jueves, 24 de mayo de 2018

Ángel Zárraga: La Voluntad de Construir Por Alberto Espinosa Orozco

 Ángel Zárraga: La Voluntad de Construir
Por Alberto Espinosa Orozco 


I


II
Cabe destacar aquí que la colección más importante del extinto Museo de Arte Contemporáneo Ángel Zárraga, ubicado en Negrete # 903, vigente del 31 de octubre de 1996 a febrero del 2014, es resguardada hoy en día, sin exhibirse, en el Museo de Arte Moderno Guillermo Ceniceros (MAMGC, ICED).[1] Se trata de 11 dibujos del mismo Ángel Zárraga, donados al pueblo de Durango por el Director General de Minas de Basis, Don Jaime Gutiérrez Núñez, siendo los únicos trabajos del genial artista oriundo del barrio de Analco conservados en la entidad con un carácter público.
Las obras versan sobre el “Vía Crucis” de Jesús, nuestro Señor Redentor, también conocidos como “Las Estaciones”, tratándose de obras preparatorias para los murales que el genial pintor religioso de Durango, Ángel Zárraga, compuso para la realización de los tableros para la Capilla del Sanatorio de Guébriant en 1934, para la Capilla de Estudiantes de la Universidad de París, en 1935 y para la capilla de Saint Martín en Meudon, Francia, en 1936, lugar éste último en cuya cercanía vivó con su segunda esposa y su hija Clara, en una casa de campo, entre árboles frutales y rosas que él mismo cultivaba.
El más grande pintor Durangueño del siglo XX y universal pilar trasatlántico de la Escuela Mexicana de Pintura. Nació en la Ciudad de Durango, en el barrio de Análco,  el 6 de agosto de 1886 y murió en la Ciudad de México en 1946 a los sesenta años de su edad. Pionero ultramarino de ese singular renacimiento inscrito en nuestra cultura nacional, sacudida por las tremendas olas icónicas monumentales del Movimiento Muralista Mexicano -arte de tesis o programático y a la vez perfectamente público o de vocación eminentemente educativa. Ángel Zárraga es el pintor mexicano más importante en la primera mitad del siglo XX en Europa. La vieja política oficial y su corte burocrática nacionalista embozada en un socialismo tenebroso y perfectamente reaccionario han querido ocultar y hasta desviar la modernidad filosófica de su obra, debido a su carácter espiritual y religioso.
Regionalmente hace dieciséis años se desatendió la brillante oportunidad de adquirir la colección del artista en manos de los herederos del Conde René Phillipon, cuando se fundó el museo pensado para albergarla. Parálisis, pues, cuyo engarrotamiento pasajero no ha de impedir a los humanistas y científicos sociales durangueños sopesar el lugar que le corresponde como pintor en la zaga de la cultura nacional.
          Porque si una tarea dejó pendiente la Revolución Mexicana fue precisamente una obra histórica: la de revalorizar la cultura –y es el miedo irracional a la cultura lo que impide revalorizarla.
Empero, puede argüirse el desagravio que la cultura entraña el sentido de la historia humana, no por sí misma, sino por lo que sucede entre una obra y nosotros: por lo que significa y al hacerlo también nos significa a nosotros mismos, haciéndonos así partícipes de una patria ideal o espiritual.













