sábado, 12 de abril de 2014

José Luís Cuevas: la Gruta de las Sustancias Por Alberto Espinosa Orozco

José Luís Cuevas: la Gruta de las Sustancias
Por Alberto Espinosa Orozco

“Y, hecho de consonantes  y vocales,
Habrá un terrible Nombre que la esencia
Cifre de Dios y que la Omnipotencia
Guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
En el Jardín. La herrumbre del pecado
(Dicen los cabalistas) lo ha borrado
Y las generaciones lo perdieron.”
Jorge Luís Borges







I
José Luís Cuevas representa para la cultura contemporánea a nuestro más joven iconoclasta –es también y en definitiva, habría que agregar ahora, nuestro ancestro primordial más reciente.  Porque el perpetuo enfant terrible del arte mexicano, porque el huésped predilecto de la noche desierta y el zozobrante caos, ha recorrido también la esfera del tiempo y en el camino de su rodar incesante inevitablemente ha encontrado los símbolos del inconsciente proyectivo, tornándose sus figuras de alta hechicería en llaves y ganzúas para abrir las selladas puertas de los arquetipos movedizos.
   Así, en su deambular de jeroglífico insomne la rueda del tiempo ha pasado por las planchas de hierro de su obra exprimiendo del magma aéreo el magistral grabador autodidacta una savia heteróclita de formas, cuya fuente y manantial no es otro que la herida narcisista que por debajo de la conciencia del claustro racionalista mana a borbotones del inconsciente moderno. Sus ambiguos jugos hechos con los elementos disonantes de sutiles tósigos, navajas ligerísimas y carbónicos espíritus han adquirido, con el machacar incesante de las vueltas de la duración, la gravedad inevitable que deja a su paso el peso de sus pasos marcados por las muescas de su diente roedor. Así, los sumos de su obra gráfica,  por fin, han decantado en la mudez inapelable del granito al solidificar sus turbulentos afluentes de sus ríos en la frialdad inerte del acero.
   La revuelta contra la tradición y la ruptura, cuya razón de ser está en la efervescencia existencial y el goce rampante del instante, muestra en el rodar de su novedad delirante que sus ingrávidos volúmenes imaginarios de singular astucia apelan también ellos en su sorpresa incesante a la constitución iconista permanente del ser humano, resolviendo el litigio del ánima adoratriz no en las argucias argumentales de la imaginación fantástica, sino la liturgia requerida por el rito: en la solicitación del ídolo para circunnavegarlo en el espacio tridimensional de la escultura.



II
   Porque en los abismados huecos de sus grabados, quemados profundamente en la sutileza de sus inserciones y maneras, José Luís Cuevas ha dado con la deprimida roca cóncava y con la oscura gruta, a un mismo tiempo tosca y caprichosa, del hombre moderno -descubriendo empero sus entrañas desimantadas a la vez que purulentas. Espacio, pues, del inconsciente colectivo y proyectivo que a todos de alguna manera nos acosa y parasita , a la manera de un antro fétido e inhospitalario, estancado y estéril, donde raras fieras danzan y  a la vez que nos pueblan nos succionan -y que por ello simultáneamente también nos deshabitan. Recinto, pues, sin tabernáculo,  en cuya covacha de recuerdos estragados por la carcoma se muestra la costra petrificada de nuestro desfigurado ser licuado.
   Crítico cínico y taxidermista taladrante del mal de nuestro tiempo, José Luís Cuevas siempre supo que el consciente no abarca nuestra alma y rompiendo definitivamente con los cercos de la conciencia ha tanteado otras realidades del psiquismo humano, desarrollando así el gusto por las honduras del inconsciente y las deformidades espirituales de la naturaleza humana –y a las que sólo compete el nombre de monstruosas. No se trata así de la tarea de dar secuencia y forma a los olvidados tesoros que encierra el alma humana al ser tocados por el agua viva de la razón estética comprensiva, mucho menos de la búsqueda por escencializar la naturaleza humana en el perfeccionamiento de sus facultades superiores y en la sustancialización de su diferencia específica. Por el contrario, se trata de una fijación de lo que en nuestra naturaleza  hay también de adjetival y contingente -de modificación activa de las mutaciones, de relación afectiva relativa, de imagen equívoca y de concepto autárquico cuya felina garra de pantera escurre compasivamente para primero agarrarnos y antes de engullirnos asirnos y coptarnos -luego desgarrarnos y finalmente digerirnos (Begrifft). Mundo efectivamente de densos volúmenes indigestos cuya gesta de titánicas hormigas se resuelve en milimétricos acosos de quimeras.



