Ricardo
Milla: la Cifra de las Horas y el Puente de los Años
Ricardo Milla: lo Temporal y lo Eterno
Por
Alberto Espinosa Orozco
(7tma de 13 Partes)
VII.- Lo Temporal y lo Eterno
I
La reflexión estética-metafísica propuesta por los fotogramas de Ricardo
Milla nos insta, así, a pensar en lo estático, también, como lo eterno, como lo
inamovible, como la piedra que sirve de protección, como refugio, en tiempos de
aflicción, como son los nuestros. Porque lo temporal, cambiante, movible, inseguro,
fluctuante, se funda en lo eterno, que es el orbe sobrenatural de Dios, que es firmeza
e inmutabilidad en su bondad, que es a la vez verdad y belleza a un tiempo –orbe
de lo eterno, pues, en donde se encuentran también el reino de las ideas y de
los valores, que pueden ser sin que las cosas sean, pero sin los que las cosas,
en definitiva, no pueden ser.
Por un lado el acto de la creación del mundo, de la obra ordenadora que
sucede al caos y lo supera y por medio del cual comienza propiamente el tiempo.
Origen del mundo con el comienza el tiempo: la historia del mundo. Por el otro
lado acto de la creación de la luz, en cuyo ámbito se disciernen, se distinguen
y diferencia unas cosas de otras, particularmente el bien del mal, la luz, que
es la verdad y la vida, de las tinieblas. Revelación, pues, del a-priori moral
del hombre, de los dos espíritus, contrarios, hermanos enemigos, que inspiran
nuestra conducta; dualidad espiritual que pone en juego la libertad de los
espíritus, libertad moral, que cuando es buena nos acerca a Dios, o nos aleja de
su presencia cuando la voluntad se engaña, se confunde o extravía, por la
rebeldía, por la sublevación o por la desobediencia.
Visión de la creación y de la voluntad de la palabra, del logos, cuya
fuerza trascendente ordena a la materia para que desarrolle sus potencias, que
desea siempre la existencia y el bien de cada cosa, y que con la ayuda del Verbo les da
forma. Enfrentamiento, pues, con lo otro del tiempo, que es lo eterno; estático
en el sentido de idéntico a sí mismo o inmutable y que, por lo tanto, no puede
transformarse; que a diferencia del tiempo no es pasajero, sino estable, y por
el que no pasa el tiempo y no envejece. Visión también del alma humana, que
perdura cuando su cuerpo es caos y del hecho tan notorio de que nadie puede
morir, o de la irreductible sustancialidad del alma humana. Porque si las vidas
trascurren como ríos, al final se hunden en el mar de lo eterno, en el sueño de
la muerte, para la redención final o la condena.
El tiempo, en efecto, puede verse como un río que resbala por un camino
inmutable de roca, que es lo eterno. El tiempo humano y la historia,
propiamente no se entienden sin esa referencia metafísica, que guía y conduce
nuestras vidas por una vía recta, sólida, firme, segura. El tiempo histórico
depende de lo eterno, pues Dios prepara en lo eterno los tiempos todos.
Dios: el ser eterno: que no nació y que tampoco muere; que es presencia
que es presente perpetuo, motor que todo lo mueve sin ser movido él mismo,
omnisciente de todas las cosas temporales en una visión conjunta o simultánea,
donde todo es patente y real, y que al igual que su ley, estatutos,
mandamientos y principios morales, no cambia ni se altera, resultando con ellos
inconmovible.
La otra orilla de este tiempo mundano es, en efecto, lo eterno: camino
seguro e invariable, a diferencia de nosotros los mortales, que somos peregrinos,
pasajeros como el tiempo, en tránsito de ser otra cosa… o de no ser. Lo eterno aparece entonces como el camino de
los caminos, como la guía o el oriente, como punto de referencia en el cruce de
caminos de este mundo y el otro mundo, también como la roca sólida del descanso
y el respiro que es a la vez refugio protector de las insidias y persecuciones
soberbias del maligno. Pues Dios es plenitud simple e indivisible, permanente y
persistente en sí, siempre igual a sí mismo, que nada de lo que es suyo puede
perder, siendo como es invariable e inconmovible y por tanto estable.
