jueves, 3 de abril de 2014

La Revuelta de las Ideologías: Hombre Moderno y Tradición de la Ruptura Por Alberto Espinosa Orozco

La Revuelta de las Ideologías: Hombre Moderno y Tradición de la Ruptura
Por Alberto Espinosa Orozco 
(Primera Parte)
“el bien, quisimos el bien,
enderezar al mundo,
no nos faltó entereza, nos faltó humildad,
lo que quisimos no lo quisimos con inocencia”
Octavio Paz, Nocturno a San Ildefonso



I
  Recordar a un pensado, a un historiador de las ideas y de la cultura de las dimensiones de Octavio Paz es enfrentarnos también a y lúcido pensador, es decir a un y filósofo que fue al fondo de los problemas más urentes de nuestro tiempo para levar a cabo una minuciosa crítica y un profundo examen de conciencia de la cultura occidental y de la figura del hombre moderno para caracterizarlo en su notas esenciales. Su método: parir de la situación concreta con la que se ha crecido, con la hemos con la que hemos con-crecido, potencializando la circunstancia concreta mediante una descripción crítica de los tipos humanos, de su caractereología y moral, para arribar así a una generalización teórica que explica los fenómenos, en el marco de una filosofía de la cultura de fuerte raigambre ética y educativa. Filosofía de la salvación de las circunstancias, es verdad, que explora los diversos sectores de la cultura que giran en torno al sujeto de la reflexión para dar razón y cuenta existencial de ellos, a la manera del método seguido por las ciencias de la naturaleza, pero que a la vez los potencia a actualizar el logos por medio del concepto o al vislumbrar su esencia –siendo tal reflexionar sobre la circunstancia cultural concreta una misma cosa con la cultura o en la que ésta se espejea, potenciando con ello un carácter nacional. Reflexión, pues, que toma su objetos desde una circularidad concéntrica, partiendo de la propia alma, del centro que es el sujeto, para pasar a las circunstancias y de ahí al examen de su historia  y de su esencia o su figura, ya más abstracta y universal.


II
   La obra de Octavio Paz puede verse así como una descripción fenomenológica, a la vez existencia y esencial, del hombre moderno-contemporáneo (o tardo-moderno, mejor que post-moderno) a la vez psicológica e histórica-social. Girando en torno a tal tema central Paz emprende su tarea de caracterización al topar con dos de sus notas más relevantes: la rebeldía y lo que él mismo bautizó como la “tradición de la ruptura”. Sus figuras son así las de hombre existencia; las del hombre del existencialismo, no ajeno a las experiencias concretas de la angustia y la desesperación, pero en las que se da un fenómeno que constituye el gran dato de la filosofía del Sigo XX: el de la doblez o enajenación. Doblez, porque debido a la atura histórica el hombre contemporáneo delata sus pliegues y repliegues singularísimos de la conciencia, debido a las capas históricas que tectónicamente se superponen unas sobre otras, añadiendo y muchas veces sepultando la capa más reciente de la modernidad a su último sustrato: que es la estructura psicológica del hombre, más que renacentista, medieval.
   Bajo la óptica del fragmento, que tácitamente alude a todo un sistema de relaciones, el poeta y visionario mexicano aporta un gran número de nuevos elementos y formas que laten en las capas ocultas de nuestro inconsciente –que hay que sumar a los datos pioneros aportados por el Siglo XIX: la alienación sufrida o menos por el trabajador fabril que por el dueño del capital (Marx); la voluntad de poderío agazapada tras de los ideales más puros de  la moralidad (Nietzsche); las terribles presiones históricas y generacionales producto de la pecaminosidad y que herrumbran la conciencia (Kierkegaard). Fabuloso complejo donde se abrazan las fuerzas, hermanas enemigas, del tiempo y el logos, diagnosticado finalmente por el filósofo republicano José Gaos como “ciclotimia” consistente en una doble oscilación o desequilibrio onto-axologico en el hombre.
   En efecto, el hombre modero pareciera animado desde su raíz por una especie de rebeldía constitutiva, que lo obliga a voltearse, a volverse, a dar media vuelta y enfrenarse  a la tradición –carácter que tiñe con el inquietante acento de la rebelión y la revolución al hombre contemporáneo. Su divisa es el cambio: lo mismo cambiar el mundo que la vida que reinventar el amor. Motor ambiguo, cifra muchas equívoca que conforma en extraños moldes las nociones centrales de nuestra época, siglo o mundo: llámese lo mismo cultura que ideología, progreso que cienicismo o tecnocracia. Sus formas psicológicas no son otras que las de la inconformidad y la desesperación; sus formas sociales las de la prioridad de un nuevo tiempo: el futuro –que no tarda, sobre su porosidad aguijada de minutos, en derrumbarse, como bajo la presión la piedra pómez, para devenir en una vertiginosa polvareda: la prioridad de ahora, no del momento detenido de la epifanía, sino del tiempo fluido y línea que termina en una vacua consagración profana del instante.