   La misión aquí no es la de hermanar al hombre con el hombre, menos aún de humanizar nuestra sufrida humanidad de ángeles caídos por la alianza sin fronteras de las formas mediante del rescate del recuerdo soldado a la morada que reúne a los seres solidarios del sosiego, protegiéndonos de un mundo violento y sin memoria. No.  Porque de lo que aquí se trata es de la moral de la sorpresa, donde es mejor la supresión, el vuelo amorfo de la separación, la suspensión de la ruptura cenagosa, la escisión en que se abre el vertiginoso desenfreno del abismo que sólo anhela caer aún más hondo y así deshabitar completamente la esencia de la especie al secar o ahogar por entero su naturaleza: Mejor la novedad pagana de la reducción idólatra a la carne y su sentido a macilento pellejo desangrado de langosta, mejor la contaminación impura en que se revuelcan las promiscuas formas que nos emparientan indistintamente con los géneros más distantes de la especie. Estética de la sorpresa, pues, en que mejor se inclina la balanza en su desequilibrio al alejamiento forastero de lo humano y de lo que la naturaleza ordena en su potencia -y mejor que mejor la deformidad y el olvido cifrado en la adaptación al miedo en medio de la jungla donde la imagen se agota y empantana y se asimila punto a punto a la polilla voraz que la aniquila.



   Porque la obra de Cuevas es efectivamente la de una crítica experimental a la vacua gruta de inane concavidad, que solo sabe reflejar las sombras mezquinas de nuestra era oscurantista, cuyas servidumbres de la carne se levantan en motín contra lo otro más digno y perdurable, entrando inevitablemente en sublevado contubernio con el género próximo y aún con los remotos –dando por resultado estético las analogías delirantes de la grotesca parodia, cuya visión circense resulta a la vez espiritualmente patética y risible.
   Crítica del tiempo nuestro que ha buscado sus valores no en la lucidez intacta del entendimiento sino en el lucimiento de los vertiginosos azares y contingencias del tiempo, que sujetan al alma humana aprisionándola a sus arcaicas zonas animales, mezclando promiscuamente lo humano y lo inhumano, despreciando con ello sus bienes estables e inmutables –porque de lo que se trata es de experimentar en cabeza propia, valorando más el equivocarse con soberbio ingenio y despreciar con soberbia que el acertar humildemente con ramplonería.



III
   Así, José Luís Cuevas, impotente para convertir al renacuajo en lirio, convencido del esfuerzo inútil que hay en el intento de sacar pureza de lo impuro, mejor se ha solazado en ponerle a las palomas alas de buitre, en desplazar las rimas que llaman a los ritmos y a las armonías de la divina psique inmortal al cajón inmundo del nunca jamás será, rompiendo y acotando la imagen venerable hasta el exceso de transmutarla en cifra ilegible de los criptógamas, cavando en los huecos de sus contorsiones extasiadas los huecos sin salida. Así, la simpatía entre los seres no se resuelve en otra cosa que no sea la concavidad que enfunda en un capullo inane la vecindad de dos crisálidas.
   Su objeto de trabajo, la psicología humana, se muestra ahora en sus personajes ayunos de verdadera interioridad y sin responsabilidad ninguna. Personajes desalmados, pues, cuya psique en falta ha dejado de participar en la vida del mundo entendido en lo que tiene de cosmos ordenado: de lenta combustión de las verduras y girar sincrónico de astros. Mudo pues donde los ritos ciegos devoran a los símbolos y se muestran como actos meramente exteriores, como meras fórmulas de una vida interior petrificada.



