jueves, 30 de octubre de 2014

El Alacrán Durangueño Por Alberto Espinosa Orozco

El Alacrán Durangueño
Por Alberto Espinosa Orozco

 “Y en la infinidad de mi deseo
veo convertirse al mundo
en un enamorado mausoleo.”
Ramón López Velarde

“Donde está escondido tú tesoro,
ahí está también tu Corazón.”
Evangelio de San Juan




I
   Mucho se ha escrito y se habrá de escribirse aún respecto del alacrán y sobre las peligrosas variantes duranguenses del arácnido anómalo (centruroides suffussus, especie de escorpión de la familia Buthidae). Antes que ahogar inútilmente los belfos en ociosas conjeturas o en venenosas diatribas de café, es preferible acaso la sola sequedad del agua que se seca para fijarse en la letra ante el tibio incendio del estudio, colaborando a la cultura durangueña del alacrán con un pequeño grano de sal.
   Hay la creencia de que los durangueños antiguos, que los “inventores”  de Durango, son de origen vascuence. La “Segunda Conquista de México” tuvo lugar al norte de las regiones dominadas por Cortés en el Nuevo Mundo y a partir de la muerte del Conquistador de 1550 a 1590. Como nos hace recordar el humanista y culto abogado Don Héctor Palencia Alonso, fue la guerra más prolongada contra los indígenas del Continente Americano.[1] Cuatro décadas ensangrentaron la tierra y los libros historiográficos que relataron esa guerra contra la “Gran Chichimeca”, confederación de cuatro tribus nómadas que vivía en el Norte de la Nueva España, constituida por hombres primitivos y desnudos, pero aterradoramente valerosos, excepcionales arqueros y maestros de la guerra de guerrillas.
   La “Guerra de los Chichimecas” creó una nueva estirpe de gente, movida antes que nada por  los imperativos de defensa, dando lugar  a las instituciones de las misiones, de los ranchos ganaderos y de los presidios. Al frente de estos inmigrantes  del norte estuvieron los vascongados, hombres fuertes y de recio carácter cuyo origen, nos revela el maestro Héctor Palencia, se localizaba antes que en España, en  la región de Georgia, a orillas del Mar Negro -algunos otros opinan que  llegaron del Cáucaso, aunque no deja de existir la sospecha de los que conjeturan que provinieron de África o incluso específicamente del Sudán. Ya Antonio Alatorre ha escrito en Los 1001 años de la Lengua Española (FCE, EL Colegio de México, 1989), que el pueblo Vasco se caracteriza por su espíritu cerrado y que fueron al parecer escasamente permeables a la cultura cristiana –pero también a la romana y a la árabe. Hay pruebas sobradas de que se enseñaron a escribir tardíamente. Tales rasgos son sin duda muestras caracterológicas de la independencia de un grupo humano, de su vigor y autosuficiencia. Empero, junto con ello y la notable supervivencia del pensamiento mágico-mítico, también han dado históricas muestras de cerrilidad supersticiosa e incluso de  barbarie.
   Así, los modos altos y aristocráticos y los vulgares y apáticos de ambas culturas hunden en el durangueño actual sus dos ramificaciones, pero también sus nuevas florescencias. En la metáfora del mundo como un microcosmos, la identidad durangueña debe empezar por comprenderse a partir de la síntesis de esas dos pautas culturales.




