domingo, 4 de agosto de 2013

Patricia Aguirre (Fragmentarium) VII.-Posesos y Alienígenas: la Desesperación por lo Infinito Por Alberto Espinosa


 (Fragmentarium) 
VII.- Posesos y Alienígenas: la Desesperación por lo Infinito



      La enumeración indistinta de seres psicopatológicos, de alienígenas y de villanos, destructores del mundo y de si mismos, en el fondo por odio radical contra sus propias personas, da así una sensación de infinito, de casos generalizable a una unidad de sintomatología, la cual se revela como una profunda enfermedad del espíritu: la de no poder morir a lo humano, la de no poder arrojar por fin fuera de sí la parte de trascendencia, de eternidad e infinitud que también nos constituye, postulando entonces la perversión de ese espíritu mismo mediante la tramoya del conocimiento, la voluntad de poder  o los sentimientos primarios fundamentales para, finalmente, hacer  del hombre un ser extraño a si mismo. Almas atormentadas, es verdad, por la desesperación cifrada en el no poder llegar a ser sí mismas, ya sea por alejarse lo más posible del espíritu, ya por rechazar directamente lo eterno, ya por estar atenazadas por las culpas y las faltas individuales azuzadas colectivamente.
   Hombres que van llenos de mundo pero vacíos de la promesa, que no pueden ni liberarse de sí ni anclarse en sí mismos, viviendo irremediablemente el vértigo del espíritu al vivir eviscerados del centro estable de la persona. Vidas satelitales, que giran fuera de sí, y que de tal forma emprenden una guerra contra la existencia misma al estar roídos desde las entrañas por el gusano inmortal, cuyo fuego inextinguible resulta, empero, impotente para devorar lo eterno. Enfermedad mortal, es cierto, consistente en vivir la muerte, en empezar a morir en vida desde la propia existencia eternamente -puesto que lo espiritual en el hombre no puede ser aniquilado, siendo su misma autodestrucción una empresa frustránea e imposible, incapaz en todos sus puntos de lograr lo que desea. Enfermedad de la voluntad y del deseo cuya fogosidad no es sino la frustración de un incendio helado, y cuyo amor no es sino una cólera secreta provocada por la carcoma insensible que consume el interior del yo.
   Así, la artista pasa revista a un grupo de poderosas imágenes de la psicología postmoderna, visitando, en una primera selección, las figuras de aquellos seres que, cargados de indeterminación, reflejan en grados ascendentes la angustia existencia y la desesperación por no poder llegar a ser sí mismos, contrayendo por tanto algún tipo de alienación, ya enajenándose en otras potencias, ya dejándose absorber por la locura del mundo, ya siendo invadidos por los malos espíritus, exorbitándose entonces del centro más estable de la persona a las zonas psicológicas periféricas y tangenciales propias de la distracción y el diletantismo, relativamente más ligeras y frívolas, o hundiéndose en las oscuridades sin fin y sin principio de la negligencia.
    Sección de personajes que conjunta a un equipo indistinto de desesperados, una de cuyas manifestaciones generales es, no tanto el peligro de hundirse en la necesidad, sino en la posibilidad de lo infinito –volviéndose el yo del sujeto en algún sentido irreal o meramente imaginario, a la vez que un receptáculo propició para anidar a los monstruos que pululan secretamente por el inconsciente. La fantasía se presenta entonces como el medio de toda infinitización. Porque la imaginación, facultad de toda posible reflexión que permitir la reproducción del yo al proyectarlo sobre la superficie analógica de lo posible, puede conformar la imagen del yo como una posibilidad meramente abstracta, alejada cada vez más de lo que es concreto y de las propis limitaciones subjetivas. La fantasía, en efecto, trasporta al hombre hacia lo infinito, siendo por ello lo fantástico propiamente lo ilimitado. Sin embargo, cundo las analogías marchan en una dirección carente de sustento, ya sea al apoyarse en emociones hueras o carentes de raigambre en la realidad, cuando las emociones mismas se vuelven ficticias quiero decir, desencaminan al hombre, el cual cae tarde en o temprano en el ardid de sus propias abstracciones, por al ser llevado por su astucia a alejarse de sí mismo todo lo que puede, distante, irremediablemente lejos de sí mismo sólo puede ser ya una sensibilidad meramente impersonal, participando de la humanidad solamente a gran distancia de forma perversa, morbosa e inhumana. Porque en el intento de volverse el hombre infinito por medio de  hacer del yo una existencia fantástica al postular una infinidad abstracta, no puede la persona sino perder las coordenadas de sí mismo, yendo a la ciertamente proa de lo imaginario, pero faltándole propiamente un yo -sin que por ello deje ni de hundirse en esa infinitud, ni de exacerbar sus ansias egoístas.
   Uno de los emblemas del excentricismo es por ello la figura del payaso, quien con su frente bombacha expresa mímicamente la capacidad y potencial de su inteligencia, la cual empero lo lleva a pasarse de listo. Larvado por el gusano de lo morboso y estrambótico, su pensamiento muestra el gusto por la disonancia con su abigarrada indumentaria, la cual conlleva las marcas de lo indeterminado y lo inconsciente, propio de una persona sin ideales, sin principios ni carácter. Su cara empolvada, a la manera a la vez de un velo y de una máscara, indica así la raíz de su situación conflictiva: la del ser que no ha conseguido individualizarse o que propiamente no ha logrado estabilizarse persona, al ser incapaz para desligarse de la confusión de los deseos, de los proyectos y de lo posible. Aspiración a la totalidad y a lo infinito que, sin embargo, al exceder la proporción, la distancia y su propia medida lo confina al círculo interior, donde conviven confundidas habilidades, suertes, ideas y destrezas, utilizadas por otra parte con el propósito, expreso o inconfesado, de manipular la realidad, rasgo que se revela en su propensión abyecta a la adulación. Su deseo impulsivo a decir la verdad bajo el disfraz del disparate  o del hiriente chascarrillo satírico o de las abstrusas cantinelas, revela su modo curvo de ser, esa modalidad de lo indirecto y lo alusivo cuyo último trasfondo de interés es frecuentemente el regodeo en el barro de la indecencia.
   En otros casos el impulso de conocimiento infinito aparece como una ascensión inhumana que destruye el yo del hombre; lo mismo sucede cuando el sentimiento se torna imaginario evaporando al yo. Su castigo es el de llevar una existencia fantástica dentro de una infinidad abstracta. El yo, en efecto, puede quedar finalmente confundido con una posibilidad abstracta cuando no atiende a su limitación o a su contexto, cuando se olvida de la necesidad ajena y de la finitud personal, debatiéndose entonces hasta el cansancio en los incontables ramales de lo posible, que se abisman para tragarse al yo, encerrándolo de tal suerte en un círculo de fantasmagorías y volverlo irreal. Porque la posibilidad es un espejo engañoso, que al lleva al yo hasta muy lejos le impide regresar y concretarse para volver a ser sí mismo. El hombre  ha perdido entonces el camino de retorno, rompiendo amarras y extraviando los orígenes, huérfano de la tierra y de sí mismo, postulando entonces un yo neurótico angustiado, que por temor la garantía segura de su yo se arroja al apetito mercenario, arrojándose con ello paradójicamente en los fúnebres brazos de la disolución y de la muerte.
   Cuando el yo quiere disponer arbitrariamente y ab libitum de si mismo, cuando el hombre se postula como su propio creador, cuando quiere hacer de su yo el yo que quiere ser y determinarlo a su capricho y a su antojo, dejándose hasta cierto punto diseñar por las presiones externas para lograr lo que pretende, en realidad el sujeto se postula entonces como un mero experimento que, sin embargo, no llega a ser ningún yo –por más que tenga la conciencia de ser en acto y por más que instrumente la escena espectacular que lo consagraría. El desprecio hacia las propias limitaciones o deficiencias personales puede conducirá a un rechazo de lo inmediato, rechazo del tal potencia que lo hace concebir un yo infinito como la más abstracta de las posibilidades  -no a favor de lo eterno, sino del hermetismo y de la muda soledad interior, en cuya intimidad, en cierto modo inexistente, se destruye la relación con el espíritu. Yo activo que, al querer ser infinito, no puede sino intentar empezar desde el principio construyendo su yo desde la raíz y a cada paso, encarnando de tal manera una forma imaginaria que lo infinita al no poder reconocer ningún poder trascendente sobre sí. Anarquía de la interioridad, pues, que por más que atribuya a sus empresas una significación infinita deviene en una seriedad sin gravedad, fraudulenta y hermética, que se refugia en la soledad para extraviarse en las profundidades turbadas de la interioridad o en los laberintos y embrollos del orgullo. Yo en cierto modo infinito, cuya destreza de experimentador llega muy lejos, arrojándolo sin embargo a la esclavitud de querer impotentemente justificar haber llegado a ser lo que es, siendo su interioridad propiamente demoniaca, manteniendo en total hermetismo su interioridad como el más sagrado de los secretos, escondiéndose bajo un disfraz o una mascara de la mirada de la gente al poseer un yo que en realidad es espectral y vacío, permaneciendo desligado en su infinitud de la posibilidad de poseer un yo en el que lata algo eterno. Yo hipotético, pues, que se propone como absoluto al construir sus castillos en el aire y que tiene que luchar todo el tiempo contra las nubes.

