martes, 22 de abril de 2014

Manuel Guillermo de Lurdes en Durango Por Alberto Espinosa Orozco

Manuel Guillermo de Lurdes en Durango
Por Alberto Espinosa Orozco 











   Manuel Guillermo de Lourdes, natural de Texcoco, fue estrictamente contemporáneo de Antonio Ruiz “El Corcito” (1895-1964), incluso coterráneo suyo, pues ambos habían nacido en la mismo centro del Estado de México. Habían estudiado con los grandes maestros en aquel entonces de la Academia de San Carlos: Saturnino Herrán y Germán Gedovius, cuando se impartía tímidamente un grandioso método para la enseñanza del dibujo, creación de Alfonso Best Mougard, el cual trascendería fronteras, siendo empleado en una época en algunas escuelas de los Estados Unidos. Ambos cultivaron un estilo costumbrista –diametralmente opuesto: Lourdes incursionó en los grandes espacio murales practicando una vena más bien tradicionalista, historicista se puede agregar, en cierto sentido refractaria  los extremos de la modernidad; “El Corcito” en cambio, habiendo sido escenógrafo en la década de los 20´s par los Estudios Universal, y posteriormente el creador y director por muchos de la Escuela de Pintura y Escultura “La Esmeralda”, desarrolló un estilo sui generis de costumbrismo, moderno y surrealista, siendo sus cuadros pequeños, escasos y de maravillosa factura.      




    El maestro Guillermo de Lurdes vivió durante cerca de dos lustros en la región lagunera, teniendo su estudio en la ciudad de Gómez Palacio, en una casa que se hallaba en el interior de la jabonera “La Esperanza” donde impartía a sus discípulos clases de dibujo y daba lecciones sobre los secretos del óleo y la acuarela, el fresco y el modelado. Tuvo una rica biblioteca de poetas, arquitectos y músicos, pero sobre todo de pintores, desde Atenas a Roma, de los flamencos al renacimiento, del Impresionismo a José Clemente Orozco -y donde alternaban Sócrates con Fidias, Leonardo Da Vinci con Miguel Ángel, Rafael y Tiépolo con Veronese, Tintoreto, Rembrandt, Rubens y Bernini. Gran artista de esmerada cultura, Guillermo de Lourdes tocaba el piano y hablaba varios idiomas, contando en su estudio de sus correrías por Europa y de la bohemia madrileña.  Estando en su madurez artística escribió incluso una columna para el Siglo de Torreón, llamada “Glosario”, donde daba cuenta de su extensa cultura y sus insólitos alcances intelectuales.[1]




   A pesar de su amistad con intelectuales y políticos de la época a Guillermo de Lourdes no lo tomaron  en cuenta ni lo llamaron a colaborar con ellos, probablemente debido a los celos de despertó su elevado arte en otros miembros del muralismo, especialmente del oportunista Diego Rivera, quien no sólo codiciaba siempre la taja del león, sino que instrumentaba con insidias de todo tipo el alejamiento geográfico de sus posibles competidores –como le sucedió, el primero, a Jean Charlot. El inexplicable descuido de su figura y de su obra se debe, como quiera que sea, a las circunstancias contingentes urdidas por los irredentos, por los falsificadores de oficio y por los simuladores de toda laya que, tan frecuentemente en nuestro medio, relegan al olvido a los verdaderos maestros –que cuando no, frustran de cuajo y arrebatan de raíz el desarrollo y el florecimiento de toda esencia.
   Fue entonces que el maestro Manuel Guillermo de Lourdes se refugió por muchos años en la provincia mexicana, dando incontables muestras de su talento y disciplina en el trabajo. Para 1944 marchó a vivir a Aguascalientes, luego vivió en San Luís Potosí y en León, radicando sus últimos años en Naucalpan, en el estado de México, en la calle de Zumpango número 4, donde vivió hasta sus últimos días, que alcanzaron la estación postrera en el año de 1971.