III
   La revuelta contra la tradición emprendida por el existencialismo de la edad moderna se caracteriza por haber entronizado la figura de rebelde  y nos afecta a todos: a la mujer, al estudiante, al obrero, al intelectual, al artista, al poeta. En la academia se especializa, toma la forma específica de la rebelión de los discípulos y la liturgia del asesinato ritual del padre. En el terreno político y moral, lo mismo en la anarquía que en el socialismo; en el terreno teológico en  ateísmo o, mejor, en la indiferencia en materia religiosa –trufando el orbe ético de vacíos, dejando un regusto amargo signado por las falsas doctrinas o por la inextricable dialéctica de la negación. Uno de los nombres genéricos que engloban a la tradición de la ruptura es el de “ideología”, la cual se presenta a las mentalidades como una nueva fe, buena o mala, y hasta como una nueva religión –las más de las veces deshabitada-, a ser llamada lo mismo con los nombres de socialismo que de utopía o de progreso, o revolución o tecnocracia.
   Así, la filosofía que inició su carrera en Grecia hace XXIV siglo como una crítica de la religión, dando con ello muerte a sus progenitores, ha desembocado en nuestros días en una filosofía de la cultura que culmina en la crítica de las ideologías. Tal es el caso en la crítica del hombre rebelde, anejo al revoltoso y al revolucionario, en una palabra: al inconforme, cuyas figuras de universal aplauso se resquebrajan bajo los síntomas de un vacío angustiante y las marcas inocultables de una insatisfacción creciente en las conciencias.
   Su saldo: el de una experiencia generacional frustrada y no  de un haber positivo, pues deja u sabor amargo en las pupilas, un gusto ácido en las insomnes cines de haber experimentado en cabeza propia la bancarrota del espíritu –ante las carcajadas chuscas de los demonios churriguerescos quienes, entre los chisquetes ictéricos de sus quemantes anilinas, bañan  nuestras vasijas de porcelanas y vajillas de cobre, revelando lo que hay en los hombres de tristes y vulgares pecadores. Porque la ufana y atropellada modernidad, en efecto, ha concluido en un asombroso enredo de inextricables paradojas, insalvables ya hasta para la más audaz de las dialécticas: en el adocenamiento burocrático o el feroz individualismo de los socialistas, dispuestos a saciar fácilmente su vanidad, no con la realización de una utopía, sino con la orquestación de una caricatura o de una rancia fantasía de la infancia; en la propaganda del rebelde agasajado y del disidente aplaudido; en el materialismo histórico del consumo; en la insurrección coronada por el déspota; en la obediencia incondicional de los rebeldes; en el acartonado academicismo de las vanguardias; en la originalidad unánime, producida en serie; y hasta en el apartado de la fe encontramos, ya no sólo al cocodrilo metido a redentor, sino la fe en la razón y hasta en la ciencia, que lleva junto con ella la adherencia de su voluntad de dominio sobre la naturaleza inanimada, pero también animada, humana, individual y social, lo que no deja de tener sus mitos, abigarrados misterios y cultos milagreros. Dialéctica irresuelta, pues, que a todas luces muestra un desgarrador desequilibrio entre el valor y la representación que se presume y la contrariedad del poder que en realidad se busca –revelado en el destino que existencialmente se labra, y que es generalmente silenciado.
   Así, una de las aportaciones mayores de Octavio Paz al debate contemporáneo es su profundo examen crítico a la cultura moderna, pues, que se ordena por círculos concéntricos a partir del sujeto de la reflexión, el cual marcha hacia los objetos concretos que se presentan en su torno, destilando en el matraz de la conciencia las refracciones que producen en su propia alma, para tejer sus fragmentos en un conjunto de relaciones determinados por la circunstancialidad cultural, no menos que por la situacionalidad moral e histórica en las que se desarrolla el sujeto de la reflexión filosofante.   
   


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