Porque la naturaleza de Dios es simple y es por tanto inmutable, es
decir no afectado por el pasar del tiempo o que es eterno. El sumo bien por el que fueron creadas todas los bienes, hechos
de la nada y no simples y por tanto mudables y temporales. El Padre, que
engendra al Hijo, que es del mismo modo bien sumo y simple de la misma cualidad
o esencia, siendo el espíritu del padre y el Hijo otro, el Espíritu Santo,
distinto del padre y el Hijo, que no es empero otra sustancia al ser del mismo
modo simple, bien inmutable y coeterno don el Padre y el Hijo: trinidad que es
un solo Dios. Naturaleza simpe, pues todo lo que tiene eso mismo es o no
teniendo algo que pueda perder, siendo así incorruptible de sabiduría simple e
inmutable. Sabiduría una cuya luz incorpórea es múltiple en sus infinitos
tesoros, que son propiamente las cosas inteligibles, en las que existen todas
las causas y razones invisibles e inmutables de las cosas visibles o mudables
–que son hechas y criadas por la sabiduría. Porque nosotros, como recuerda San
Agustín, tenemos noticia del mundo
porque existe, pero no existiera si Dios no tuviera noticia de él. O prioridad
absoluta del reino de los valores y las ideas sobre su realización material,
pues las ideas pueden ser sin que las cosas sean, pero las cosas no pueden ser
sin las ideas.
Eternidad también de los ángeles criados de la luz por Dios, que fueron
iluminados por la sabiduría para que vivieran sabia y felizmente –aunque unos
de ellos se desviaran de tal ilustración divina, no sólo no llegando a
conseguir la excelencia de la vida eterna sabia y bienaventurada, sino transformando
su vida racional en no sabia, sino en ignorante y destituida de razón,
destinados al fuego eterno. Porque los ángeles pecadores fueron, por su
malicia, en efecto, privados de aquella luz de suma bondad, perdiendo la
bienaventuranza al no perseverar en la verdad, complaciéndose en la soberbia de
su alta potestad como si fuese propia, renunciado a la justicia y a la voluntad
piadosa al no querer sujetarse a su Creador. Gozando en cambio por
participación de la eterna felicidad y bienaventuranza los ángeles buenos,
aunque sin ser coeternos con Dios. Así, es eterna también la Jerusalén que está
arriba, que es la Ciudad de Dios, que está hecha de luz. La Jerusalén eterna
que está en los cielos, que es nuestra madre, la Ciudad de Dios, que acoge a
los santos ángeles y a los espíritus bienaventurados como hijos de la luz e
hijos del día –pero que excluye, fuera de sus muros infranqueables, a los hijos
de la noche y de las tinieblas. Aurora de mañana, amanecer y luz del día de la
gloria y del amor de Dios, reservada para aquellos que no dejan al Creador por
amor a la criatura ni se confunden con la noche y las tinieblas, para aquellos
que gozan alabando y amando al Hacedor. Amor y participación, pues, de la luz
eterna, que es la inmutable sabiduría de Dios, que es la luz y el día y la
vida, que es el Verbo divino, por el que fueron creadas todas las coas y se
hicieron luz y se llamaron día.
Luz eterna, en efecto, que ilumina a todos los hombres, que ilumina
también a los ángeles puros y limpios para que sean luz, aunque no en sí
mismos, sino en Dios –y de la que se separan los espíritus inmundos, que no son
ya luz en el señor, sino tinieblas en sí mismos, privados de la participación
de la luz eterna –sumidos en el mal, que no tiene naturaleza propia, sino que
es la pérdida del bien, que recibe lo mismo el nombre de mal que de
tinieblas.
Dios, pues, el ser que siempre es, o que es con eternidad inmutable o
sin mutación alguna –a diferencia de los ángeles, que si siempre fueron, al ser
siempre en todo tiempo, no son en cambio coeternos con Dios, porque fueron
creados. Porque Dios precede a sus creaturas, creadas de la nada, con eternidad
permanente y ninguna cosa creada es coeterna con su creador. Pero a la vez el
señor, que era antes de los tiempos eternos anteriores, nos prometió la vida
eterna y lo manifestó a su tiempo por medio del verbo, que es vida eterna, el
mismo coeterno con Dios –pues Dios establece y decreta lo que debe ser a su
debido tiempo.
El tiempo, así, procede de la eternidad y comienza con las cosas
creadas, estando en el tiempo en mutación constante, en cambio y movimiento, en
variación sucesiva de sus formas, en dinámico transcurrir que llega a ser
tendiendo a no ser, pues son finitas. La existencia humana, ser hombre, implica
así un tener conciencia del tiempo, de nuestro tiempo, y de su finitud
–iluminado por la verdadera doctrina que llegó a su debido tiempo, es también
la claridad, a la luz del entendimiento, de la eternidad, de donde mana el
tiempo, los tiempos, y el fin del tiempo.