   Así, desfilan por la pasarela del pequeño mural una serie de contraimágenes del hombre centrado en sí mismo, las cuales se presentan como individualidades por decirlo así intermitentes, que movidas por la ansiedad insoportable se detienen esporádicamente en la estación de la lucidez, para al instante siguiente partir apresurados, aguijonados por una especie de campaña que los altera y que los llama, adquiriendo entonces sus personalidades demoniacas. Hombres endemoniados, pues, que corren buscando la el veneno que los sacie,  presentando a la vez la presión de su pecado bajo las formas más tentadoras, rehuyendo cualquier intención de debilitarlo, pues sólo pueden ya vivir dentro de la consecuencia consecutiva del pecado, dándoles la impresión de hacerse así un yo compacto y tomando todo ello como su personalidad propia. El hombre endemoniado se ha encerrado entonces en la prisión de su propia consecuencia, al grado de no querer en lo absoluto habérselas con el bien, de tener angustia del bien, viendo en el bien a un enemigo, queriendo entonces oírse solamente a sí mismo -pareciéndole el arrepentimiento una cosa vacía y la gracia algo insignificante, manteniéndose con ello enhiesto en medio de su naufragio al arrojar fuera de sí toda verdad, todo lo que es bueno y lo que es noble, tomando el hundimiento como una misteriosa fuerza de elevación que  los aligera y glorifica al elevarlo sobre las aguas abismales donde moran los demonios. Aprisionamiento diabólico dentro de la interioridad, es verdad, que  aparece en todo lo que tiene de vacío interior cuando ya no se tiene nada por que vivir o cuando se ha huido de las representaciones de la vida. 






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