sábado, 18 de agosto de 2018

Héctor Palencia Alonso: Aniversario Luctuoso Por Alberto Espinosa Orozco

Héctor Palencia Alonso:  Aniversario Luctuoso 
Por Alberto Espinosa Orozco


I
             Al acercarse el catorce aniversario del deceso del culto abogado Don Héctor Alfonso Palencia Alonso, toda una comunidad de fe en el espíritu universitario y en la cultura estará de luto, recordando las muchas prendas del querido mentor, del historiador, abogado, periodista y sabio, con las que engalanaba tanto la cátedra universitaria como las prensas rotativas del periodismo regional e internacional, no menos que los foros culturales de la nación, con su impecable concepción de la cultura en la vibrante voz del ilustrísimo orador.
             El legado del Lic. Héctor Palencia Alonso al frente del ICED difícilmente puede ser aquilatado en una época, como lo es la nuestra, abrazada por las sombras vagas y amenazada por el oscurantismo. Baste mencionar que dando ejemplo de humanismo y tolerancia intentó armonizar a todos los grupos regionales constituyentes del arte, tomando en cuenta a cada participante en los empeños artísticos locales, destacando sobre todo los logros distintivos de la cultura durangueña que ha habido en la cuatro veces centenaria historia de su conformación, preservando en lo posible las propias tradiciones regionales y alentando a los intelectuales y artesanos con conferencias, exposiciones, eventos y apoyos de todo tipo y,  yendo más allá de su historia, incardinando todo ello a los logros de la cultura universal, para poner a Durango a la altura de la historia y del arte.
            En la sede del ICED, asentada en lo que fuera el impoluto Hospital General del Estado y luego el Colegio de Huérfanos “Juana Villalobos”, contando con un raquítico presupuesto, la cultura gozó, sin embargo, durante su impecable administración, de un desarrollo notable: tres Museos en funciones (El Museo Domingo Arrieta, el Museo del Cine y de la Fotografía, la Pinacoteca Virreinal del Estado), la “Biblioteca Olga Arias” junto con otras dos de breves dimensiones, más dos Salas de Exposiciones, la de conferencias "María Elvira Bermúdez",  un Cine sabatino, el Centro de Investigación y Periodismo abocado a la atención a los artistas denominado “El Laberinto” y las dos alas de la Dirección; instancias todas que conformaban su organismo vivo, al que habría que sumar el más caro proyecto de su administración: la Sala de Fonoteca y Centro de Estudios Musicológicos “Silvestre Revueltas”, presidida a mitad del paseo por una escultura de nuestro héroe santiaguero, que rescató uno de los edificios derruidos del viejo Internado y que tardó cuatro años edificarse y en hermosear, haciendo ahorros aquí y allá, hasta llegar a los acabados en los pisos de finos mármoles de la región, la serie de butacas, agregando como la cereza en el rubí de la corona las más sofisticadas tecnologías eufónicas de los adelantos modernos.
            El interrumpismo político característico de nuestra república terminó por dar al traste con aquella empresa, dando lugar a la entrada del llamado Centro de Convenciones Bicentenario, presidido en su mermado baluarte cultural por la artista plástica Pilar Rincón. Lo cierto es que los museos se desmontaron y se dispersaron, derruyeron o perdieron, junto con la biblioteca “Olga Arias”, de la que no se si quedó un tomo, dos tildes o tal vez solamente media coma, mientras que los restos fúnebres electrónicos de la Fonoteca fueron a parar a las Oficinas de Radio UJED, donde permanecen arrumbados y en completo desorden, preservándose sólo de aquella preciada iniciativa la escultura de Silvestre Revueltas, que fue a dar, como tantas otras que decoraban el jardín ideal del Maestro Palencia Alonso, a las actuales oficinas excéntricas del ICED, apostada en la cima de un distante lomerío, en una casona nueva y rentada, larga como un chorizo, que anteriormente sirvió como sets cinematográficos a dudosos filmes heteróclitos, de escasa producción y nula memoria.
             La incuria y negligencia en materia de cultura tocó su ápice cuando en el año de 2010 fue violentamente desempotrada la placa en bronce, reservada a la memoria de los héroes, que conmemoraba el lugar del nacimiento de Don Héctor Palencia, en la Calle de Hidalgo # 311, misma casa que otrora viera el nacimiento de otra luminaria durangueña: la famosa actriz Dolores de Río.[1]
Tocará pues a la nueva administración estatal de la cultura por venir rescatar, de entre sus innumerables trabajos periodísticos, las joyas más preciadas de la historia y de la cultura de Durango, de sus orígenes, fundación y destino todo, en tantos volúmenes como haya menester, en una labor de rescate e investigación, para luego imprimirlos en función  del enriquecimiento de los jóvenes de ahora y para los futuros científicos sociales y sabios todos de la posteridad de esta región geográfica, que aguarda paciente el tiempo de su gestación, germinación y luminosa florescencia, contando en sus raíces con ese faro del espíritu, cuyas teas de luz viva no podrán ser borrar ni por las mezquindades del tiempo feroz ni por el soñoliento hechizo de la  inconsciencia.




II
             Vale la pena recordar ahora el núcleo la doctrina de la Durangueñeidad, a trece  años del fallecimiento de su insigne fundador, el sabio abogado y bienhechor de la cultura regional Don Héctor Palencia Alonso. Momento de conciliar el pasado con el presente, para poder así escanciar el vino nuevo en odres nuevos.
              La tesis de la Durangueñeidad no es económica, ni política, como quisieran algunas manos estrábicas u oídos miopes, prosélitos del determinismo materialista, hoy en día tan en boga. Por lo contrario, se trata de una tesis propiamente cultural, que atañe a la cosas del espíritu, a la comunidad y a la intimidad de la persona, consistente esencialmente en una defensa del pasado que, al preservar y restaurar nuestra memoria colectiva, nos permita poner en foco lo que somos y el acento del corazón en el alma misma de nuestro pueblo, de nuestra raza, signada con un destino histórico de independencia frente a las potencias hegemónicas internacionales, aportando con ello una nota sin par por su colorido al concierto mundial de las naciones.
            Tesis de conciencia histórica es la de la Durangueñeidad, pues, que se enmarca dentro de del amplio movimiento de la filosofía del mexicano propuesto por José Gaos y a su zaga por Octavio Paz, que nos hace ver lo que tiene nuestra circunstancia moderna de ser nuestras vidas plurales y superpuestas a otras capas tectónicas del tiempo, por lo que resultan nuestras vidas, vidas  hermenéuticas también, cuya modernidad radica justamente en el esfuerzo de ser contemporáneos de todas las edades, de ver nuestra actividad de hoy sobre un transfundo del sentido, contrarrestado las inercias del hombre viejo y pagano, bárbaro o amoral, o excéntrico y extremista por el que se desfonda toda modernidad, con las linfas del hombre nuevo y sus inconsútiles destellos de luz y velos de belleza.
            Contra el desprecio de esos soñadores de quimeras, de esos habitantes del futuro inexistente, que sacrifican por el mezquino progreso personal la memoria colectiva que nos hace pertenecer a un  horizonte espiritual colectivo, la tesis de nuestro querido mentor Don Héctor Palencia nos hace despertar a un valor enraizando íntimamente a nuestra tradición, a nuestra memoria colectiva, que al preservar en la evocación y en el recuerdo los tesoros de nuestros artistas más insignes nos permite poner el punto sobre las íes, la tilde en lo que es realmente importante y valioso, por su sentido trascendente incluso, para participar con ello y formar parte del alma sencilla, humilde, colorida y cantarina, de un pueblo cubierto por el constelado manto de la Virgen y señalado desde siempre por el potente dedo creador de Dios.




III
Todo hombre lleva en potencia un maestro que es la exclusiva del hombre en donde se magnifica y realiza plenamente lo que en todo hombre hay de espíritu generador o de padre. En Don Héctor Palencia esa potencia se actualizó circunstancialmente hasta los extremos de la esencia plenamente acabada. Ello debido a que el maestro durangueño se asomó a los hontanares de la historia y de la cultura donde se genera lo distintivo del hombre, sacando de esa experiencia regulativa un patrón o medida de lo humano con que medir y formar, guiar y aquilatar la vida de sus congéneres y la suya propia.
Su magisterio, nadie lo ignora, estuvo fundado en los robustos pilares del espíritu de libertad y el espíritu de caridad. El entusiasmo de esa vocación hecha de servicio y libertad hallaba en su pasión por lo acendradamente humano la forma de expresión más contagiosa y formativa, más positiva y fecunda que quepa imaginar.
Porque la vida es promesa de su propio cumplimiento y anuncio de lo que en lenta y tortuosa germinación bajo la forma de una pléyade de artistas y humanistas, que asombran tanto por su granel como por lo granado de sus subidos méritos, debiendo todos ellos una parte de sí al Maestro Palencia, cuyo trabajo en pro de la cultura supo estimular la misión de cada artista y letrado, no menos ennobleciendo al lugareño que arrebatando de admiración al peregrino.