Lección de humanismo es la idea de la eternidad, no tanto concebida como
el fluir sin fin del tiempo, de los antiguos tiempos eternos, sino de la
instancia creadora que hace brotar el tiempo en un comienzo en la creación del
mundo, como el agua que brota de la fuente al ser golpeada por la vara, como la
luz que brota de sí misma iluminando el ámbito de lo decible, separándose así
de las tinieblas escindidas de la verdad y de la vida.
Eternidad de Dios, del Señor que es eterno y sin principio, principio
eterno por el que empiezan los tiempos. Creación del hombre también que, de
acuerdo a la eterna e inmutable voluntad de Dios, crea en el tiempo al hombre
temporal para su eterna bienaventuranza. Porque el hombre, sujeto a la sucesión
del tiempo, sujeto a las calamidades y miserias del tiempo, a los horrendos
males y carencias, que padece de cuanto dispone al ser inestable y limitado.
Pues desde la perspectiva de lo eterno la tragedia del tiempo estriba en su
duración finita e incesante movimiento, donde no hay descanso ni estabilidad
posible. El tiempo, en efecto, es vivido por el hombre como una experiencia
dolorosa que divide y disipa la existencia, pues en el tiempo todo fluye y…
pasa… y finalmente muere, siendo como un fuego que nos consume, como un río que
nos estraga, como un tigre que nos devora.
Y sin embargo, es el tiempo también el foro donde Dios nos revela su
designio de salvación. Porque es también el hombre parecido a un ángel con
vistas a lo eterno cuando es purificado por la verdadera religión y por la
sabiduría, para llegar a l presencia de Dios, para participar de la luz
incorpórea e infinitud de la estabilidad divina y aspirar a la felicidad
eterna. Inmutabilidad inalterable y plenitud del ser donde las cosas son
plenamente -en contraste con la pérdida de Dios y su eterna bienaventuranza,
que por medio de los detestables vicios mueven a aborrecer la verdad,
enlazándose al torpe drama de la mortalidad infernal y su abominable miseria. Revelación,
pues, del bien, de lo justo, de lo que es recto, de lo que no se pierde entre las
aguas tumultuosas del devenir. Revelación de la esencia, de la esencias, de la
naturaleza misma Dios y de su existencia eterna, porque Dios, que funda el
tiempo y lo despliega, también lo orienta, lo mide y le confiere su
significación final –pues Dios trabaja siempre, creando continuamente al
universo (ceratio continua),
orientando los tiempos y dirigiéndolos a su fin. Ser que tiene el grado de máxima elevación, donde se alía plenitud y
perfección, y quien dice de sí mismo, revelándose en el Éxodo a Moisés, para
darse a conocer entre la zarza ardiente: “Yo
soy el que soy”.
Contenido en sí, concentrado en sí, que es en sí, existiendo por sí
mismo, y por sí mismo. Que a sí mismo se llama Ehyen: el que era, es y será; o que es el que es y está, y quien
será el que será y estará (YHWH). Elohim: o Él es, a quien solamente pertenece la
existencia, que es auto existente o que tiene una naturaleza divina -misterioso
nombre del Dios salvador que se acerca y se da a conocer entre los hombres. Que
por razón de su eternidad da también unidad al ser, pues es el ser que es, a la
vez, todo lo que es, simple en su omnipresencia. Dios Creador, misterioso, a la
vez uno y trino e imagen de Jesús mismo, idéntico al Padre, que es ayer, ahora
y por los siglos de los siglos, y que dijo a los fariseos cuando lo
interrogaron sobre su identidad, que antes de que Abraham existiera “Yo soy”, pues ha existido desde la
eternidad o es, con plena inmutabilidad, en ella.
De Dios, pues, el ser verdadero y la esencia suma, el ser eterno e
inmutable, pues existe en grado sumo con inmutabilidad o no cambia, siendo
eterno sin origen ni finitud, que tiene plenitud de ser y que no es por tanto
pasajero, sino permanente. El ser
creado, en cambio, a medio camino entre el ser y el no ser, pues no es lo que
era antes, ni es el que será después; que participa del no ser, hecho de la
nada, ser pasajero, que cambia y que no permanece, o que no tiene plenitud de
ser. Por lo que: a mayor distancia de Dios, mayor participación en la
temporalidad, caída, e incluso rebajamiento, en el ser del tiempo, que es la pura,
la nuda, existencia: existencialismo, contingentismo. Por lo contrario, a menor
distancia de Dios, menor temporalidad, mayor grado de identidad con la propia
naturaleza o esencia, y por tanto mayor racionalidad y mayor grado de
identidad, de participación en la esencias, singularmente en la suma, que es la
divina: esencialismo.