II
   Los antiguos indígenas  creían que en el Valle del Guadiana existía alguna deidad amenazante custodiada por los temidos alacranes, más que frecuentes, superabundantes en la región. Lo cierto es que la figura del alacrán ha sido pieza favorita de la orfebrería durangueña. Los artesanos regionales incluso han sabido volverlos objetos de “recuerdo” al congelar sus especímenes en formol o en silicón, para intercambiarlos entre los “souvenirs” de mercado, ya sean los nimios individuos o los sobresalientes ejemplares zoológicos, en toda clase de presentaciones, desde la tequilera botella de extremo lujo hasta llegar al simple llavero, pasando por el imprescindible cenicero chabacano. El alacrán es así un poderoso símbolo local, por lo cual  no es posible no escrutar en el abanico de sus ricos significados.
   El alacrán se convierte en el signo zodiacal en la figura del Escorpión. Escorpio, en efecto, es el octavo signo del zodiaco (23 de octubre-23 de noviembre), situando en medio del trimestre otoñal, cuando el viento arranca las hojas quemadas y amarillas y los animales y plantas se preparan para una nueva existencia. Se trata del periodo de la existencia humana amenazada por el peligro de la caída o de la muerte. Sus dos regentes planetarios no son otros que el aguerrido Marte y el plutócrata Plutón, el oligarca que es potencia misteriosa e inexorable de las sombras, del Hades o de las tinieblas  interiores. El alacrán es así, en primera instancia, un símbolo de fermentación y resistencia, de dinamismo y de luchas, pero también de dureza y de muerte.
   Hijo, pues, del tiempo de todos los santos y de la caída de las hojas, Escorpio representa la época del año o de la vida  en que la materia bruta retorna al caos esperando que el humus prepare el renacimiento de la vida. Se sitúa en el cuaternario acuático, entre el agua primordial de la fuente (Cáncer) y las aguas restituidoras del océano (Piscis), correspondiendo a las aguas profundas y silenciosas, que igual devienen las pútridas del quietismo que las lentas de la fermentación y la contemplación interior en que se  fraguan los difíciles frutos del espíritu. Hijo de las aguas residuales del océano, de las aguas profundas y silenciosas, el escorpión encarna el doble símbolo del estancamiento, del absurdo, el vacío y la muerte, pero también de la maceración íntima de la conciencia –pues el ave de la libertad interna no despliega sus alas con facilidad más que en mitad de las tempestades más turbias.
   El país de Escorpión resulta rojo o negro, en el que los analistas han visto uno complejo sado-anal, debido a que su emblema gobierna el mundo de lo físico corporal, especialmente los órganos sexuales y el intestino grueso En efecto, el escorpión se encuentra desgarrado por la dialéctica creación-destrucción, muerte-renacimiento, condena-redención, pues su clima propio es el de la tormenta  y su estado el de la tragedia cuando el individuo arraiga meramente en las convulsiones de sus trabas o en su salvaje demonio interior o cuando se apega sólo al gusto amargo de la angustia, del vivir debatido entre las tentaciones del diablo o la llanada de Dios. En su escorzo positivo puede alcanzar, empero, el brillo azul de la turquesa, que hace un canto de amor en el dominio de la batalla o un grito de guerra en el campo del amor.
   Escorpión vive de cualquier suerte en un mundo melancólico y de valores sombríos, propios para evocar los tormentos y los dramas incurables de la vida –incursionando incluso en sus zonas menos luminosas del sin-sentido, el vacío, la muerte y la nada. Sus regiones son, pues, las del engaño, del tomento del recuerdo feliz ausente, de lo insoportable, del olvido, del llanto quemante, de la perdida de la calma, de la conciencia del pecado y la desesperación, e incluso del resentimiento del dolor insoportable o del odio. Especialmente aquel estatificado en la llana traición a lo humano, simbolizando ya para la Edad Media no sólo a Judas y al mal en general, sino también a los judíos felones, pues la efigie del escorpión aparecía en las banderas de los soldados que llevaron al Gólgota a Nuestro Señor Jesucristo.
  Se dice que el nativo del signo es tenaz y activo, enérgico y valeroso, prudente y previsor. En un par de palabras: dueño de si y calculador. A ello hay que sumar sus características más negativas: el ser vengativo y envidioso, irritable y vanidoso hasta el extremo del odio mortal contra sus competidores reales o imaginarios.
   Para algunas culturas está asociado al elemento masculino y por lo tanto al clítoris, que representa la segunda alma o “alma macho” de la mujer, el cual al ser extirpado da una suerte de hembra furibunda y feroz, que por una especie de inversión se vuelve toda ella falo o escorpión. En el mundo griego es el amuleto de la virgen cazadora Diana, pues venga a Artemisa al picar en el talón y dar muerte al orgulloso Orión, por intentar violarla. Los antiguos egipcios relacionaron al alacrán con la diosa Isis y con la diosa Selket bajo una forma benévola, pues daba poderes especiales a los encantadores y brujos curanderos  –adoptando con ello toda la ambivalencia simbólica de la serpiente.
   En ese contexto resulta que el alacrán en su aspecto nocturno resulta equiparable a los nombres maléficos que descargan su fuerza contra quien los invoca. No es empero ni un demonio, menos aún un espíritu de los elementos, sino un simple espécimen fatal para quien lo roza.
   Morfológicamente sus dos cuernos o tenazas han sido relacionados con los peores sentimientos: la violencia y el odio. La cola serpentina que tuerce en el aire es rematada por un tumor henchido de veneno, cuyo aguijón, siempre tenso y presto par picar al que lo roza, es equiparable con el estilete punzón de la venganza. Se trata pues de un espíritu belicoso y retraído, de humor maligno, que se encuentra siempre emboscado y pronto a matar.




