lunes, 9 de julio de 2018

Distopía Monterrey: Mario Cinquemani Por Alberto Espinosa Orozco


Distopía Monterrey: Mario Cinquemani
Por Alberto Espinosa Orozco
 

El realismo de Mario Cinquemani (1982) pudiera calificarse de surreal y onírico. Su asimilación de las vanguardias lo ha llevado a una especie híbrida del hiperrealismo, donde se conjuga el cubismo, el arte psicodélico y el surrealismo heterodoxo, proyectando extraños estados de ánimo de la imaginación fantástica. Artista introspectivo e introvertido, que mira para adentro la expresión secreta de su aventura individual, la cual, como los sueños, escapa a la voluntad de su creador. Arte donde se ve la realidad como un tejido de signos, cuyo significado último o se esfuma o no existe, y que tiende al nihilismo, al quebranto psicológico y a la negación tanto de la realidad como de los otros. Su símbolo esencial es el del sueño, en cuyo drama narrativo hay algo también de pesadilla y de disolución del yo en lo impersonal. Percepción de un mundo donde la realidad es el cambio, la vibración de campos magnéticos donde se alterna la absorción en el ser y la dispersión en el no ser, y donde lo pleno y lo vacío, el ser y la nada, acaban por identificarse y fusionarse en la real irrealidad del yo.
Su estética es, así, la de la indiferencia, en donde la yuxtaposición de los elementos del cuadro se neutralizan y late, sin embargo, en medio de la superficialidad de las formas, una ausencia, una carencia: el agujero sin fondo donde el tiempo mismo pierde consistencia. Arte del fragmento también, donde se condensa el espíritu de nuestro tiempo, y cuyo equivalente existencial es el acto arbitrario, espontáneo y gratuito. Mundo de sueños: de príncipes y hadas hechizadas, de gente dormida en donde la comunicación queda suprimida y lo que reina es la soledad y el silencio. Descenso a las regiones más recónditas del alma del artista, en las que la imaginación visita los paraísos interiores que de pronto amenazan en convertirse en los infiernos. Especie de mística en donde se sale de la realidad para regresar a la unidad orgánica primordial, aislada e impenetrable, como en el estado prenatal y embrionario, en el que la vida ni se desperdicia ni se proyecta hacia afuera, sumergida en los grandes procesos orgánicos de transformación y en los que  propiamente no existe  ni el pecado, ni la libertad, ni el drama. Experiencia de circuito cerrado, de hibernación y éxtasis, donde se encuentra el paraíso de la creación onírica sin conciencia, determinado por una fuerte vida orgánica. Obra, pues, que resulta una imagen de la ambigua polivalencia de las culturas oníricas, históricas, donde se perciben y juzgan las cosas según criterios oníricos, espontáneos e incondicionados, en las que cada uno está mirando en exclusiva el mundo que le es propio, ignorando la realidad universal, única, por la que transitan todos.









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