu prójimo. Basta guardar esta palabra para salvarse».

22
Un anciano dijo: «La vida del monje es el trabajo, la obediencia, la meditación, el no juzgar, no criticar, ni murmurar, porque escrito está: “Ama Yahveh a los que el mal detestan”. (Sal 96, 10). La vida del monje consiste en no andar con los pecadores, ni ver con sus ojos el mal, no obrar ni mirar con curiosidad, ni inquirir ni escuchar lo que no le importa. Sus manos no se apoderan de las cosas sino que las reparten. Su corazón no es soberbio, su pensamiento sin malevolencia, su vientre sin hartura. En todo obra con discreción. En todo esto consiste el ser monje».

23
Dijo un anciano: «Pide a Dios que ponga en tu corazón la compunción y la humildad. Ten siempre presentes tus pecados y no juzgues a los demás. Sométete a todos y no tengas familiaridad con mujeres, ni con niños, ni con los herejes. No te fíes de ti mismo, sujeta la lengua y el apetito y prívate del vino. Y si alguno habla contigo de cualquier cosa, no discutas con él. Si lo que te dice está bien, di: “Bueno”, Si está mal, di; “Tú sabrás lo que dices.” Y no disputes con él de lo que ha hablado. Y así tu alma tendrá paz».

(1) APATHEIA: Impasibilidad. No consiste en la extinción de las pasiones, sino en su perfecto dominio en aquel que está estrechamente unido a Dios.
(2) HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea, finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo.

(3) PENTHOS: Duelo por la muerte de un pariente. Y de aquí, en sentido espiritual: tristeza causada por el estado de muerte en que el alma se encuentra a consecuencia del pecado, sea del pecado propio o del pecado del prójimo.