domingo, 6 de abril de 2014

Juan Emigdio Pérez Olvera: Instinto de Poeta Por Alberto Espinosa Orozco

Juan Emigdio Pérez  Olvera: Instinto de Poeta
Por Alberto Espinosa Orozco 


"Serás bella a mi manera. 
Amarás lo que yo amo y me ama:
El agua, las nubes, el silencio y la noche;
el mar inmenso y verde;
 el agua informe y multiforme;
el lagar donde nunca estarás; el amante que no conozca;
las flores monstruosas; los perfumes que hacen delirar;
los gatos que desfallecen sobre los pianos 
y gimen como mujeres,con voz ronca y dulce.”
Charls Baudelaire

“Este cuerpo que Dios me dio
para enseñarme a andar por el olvido
no se ni de quien es.”
Emilio Prados

I
   Juan Emigdio Pérez Olvera, desde Instintos de Luna (IMAC, México 2001), se ha ocupado con el tema de la narración metafórica y metafísica con el polo opuesto y complementario del hombre y su signo conceptual o verbal solar: la mujer, la cual va a adoptar el simbolismo lunar, especialmente en su caso arquetipo de la luna llena en la plenitud para la percepción plenitud que de hecho el blando satélite tiene siempre, aun cuando oculte totalmente su luz refleja en alguna de sus facetas.
   Desde joven poeta solar, por cantar al amor y a la reconciliación y por buscar en todo momento el orden del ser; poeta cósmico y por ello metafísico, Juan Emigdio ha sido desde siempre el mismo y también ha sido con el fluir del tiempo el otro: el poeta de otoñal madurez que hoy conocemos. Sin embargo, los frutos opimos de su poesía empezaron a nacer, a germinar a la luz, cuando menos desde los albores de los 90s, con su quinto poemario: Raíces de amate (1990), al que han seguido Días de viento (1993), el que para mi gusto sigue siendo el mejor de sus libros Metafísica felina acompañado por Correo marino (1996), Llama lacerada (1998), el volumen colectivo La sed y el agua (2000), para cerrar el ciclo, por lo pronto, con su décimo libro, Instintos de Luna(2001).
   Poemario en el que Juan Emigdio ha querido suavizar la noche con dulzura de plata. Porque incluso cuando el poeta ha caminado anteriormente por la selva oscura, quisiera ser visitado por la luna llena, como si estuviera tocado por la suave opresión de la nostalgia. Por tal vía, el creador revive la actitud poética fundamental: aquella que pone en el centro de la vida la realidad de la imagen, del valor y del sentido que ella proyecta sobre aquello que significa lo supremamente interesante de la vida, también de aquello que suple una carencia, que alivia una falta, que provee lo que en cada caso necesitamos. Tal actitud iconista y axiológica fundamental (homo axios) es lo único que nos diferencia del animal, que si tiene interioridad orgánica no tiene intimidad psíquica escenario y plaza, pantalla y filme en que modelar y formar los sentimientos como valores. El hombre, por lo contrario, tiene como exclusiva suya la realidad de la reflexión de la vida íntima y creativa del alma. El hombre, en efecto, puede explorar-se a sí mismo y constituir-se autónomamente gracias a la luz del espíritu, que mediante símbolos, emblemas y arquetipos, mediante metáforas, parábolas o fábulas logra reflexionar-se, dando con ello figura y forma creativa a su vida psíquica, arquitecturando con ello una morada interior reconocible para el hombre -justamente como una intimidad poética, hospitalaria.
   Esta característica faculta también al poeta para constituir el mundo de la realidad externa, siendo de alguna manera el forjador de la fábrica del mundo: construyendo, pues, la posibilidad de tener un destino libremente asumido, un proyecto de vida concreto, con el cual ha crecido, conjuntamente al cual se ha hecho real y concreto hallando en la filosofía, sería mejor decir en la vida de la conciencia, los medios para llevarlo a cabo. El destino, esa realidad inexistente para la ciencia, la que precisamente se constituye al poner entre paréntesis ese dilema acendradamente humano (epojé), es por lo contrario, la médula misma de la actitud poética ante la vida: la cuestión del destino gracioso, bienaventurado, incluso glorioso.