[1] El Museo de Arte Moderno Guillermo Ceniceros se fundó el 3 de agosto de 1998, con una numerosa donación de obra menor, aproximadamente 229 obras valuadas por el autor en 2 millones de dólares,  aportada por el mismo artista. Su primera sede fue el casco de la Hacienda de Ferrería de las Flores, a cargo de la directora Mayela del Carmen Torres Meléndez, y su histórica pareja, el escritor autodidacta y hoy en día cronista de la ciudad Javier Guerrero Romero, durando la instalación toda la época sexenal, en la que se introdujo la modalidad de rentar el inmueble para fiestas, eventos y reuniones. El 13 de agosto de 2004 el Museo Ceniceros se cambió de local, teniendo sus nuevas instalaciones en una vieja casona de Independencia # 135 Norte, entre Aquiles Serdán y Coronado, en donde permaneció por diez años. En el año de 2014 la colección se trasladó a lo que había sido el Velatorio de Pensiones “El Sabino”, en la calle de Aquiles Serdán # 1225, siendo inaugurado por el entonces gobernador Jorge Herrera Caldera como Museo de Arte Moderno Guillermo Ceniceros (Centro Cultural de las Artes Plásticas) el 4 de octubre de ese mismo año. Por su parte, a manera de referenia histórica puede agregarse que la sede del MACAZ fue convertida, el 29 de marzo del 2018, el último día de funciones del Presidente Municipal y aspírante a Senador de la Republica, Dr. José Ramón Enriquez, en el Museo del Mezcal Duranguense, enfilado al turismo, con el objetivo de la "venta de la bebida de los dioses", sumándse está acción a otras muchas en beneficio de los capitalinos, como la remodelación de la Alberca Olímpica "José Revueltas", la remodelación de la Concha Acústica y la inauguración del Bioparque Recreativo Sahuatoba.   




martes, 22 de mayo de 2018

De la Vanguardia Revolucionaria a la Recuperación del Sentido (Pequeño Homenaje a Octavio Paz) Por Alberto Espinosa Orozco


De la Vanguardia Revolucionaria

a la Recuperación del Sentido
(Pequeño Homenaje a Octavio Paz)
Por Alberto Espinosa Orozco




   En uno de sus libros más vertiginosos a la vez que reflexivos el poeta y pensador Octavio Paz delinea claramente los contornos de lo que se ha estratificado en nuestros días bajo la forma de la “ideología globalizada” –también llamada “pensamiento único”, por ser el único posible. [1] Idea total del mundo que devalora todas las demás ideas y que no es sino la expresión de la tecnocracia postmoderna y su imperio, a la vez de la abundancia y de la mediocridad.[2] Su característica más notable es la del hombre sin legitimidad y sin origen, concebido como hijo de sus obras, de la técnica, de la fortuna y de sí mismo, que lo mismo lleva a cabo el asesinato ritual del padre que se entrega a la aventura histórica sin nostalgias y sin pasado, echado para adelante en pos de la conquista del futuro como mercenario del cosmos.

   Sus expresiones más visibles se encuentran en el territorio del arte, en donde se ha desarrollado una “estética de la indiferencia”, debajo de la cual late un indisimulable nihilismo. Los artistas, en efecto, no realizan así ni arte ni anti-arte, sino no arte: desechando el valor artesanal de la maestría y la moral del oficio, de lo bien hecho y a conciencia, han preferido las manipulaciones técnicas de los aparatos modernos, las imágenes del erotismo estéril, cifras de la promiscuidad o de la impotencia, el gesto gratuito o el acto exhibicionista del performance, ese género híbrido que se permite tocar cualquier sector de la cultura sin ninguna competencia  profesionalismo, y en cuyo irracionalismo puede verse una retrogradación del ser humano a las formas más primitas de pensamiento, que se dirigen hacia la magia, o a la negación de la realidad, hacia la irrealidad subterránea del surrealismo que frisan igual el circo que el teatro o las creencias fantasiosas –en una muy clara tendencia doble: por una parte, de reducir el arte o a meros ejercicios de la egolatría o a mera banalidad de la inconsciencia, y; por la otra, de completar el cuadro al negar el estatuto de artista a quien lo merece, para lo cual se vale de la publicidad e incluso de las instituciones en una estrategia a la vez de ocultación y de prestidigitación.