Biografía de Don Héctor Palencia Alonso
Por Víctor Samuel Palencia Alonso

   El culto abogado y escritor Héctor Alfonso Palencia Alonso nace el primero de marzo de 1933 en la casa colonial de la calle de Hidalgo número 311 de la ciudad de Durango, Dgo., misma casa donde naciera -27 años antes- precisamente el 3 de agosto de 1906 la actriz Dolores del Río. Fueron sus padres el Dr. José Pedro Palencia Contreras y la señora Va­lentina Alonso Díaz de Palencia, sus abuelos paternos Dr. Heriberto Palencia Liseras e Isabel Contreras García, y sus abuelos maternos Samuel Alonso Parga y Valentina Díaz Valadez. Cursó su primaria en la es­cuela de Súchil, Dgo., secundaria en el glorioso Instituto Juárez de Duran­go y los estudios profesionales de abogado en la prestigiada Escuela Libre de Derecho de la Capital de la República.
   Como estudiante se distinguió por la dedicación al estudio y su afición al periodismo y la oratoria. Desde temprana edad ya figuraba su nombre y fotografía en las páginas del naciente "El Sol de Durango" co­mo corresponsal en Súchil, Dgo. En el año de 1950 -a la edad de 17 años- pronunció el discurso oficial en la ceremonia que se organizó con motivo de declarar Ciudad a la pobla­ción de Guadalupe Victoria, Dgo. Como estudiante de secundaria en el Instituto Juárez, alcanzó el honor de triunfar en el V Concurso Estatal de Oratoria, convocado por el Instituto Juárez; participó en concursos nacio­nales de oratoria cómo los convoca­dos por el periódico "El Universal".
   En la Escuela Libre de Derecho de la ciudad de México, también fue cam­peón escolar de oratoria durante los años de 1954, 1955 y 1956. Miembro del H. Jurado Calificador en innume­rables concursos de oratoria y decla­mación, concursos de cuento y nove­la, así como de los Premios Naciona­les de Periodismo "Francisco Zarco" y los Premios Estatales de Periodis­mo "Antonio Gaxiola", organizados por la Universidad Juárez del Estado de Durango "UJED" en 1991, 1992 y 1993. Realizó estudios de postgrado en Comunicación, en Educación y Derecho Agrario; cursó diplomados en Formación para la Docencia Universitaria (UJED), Investigación y Docencia en Ciencia Histórico Social (UJED), Análisis Político (UIA), Historia del Arte Virreinal (UNAM). Su ex­tensa preparación incluyó el desarrollo de diversos cursos: Metodología en la Investigación de las Ciencias Sociales, Psicología Educativa, In­vestigación Educativa, Didáctica Ge­neral, Investigación Científica del Derecho, Didáctica Jurídica y Sociología Educativa.
   En 1978 le correspondió pronun­ciar la oración fúnebre ante el féretro de la excelsa cantante durangueña de fama internacional Fanny Anitúa. Presentó su examen profesional con la tesis "Reflexiones sobre un Dere­cho Penal Penitenciario", trabajo que recibió la máxima distinción de Laureles de Oro, presea que concede la prestigiada institución Escuela Libre de Derecho a trabajos excepcionales por su calidad. Y fue comentada elo­giosamente en la prensa nacional, por ejemplo: "Brillante aportación que entra a formar parte de una reserva ética de las prisiones", dijo Jacobo Dalevuelta en el periódico Excélsior; mereció también varias referencias de renombrados tratadistas, por ejemplo la del maestro Raúl F. Cárde­nas en la revista Criminália de la Aca­demia Mexicana de Derecho Penal; la tesis es libro de texto en varias uni­versidades del país, en la impartición de la materia de Derecho Penal.
   Desempeñó importantes puestos dentro de la procuración de justicia: Procurador de la Defensa del Trabajo, Vocal Representante del Gobierno del Estado de Durango en la Comi­sión Agraria Mixta; fundador de la Agencia del Ministerio Público Federal para Asuntos Agrarios y Foresta­les en Durango; agente titular funda­dor de la Agencia del Ministerio Público Federal en Puerto Vallarla, Jal., Tlaxcala, Aguascalientes y Guadalajara, Jal., y jefe de Consultaría en la Procuraduría General de la República en México, D.F.; Supervisor de la Secretaría de Asentamientos Huma­nos y Obras Públicas (SAHOP) en lo relativo al Plan Coplamar en los estados de Durango, Chihuahua y Zacatecas; Secretario Ejecutivo del Fondo Nacional para las Actividades Sociales (FONAPAS) en el estado de Durango. Fungió como Secretario de la Colonia Durangueña en el Distrito Federal durante cinco años, cuando el organismo fue presidido por el coronel Enrique Carrola Antuna.
    Como periodista y escritor su plu­ma fue ágil y productiva, autor de más de cinco mil artículos en páginas editoriales entorno a una gran diver­sidad de temas, sobre todo, relativos al acontecer de Durango, publicados en medios escritos en el extranjero, en los periódicos nacionales que se editan en la ciudad de México, en otros estados de la República y en • Durango. colaborador editorialista en El Sol de Durango, El Siglo de To­rreón, La Opinión, La Voz de Duran­go, Excélsior, El Universal y en las revistas Todo, Horizontes de México, Criminália y otras.
   En enero de 1993 recibió el reconocimiento del periódi­co de circulación nacional Excélsior por su participación en la serie coleccionadle Encuentro de Dos Mundos, Análisis de 500 Años, que con motivo del Quinto Centenario del Descubri­miento de América y el 75 Aniversario de Excélsior, realizó este periódico en conjunto con 27 periódicos más del ámbito internacional. Bajo el título de Derecho Indiano se publicaron los artículos del abogado Héctor Palen­cia Alonso en Le Monde de Francia, Novedades de Moscú, Clarín de Ar­gentina, Jornal da Tarde de Sao Pau­lo, Brasil, Granma Internacional de Cuba, Tribune de Chicago, EUA., y El Tiempo de Colombia.
   Impartió conferencias en diversos lugares de la República Mexicana, desde el Antiguo Salón del Cabildo de la Ciudad de México, el Salón Orozco del Hotel Camino Real, el Club Sirio Libanes, el Club de Industriales de la Ciudad de México, Concamin, CANACINTRA, hasta en su Durango en el Aula Magna Laureano Roncal del Edificio Central de la Uni­versidad Juárez del Estado de Du­rango (UJED), en el Museo Regional UJED, en el Instituto Tecnológico de Durango (ITD), en los Clubes de ser­vicio, entre otros. En su biblioteca personal consistente en más de diez mil volúmenes, cuelga debidamente enmarcados más de cien reconoci­mientos de diversas organizaciones académicas y culturales. Sobre política cultural también se expresó en prestigiados foros, como en la más alta tribuna de la nación, la de H. Cá­mara de Diputados del H. Congreso de la Unión.
   Entre sus libros publicados figuran Apóstol del Pensamiento Libre, Se­pulcros Blanqueados, Músicos de Durango, Apuntes de Cultura Durangueña, Opinión Pública, Cocina Durangueña, Apuntes para la Historia de Durango, Memorias del Cinemató­grafo, Doctrinas Económicas en México, Silvestre Revueltas, Francisco Zarco, Historia del Cine en Durango, La Educación en México, entre otros.
   Dirigió las corresponsalías en Durango del Seminario de Cultura Mexicana, y de la Academia Mexicana de la Historia y Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, socio académico de número de la Academia Me­xicana de la Educación A.C. Sección Durango, miembro de la asociación civil "Amigos de la UJED".
   Autor de la doctrina de la Durangueñeidad, relativa al ideal de armó­nico progreso de Durango basado en nuestros recursos materiales y en el mundo espiritual que da unidad a lo durangueño; autor también de serias investigaciones sobre la historia y personajes de Durango.
   Sus datos biográficos se han publicado en diversas Antologías y libros de efemérides, por ejemplo "Quién es quién en Durango" del periodista Raúl Vázquez Galindo; "Hombres y Mujeres de Durango" del historiador Manuel Lozoya Cigarroa; "Anuario Cívico Du­rangueño" del escritor Víctor Samuel Palencia Alonso; "Calendario Duranguense" de Louis Sergio Soto Jimé­nez, Olga Arias y Gerardo Llarrasa Cangas; también su biografía se ha publicado en diferentes revistas co­mo en "Ciencia y Arte", órgano de difusión de la Universidad Juárez del Estado de Durango.
    Director fundador de la Casa de la Cultura de Durango, titular de la Dirección de Asuntos Culturales de la Secretaría de Educación del Estado de Durango. Director fundador del Instituto de Cultura de Durango (ICED) y Coordinador del Fondo Regional del Noroeste del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta). Recibió varias preseas y diplomas de labor social que realizó y por el impulso permanente a la cultu­ra en general.
   Muere el martes 31 de agosto de 2004, siendo director del ICED y autor de la columna "Durango: Ayer y Hoy" en el periódico El Sol de Durango. Catedrático de la Facul­tad de Derecho de la Universidad Na­cional Autónoma de México (UNAM), de la Facultad de Derecho de la Uni­versidad Autónoma de Tlaxcala, de la Facultad de Derecho de la Universi­dad Juárez del Estado de Durango (UJED), de la Escuela de Matemáti­cas de la UJED, de la Universidad José Vasconcelos en las carreras profe­sionales de Psicología y Ciencias y Técnicas de la Comunicación.
   Le sobreviven sus hijas Gabriela, Mónica y Martha Palencia Núñez, y sus hijos Mauricio y Fabián Palencia Estrada; sus hermanos Horacio, Oralia, César, Víctor y Gerardo Palencia Alonso.
   El ICED le rendirá homenaje.