El hombre, así, un ser dual, excepcional y extraño: por su vida
biológica, natural, animal, un ser finito, inmerso en el tiempo, sujeto al crecimiento
y desarrollo de lo temporal, pero también a la caducidad y la muerte. Pero por su alma superior, por su relación con
el espíritu, ser que sospecha y aspira a la eternidad, feliz, bienaventurada,
en unión con Dios. Ente, pues, marcado con el signo de la finitud material,
corporal, biológica, y a la vez ser que participa y vislumbra la trascendencia
metafísica de la creación y del creador, circularmente sujeto a las aguas evanescentes,
disolventes, del devenir.
Vida humana, así, consistente en actuar y desarrollarse en el tiempo con
vistas a nuestro espíritu, que es lo que permanece, que es la norma desde la
cual se mide el tiempo y da sentido y consistencia a nuestro ser en el presente.
Porque el hombre se mueve en una cuádruple dimensión temporal desde el
presente, en donde atiende, recordando el pasado o recurriendo a la memoria, a
la historia y a los símbolos depositados en el caldo de la tradición, al
recuerdo acumulado por nuestra cultura, y proyectándose al futuro, con el deseo
y la expectativa –pero también, en la conciencia más plena del espíritu, que
vive en la esperanza, en relación por tanto con la eternidad, que le ayuda a
transitar por el tiempo, por el devenir y sus realidades mundanas.
Porque el ser humano no puede descansar enteramente en los bienes y la
felicidad de las cosas mundanas: las cosas pasan, los bienes no permanecen, se
deslizan entre los dedos cual la arena, pasan; el hombre no permanece, sino que
muere y no vuelve. De ahí el deseo de las cosas celestes, no temporales,
espirituales, eternas, donde la polilla no corrompe ni el orín disuelve; de ahí
el impulso de poner los ojos en las cosas del cielo, en las cosas de arriba,
más allá de las huestes espirituales de la maldad, más allá del mundo de la
vana gloria y de los deseos de la carne. Porque el mundo pasará con sus deseos,
pero el que hace la voluntad de Dios permanece por siempre, (1ª San Juan 2.17).
II
Las cosas intemporales serían así: sobre todo Dios, pero también los
ángeles buenos y las almas de los bienaventurados, estos últimos con principio
en el tiempo, por su calidad de creaturas, pero sin fin el él –pues vinieron a
ser en el tiempo, pero serán sin dejar de ser ya. Entre las cosas de duración
infinita, habría que consideran a los objetos ideales, que son los conceptos,
especialmente tal vez los valores. Los primeros sería cuerpos inmortales:
incorruptibles, perpetuos y eternos. Los inmortales, en efecto, son seres
eternos, como lo son las almas inmortales, de duración infinita en el futuro o
que no pasarán. A diferencia de Dios, que dura desde siempre, infinito tanto
mirando hacia el pasado como mirando hacia el futuro. Que no pasará, porque fue
desde siempre. Todos ellos son, así seres no pasajeros.
El reino de lo eterno, es lo no nacido en el tiempo o lo que es siempre
en el tiempo, sin haber venido a ser en el tiempo ni haber de dejar de ser en
él. Ser que tiene en sí, pues, la imposibilidad de tener un fin., habiendo sido
y habiendo de ser siempre en el tiempo. Que es así opuesto a lo intemporal, que
es lo que no tiene relación con el tiempo, como serían los objetos
intemporales, como los conceptos: “rojo”, “color”, “esfera”, “vocal”,
“volumen”, “línea”, “plano”. En el reino de lo eterno, en cambio Cristo, el
Hijo del Hombre, que al igual que Dios Padre, no tendrá fin, puesto que venció
a la muerte, y ni uno ni otro tendrán fin. Cristo, que nació hombre, en carne y
hueso, pero que desde antes de Abraham, ya era: “Antes que Abraham fuese, yo
soy” (Juan 8:58). Cristo se da a conocer así ante los fariseos, que tomaron
piedras para tirárselas, pero Jesús ocultándose salió del templo. Se identifica
así con el Salvador, con la segunda persona de la divinidad, que ha existido
desde la eternidad, pues no dice “yo era”, como Abraham, que fue traído a existir,
sino “yo soy”, identificándose con Dios (Éxodo 3:14). En el Evangelio de San
Juan caracterizará su identidad con una serie de siete hermosas analogías de
ser eterno salvador de la humanidad: “Yo
soy el pan de vida” (Juan 6.35); “Yo
soy la luz del mundo” (Juan 8.12); “Yo
soy la puerta de las ovejas” (Juan 10.7); “Yo soy el buen pastor” (Juan 10. 11); “Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida” (Juan 14.6), y; “Yo soy la vid verdadera” (Juan 15.1).
