martes, 18 de marzo de 2014

Oscar Mendoza: el Incendio de la Luz Por Alberto Espinosa Orozco

Oscar Mendoza: el Incendio de la Luz
Por Alberto Espinosa Orozco




    El pintor Oscar Mendoza ha incursionado felizmente por una de las vetas de la pintura vanguardista contemporánea, la del expresionismo simbolista, amalgamando en su visión un sin fin de materiales experimentales para fundirlos en el crisol de un estilo único, perosnalisimo.
   Podría decirse que su incursión elige primero el camino de las minas surrealistas yendo en su exploración derecho y sin tapujos a una amplia gama de imágenes abiertas por la revelación del erotismo, del sueño y del inconsciente individual y colectivo, hundiéndose en los filones donde se acumulan las cifras icónicas de nuestra cultura. Tensiones y contorsiones de la carne, los cuerpos y las cosas que regiamente, sin prisa y sin pausa, van trasmutando la arenilla árida de lo contingente en el polvo de oro de la figura que devela algún anhelo, alguna nostalgia o esencia humana, desentrañando la visión del hombre sujeto al doble misterio de la herrumbre y la muerte, pero también al de la participación en la creación y su posible incursión en la reproducción de la creación, espejeada gracias a los instrumentos de esas dos formas de la voluntad: la intuición creativa y la inteligencia conceptual.
   La técnica empleada por el pintor y su filosofía pareciera ser la de recurrir a la memoria de las manos en su idilio salvaje con el ojo para que el cuerpo libremente piense. Anatomía de la temporalidad guiada por el recuerdo visual, retiniano y táctil de las cosas del mundo en la que se llega al logro de una realidad figurativa poco convencional, a veces plenamente onírica o especulativa, cuya carga de comprensión antropológica y metafísica linda con el develamiento y revelación del ser. Así, para el espectador, la labor es la de completar una serie de rastros que se desfiguran adaptándolos a una nueva composición que se vuelve a armar y a formar refigurando, arrastrando en la búsqueda todo un caudal de recuerdos y aposentos, de emblemas e ídolos venidos de muy lejos o que prefiguran una realidad simbólica cargada de misticismo.




   El uso del color, llevado a su tensión extrema al acercar vibraciones de la luz contradictorias y disonantes, va creando una armonía frecuentemente estridente que destapa los posos de la ceguera y del tiempo, para sumergirnos en un mundo de arquetipos, aún tocado en su búsqueda exhaustiva por la licuefacción de las significaciones de nuestro tiempo y sus desplazamientos.
   Hay que decir que cada una de sus realizaciones es, a su manera, el límite tocado por una búsqueda exhaustiva. Y lo que encuentra en esa búsqueda es un mundo de formas y sensaciones donde se abordan los grandes temas y principios de lo humano, fatigando y tensando el material plástico para hundirse como el agua o destruir como el fuego. Por un lado, revelación del cuerpo femenino y sus misterios; por el otro, mirada fija a los movimientos del hombre que le permiten habitar el mundo, pero un mundo cargado de ruina y de miseria, de construcciones y reconstrucciones faraónicas, de profundos secretos de la carne o de la mente y de extensiones que se curvan ante la inmensidad del ojo. Más que formas, figuras y símbolos de la humanidad liberada de sus ataduras atávicas. También imagen del hombre arrojado en el territorio de la angustia y la desesperación en su tránsito a un campo donde todavía la comunidad y su tribu de sentimientos, así como la reconciliación con la vida del mundo percibida como un todo orgánico, como fuerza universal, sea posible.
   Primero, exploración de los volúmenes del cuerpo femenino en donde ella, la toda humana, se abre como la semilla del mundo o se convierte en tótem o en estatua, en esclava y estalagmita del deseo o en diosa. Luego, juego del color donde se recogen fielmente los contrastes, disonancias y contrariedades de nuestra época. Cromatismo que en el choque de los complementarios (rojo-verde, azul-amarillo, etc.) alcanza el fruto del equilibrio compositivo y contemplativo, el momento dialéctico en la conciliación de los opuestos. Laberinto de intensificaciones donde, por la vibración colorística a igual potencia, se logra la sensación pétrea de la fijación, el abecedario en la conformación del mito. Así, por el camino fantástico y visionario de una especie de manierismo surrealista, Oscar Mendoza toca dos límites del arte contemporáneo, yendo de lo figurativo a lo abstracto, de lo salvaje a lo analítico, de lo formal al misticismo. El resultado: un expresionismo introspectivo que abreva de muchos sistemas para cuajar una pintura sin duda enigmática y llena de vida, cálida y cruelmente cariciosa.
   Palacios altísimos de oro y fuego, vacas que llueven como maná del cielo, los dos rostros de Jano que se enfrentan para saber la dualidad del mismo que es el otro, al autor que se modela en su modelo, la mujer como sacerdotisa que es vientre universal o cósmico en donde ruge la vida y la muerte como en el parto de la tierra o el movimiento de la figura femenina primordial que se enciende en el refugio de la intimidad o que se alza para mirar el lago de las horas.
   Oscar Mendoza, creador de imágenes inusitadas, recorre el camino del arte y el ocaso de la modernidad como una forma superior de conocimiento y sabiduría. El pintor se atreve así a navegar por los peligrosos escollos de nuestro tiempo, que evidencian un profundo malestar en la cultura, alcanzando frecuentemente a vislumbrar el alma de las cosas y del mundo, saliendo de su aventura intrépida con los preciosos trofeos de un mundo dislocado pero en trance de rearticulación, apto para volverse nuevamente una morada apacible  para el hombre.




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