   Obras que evidencian así carencia de rigor y de trabajo, vació de creación y nula inteligencia, cuyos valores son así los de la ocurrencia huera y arbitraria o los de la mansa sumisión al dogma estético vanguardista, que no es otro así que el manierismo de la frivolidad ahincado en el materialismo del consumo o del culto al instante –y cuya función no es otra, como ha señalado actualmente Avelina Lesper, que vaciar a la sociedad de inteligencia para hacer rebaños manipulables, llevándola de tal manera a la estructuración de un mundo dominado por una burocracia de hombres grises que, a la manera de la casta atea de los mandarines, nos conduzca mansamente a un tipo de barbarie cuya única norma es la angustiosa necesidad de la exclusión. Y todo ello ante un público sumiso, por no decir colaboracionista y dogmático, que haya en tal despliegue escénico la oportunidad para satisfacer fácilmente su vanidad y su arrogancia. Arte efectivamente endogámico y elitista, aunque simultáneamente segregacionista, hecho para entretener, para distraer y adormecer a una estructura burocrática complaciente, atenazado a la vez por patrocinadores e instituciones cultuales, todo lo cual crea una especie de dictadura en la contemplación.

   El artista postmoderno se ha presentado, sin embargo, como un rebelde, pero actualmente su rebeldía no es sólo contra la tradición; también marcha en contra de la utopía y aún del respeto generacional. Rebeldía sin guía ni horizonte, pues, donde lo único que destaca es el oscuro presentimiento del fin de la historia, del fin del tiempo –sin que de ello se derive ni una mitología coherente, ni una vuelta a las comunidades de fe trascendente. El apogeo del artista rebelde se consume así en una tensión irresuelta entre la inconformidad y el convencionalismo: tensión de contrarios que se resquebraja al producir su opuesto: la indiferencia, la parálisis del sentido y el confinamiento de la conciencia. Sus signos, sus síntomas sería mejor decir, son los de una ausencia, los de una carencia: los de un hueco en la conciencia.

   Hijo de su tiempo y de la sociedad industrial, lo mismo capitalista que socialista, el artista moderno-contemporáneo se caracteriza por buscar un eje en el particularismo y la excepción: en la novedad, trasmutada a su vez en originalidad uniforme. Su excentricismo y extremismo se explica porque al igual que la sociedad que lo aplaude, ha perdido el centro: el símbolo de origen, el fundamento mítico que como principio anterior da fundamento y horizonte a una comunidad. Hijo también de las vanguardias, cuya misión fue cortar el cordón umbilical con el pasado y lanzarse hacia el futuro –el cual, sin embargo, resulta inasible, resolviéndose en cambio el vivir meramente al día, dejando a la vez pasar el tiempo a la manera de un mero espectador o, que mejor, de acaparador, de un acumulador o de un consumista, que es dueño de los superfluo pero carece de lo esencial. 
    Retrogradación del hombre, pues, hacia las formas más llanas de la animalidad por carente tanto de vida interior como de normas universales de comportamiento, donde lo que reina no es la reflexión y la calma de la vida consciente, sino el vacío succionador del mundo, resuelto a su vez en el movimiento de la distracción, de ser traído y llevado de aquí para allá sin dirección, en una especie de inmovilidad frenética. Vértigo postmoderno, pues, que al intentar hacer de la ausencia de norma y de regla un centro, es devorado por la moda, por el tiempo, que luego de uniformar el particularismo y la excepción… a la vez lo seca y lo desecha, lanzándose, como Sísifo, en la búsqueda del nuevo particularismo, sin poder alcanzar nunca al estabilidad.

   La nueva rebeldía del artista postmoderno desemboca de tal manera en un nihilismo ambiguo; domesticado y aceptado por el poder y las instituciones, rasurado de uñas y garras, se encuentra a la vez aceptado por la sociedad y neutralizado en su disidencia, a la vez premiado, pero al precio de ser despojado de conciencia. Curioso rebelde, pues, que está a la vez satisfecho por el hartazgo de los bienes materiales a que le da acceso la sociedad industrial y la tecnocracia administrativa, pero que en su fondo sin embargo permanece en la zozobra de la angustia, íntimamente insatisfecho por su abyección en el hartazgo y por la incontenible evaporación de las ideas –caído en un mundo en el que no puede sino asirse de lo inmediato. La rebeldía del artista contemporáneo se resuelve así en la indistinción y en la indiferencia, en una especie de muerte de los valores, de las ideas, de los ideales e incluso de las formas eternas, siendo sus expresiones más perfectas la del silencio o la del grito. Ambas expresiones de un indisimulable temor y temblor psíquico, de una inconstancia y falta de perseverancia dubitativa también, en donde se manifiesta una profunda falta de desarrollo. En efecto, en las grandes construcciones de nuestro se revelan como estructuras incompletas hechas a partir de fragmentos que se mueven por oposiciones complementarias y donde se enfrentan los espíritus de creación y de destrucción en el hombre, en un muy inestable compuesto de amor y simultáneo odio a la creación y a sí mismo.