   Así, sus formas reflejan mezquinas sombras macilentas de la abyección o la soberbia. Por un lado, pues, sitiados seres que nos hablan en su enjambre de manadas de la renuncia al propio ser en el sentido de la caída hacia delante, rayana  en la animalidad: de carroñeros, a la vez machos y melifluos que sólo levantan los pies para andar arrodillados, que en su salto de grillos discordantes no pueden enfundarse en su short chapopoteante, sosteniendo difícilmente con tirantes  el cúbico archivo de los expedientes muertos. Seres sin embargo hinchados en sus carrillos de batracio mofletudo y cuya ampulosidad de yaga los vuelve a la vez gachos del alma y mochos del espíritu. –y siempre bien dispuestos a besar las botas del que los aplastan: sapos de frak con  la condecoración del gargajo en la solapa. Roedores de huesos camaleónicos reducidos con el tiempo a desdentados lambiscones Es la caída del hombre vuelto nuevamente  cuadrúmano, pues, en cuyas mímicas y mimos hay también algo de la pardusca baba del molusco.



   Por el otro, obstinados seres del orgullo y de la desmesura, cuya soberbia de nariz engreída y maloliente miran absortos la caída hacia atrás de la superhombría trasmutada en la ambición simiesca de la dominación. Seres pagados de sí mismos que comen de un maná llovido de las nubes de sus seños y en los que hay algo de la vacua vanidad de la jirafa estrafalaria, de vano camello erudito con monóculo o de estirado cocodrilo metido a redentor en un mercado de borregos, algo también de eclipse bisiesto y de fatuidad siniestra. Gelatinosos hipopótamos parados de bubosa uniformidad burócrata cuya enorme muela nos amuela, cuya mole nos demuele, cuya caja de banco nos encaja con navajas la tarjeta para dejarnos finalmente con la boca abierta convertida en jeta y la vos en menos que un bagazo. Seres cuya hybris abotargada los obceca en la obscena oscuridad de su hinchazón de gota y cuya clepsidra categoría a cada hora gota y gota nos agota. Es también el aprendiz de novillero petimetre, oscilante y vacilante, que metido a tarambana presume sus dotes escaldados y palidece tras los afeites debajo del ridículo bonete, o es el marqués mulato amamantando amortajando su figura entre las maromas y muescas de macilentas marquesinas. Son, en fin, el retrato de las máscaras de plastilina derretida cuya desproporción entre las partes  e ilimitación promiscua tan sólo se resuelve en las chiclosas formas de la impiedad, cuyo maligno desorden acaba por separar al hombre de los hombres para aislar finalmente al hombre de sí mismo.
   Glorificación de los valores vitales juveniles, es cierto, que sin embargo resultan emblemas de lo excéntrico y de lo superficial. Porque de lo que da cuenta la obra monumental escultórica del artista mexicano es del atormentado no ser que carcome desde dentro al hombre moderno occidental, para dejarlo a todas luces fragmentado o sumido en la oscuridad de un alma indigna. No se trata, en efecto, de la subida a la montaña en búsqueda de las imágenes prístinas, que podrían ponernos en contacto y comunicación con el roce musical de las esferas superiores, sino de la visión de su otra cara: la que recae en la naturaleza animal, de la que físicamente el hombre se levanta por obra de la educación y la cultura, para volverse a echarse en ella ahora, confundiendo los caminos en naufragios, al ir hasta muy lejos por círculos cada vez más exteriores al asecho de cacharros enmohecidos y cascajos derrumbados. No la búsqueda de la rara quintaesencia, sino la rareza atropellada de impaciencia que en la existencia toma el rabo de la esencia por las hojas y en que incómodamente descansa la ligera insustancialidad insoportable del inocente no querer saber de la inconsciencia. 






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