   Poesía sintética, casi chinesca por su fino laqueado y rigurosa envoltura, fruto más de la concisión que de la brevedad, recuerda a cada paso el brillo y el cincelado de los camafeos modernistas. Acaso por ello, más que sus influencias o sus modelos, sus hermanos estéticos haya que buscarlos en el segundo Octavio Paz, en Guisepe Ungareti, en Ramón López Velarde o en José Juan Tablada, en Melarme o en Paul Valery aunque lo seguro es que abrevó de las fuentes peladas y humectantes del lírico regional Eduardo Escalante Vargas -y acaso recientemente haya iniciado su incursión mayor en los territorios infinitos e inigualables de Tomás Segovia.
   A contrapelo de su generación presidida por ése cometa excéntrico que ha sido el poeta Evodio Escalante Betancourt, y seguida por los astros estables de Socorro Soto y Petronilo Amaya, quienes buscaron en la poesía romántica amotinada y rebelde la puerta al campo abierto de la oxigenación, Emigdio no buscó sus primeras armas en el diabólico y maligno Arthur Rimbaud (1854 1891), tampoco en el perfecto asceta Carlos Baudelaire (1821 1867) o en el omniforme Víctor Hugo (1802 1885) menos aún en los homofilicos Beats o en el poeta ebrio de voz, ginebra y teología de Carlos Bukowsky (1920 1994), como lo haría la siguiente generación. A contrapelo, decía, el solitario Pérez buscó el vaticinio y el emblema por entre las rendijas de su propio camino, entresacando la poesía de la misma vida, acuñando sus áureas monedas con unas cuantas imágenes dominantes-aunque sus óvolos los encuentre también de vez en cuando entre el polvo antropomorfo de los libros.
   Lejos de esa iconoclastía de rancho chico o de capilla resentida consiste en negarle al otro los títulos que uno no ha podido, no ha sabido o no ha querido conquistar, habría que empezar por reconocer en el orador, contador y maestro Juan Emigdio Pérez Olvera al poeta antropológico y metafísico, al poeta romántico detenido morosamente en la mujer y en su proyección en la naturaleza, empezar por hacer una escala en sus instancias cantadas sosegadamente por sus versos con cierto tinte de melancolía.
II
    En Instintos de luna nos encontramos con poeta en el esplendor pleno de su madurez, la cual se enfrenta a la soledad para hacer balance de sus vivencias más íntimas, de sus símbolos  más   caros  y  profundos, intimidad que se sabe, que se conoce y se domina a sí misma y que por lo tanto tiene la capacidad de abrirse y entregarse a los otros.
   Aunque  su poemario nos habla de la luna poética, del Embolismo lunar de los antiguos, es decir de los sueños y del recuento de los ideales, de los realizados y de los que han quedado truncos y cuya realidad negativa hay que aceptar, la figura de la mujer sigue siendo el foco  inspirador del poeta.  Figura en cuyos signos podemos leer os   signos   de   la  vida  y   su   tremenda lenificación. Portadora de la filosofía de la ida, que sabe detenerse en sus guiños y en sus signos más sugerentes e insinuantes, en sorpresas y bellezas cotidianas: en la mujer siempre distante "cargada de amor caricia", preñada por el amor de la ternura.
   Una de las más ricas vetas en las minas del poeta, reconocida por propios y extraños, ha ido el filón áureo y de argento que se sirve e palabras dobles o compuestas, de palabras maletín", que se hermanan o  enlazan en un feliz matrimonio, donde se determina la naturaleza específica de alguna cualidad eseencial. Es el "pa-sa-ma-nos" suspenso, en los "mimoslabios" o el "magiarmiño", "endulcemiman" o la "salivaselva" voz declaración minimalista de su prosodia, que la silva moderna es una selva de ritmos. En su conjunto, algo de la musical frescura de las "xis", de las "tzis" de la lengua ancestral mexicana que, hiriente a los ojos, se derraman en la lengua como una delicada cascada de notas fluyentes al compás de los segundos.