   Fuga hacia el futuro, es verdad, que se resuelve en la angustia del acto instantáneo –más movido por las tendencias, impulso y apetitos, así como por los ilusiones del deseo y sus instintos, que por la razón o por la fe. Rebeldía sin utopía y futuro sin seducción, pues, desde cuya atalaya sólo puede atisbarse la última revolución: la del fin de la historia, la de la vuelta del tiempo y de los astros a sus orígenes. Aunque… no todavía; porque antes de ello la estética de la indiferencia se transforma en la estética totalitaria de la muerte de lo sagrado y de la profanación, donde lo único que alcanza la novedad es la reprobación de la herejía, a la vuelta a la disolución de los deseos en el río los cuerpos o en el caos sensualista de la disipación -abandonada la fe en el colectivismo, convertido el socialismo en un dogma carente de vida, amputado por el autoritarismo y el culto a la personalidad, esterilizado por la cátedra, sellado por sus sociedades cerradas y sus desviaciones policiacas.

   Intentona que de ser una flagrante contradicción bien podría llamarse "religión inmanentista", en cuyo o instantaneismo o presentismo destaca como nota sobresaliente el ir exacerbando el valor de la existencia en detrimento de la esencia, de las esencias, renegando de la misma naturaleza humana (dando como su resultado su maleamiento social o su enfermedad), negando también de la esencia del verdadero arte, en una muy clara invocación a la magia, amañada y desfondada en el abismo de la apariencia o en la mística inferior  de la pseudo-tranza, y que sólo pueden prefigurar las sombras tenebristas del caos. Estética, pues, donde se vuelve sólita la arbitrariedad de las obras y la sumisión al dogma postmoderno, tan patente en el arte actual, cuya rebeldía termina sumisa a una convención social -convencionalismo que, al ser filtrado en todas las capas de la institución, se presenta como un sorbete succionador, profundamente perturbador del buen criterio y del buen gusto… como una simple convención, decía, cuyo ancho sendero es también la peor de todas las locuras.

   La filosofía de tales conformaciones no es otra que el vitalismo existencialista o la razón histórica del historicismo –ambos modelos de la razón que nos hablan de una época carente de fundamentos. Porque la razón de la histórica no puede ser sino la dialéctica, que en sus concatenación de negaciones sólo puede afirmar el cambio, la novedad, pues sólo vive a fuerza de dividirse al negarse a sí misma, no pudiendo hallar el ella la razón humana reposo al ser siempre una y … cambiante… Razón contradictoria, pues, que sobre todo no puede proporcionar una idea coherente del hombre –el cual no es reductible a las determinaciones de la historia o de sus clases, al poseer una naturaleza, una esencia, de la cual se derivan una serie de exclusivas, de propios o propiedades, una de las cuales es la posibilidad de ser verdaderamente libre por la elección de una libertad ascendente, emplumadora, bajo cuyo orden puede captarse clara y sencillamente la estabilidad de la norma y de la ley eterna –donde se limita tanto el deseo de placer como el ansia de poder de acuerdo a una libertad tan tradicional como perfectamente autónoma, despojada de los grilletes de la esclavitud que mantienen al hombre atado a las falsas ilusiones del mundo o a sus deseos, perfectamente universal al no estar fundada ni en la particularidad ni en la mala fe de la excepción.    
   Para el socialismo no queda sino el examen individual de la conciencia, la revisión y la autocrítica; la resurrección del espíritu crítico y la lucha por un socialismo democrático y abierto. Para la contemplación y para el arte no hay más que volver a la reflexión de la razón y del hombre para recuperar el sentido, pues el sentido de lo humano es siempre rescate de la tradición y de los símbolos, en los que a la vez se cifra el origen y el destino de nuestra pertenencia a un orden supraindividual y a una comunidad de fe trascendente.