[1] A su muerte, el gobierno de Luis Ángel  Guerrero Mier y José Aispuro Torres, Presidente Municipal, levantaron un recinto cultural con su nombre: la Biblioteca Pública Municipal Héctor Palencia Alonso Razón social Gobierno Municipal. Actividad económica 519122 - Bibliotecas Y Archivos Del Sector Público. Estrato Personal  de 0 a  5 Personas Número de Teléfono 6188358830. Biblioteca Pública Municipal Héctor Palencia Alonso. Gobierno Municipal. Ubicación: Av. de los Cipreses s/n Centro Comunitario El Ciprés CP 34217, Durango, Durango Tels.: (618) 835 88 30.  Servicios: Sala general Sala de consulta Sala infantil Horario de servicios: lunes a viernes de 9 a 20 horas. Hay que agregar que a finales de 2006, nació la revista "Durangueñeidad", manejada por José de la O Olguín; Esbardo Carreño y Javier Guerrero Romero, editada hasta el día de hoy, junto con 30 magazines más, por el grupo de la industria editorial Herrera de Piedra.







viernes, 10 de agosto de 2018

El A-Priori Moral del Hombre O del Criterio Filosófico del Bien y el Mal Morales Por Alberto Espinosa Orozco


El A-Priori Moral del Hombre
 O del Criterio Filosófico del Bien y el Mal Morales

Por Alberto Espinosa Orozco










         El hombre es, por el desequilibrio propio de su doble naturaleza, animal y raciona, un ser que necesita recuperar su verdadero ser, que necesita recuperarse para llegar a sí mismo, a lo mejor de sí que guarda su propia alma como un tesoro; pues estando hecho como está, de mala madera, tiende irracionalmente al vicio y al pecado, a dejarse fugar de su centro verdadero y arrastrar por el egoísmo,  la envidia, o las presiones y convenciones del mundo en torno –muy en particular a dejarse llevar por su alma inferior, cuya energía opaca y tensa suscita las escorias asociadas a la experiencia de la energía negativa y de la pérdida de conciencia, que en el fondo ambicionan la muerte, siendo reacia a la purificación propia del alma superior -cuya energía positiva exige la abolición de la voluntad de vivir egoísta (Shopenhauer) para llevarnos al plano de la conciencia espiritual, donde se da la mezcla de la limitación del individuo, que es su autenticidad, con la participación de los contenidos universales de la verdad.

         Así, el conocimiento se presenta entonces como la fuente liberadora de la ignorancia esclavizante, pues rompe los grilletes que oscurecen o disipan el entendimiento –ya sea por falsas creencias acerca de uno mismo, de nuestra naturaleza propia o de Dios (paganismo e idolatría).  En particular el conocimiento de la palabra santa: “Y así conocereís la verdad, y la verdad os hará libres”; “Porque todo aquel que hace pecado es siervo del pecado”(Juan, 8-32 a 35). Lo que equivale, pues a decir que el hombre debe buscar la libertad ascendente del espíritu, la relación sin trabas, tanto internas como externas, con su propia, con su verdadera  naturaleza humana, para alcanzar con ello la verdadera autonomía (frente a la culpa) y los verdaderos fines de su naturaleza, el desarrollo de sus aptitudes o predisposiciones de carácter, o los dones con que la naturaleza le regaló al venir al mundo (autorrealización) –para lo cual se requiere, evidentemente, un concurso de los factores sociales, es decir la armonización axiológica -tanto de la esfera privada como pública.

         Para alcanzar tal armonía, tanto en el plano individual como social, se requiere un criterio para discernir la bondad o la maldad de las satisfacciones humanas (puesto que hay insatisfacciones que resultan benéficas tanto como placeres o satisfacciones que resultan perjudiciales, no siendo el puro criterio de lo satisfactorio confiable en lo absoluto). El único criterio disponible es entonces el de la misma naturaleza, divina o demoniaca, en el hombre; es decir, de su naturaleza volitiva, de su querer, ya sea el mero  deseo primario, ya el de la segunda naturaleza del querer motivado por la reflexión intelectual, más pleno y lleno de matices. O dicho de otra manera: el hombre es por naturaleza tanto susceptible como menesteroso de satisfacciones, ya sean éstas superficiales o profundas) –que es precisamente la naturaleza exclusiva, propia del hombre o la exclusiva suya más radical y fundamental de todas. Pero el criterio de lo que es bueno o malo no puede ser dado por la naturaleza divina o demoníaca de las satisfacciones mismas, sino que, por el contrario, sólo puede ser dado por la naturaleza misma de los sujetos, divinos o demoníacos, por lo que puede conceptuarse una satisfacción de buena (amar el bien y odiar el mal) o mala (odiar el bien y amar el mal) –que es donde plenamente se da la evidencia de las perfecciones y las imperfecciones morales.

       O dicho de otra forma: no hay otro criterio para juzgar o discernir las satisfacciones buenas o malas en el hombre que la naturaleza buena o mal del hombre mismo –sean las naturalezas divina o demoníaca infinitizaciones de la naturaleza humana, de lo vivido por el hombre como bueno o malo, o existen de hecho realmente. Estando el imperativo moral respecto de la bondad o maldad ya en relaciones positivas con la ley natural (o con la ley natural de la sociedad humana generalizadora de máximas individuales, como el imperativo categórico kantiano), ya con la ley de la teología eudemonista, o en relaciones peculiares con la divinidad.

         La explicación de la moralidad se daría así por las relaciones ético-metafísicas con el ser (el amor infinito como deseo de presencia, y de presencia infinita) y con el no-ser (el odio, no menos infinito aunque de signo contrario, como deseo de inexistencia, y de ausencia radical de la persona, como voluntad ya de encubrimiento, de olvido o de aniquilación). La cacodemonología antiteológica postularía así un error, pero radical, entre las satisfacciones, prefiriendo a las más altas espirituales y sociales o altruistas las más bajas sensibles y egoístas, o las más bajas e impuras, la de los placeres propiamente perversos y de los odios demoníacos, las satisfacciones demoníacas de los malhechores o de los inicuos, que por más que puedan resultar si no altas si al menos profundísimas, resultan también impuras y en definitiva bajas.



miércoles, 8 de agosto de 2018

La Educación Formal de Ricardo Moreno “El Pajarito” Por Alberto Espinosa Orozco


La Educación Formal de Ricardo Moreno “El Pajarito”
Por Alberto Espinosa Orozco





   También estudié en la escuela Valdez Pino, en Chalchihuites. Aprendí mecánica y a sumar y a multiplicar. Luego me fui internado a Tlaxcala. No recuerdo si fue antes o después. A los siete u ocho años, en México, entré en al internado Hijos del Ejército de Tlaxcala. Era una escuela militarizada. La escuela estaba por el rumbo de la colonia Santa Julia, famosa por el “el Tigre” de Santa Julia” y por su gente brava. La escuela estaba cerca del Colegio Militar y de la calle Mariano Escobedo. La escuela estaba en Santa Catarina, Azcapotzalco # 2. Estuve interno varios años. El director era Miguel Villalobos, de los sobrevivientes del ejército de Pancho Villa. La primaria la estudié en esa escuela militar, la de Tlaxcala. Vivía por Tepito y Fray Bartolomé de las Casas e iba al Internados Hijos del Ejército. Siete años tendría. Ahí repetí primero y segundo de primaria.