El Creador se presenta como eterno o intemporal, junto con los espíritus
inmortales y las almas buenas. Pero a diferencia de todos los demás tendría una
visión omnisciente de la historia, ya sea viviendo el tiempo, ya sea de forma
intemporal. Así lo hace saber, entre muchas otras confrontaciones con el
hombre, en una página sobrecogedora,
cuando invita a las naciones para,
armadas de todo su valor, discutan con Él sobre el asunto de quien hizo
aparecer por el oriente a ese rey que siempre sale victorioso, preguntándoles:
“¿Quién, desde el principio,
ha ordenado el curso de la historia?
Yo, el Señor, el único Dios,
el primero y el último.” (Isaías 41.4)
O en Daniel, quien refiriéndose al Altísimo, al que vive para siempre,
exclama:
“Su dominio es eterno;
su reino permanece para siempre.
Ninguno de los pueblos de la tierra
merece ser tomado en cuenta.
Dios hace lo que quiere
con los poderes celestiales
y con los pueblos de la tierra.
No hay quien se oponga a su poder
ni quien le pida cuenta de sus actos.”
Daniel 4. 35
Puede decirse entonces que entre este mundo y el otro mundo se da una
especie de oposición y a la vez de relación necesaria y subordinación de lo
creado al Creador, de lo natural a lo sobrenatural, de lo sensible a lo
suprasensible y, por último, de lo real a lo ideal. Con lo que habría tres
modalidades de ser en el tiempo: la de Dios, sin principio ni fin en el tiempo;
la de los espíritus puros y almas bienaventuradas, con principio en el tiempo
pero sin fin en él, y; la de los seres con principio y fin en el tiempo.
En el contexto del fin del tiempo, de la destrucción del mundo por el
fuego y del juicio final –la vuelta a lo eterno, en consideración a la paciencia
de Dios, para que todos vengan a arrepentimiento, pues hay que recordar que el
tiempo de Dios, que es eterno, es otro tiempo:
“Recordad que para el señor un día es como mil años,
y mil años
son como un día”.
2 Pedro 3.12
“Porque mil años ante tus ojos
Son como el día de ayer, que ya pasó
Y como una vigilia de la noche”.
Salmo 90. 4
Tiempo, pues, de vuelta de la mirada al ser eterno, a la eternidad del
amor divino, que lleva impreso en sí mismo el sentido de la eternidad, que
permanece inmutable, y que no odia al amado, pero lo corrige. Tiempo, pues, de
vuelta de la alianza de la comunidad con Dios, con el Creador, con el Hacedor
del mundo, no hecho, no creado, sino causa de sí mismo y que en sí mismo tiene
la vida –porque no somos nosotros hechos de nosotros mismos, ni en nosotros
mismos tenemos la vida. Dios único y eterno que es amor, que es luz y vida,
espíritu justo y misericordioso donde no existen las tinieblas y que no puede
faltar –a diferencia de las criaturas, de los eres formados de la nada, que son
más cuando obran el bien, pero que pueden también faltar, obrar perversamente
por cuya causa, al hacer lo que no conviene ni es de provecho, se resuelven en
hacer vanidades.
Tiempo, pues, final, de reconciliación con lo eterno y con el espíritu
de verdad y de redención. Vuelta a la tradición y al renacimiento del espíritu
de la buena voluntad, en medio de los dolores de un tiempo que pasa, que se
acaba, decadente, consumido por sus ambiciones delirantes, por sus
vanidades y minucias. Tiempo desquiciado,
sin centro, excéntrico, extremista; tiempo moderno, pues, corrompido por sus
excesos e inmoderado afán de novedades, que colado se derrama y que hoyado se
vacía, que se extingue y muere. A la vez, venida de otro tiempo que retorna,
que nace y crece en el centro de nuestros adoloridos corazones para traer
consuelo –pues un tiempo se apaga a la hora que otro, más potente y luminoso,
vuelve. Acabamiento interno de una era cósmica, que marca dramáticamente el
inicio de otra cuando se apagan unos dioses con sus mitos, tal vez para siempre
y no volver jamás, mientras regresan otros tiempos con sus dioses, por la
potencia de su espíritu y de su luminosidad.
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