[1] A manera de sencilla conmemoración del pensador Octavio Paz en el centenario y pico de su natalicio. 
[2] Octacio Paz, Corriente Alterna. Ed. Siglo XXI. 12 a Edición. 1987. 


 

viernes, 18 de mayo de 2018

Museo de Arte Contemporáneo Ángel Zárraga (MACAZ, ICED) Por Alberto Espinosa Orozco


Día del Museo 
 Museo de Arte Contemporáneo Ángel Zárraga (MACAZ, ICED)
Por Alberto Espinosa Orozco




I
Junto con el maestro Héctor Palencia Alonso fue uno de los principales promotores e impulsores de las nuevas figuras de la cultura durangueña durante más de cuatro décadas de infatigables esfuerzos. En los últimos años de si vida fue director del Museo Contemporáneo “Ángel Zárraga”(MACAZ, ICED), puesto que ocupo desde 1998 hasta su muerte, el día 20 de diciembre de 2004.
Para tristeza y duelo de toda la comunidad de amigos y artistas plásticos de Durango, el querido Maestro Guillermo Bravo Morán tocó el postrimero final de sus días para ausentarse definitivamente  de entre nosotros la madrugada en punto  del 18 de diciembre de 2004 a los 73 años de edad. Día de San Ausencio. Día de Consagración de la Catedral de San Luis y de la Expectación de Nuestra Señora, con cabecera en Zapopan en Guadalajara,  Jalisco. Con tan lamentable suceso el extraordinario pintor y maestro durangueño de varias generaciones de artistas cerró su ciclo no sólo como Director del Museo de Arte Contemporáneo Ángel Zárraga (MACAZ, ICED), también da fin a toda una era de esfuerzos y logros para la cultura regional, la cual alcanzó bajo su señero comando en lo que a la plástica se refiere un desarrollo inusitado en la provincia mexicana, ayudando con ello y esencialmente a poner la plástica durangueña a la cabeza dentro del paisaje nacional.
Con espíritu de verdad y luchando contra viento y marea los consistentes esfuerzos del Maestro Bravo Morán, abanderado con las caras virtudes del señorío, la humildad y la diligencia, lograron efectivamente levantar la expresión plástica de su región geográfica hasta una altura sin precedente ni paralelo en el contexto nacional, sembrando en su solar amado las semillas de la poesía, hoy convertidas en vigorosos árboles surtidores de imágenes y de oxigenante verdura, a los que ha llegado el tiempo de madurar y florecer para tomarle el relevo real en el tiempo.
Las dotes de inmejorable anfitrión del Maestro Bravo al frente del MACAZ radicaban en ese respeto absoluto por la tradición que sabía inapresable pero no inasimilable, y en la que también veía y valoró su indesconocible aspecto social y racional, pues es la tradición lo que permite a los hombres como grupo integrase a lo que consideran que les es propio y característico. Así, el gran artista plástico durangueño nunca afirmo la determinación del hombre por las instituciones y estructuras sociales para negar el valor de lo social en su raíz misma. Tampoco perpetro la acusación sólita de ser la traba del progreso, cadena de la libertad o cloaca de oscurantismo, sino que vio en ella la matriz misma de lo social por ser ella fuente y sinónimo de lo histórico.