   Estudia y me hice amigo de Mauro Vázquez, peleador, muy bueno, que peleó con Frankie Rusó. Luego fuimos a entrenar a Los Baños del Jordán. Son de la cuadra también Felipe Vaca, welter; Vicente García; el campeón nacional mosca Jorge “La Pulga” Herrera, con quien peleé, pelé con él y yo gané; y con Edel Ojeda. De la época de Paty de Marco y Ray Robinson.

   En Tlaxcala lleve a cabo mi carrera militar, en el segundo pelotón de la novena, séptima y octava compañía y llegué a obtener el grado de Cabo Primero de la Segunda Sección de la Novena Compañía. Teodomiro Méndez, hoy general brigadier, era el coronel entonces, de Huajuapan de León, Oaxaca. Eso fue a la edad de siete u ocho años. A esa edad me había peleado yo con el Perro Aguayo y con Joaquín Gamboa Pascoe. Compañeros militares ambos. Chiquilladas de la escuela. Luego estudié en el Colegio Salesiano, de Santa Julia. Fue templo monástico y su párroco San Juan Bosco. 

   En el internado me hice amigo de Mauro Vázquez, hermano de Arturo Vázquez. Era boxeador pues era muy buen peleador. Teníamos pleitos en la Santa Julia con los internos y también pleitos callejeros, pues era un internado con disciplina militar. Pero un día me escapé de la Escuela Hijos del Ejército # 22, en Santa Catarina, delegación de Azcapotzalco.

   Salí primero de Tlaxcala al Internado Número Dos de Azcapotzalco y luego de ahí al de Santa Catarina, en Azcapotzalco también, en Santa Julia, en la colonia Mariano Escobedo. Siempre encerrado. Por eso toda mi virilidad la tengo encima, tengo mi virilidad entera y limpia. Por eso puedo amar a cualquier mujer. Cuando me escapé de la escuela, en Santa María Azcapotzalco, en Santa Catarina, fui cobrador de camiones por dos años. También trabajé en La Popular, con mi padrino Juan Cervantes Ruiz, tío de María Ruiz. 







   He vivido treinta y nueve o cuarenta años en Chilangolandia, pero soy durangueño. He vivido en muchas partes. Primero en Tepito, en la calle de Aztecas, en Fray Bartolomé de las Casas, en seguida de la Colonia del Carmen.

   De chamaco, de chavo viví en la colonia Romero de Terreros, en Coyoacán, Distrito Federal. Vivía con una tía, con Beatriz Escamilla Chaires, la hermana mayor de Zenaida, que tenía una bonita casa, popofona, en la colonia Prados Churubusco. Ella me empleó como mozo y sufrí mucho en ese tiempo. Mi mamá vivía con nosotros. Una vez hubo una fiesta y trató de criada a mi mamá, a Zenaida. Lloré de humillación y juré que un día con mi trabajo le haría una casa grande a mi mamá, y así fue. Mis padrinos en realidad no me querían. Viví con mi tía Beatriz Escamilla Chaires y mi tío José Manuel Reyes Gómez, de Martín de la Torre, Veracruz. A los doce años hice mi primera comunión. Mi tía era una mujer muy drástica conmigo y a mi mamá la humillaba gacho. 
Por R.M.                                                               
                           
***
La hermana de Ricardo Moreno, Francisca, trabajaba en ese entonces en la Secretaría de Gobernación y vivía en casa de una tía, hermana de su mamá, Beatriz, en la colonia Prados Churubusco. La tía le dio techo a Ricardo. Era una casa popof y la tía se las daba de muy fifi. La verdad es que lo empleaban como mozo, como criado y mandadero. Su tía y su esposo, que en realidad fungían como sus “padrinos”, fueron quienes lo mandaron a estudiar al Colegio Salesiano. Fue a la edad de 11 años que se fue a vivir con ellos. La pareja tenía dos niños: Juan Manuel y Jorge Vitelo Reyes, a los cuales Ricardo Moreno sacaba a pasear, pero en un plan muy segundón, que lo hería en su dignidad personal.
Ricardo Moreno fue desde siempre un hombre humilde, sencillo, simpático, que guardó hasta el final de sus días un especial afecto por los niños. Era una especie de padrino popular que daba cuanto podía a los infantes que se cruzaban por su camino: dinero, juguetes, comida, lo que podía. Cuando gozó de fama y dinero ayudó a su madre Zenaida y a sus hermanas Mercedes y Francisca, pues fue un hombre religioso, rindiendo culto especialmente a la Virgen de Guadalupe, Patrona y Reina de México, pues después de cada pleito iba a la Catedral Basílica de Guadalupe a dar gracias. Raúl “El Ratón” Macías detectó el efecto positivo de ese culto que tenía “El Pajarito” entre la multitud y, compartiendo la misma fe acuñó su conocida frase triunfadora del “Todo se lo debo a mi manager y a la Virgencita de Guadalupe”. “El Ratón” Macías no se enfrentó nunca al “El Pajarito” Moreno en un cuadrilátero, es de presumirse que por precaución ante su temible pegada devastadora, aunque lo cierto es que fue muy bien manejado por sus managers quienes lograron impulsarlo hasta alturas insospechadas, llegando a ser Campeón del Mundo, muy lejos empero del atractivo místico de “El Pajarito” ante la multitud que, en cambio, lo encumbró por su carisma inigualable a la altura de ídolo indiscutible del deporte nacional.  
Imposible comprender en plenitud el espíritu guerrero de "El Pajarito" si no se advierte la honda influencia que tuvo en su carácter su formación militar, en la que alcanzó el grado de Cabo. En general su actitud era la de la "defensa": no sólo de abrirse paso en los rigores de la vida con los puños, sino sobre todo de respeto y amor de la patria, de defensa de los valores patrios, de sus causas más inmediatas y apremiantes, destacando singularmente en tal defensa del valor de la justicia. Carácter ante la vida, en cuya trayectoria, en cuyo camino, encontró innúmeros obstáculos y atropellos, por lo que su amor a la nación se enardeció, esencializándo tal sentimiento en la fuerza y justicia de sus puños, en su actitud activa contra los abusos -pero a la vez ensalzando los valores positivos del arte de la vida, de la convivencia, de las reuniones sociales de café, incluye también el gozo del vino y de los noches de canciones y de farra.  
 Por A.E.O






sábado, 28 de julio de 2018

Si tú me dices: “¡Ven!”, lo dejo todo… Por Amado Nervo

Si tú me dices: “¡Ven!”, lo dejo todo…

Por Amado Nervo 

 

 

Si tú me dices: “¡Ven!”, lo dejo todo…
No volveré siquiera la mirada
para mirar a la mujer amada…

Pero dímelo fuerte, de tal modo
que tu voz, como toque de llamada,
vibre hasta en el más íntimo recodo

del ser, levante el alma de su lodo
y hiera el corazón como una espada.
Si tú me dices: “¡Ven!”, todo lo dejo.
Llegaré a tu santuario casi viejo,

y al fulgor de la luz crepuscular;
mas he de compensarte mi retardo,
difundiéndome, ¡oh Cristo!, como un nardo
de perfume sutil, ante tu altar.