III
   El clima espiritual de Durango, con su cariz otoñal, callado y tranquilo, contrasta, en efecto, con el medio día que se vive en Oaxaca, Michoacán, Veracruz, Guerrero o la primaveral Cuernavaca, no menos que con el veraniego sol de Querétaro, Guanajuato o el maduro de Zacatecas, o con el invernal de Chihuahua o California, pues ha sido propicio para la proliferación del alacrán que, en su aspecto nocturno, revela una sed desértica no apta al bienestar colectivo, sino a la ambición de ser más que los otros. Su gusto, áspero y de raíz amarga y combinado con el extremo egoísmo, hace que toda nobleza le sea o alambicada y meramente formal o completamente ajena. El afán de “sentirse más” puede llevarlo incluso al abierto desprecio por los valores consagrados de la cultura o a la llana burla. Complejo de inferioridad que toma la forma de la extremada susceptibilidad, que para elevar su tono vital se descarga compensatoriamente en todas las formas y expresiones del desprecio, las cuales van del abuso de confianza a la ofensa gratuita, del servilismo y la adulación a la hipocresía interesada, llegando incluso a la calumnia, la difamación y el soborno. La ambición de poder, de ser más, y la sensualidad desatada dan lugar así a la delincuencia del vividor o a la egolatría que no tiembla ante el uso de las personas como si fuesen utensilios, ni ante la explotación. Espectáculo de lo falso y lo ambivalente, de lo bipolar, en donde la hybris fáustica de nuestro tiempo se solaza bajo la forma de la humillación, de la hoya donde cada alacrán jala la cola del vecino para impedirle sobresalir, o que intenta incluso el rebajamiento del comal que se burla de la pobre condición de la hoya  en que se encuentra el prójimo.
   Se trata, en efecto, de la figura del hombre violento, que se impone y hace valer a la vez mintiendo por símbolos y mintiendo los símbolos  Su figura es la mismo que la del resentido provocador cuya estructura mental, de  primitiva factura, encarna bajo las formas igual del disidente social que del porro de bachillerato o de gandaya de pueblo, en el blasfemo que públicamente se jacta de besarle la rosa apestosa al diablo, lo mismo que en la del poeta maldito, el ideólogo de ranchería o el comerciante ignaro, que en el roce indistinto de su negocio urde la interminable telaraña alemana de la “trasmutación de todos los valores “
   El cuadro psicológico de tal espécimen, llamado por algunos observadores el “complejo del escorpión”, acusa en el fondo un profundo sentimiento de inferioridad, el cual intenta compensar mediante los rebajamientos muchas veces de cuño autoritario, cuando no jerontocrático, que tilda a todos los demás de jovencitos bobos, engañados e “inocentes”.
   Tal engendro sufre así de intermitentes delirios de grandeza, actitud propia de aquellos que no tienen ninguna grandeza que defender y que ante cualquier espectáculo de dignidad se ven impelidos irremediablemente a la calentura vergonzante, intentando eclipsar todo valor revelante del espíritu o del arte por la penosa revancha de su pobre arte de burda pedrería. No en balde el ingenio del mexicano ha visto en tales contrafiguras la imagen del apestoso o del “culero”, del “volteado”, hombre tan cruel y amenazante cuan cobarde y traicionero. Más propiamente hablando se trata de la figura del “gacho”, que sobre agachón se deleita agachando o empinando a otros, hallando su placer en humillarlos. Se trata, en efecto, de la más patética de las confusiones de conciencia: aquella que consiste no sólo en la indistinción entre el bien y el mal morales, sino en el regodeo en la confusión y perdición del prójimo.
   Sin embargo, el alacrán tiene también un aspecto diurno, positivo, formulado acaso por primera vez en la cultura maya en donde, sin dejar de ver en el alacránido anómalo un símbolo de la penitencia y la sangría, se lo hace también dios de la caza. La singular literatura de los Dogón, por otra parte, lo hace protector de los gemelos, por tener como ellos juntos ocho miembros o extremidades. En su aspecto luminoso es símbolo de la abnegación y el sacrificio maternal, pues sus hijos desgarran sus flancos y tienen que devorar sus formas, como el único principio que les permite nacer y salir a la luz del día. Se trata del lento despertar del espíritu, que se revuelve contra las formas exhaustas engendradas por el veneno del estancamiento, que despliega sus alas con mucha dificultad, para emerger al final con el espíritu completamente maduro por virtud de la lenta maceración interior.







[1]  Héctor Palencia Alonso, Apuntes de Cultura Durangueña, ED. Universidad Juárez del Estado de Durango, Durango, México, 1991.




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