El Maestro Bravo Morán estuvo durante muchos años a la cabeza de la cultura durangueña, siendo un maestro muy querido y de absoluto primer orden en el desarrollo de la educación artística regional. Todos sus alumnos y amigos de la cultura lo recuerdan con gran respeto, cariño y admiración por su singular obra plástica y dedicación al oficio de artista, de pintor comprometido con su comunidad. Una escuela primaria y una galería del Instituto Municipal de Arte y Cultura llevaron su nombre. Gracias a su constante labor magisterial, desempeñada no sin una paciente humildad, supo mantener viva una gran tradición pictórica regional, o que explica en última instancia el florecimiento de numerosas figuras de talla nacional dentro de la plástica en el Durango de la actualidad.
Los alumnos y amigos que tuvimos el privilegio de tratar o de acercarnos al Maestro Bravo fuimos testigos, en mayor o menor medida, de la profundidad de su alma y de la seriedad de su carácter, cualidades no menores cuyos componentes de ansiedad y angustia supo arropar con la suave paciencia púrpura del terciopelo, todas las cuales debido a sus componentes de altura y gravedad tuvieron que sortear tanto los escollos con que se ceba la incomprensión como las tremendas dificultades para encontrar la forma propia para dar expresión a su visión del mundo en la dimensión exacta de tan rigurosas exigencias. Su resultado no sólo fue el del logro acabado de un gran artista que como nadie supo heredar y luego verter en sus lienzos lo mejor de la Escuela Mexicana de Pintura, también el del sabio preceptor que con su obra y ejemplo guío a una comunidad cultural hacia el objetivo de alcanzar el rango mayor de profesionalismo y exactitud en las tareas realizadas, siendo  a la vez un protector decidido y constante de cada uno de sus miembros.
Al igual que la difusión de la obra de Ricardo Castro, Silvestre y Fermín Revueltas, del compositor y maestro de violín Francisco de la Rosa o de Don Héctor Palencia Alonso, la tarea de hacer llegar a todos los durangueños la obra del Maestro Guillermo Bravo Morán es responsabilidad de los artistas, de los intelectuales y universitarios, cuya misión social más alta no es la de perseguir hipnóticas demandas pecuniarias, menos aún la esperar los jugosos aguinaldos o el turno burocrático de premios o de becas, sino la de guiar la sensibilidad y el pensamiento del pueblo bueno, de velar y hacer votos por la conservación de sus tradiciones -lejos de la broma burlesca de bobos en que se parapeta la incultura en espetos de café o de humo, donde encubiertamente se proscribe lo mejor del pensamiento, la música y la pintura regional.
Porque el rescate de nuestra cultura regional recae no en los políticos, como nos consta,  sino enteramente en la comunidad estética de Durango que, haciendo caso omiso de los eructos anodinos de batracios, ha de reivindicar esos valores ciertos, que son el orgullo escondido de su tierra nativa. Vetas de oro, es verdad, enterradas como venas vivas en la profundidad de la caverna, que toca a los miembros activos del cuerpo artístico, de quehacer bello y del quehacer racional, preocupado por nuestra comunidad, sacar a la luz del día para compartirlo, como se comparte la sal y el pan en la mesa después de la faena cotidiana, para así habitar realmente el mundo y morar en él cual lo hace una familia real. Solo así, la silla del Maestro Bravo, hoy cubierta por la arenisca lamosa del olvido, volverá a ocupar su privilegiado sitio entre nosotros, haciendo de su ausencia una presencia legible rodeada por un aire salubre y transparente. 