viernes, 27 de julio de 2018

Cachorro, el perro que (sólo) le ladró a la muerte Por Petronilo Amaya

Cachorro, el perro que (sólo) le ladró a la muerte
Por Petronilo Amaya
 

Era una bola de suave pelambre –con ojos de cielo- aquel viernes 16 de marzo cuando Enrique Barajas lo confió a mi suerte. Presentábamos CantaLetras 62 en el Corazón de Villa, así, el pequeño can quedó unido a la poesía y a la música: Reyna Valenzuela, Jéssica Cobos, Marce Quiñones y Paty Rodríguez leyeron versos que lo tranquilizaron, despuesito, los alumnos de Enrique estrenaron para él sus canciones. Durante el brindis fue la sensación: Martín Guerrero, Juan Emigdio, Mónica Reveles, Rafael Ortiz, Dora Bañales, Úrsulo y Julio César Andrade lo acariciaron, mientras otros le tomaban fotos o, incluso, lo cargaron un rato. A mis luceros: Citlalli y Luna les tocó llevarlo a casa, porque este valedor tenía que seguir degustando vino tinto y mezcal con poetas y amigos de la revista, y después, debía darle cuerda a la noche, con José Francisco Marín atestiguando que la fiesta no acaba mientras nos dure el ímpetu.
Tal vez la señal de apego en aquella primera imagen impuso el nombre de “Cachorro”, y de ahí pa’l real, como decimos en Coneto, yo, a darle sus alimentos al bebé que era, y él, a crecer en tamaño y en recuerdos. Pronto alcanzó independencia, rápido aprendió sus primeras lecciones: comer solo, subir la escalera y allá arriba cumplir sus otras necesidades, marcando y cuidando las fronteras de nuestro reino.
El y yo nos teníamos el uno al otro, para protegernos.
Apenas creció un poco, demostró su hiperactividad cual ningún otro perro que hubiera acompañado mis días. Acá en Coneto mi infancia tuvo algunos, y ya en la familia que formamos Rosa Elva y yo, nos acompañaron -en tres décadas- más de diez, destacando Palomo, aquel labrador blanco igual a página nueva, y en la última etapa, Jueves y Chiquilín, nobles y buenos como mezcal matizado por los labios que me hechizan. Pero Cachorro resultó sin antecedente: su energía y entusiasmo lo incitaban a destruir macetas, desbaratar trapeadores, volver inservible cualquier recipiente, acabar con escobas y recogedores, desclavar tablas, escarbar, mover piedras grandes y pequeñas de un lugar a otro, morder salientes de madera o acero, perforar envases de plástico y arrastrarlos como penitencia, y robarme, al mínimo descuido, ropa del tendedero.
Fueron varias las veces que lo llamé a cuentas, con esperanza de moderación, sobre todo a media noche, cuando se daba vuelo jugueteando con pedruscos o palos, o cuando traía mis camisas o pantalones trapeando la azotea. Me veía como si entendiera los regaños. Al poco tiempo fumábamos la pipa de la paz, así hubiera destrozado sábanas o calzones, entonces se acercaba a mis caricias y cuando venteaba mi calma, pasada la tormenta, era un niño consentido que juntaba su cabeza a mis piernas.
Pero no sabía ladrar por más que yo intentaba mostrarle cómo hacerlo. Ahí estaba diciéndole: mira, así: guau, guau…guau, guau… Lo reprendía formal por esa omisión: ¿así cómo vas a cuidar la casa?, ¿así, mudo, cómo vas a ahuyentar a los ladrones? y nada más corría de un lado a otro con sus potentes muñecas, demostrándome su poderío y quién sabe si contestando de alguna forma mis interrogantes.
Muchas veces le repetí la lección de cómo ladrar ¿Te acuerdas, Kora? No hubo el aprendizaje deseado, hay que enfatizarlo.
Cada mañana le servía su alimento y le encargaba la casa. Por las noches –una que otra vez en la madrugada- nada más oírme llegar gruñía y rascaba la puerta. Yo iba a checar que estuviera bien y a ponerle agua nueva. Rutina que me complacía.
El viernes 20 de julio anduvo muy contento, en la noche, Lalo, el esposo de Citlalli, se dio unos minutos para jugar con aquel cachorro que a sus cinco meses ya medía como sesenta centímetros de altura. Lalo lo zarandeaba y Lunita reía, lo abrazaba y el noble se dejaba querer. Se despidieron amigables, como otros viernes. Ninguna premonición preocupó a nadie.
El sábado en la tarde noté que había comido poco. No me preocupé, imaginé un chantaje, como otras veces, por lo que le cambié las croquetas por las que más le gustaban, pero el domingo advertí, ahora sin con ansiedad, que ni las había tocado. Me di ánimos: mañana estará bien.
El lunes que regresé de mis compromisos –después de una mañana espléndida y una tarde de ajetreos- entendí que la cosa iba en serio: Ya no podía levantarse y sus ojos había perdido el brillo. Raudo le hablé a Luis Alonso, un sobrino veterinario, que sin demora llegó a revisarlo, y no obstante las horas de la noche, conseguimos los medicamentos y él, pacientemente, se los inyectó o suministró. Como a la media hora Cachorro se reactivó, caminó, subió las escaleras y mientras lavábamos el patio regresó a hacer otra de sus suertes: varias veces metió la cabeza a la tina con agua y se refrescó con algarabía, como lo hacía casi a diario.
Luis Alonso se entusiasmo y me contagió. Los milagros existen, dijo y se despidió del perro hablándole suavecito: échale ganas, de ti depende, campeón. Mostraba total mejoría. Luis Alonso me preguntó por las vacunas (sí las tenía, pero no hallé la cartilla), me dio algunas recomendaciones y ofreció regresar el martes a media mañana para continuar el tratamiento y determinar si lo hospitalizábamos o ahí mismo se recuperaba.
No hay que cantar victoria, agregó como despedida. Yo soñé que Cachorro se convertía en un ejemplar enorme y que sus ladridos le gustaban a una amiga mía que, sonriente me guiñaba el ojo y me murmuraba: sí te aprendió, ladra como en verso. Un ladrido potente me despertó: fui a verlo, estaba parado, tambaleante, le marqué a Luis Alonso para decirle que Cacho seguía mal, que se apresurara. Los arcanos que desconocemos decidieron no darnos más tiempo: Volví a asomarme y ya agonizaba, me acerqué, lo acaricié…le grité. Fue en vano. Se elevó al edén canino el medio día del 24 de julio.
Desconsolado, tal si anduviera sonámbulo, lo guardé en un costal, luego lo acomodé en una caja de cartón y lo subí al auto. Había sido mi compañero y no quería tirarlo en cualquier punto, anduve por las orillas de la ciudad buscando sin buscar. La providencia salió a mi encuentro: en un baldío cierto señor hacía unos hoyos. Me acerqué, le pregunté ¿qué van a plantar aquí?, me dijo que los dueños querían unos árboles de ornato, ofrecí compensarlo si hacía más profunda la excavación para sepultar ahí a mi perro. Estuvo de acuerdo, le ayudé a ratos. Tres cervezas después depositamos a Cachorro en un sitio que habrá de ser jardín.
Mi eventual amigo me entendió porque también aprecia a los perros, ahorita, me dijo, nada más tengo cinco, eran siete, pero uno me lo atropellaron y tuve que enterrarlo, el otro se fue con una perra en celo, por eso nomás me quedan cinco. Le cayeron tan bien las heladas a las que les dio trámite mientras escavaba, que me dio ánimos a su manera: no se agüite, así es la vida, yo le daría uno de mis perros, pero son rete bien corrientes. Le subió volumen al radio de donde brotaron notas tristes cantadas por José Alfredo, me acordé del poema de Abigael Bohorquez, Llanto por la muerte de un perro y caí en cuanta que Cachorro, inmisericorde, también me dejaba en despoblado, por eso mis lágrimas y el consuelo de aquel camarada: ¡Arriba el ánimo, su perro va a florecer, carajo!



martes, 17 de julio de 2018

Ignacio Asúnsolo y el Vasconcelismo Por Alberto Espinosa Orozco



Ignacio Asúnsolo y el Vasconcelismo 
Por Alberto Espinosa Orozco  


   En 1924 era ya el escultor más brillante del fecundo periodo cultural obregonista, encabezado por José Vasconcelos, por encargo de quien realizo el escultor durangueño diversas tareas. Por un lado el conjunto estatuario de sor Juana Inés de la Cruz, Amado Nervo, Justo Sierra y Rubén Darío, destinadas  al patio principal del edificio de la SEP, las cuales fueron inauguradas el día 3 de abril del mismo año por el mismo Vasconcelos, en su programa de política cultural congruente y de aliento continental. Por otro lado realiza el conjunto estatuario que corona el pórtico de la puerta principal: el conjunto de Apolo-Minerva-Dionisio. También intentaría realizar cuatro espléndidas estatuas de gran tamaño, en las que se representarían las cuatro razas fundadoras (la blanca, la roja, la negra y la amarilla) y que al fundirse darían pie al mestizaje de la quinta raza, de la “raza cósmica” con la que soñaría Vasconcelos en su visionaria utopía hispanoamericana –aunque de hecho sólo se realizó el modelo de la raza blanca, obra que fue destruida por la presión ejercida por la asechanza, siempre presente, de las fuerzas retrógradas del conservadurismo.