    La obra artística del maestro Manuel Guillermo de Lourdes comprende, además de su trabajo mural en Durango, una serie de trabajos murales en templos, además de óleos, naturalezas muertas y dibujos.[2]  Sabemos que también llegó a ilustrar con sus viñetas algún libro de poemas.[3] Entre sus discípulos habría que contar en Durango a Horacio Rentería, a las hermanas Mercedes y María de la Luz Burciaga, a Manuel Muñoz Olivares, oriundo de Matamoros, y a Carmen Yolanda de Balandrano, de  Gómez Palacio, puede agregarse la influencia ejercida sobre el Francisco Montoya  de la Cruz, tomado el maestro durangueño del talento de Lourdes tanto la contundencia en los volúmenes pictóricos, como un cierto gusto por el orden clásico, así como el gusto por los paisajes costumbristas. El maestro Manuel Guillermo de Lourdes no sólo daba grandes lecciones de técnica a sus alumnos, sino que también fue un maestro de la vida, dedicado a la orientación en el sinuoso y escarpado camino de la cultura, fundando su enseñanza  en la rica y compleja moral del oficio. Su trabajo, severamente desatendido durante décadas, está empezando a ser revalorado por los galeristas y despierta inquietud en la crítica de arte, debiéndose tal despertar tanto a al imperativo de subsanar tan disonante injustica histórica como a la indudable calidad plástica de su obra y a sus valores culturales de frescos acentos nacionalistas.



   En efecto, en su obra es visible una revaloración de nuestra raza mestiza y de nuestra cultura criolla e indígena, destacando en ella una serie de apuntes sobre de temas y problemas, muchos de ellos aún sin resolver. En cuanto al estilo puede decirse que, aunque incorpora los elementos definitivos del movimiento muralista mexicano, como son los históricos,  populares y realistas del paisaje antropológico y geográfico, ello no es sino el marco dentro del cual desarrolló el espíritu de escuela absorbido esencialmente en España, en la escuela de Zuloaga. Su obra efectivamente abunda en escenas costumbristas, donde retrata a una serie de personajes del pueblo, por completo excluidos del circuitos socio-económicos dominantes, bajo la forma de tipos, personajes y paisajes regionales, detectándose en ello un minucioso trabajo de familiarización y de observación de campo, por decirlo así, y en una particular atención por el retrato, una fina observación de los rasgos humanos y de las caracteres fisonómicos de sus modelos. Se alejó instintivamente de las vanguardias post y neoimpresionistas, procurando profundizar en una sabia paleta restringida, más bien oscura y cálida, cuyo tono crepuscular convive armoniosamente con un fino tratamiento de la luz. Su gusto por la composición esmerada nos habla de una especie de predominio del dibujo de corte clasicista, muy atento al desarrollo de los volúmenes y de las formas, pudiéndose considerarse su obra dentro de un simbolismo muy atemperado por las costumbres –las cuales, dicho sea de paso, contrarrestaron su tendencia a las escenas idílicas y mitológicas más espectaculares. Podría decirse que, si bien es cierta la influencia esteticista de Diego Rivera, que llega a marcar con su arte cívico el contenido ideológico y el espíritu de ilustración de algunos de sus murales, Manuel Guillermo de Lourdes fue mejor dicho el continuador de un gran talento que por su muerte prematura no pudo desarrollar sus cualidades en el arte del gran formato; me refiero al pinto r de Aguascalientes, Saturnino Herrán (1887-1918), con quien guarda más de una correspondencia estética y electiva.








   Lo cierto es que el maestro pintor Manuel Guillermo de Lourdes, luego de una larga permanencia es España, donde estudió y trabajó en el Taller de las Ventillas de Ignacio Zuloaga, y de una corta estancia en la Ciudad de México, donde participó como ayudante en los primeros pasos del Movimiento Muralista Mexicano, continúo su labor como artista en las ciudades del altiplano, especialmente en la ciudad de Durango, pero también de Torreón, Zacatecas y Aguascalientes, dejando como legado una obra rica y de primera magnitud en cierto modo solitaria el centro-norte de la república mexicana, llevando a su árido territorio la semilla revolucionaria del nuevo nacimiento del arte mural, plasmando entornos geográficos e históricos, no carentes ni de grandiosidad ni de miseria –como corresponde a la naturaleza, dividida, del espíritu humano.      








[1] Manuel Muños Olivares (1925-2010), “Reflexiones de Atardecer: Don Manuel Guillermo de Lourdes”, El Siglo de Torreón, 15 de febrero de 2004.
[2] Su obra pictórica empieza a ser muy apreciada por las galerías de arte. La Galería Luis G. Morton tiene el cuadro: Jardines Flotantes; La Galería del Bosque de Guadalajara de Sylvia Juárez los cuadros: Retrato de Mujer (40 x 50 cts.) y Matadero (36 x 52.5 cts.); la Galería Artenet los cuadros Arrieros de 1934 (54.6 x 69 cts.) y Cargadores s/f (144 x 10 cts.).
[3] Baltasar Izaguirre Rojo, Melodía Interior. Poemas. Ed. “Las Carpeta”. Prólogo de Ignacio Lares. 1930. México.








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