II
Cabe destacar aquí que la colección más importante del extinto Museo de Arte Contemporáneo Ángel Zárraga, ubicado en Negrete # 903, vigente del 31 de octubre de 1996 a febrero del 2014, es resguardada hoy en día, sin exhibirse, en el Museo de Arte Moderno Guillermo Ceniceros (MAMGC, ICED).[1] Se trata de 11 dibujos del mismo Ángel Zárraga, donados al pueblo de Durango por el Director General de Minas de Basis, Don Jaime Gutiérrez Núñez, siendo los únicos trabajos del genial artista oriundo del barrio de Analco conservados en la entidad con un carácter público.
Las obras versan sobre el “Vía Crucis” de Jesús, nuestro Señor Redentor, también conocidos como “Las Estaciones”, tratándose de obras preparatorias para los murales que el genial pintor religioso de Durango, Ángel Zárraga, compuso para la realización de los tableros para la Capilla del Sanatorio de Guébriant en 1934, para la Capilla de Estudiantes de la Universidad de París, en 1935 y para la capilla de Saint Martín en Meudon, Francia, en 1936, lugar éste último en cuya cercanía vivó con su segunda esposa y su hija Clara, en una casa de campo, entre árboles frutales y rosas que él mismo cultivaba.
El más grande pintor Durangueño del siglo XX y universal pilar trasatlántico de la Escuela Mexicana de Pintura. Nació en la Ciudad de Durango, en el barrio de Análco,  el 6 de agosto de 1886 y murió en la Ciudad de México en 1946 a los sesenta años de su edad. Pionero ultramarino de ese singular renacimiento inscrito en nuestra cultura nacional, sacudida por las tremendas olas icónicas monumentales del Movimiento Muralista Mexicano -arte de tesis o programático y a la vez perfectamente público o de vocación eminentemente educativa. Ángel Zárraga es el pintor mexicano más importante en la primera mitad del siglo XX en Europa. La vieja política oficial y su corte burocrática nacionalista embozada en un socialismo tenebroso y perfectamente reaccionario han querido ocultar y hasta desviar la modernidad filosófica de su obra, debido a su carácter espiritual y religioso.
Regionalmente hace dieciséis años se desatendió la brillante oportunidad de adquirir la colección del artista en manos de los herederos del Conde René Phillipon, cuando se fundó el museo pensado para albergarla. Parálisis, pues, cuyo engarrotamiento pasajero no ha de impedir a los humanistas y científicos sociales durangueños sopesar el lugar que le corresponde como pintor en la zaga de la cultura nacional.
          Porque si una tarea dejó pendiente la Revolución Mexicana fue precisamente una obra histórica: la de revalorizar la cultura –y es el miedo irracional a la cultura lo que impide revalorizarla.
Empero, puede argüirse el desagravio que la cultura entraña el sentido de la historia humana, no por sí misma, sino por lo que sucede entre una obra y nosotros: por lo que significa y al hacerlo también nos significa a nosotros mismos, haciéndonos así partícipes de una patria ideal o espiritual.



[1] El Museo de Arte Moderno Guillermo Ceniceros se fundó el 3 de agosto de 1998, con una numerosa donación de obra menor, aproximadamente 229 obras valuadas por el autor en 2 millones de dólares,  aportada por el mismo artista. Su primera sede fue el casco de la Hacienda de Ferrería de las Flores, a cargo de la directora Mayela del Carmen Torres Meléndez, y su histórica pareja, el escritor autodidacta y hoy en día cronista de la ciudad Javier Guerrero Romero, durando la instalación toda la época sexenal, en la que se introdujo la modalidad de rentar el inmueble para fiestas, eventos y reuniones. El 13 de agosto de 2004 el Museo Ceniceros se cambió de local, teniendo sus nuevas instalaciones en una vieja casona de Independencia # 135 Norte, entre Aquiles Serdán y Coronado, en donde permaneció por diez años. En el año de 2014 la colección se trasladó a lo que había sido el Velatorio de Pensiones “El Sabino”, en la calle de Aquiles Serdán # 1225, siendo inaugurado por el entonces gobernador Jorge Herrera Caldera como Museo de Arte Moderno Guillermo Ceniceros (Centro Cultural de las Artes Plásticas) el 4 de octubre de ese mismo año. Por su parte, a manera de referenia histórica puede agregarse que la sede del MACAZ fue convertida, el 29 de marzo del 2018, el último día de funciones del Presidente Municipal y aspírante a Senador de la Republica, Dr. José Ramón Enriquez, en el Museo del Mezcal Duranguense, enfilado al turismo, con el objetivo de la "venta de la bebida de los dioses", sumándse está acción a otras muchas en beneficio de los capitalinos, como la remodelación de la Alberca Olímpica "José Revueltas", la remodelación de la Concha Acústica y la inauguración del Bioparque Recreativo Sahuatoba.