   Inmediatamente después Ignacio Asúnsolo comienza la construcción del Monumento a los Niños Héroes, luego de haber ganado el concurso cerrado de oposición para la realización de dicha obra por el dictamen de un jurado formado por los arquitectos Roberto Alvares Espinoza, Luis MacGgregor Cevallos, Nicolás Mariscal, Manuel Ituarte, y José Gómez Echeverría. Sobre un proyecto arquitectónico previo de Luís MacGregor Cevallos, otorgan el primer premio de $18 mil pesos a Ignacio Asúnsolo, quien teniendo como ayudante a Manuel Centurióncomienza atallar las esculturas que lateralespara el torreón central del monumento a los Cadetes de Chapultepec de 1847,el cual se encuentra en la Terraza Poniente del Castillo de Chapultepec, en el Patio “Juan de la Barrera” del Antiguo Colegio Militar, La primera piedra se colocó en el patio del Antiguo Colegio Militar en septiembre de 1923 y el monumento quedo concluido en 1924, íntegramente tallado en piedra de chilapa. Rematan al monumento las esculturas de la patria adolorida rodeada por los  emblemas del escudo nacional, cubierta al frente  por las alas del águila con nopales a los lados; cuatro figuras decoran los cuatro lados del basamento, sirviéndose de los efectos armoniosos del claroscuro y de la simetría, el escultor decoró el monumento, con las figuras simbólicas de jóvenes autóctonos, el Sacrificio Supremo (oriente); la Desesperación en la Defensa (norte); la Luche Desigual (sur), y; la Epopeya (poniente). Obra extraordinaria, realizada en solo tres meses debido a las presiones por terminarla antes que concluyera el periodo presidencial de Álvaro Obregón.





  
II
   Ignacio Asúnsolo es considerado, con justa razón, como el escultor del vasconcelismo, debido a que supo representar el universalismo y humanismo tan buscado por el director de la SEP en su trascendente proyecto cultural. En el libro El Desastre, clave de la historia patria, José Vasconcelos relata como Nacho Asúnsolo y otros artistas y escultores recién devueltos al país luego de uno o dos años de estudios por Europa, se convirtieron en una gran esponja al acompañarlo en sus viajes alrededor delinterior de México: “Asúnsolo toma apuntes, hace bosquejos, observa insaciablemente un mundo vivo y verdadero, que es la fuerza y el único tesoro real de México”.
Pero el de entonces es un mundo tenso en donde en cualquier momento puede tan solo la fricción de un roce o una chispa reencender la llama revolucionaria. Aun así, el escultor se da la búsqueda del alma india que se manifiesta en las fiestas y en las escenas de la vida cotidiana, que encarna en la belleza de las mujeres, en sus atuendos tradicionales, en sus peinados y en su manera de andar. La gracia de los  niños, los ademanes milenarios de  los hombres que trabajan:de los huacaleros con su armazón de cantaros, de los pescadores, de los cañeros, de los tamemes acarreando la caja de maíz sostenida con la frente. Gran lección del viajero Vasconcelos para toda una generación de artistas, a partir de la cual Ignacio Asúnsolo decantaría su sentido de la piedad con la experiencia viva del pueblo, extrayendo de ella una estética de formas sencillas, resistentes y puras, que a partir de entonces acompañaría a su trabajo ya de manera permanente. 
   La primera acción que realizó Ignacio Asúnsolo ligada al nacionalismo propugnado por el vasconcelismo postrevolucionario en el Taller de Escultura de la Academia fue labrar en piedra el escudo de la Universidad Nacional con el lema “Por Mi Raza Hablará el Espíritu”. El escudo y el lema son el resumen y el encumbramiento de una exaltación colectiva del espíritu latinoamericanista, que en aquellos años empezaba a despuntar con vigorosa claridad gracias al indómito espíritu de José Vasconcelos, quien supo dar cuerpo e idea concreta a las aspiraciones del alma colectiva con una serie de poderosos símbolos encauzados en el sentido de los más altos valores del espíritu.
   Para el filósofo de la estética iberoamericana lema y escudo significaba no solamente el despertar de una larga noche de opresión, también el ideal de superar los largos conflictos armados de antaño en la lucha por abrir espacios en los nuevos campos de batalla, que son los de la educación y de la cultura, para dar lugar al nacimiento de una nueva época en la que los mexicanos logren fusionar la cultura al pueblo a partir de factores espirituales, todo lo cual se simboliza en la fusión del escudo  por el águila mexicana y el cóndor andino que protegen el mapa de América Latina con una alegoría de los volcanes y del nopal azteca, símbolos de una cultura iberoamericana unificada por venir. Mientras que el lema que acompaña el escudo, “Por mi raza hablará el espíritu”, señala la convicción de que la raza nuestra, la “raza cósmica” del mestizaje, terminaría por elaborar una cultura de tendencias nuevas, de esencia espirituales, místicas  y libérrimas: la quinta raza, la raza cósmica, predestinada a fundir las dispersas para consumar la unidad de una más feliz síntesis global. Cuando el rector José Vasconcelos entregó el nuevo escudo a la Universidad Nacional el 27 de abril de 1921 al Consejo de Educación, asentó claramente que es a la Universidad Nacional a quien corresponde definir los caracteres de la cultura mexicana en el sentido de las grandes confederaciones constituidas a base de sangre e idioma comunes. Espíritu latinoamericanista, pues, que veía claramente la necesidad de que los mexicanos fundan su propia patria con la patria hispanoamericana, que representaría la nueva expresión de los destinos humanos.[4]

   Después de colaborar en la realización del escudo, Asúnsolo continuó trabajando para Vasconcelos, quien lo llamó para realizar  las esculturas para el nuevo edificio de la SEP. La obra se realizó en los Talleres de Escultura, improvisados en la Academia de San Carlos, paralelamente al surgimiento del movimiento muralista, que en esos mismos momentos comenzaba a tomar fuerza. Pensó entonces Vasconcelos encargar a los escultores obra en gran formato, escultura monumental, igual a la de las fachadas de las viejas iglesias. Así fue que el Ministerio de Educación encargó a Ignacio Asúnsolo y al Taller de Escultura de la Academia de Bellas Artes las figuras que rematan el pórtico central del edificio de la secretaría: el tríptico de Minerva, Apolo y Dionisio. 


   El tamaño de la Minerva obligó al ingeniero a reforzar los cimientos, a sus lados los dos prototipos del sentimiento estético según la concepción nitsczscheana del arte apolíneo y dionisiaco –principio de la dualidad dialéctica clásica adoptado por Vasconcelos en su Estética. Minerva, el símbolo supremo de la sabiduría antigua que significa la ascensión hacia el espíritu -el anhelo que más tarde vino a colmar plenamente el cristianismo. Vasconcelos pensó incluso agregar una cruz detrás de la Minerva, pero se contuvo del intento al considerar el ambiente jacobino que rodeaba al movimiento revolucionario y que ya desde entonces dejaba aflorar incluso las primeros cardos insidiosos de un muy cuestionable antihispanismo. El decorado del remate de la fachada principal, cuyo grupo fue ideado por Vasconcelos y ejecutado por Ignacio Asúnsolo, tiene en Apolo la representación de la inteligencia, en Dionisio de la pasión y en la Minerva divina la suprema armonía como patrona y antorcha de la clara dependencia del poder ejecutivo de la República. En los extremos de la fachada debían de ir estatuas dedicadas a la aviación las cuales, sin embargo no se concluyeron, como no se concluyó el edificio al separarse José Vasconcelos de su tarea.
   En el antepatio debió de ir una escalera monumental y en las esquinas del primer piso estatuas de cada una de las razas que han contribuido a la formación del Nuevo Mundo y deben de contribuir a ella: la raza blanca, la roja, la amarilla y la negra –reducidas todas ellas a una unidad ideal: la raza cósmica, la raza definitiva y total. Luego de terminar Asúnsolo el conjunto de la Minerva, el ministro le encargó dicha tarea, llegando a modelar en yeso una de las estatuas colosales: la de la raza blanca, exhibiéndose el molde en uno de los ángulos del patio para estudiar las proporciones.Sin embargo, por influencia de algunas maestras que se alarmaron por el desnudo completo ideado por Asúnsolo, calificándolo de inmoral pretextando que se trataba de un recinto a ser visitado por niñas y niños, el vaciado fue suspendido. Las maestras alegaron que aquello iría a ser el “patio de los falos”, causando tal escándalo queVasconcelos se vio obligado a suspender el proyecto,ordenando al escultor Manuel Centurión realizar, en lugar de las estatuas, los cuatro bajorrelieves dedicados a la cultura de los cuatro continentes.[5]