   Empero, lo que habría que decir más bien es que su metafísica va más allá de las constelaciones de la escucha para sumergirse en el microcosmos del cabello o en el balcón del escote. Impulso, como en José Vasconcelos, de fusión anímica en el cosmos, y que en el poeta tiene sus símbolos y emblemas diminutos en la realidad del otro sexo, de la otra persona radical. No basta sino evocar una de sus imágenes, de sus metáforas cósmicas, de sobrecogedora plasticidad tamayesca:
"Tus manos se hunden en la cabellera que ventilas
como si un sol negro te agobiara ".
O la ocurrencia feliz sobre el deseo, que
es siempre deseo del deseo del otro, como
un vacío que se vacía y se llena
mutuamente.”
   Lectura de la mujer y sus misterios, todavía asombrosos, en los cuales el hombre se reconoce y se humaniza: figura de seguridad, de puerto de llegada, de "sonrisa de luna en reposo". La mujer aparece así como un poderoso símbolo que espejea la humanidad de la especie, y en donde infinitamente se concreta la corporalidad como animación y espiritualidad encarnada. La mujer como una venus rediviva que influye para imantarse de Luna, de propiedades selenita, arropada con la túnica de la discreción y con el velo del recato.
III
   La poesía del bardo durangueño explora así también los territorios de la antropología filosófica, al saber leer y traducir en imágenes coherentes la expresión mímica del cuerpo femenino y los significados donde se ahonda la singularidad de nuestra especie de suyo repleta de enigmas. En efecto, como el poético lírico valenciano, Juan Emigdio ha sabido leer también en la mujer los signos de la vida. En las rodillas sonrosadas los labios que no saben lo que esperan, párvulos y abiertos, en el vientre selenita el comal tostado en barro y el resonar de los atabales de la raza. Así mismo visión de la mujer como fruta del deseo naturalista: rodillas de papaya, pechos de jícama como doble trofeo polar para recibir al trópico de la sangre del poeta y siempre, como una constante, la naturaleza felina del eterno femenino. Instintos de Luna es, sin embargo, un canto que concluye con un tono un poco ensombrecido y pesimista del amor actual y en el que se puede oír un disimulado reproche:
"Ven a restregar tu rostro en las espinas de mi angustia".
   Poeta del tacto y de la visión, de imágenes encarnadas y frecuentemente encantadas por un vivificante aliento; poeta del sosiego que visita y hace su campamento en una mística erótica cubierta de apasibilidad y de belleza, de humildad y reverencia ante uno de los grandes símbolos y cifras de la vida; así mismo poeta de la abstracción dueño de sus recursos expresivos -y en cuyas imágenes resuena todavía algo de la provincia jerezana de Ramón López Velarde. También poeta de la melancolía acaso porque el duelo de amor y su dulce opresión, su angustia, estriba en amar en un ser mortal a un alma, a un ser inmortal. También, porque no decirlo, poeta de la tristeza amotinada por la incomprensión que suele acompañar a la reunión de dos almas distintas, por el misterio de la separación, del distanciamiento, por la potente realidad del enigma, en el que hay un último residuo de impenetrabilidad, de esfinge.
IV
   Por último, solo resta achacársele al poeta que es Juan Emigdio Pérez el ser un poeta meramente regional. Es verdad. Solo que todo poeta auténtico, cuando lo es verdaderamente, es un poeta regional. Porque lo que influye en la elevación de los símbolos es la condensación veraz de un sinnúmero de situaciones vitales y concretas, biográficas e históricas, personales y singulares, que se vuelven en las manos-plumas del poeta arquetipos de la imaginación no dados al juicio de la razón para su verificación, lo que no tendría ningún sentido, sino al gusto estético para su valoración y ponderación, y, lo que es aún más importante, para la recreación imaginativa en los ojos-espejos del lector.
    Se trata de ese misterio del espíritu, formulado por el humano Sóren Kierkegaard, consistente en tener todo el tiempo historia. La expresión popular lo reza mejor: el viento, como el espíritu, sopla donde quiere. No un poeta provinciano por estrecho, sino un poeta local que destila el drama de todos afectado por las co















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