L  as figuras que decoran los tableros esculpidos del patio nuevo se componen de cuatro emblemas-obrajes ejecutada por el cincel de Manuel Centurión a quien se debe también la magnífica fuente de cantera que ornamente el patio antiguo. El emblema de la cultura de Grecia, madre ilustre de la civilización europea de la que somos vástagos, representada por una joven que danza y por el nombre de Platón, que encierra toda su alba.España aparece bajo la forma de una carabela, al ser ella la que unió este continente americano con el resto del mundo, sumando la cruz de su misión cristiana y el nombre del civilizador Las Casas. En tercer sitio una figura azteca que recuerda el arte refinado de los indígenas y el mito de Quetzalcóatl, el primer educador en esta zona del mundo. Finalmente, en el cuarto tablero aparece el Buda, envuelto en su flor de loto. Los cuatro bajorrelieves sugestión de que esta tierra y en la estirpe indoibérica han de juntar al Oriente y al Occidente, el Norte y el Sur, no para chocar y destruirse, sino para combinarse y confundirse en una nueva cultura amorosa y sintética. Se trata, pues, de las primeras expresiones del idea de la Raza Cósmica, filosofía de largo aliento fundada por Vasconcelos quien aspiró a una verdadera cultura que fuese el florecimiento de lo nativo dentro de un ambiente universal, la unión de nuestra alma con todas las vibraciones del universo en ritmo de júbilo semejante al de la música.[6]





   Por último realizó para el patio principal del edificio de la SEP el conjunto estatuario de sor Juana Inés de la Cruz, Amado Nervo, Justo Sierra y Rubén Darío,  pero también la estatua de la Maestra de Escuela, inspirado en la figura de Gabriela Mistral, que es obra de Ignacio Asúnsolo. Siguiendo las normas aprendidas en París, Asúnsolo ejecutó esas obras con algunas cuantas estilizaciones y maneras arcaizantes en lo que se refiere a la calma, a la serenidad, a la imperturbabilidad y al desapego debido al respeto de las formas, propias de un carácter clásico, alejándose por tanto de las pasiones y de las tendencias ideológicas tan sobreexplotadas por otros artistas en la misma época, especialmente por Diego Rivera. La estética dominante de Diego Rivera, sin embargo, dejó ver por ese tiempo sus más bajas motivaciones.



  
   Diego Rivera propugnaba en aquel entonces por integrar elementos prehispánicos como base del arte nacional. En efecto, en 1921 se puso en el primer plano, con el proyecto vasconcelista, diseñar un arte nacionalista, ocurriéndose la Rivera que se podría extraer del arte antiguo de México –de ahí sus experimentos con resina de nopal, pero también la idea de pintar un árbol de la vida de clara intención pagana en el anfiteatro Simón Bolívar en la Preparatoria de San Ildefonso. Por algún motivo vio en Asúnsolo un posible enemigo, criticándolo entones veladamente por hacer una escultura de extraños despojos humanos, de hombres sin cabeza que se arrastran, modelando figuras contorsionadas o actitudes afectadas, producidas por móviles sentimentales, criticando así por escrito acremente el trabajo de Asúnsolo en la revista Azulejos.[7] Su argumento no era otro que la influencia de Auguste Rodin, en el que veía un “peligro” –considerando superado, pues era ya inactual en París, donde se había evolucionado hacia la escultura aceptada como conjunto arquitectónico, aunque se tratase solamente de una cabeza.



    Pero lo cierto es que la obra de Asúnsolo evolucionó a un arte que si bien es realista y austero introduce estilizaciones arcaizantes, en parte gracias a la influencia generacional, que vio la grandeza del arte prehispánico, comparable al egipcio y superior al asirio-caldeo. Sin embargo el insidioso Rivera volvió pronto al ataque, lanzando sus dardos venenosos contra Asúnsolo acusándolo de no practicar la talla directa por su propensión al modelado, la cual se practicaba en el ex convento de la Merced, señalando tal tendencia como una debilidad. El escultor desmiente a Rivera en otro punto, haciéndole ver  que en el programa de la Escuela nacional de Bellas Artes se había incluido el curso de talla directa, reclutando alumnos entre los canteros, explicando que la penuria de los talleres es lo que había impedido formar una cooperativa de producción efectiva. Lo que resultó insostenible, siendo rechazado por Arnulfo Domínguez Bello y todos los maestros de ENBA, fue la afirmación apasionada de Diego Rivera, de que los verdaderos escultores de México eran en realidad los canteros, la cual usaba como dardo en su intento para su reforzar su posición de extremo vanguardismo: la idea de extirpar de la academia todos los “restos académicos”.
   Los ataques continuaron, calificando las obras de Asúnsolo en la SEP de “pseudo-esculturas oficiales”, pitorreándose en una encuesta hecha por la revista Forma  de “las pantuflas de Rubén Darío, los botones de su pijama, la túnica de baño de Justo Sierra y otros detalles poco escultóricos y poco plásticos” de las obras escondidas en la penumbra discreta de los corredores de la SEP, las cuales le parecen incatalogables e imposibles de defender, por la rapidez con que fueron hechas, culpando entonces al escultor de haber sido sumiso a las indicaciones de Vasconcelos, a quien Rivera detestaba.[8]
   Los juicos del beligerante e insidioso Rivera, alimentas más que nada por la ambición, la envidia y los celos profesionales, estaba dirigida efectivamente también al vasconcelismo, tomando con ello una postura francamente ideológica para intentar justificar sus veleidades políticas y la derrota cultural de la utopía obregonista del México postrevolucionario. En otra ocasión, en una entrevista, el pintor, mediante una alusión indirecta en una fotografía, tachó a Asúnsolo de indio, intentando con ello minimizar su obra, pero también de reducir a la persona, haciendo correr la consigna de que era un hombre iracundo y armado, acusándolo, junto con su esposa Guadalupe Marín, incluso ante el ministerio público de allanamiento de morada, esparciendo luego el rumor de su bien sabido alcoholismo de juventud. El resentimiento de Rivera se debió también a que el escultor no quiso nunca enrolarse en los organismos gremiales dirigidos por el pintor desde el año de 1922. Empero, con el tiempo Asúnsolo relazaría una escultura de Guadalupe Marín, y a la muerte de Diego Rivera en 1953 tomaría la mascarilla mortuoria de su rostro y copiaría sus manos-componiendo también a su amigo de antaño un corrido con la música de “El Hijo Desobediente”.
Interesado en fundir las fuerzas creadoras del pueblo con el folklore, Ignacio Asúnsolo escribió artículos para la revista American Folkways, alentando el movimiento folklorista durante los años veintes y treintas, época en la que se ocupo en sus artículos con los temas de las pinturas votivas, los retratos naifs y, siguiendo la tesis de Diego Rivera, exaltando los frescos de las pulquerías, considerado por ellos como un arte autentico y revolucionario, expresiones populares que, por otra parte, habían sido combatidas por Porfirio Díaz al considerarlas un peligro  publico y luego satirizados estéticamente por José Clemente Orozco.






   En el año de 1931 Ignacio Asúnsolo se asoció al pintor durangueño Fermín Revueltas para el proyecto del monumento al Héroe de Nacozari, Jesús García Corona (1881-1907), humilde ferrocarrilero quien salvó al pueblo sonorense desviando la maquina 501 que conducía con 4 toneladas de dinamita a punto de estallar fuera del pueblo. Encargándose ambos artistas personalmente de la construcción, de diciembre de 1931 a marzo de 1932, juntos diseñaron toda la estructura del monumento, traduciéndola Revueltas a dibujos y Asúnsolo a maqueta. Se trata de una estructura de cuerpos geométricos regulares, un hexaedro de cuatro caras levando sobre una base piramidal. El estilo sobrio de la composición atendía la idea de reflejar en el cubo central mediante la pureza de las formas las ideas de justicia, verdad y perfección. Para las cuatro caras del hexaedro Asúnsolo diseñó relieves de gran simplicidad alusivos a la acción heroica de Jesús García, siendo añadidas inscripciones igualmente sobrias sobre las superficies por parte de Fermín Revueltas. La solución arquitectónica, que contaba con un recinto interior, resulto de gran equilibrio y elegancia, influenciando notablemente posteriores proyectos monumentales.
   Su amistad se prolongaría en el tiempo, colaborando como un binomio para el proyecto al Monumento de Álvaro Obregón, realizado entre 1934-1935 en La Bombilla, lugar donde Obregón cayera asesinado apenas 6 años atrás por el fanático religioso de la ACMJ (Acción Cristiana Juvenil Mexicana) José de León Toral, en el 17 de julio del año 1928, quien se le acercó haciéndose pasar por dibujante, mientras al fondo interpretaban los músicos la canción “Limoncito” de Alfonso Esparza Otero.[9]
   La compleja estructura debió de ser decorada en su interior con un mural de Fermín Revueltas, el cual quedó bocetado, pero la muerte le impidió realizar. Sin embargo algo de su labor quedó plasmado en los relieves de la parte baja de la cripta, de gran delicadeza de trazo. De hecho la relación entre Asúnsolo y Revueltas era de lo más intensa en ese tiempo, quedando impresa la aportación de Revueltas en el diseño de los relieves del interior del monumento. Luego de ganar el concurso abierto y al faltar  Fermín Revueltas, Asúnsolo se asoció al arquitecto Enrique Aragón Echegaray para la realización de la obra, la cual se situó sobre un parque y una fuente proyectada por Vicente Urquiaga. Se trata de una pirámide truncada, cuyas figuras frontales representan el Trabajo y la Fecundidad, y las laterales el Sacrificio y el Triunfo –donde el escultor rinde tributo y enaltece a las figuras de la madre, del campesino y del obrero.
   Se ha dicho que la arquitectura resultó poco adecuada, endeble y baja y por tanto desproporcionada respecto de las estatuas. Se trata, sin embargo, del último gran tributo publico a la utopía educativa obregonista y, por lo tanto, al vasconcelismo que le estuvo desde un principio ligado. Obregón, héroe trunco de la revolución, dejó también una obra trucada como presidente, sin continuidad, siendo su figura y obra incómoda para sus sucesores, sobre todo en el capítulo relativo a la educación. El monumento en realidad resulta completamente desfigurado en su intención al incluir en el recinto interno el brazo amputado del Manco de Celaya conservado en un enorme frasco de formol, como si se tratara, no de un altar al prócer de la patria, sino de un museo o de circo trashumante donde se exhiben fenómenos de las contingencias genéticas, desde abortos deformes hasta los misceláneos e indistintos horrores del reino zoológico. Es también lamentable que los murales destinados a ser pintados por Fermín Revueltas en el recinto no se hayan realizado, dando todo ello al interior una apariencia sombría y mortecina. 


   Al poco tiempo de terminada la obra Aragón Echegaray se adjudicó la autoría total, jactándose de ser el director de la construcción. Asúnsolo tuvo que defenderse, desmintiéndolo en un artículo publicado por el periódico El Universal , señalando que la parte arquitectónica se debía a él mismo, siendo en general las pequeñas soluciones aportadas por Aragón torpes y filisteas, habiendo sido su ayudante en la ejecución de la maqueta el señor escultor Mercado. En la revista Reforma Social Joaquín Fernández del Castillo exaltó la obra, señalando que se trataba de una cátedra viva, permanente y objetiva, de la revolución social –que quedó petrificada en su primer proceso: el Sacrificio, el cual al quedar cercenado y sin cristalizar no alcanzó sin embargo a consolidarse en el paso definitivo: el Triunfo. Por su parte, en la misma publicación David Alfaro Siqueiros saludó la obra de Asúnsolo como un impulso hacia la integración plástica entre arquitectura, escultura y pintura. También celebra que el artista viva el momento del ahora “sabiendo asirse con talento y energía al carro nuevo de la historia”.[10] El Monumento, como quiera que sea, rinde tributo a un gobernante que apoyó el proyecto educativo más imponente y trascendente de América Latina, y quien inyecto nueva vida al arte mexicano al dar muros públicos al movimiento muralista, el cual se expandió del ex convento de San Pedro y San Pablo a la Escuela Nacional Preparatoria y de ahí a la Secretaría de Educación Pública. Posteriormente Asúnsolo se encargaría de modelar tres conjuntos escultóricos más: el Monumento a la División del Norte, en Chihuahua; el Monumento a Ignacio Zaragoza, en la calzada del mismo nombre, bajo el orden de una composición neoclásica, y: el Monumento a Cuitlahuac, en el Paseo de la Reforma, que hace alusión a una figura más mítica que heroica, depositando en ella la gravedad del símbolo –un poco a la manera que hiciera Ramón López Velarde con la figura idealizada de Cuauhtémoc. Arte completo que añade al refinamiento la función de dar estabilidad a la ideología de un estado nacional, que supo aliar al clasicismo lo mejor de las vanguardias y del antiguo arte mexicano, de manera contenida, mirando, pues, al futuro, sin olvidarse del pasado.







      Desde los tiempos de construcción del nuevo edificio de la SEP, Ignacio Asúnsolo se había encargado del tema de la mujer: de Sor Juana Inés de la Cruz, pero también de Gabriela Mistral; poco después en el Monumento a los Niños Héroes, donde plasmó a la Patria como una figura luctuosa, fuerte, noble, con expresión de dolor tranquilo y cuya severidad en la madurez del espíritu. La participación activa de Ignacio Asúnsolo en la plasmación de las ideas revolucionarias del José Vasconcelos, se deja sentir en el idealismo con que trato en aquella sede la las figuras femeninas. En la figura de Gabriela Mistral, quien había participado en el proyecto de Lecturas Clásicas para Mujeres, intentó plasmar el salto que habría de darse de la injuria y de la degradación de la mujer a la gloria mítica. Idea de la redención de la mujer, pero también del indio y del obrero, por medio de la educación, ante la cual era necesario dar cuerpo volumétrico concreto, escultórico, en lo que aquella tenía de mito fundador de la nueva etapa postrevolucinaria, postulándolo así como un primer origen –no del todo ajeno a otros intentos llevados en aquella época por la vanguardia muralista mexicana, tampoco a la escuela francesa (Rodin, Maillon, Despiau, Bourdelle) que introdujo una manera arcaizante en los detalles.


   Puede decirse que los desnudos de Asúnsolo resultan en general contenidos, no carnales, armoniosos y no carentes de gracia. Sus formas, en ocasiones apenas meramente sugeridas. Una de las obras que mejor define esa tendencia, “Mi Madre” (1947 y 1951), nos muestra una forma cerrada, vuelta completamente hacia el interior de sí, con una atención concentrada, hacia la religión. Obra construida hacia adentro, es verdad, donde no hay movimiento ni efectismo, reflejando el rostro una expresión de piedad y las manos, una posada sobre la otra, cierta tranquilidad de ánimo, de esperanza, y de conformidad en el sentido de la resignación. También expresión de la figura total del cuerpo femenino de concentración, de escucha de lo que no tiene sonido, para llevar la energía al interior de sí misma y que de ello surja la vida.  En varias de sus esculturas femeninas sobresale el rasgo de ser formas de lo receptivo, y por tanto de la concentración de las fuerzas y de la energía corporal tensa de la mujer, que contrae las formas al interior de sí mismas.


   Ha dicho Héctor Palencia Alonso que el escultor durangueño Ignacio Asúnsolo esculpió la historia contemporánea de México. Haría que agregar que también colaboró en la formación de varias generaciones de escultores en la Escuela nacional de Artes Plásticas. En efecto, a través de más de 50 años de trabajo el escultor durangueño realizo los conjuntos escultóricos más imponentes y significativos de la patria, participando estrechamente del humanismo y universalismo difundido por José Vasconcelos en su programa de reconstrucción cultural de la nación.[11]
Ignacio Asúnsolo, quien nació en las vastedades del norte del estado de Durango, entre los municipios de Ocampo e Hidalgo, muy cerca de Parral, en esa maravillosa plancha de pastos abundantes conocida como la “Meseta de la Zarca”, tierra de escaso valor que fue cuna también de Nelly y Gloria Campobelllo, supo dar a su obra el sentido del amor a la vida, de la compasión, de la solidaridad entre los seres humanos desamparados, impregnándola con los valores perennes del humanismo universalista. Arte sobrio, despojado, de una emoción distante y retirada, cuyo equilibrio de partes no desprovistas de delicadeza y de encanto, se inscribió así en la cúspide del nacionalismo cultural, pues no solo logró captar la visión del drama contemporáneo de México en si mismo, sino que también supo escribir en el espíritu del alma nacional la visón futura. Sus valores son entonces los del calor de su tiempo revolucionario ligado con el amor a la vida y la solidaridad profunda con los seres humanos por ser su arte de carácter esencialmente educativo y de significación histórica.