jueves, 8 de agosto de 2013

Paty Aguirre (Fragmentarium) IX.- Oscurantismo y Tenebrismo; las Místicas Inferiores Por Alberto Espinosa Orozco

Paty Aguirre (Fragmentarium) 
IX.- Oscurantismo y Tenebrismo; las Místicas Inferiores 
Por Alberto Espinosa Orozco
 


   Para poner en foco y armonizar las imágenes brillantes del retablo, la artista pone algunas notas negras en su pentagrama colorístico, las cuales dan realce al conjunto al crear una especie de telón fondo donde descansa el conjunto entero la serie. Descanso no menos angustiante, sin embargo, por tratarse de un descenso axiológico hacia las zonas del derrumbamiento y de la caída en la decadencia explícita de la cultura, que si bien introducen las notas de la elegancia, el poder y lo misterioso, van con ellas acompasadas las del miedo, el dolor y la pena. Imágenes de la soledad, del aislamiento, del constreñimiento y de la vida interior que, sin  embargo, evocan la presencia de las fuerzas inferiores desatadas, mudas ante lo infinito, encargadas de impedir el crecimiento y el cambio.
   Presidiendo este apartado se encuentra el complejo símbolo del perro,  apareciendo en un par de ocasiones en el intrincado laberinto, ya bajo la forma del dobermann con bozal, ya en la efigie del chato y arrugado perillo chihuahueño, subrayando de tal manera la dualidad simbólica de su figura –como de todos los símbolos en general. Porque el perro es, por un lado, emblema de la nobleza, de la amistad y de la fidelidad, un mensajero intercesor que destruye a los enemigos de la luz cuyos poderes adivinatorios se derivan de sus ligas con lo invisible, siendo guía en la noche de las regiones bajas, donde imperan las tinieblas o  el infierno, conduciendo a los hombres a través de la noche y de la muerte.  Sin embargo, por otro lado, es símbolo de avidez desenfrenada y de la erecta cólera sexual, como también de los celos, de la vileza y del apego a las cosas efímeras del mundo, emparentándose por tal costado con los animales maléficos, como el lobo, o satánicos, como el chacal, siendo por ello portador de las enfermedades. El perro negro adopta entonces los atributos de la vileza, de la glotonería, de lo impuro y lo despreciable, siendo imagen de la traición y responsable en este sentido de la caída del hombre, al permitir al demonio profanar las imágenes de Dios, y por ello emblema del caos: es entonces el enorme perro negro que tiene nervios, pero no vive, ojos pero no ve, orejas pero no escucha -ominosa presencia que en la clave onírica se refiere a la presencia de enemigos encubiertos.
   Paisaje gris, nublado, cada vez más oscurecido, el cual nos habla del aumento constante de la entropía en los sistemas filosóficos y espirituales de nuestra era o mundo, detonada por la neutralización de la cristiandad y por el aumento geométrico de lo convencional numérico, pues mientras todos los hombres se dicen ser cristianos se incuba las entrañas de la comunidad el fariseísmo sordo, en cuyo fono lo que reina en realidad es un soterrado paganismo. Proceso de secularización del siglo, pues, que bajo el manto de la modernidad y sus hazañas técnicas cientificistas ha superpuesto al estrato espiritual de lo religioso del hombre medieval la pesada capa tectónica el del hombre de la técnica, del homo faber dominado por las neurosis de la voluntad de dominio, desgastado ya por sus movimientos obsesivos y mecánicos. Todo lo cual ha ido acuñando una imperfección humana más, condicionándola socialmente: la del vertiginoso movimiento dialéctico de aparejarse a aquello que anhela por medio de su contrario: así, el disoluto desarrolla un agudísimo sentido moral al cual degrada; el voluptuoso comprende lo más idílico sin poder participar realmente en ello;  y el escéptico desarrolla su sentido religioso solo para inmediatamente crear una metafísica inferior; para, finalmente, convertirse las tendencias compulsivas del hombre moderno hacia la mecanización y la automatización de las tareas no en una forma de la creación y la inventiva, sino de la compulsión desarticulada.



   Por esas vías vamos entonces penetrando a las galerías subterráneas del horror, al mundo donde magos viscosos, obtusos, posesos, alienígenas y fanáticos reclaman, para recuperar su bizarro equilibrio interno, experiencias cada vez más fuertes, densas y perturbadoras. Ámbito de lo irrealidad y de la esclavitud del mal, donde asistimos a la presentación de las hirientes fantasías empeñadas en falsificar la realidad, ya al amordazarla o humillarla, ya al mutilarla u ocultar su verdadero signo. Exhibición de la tragedia de la condición humana, que consiste no tanto en no tener, o tener, aquello que se desea, sino en el descenso a las formas inferiores de la mística. 
   Místicas inferiores, en efecto, que ponen en juego el miedo y la fascinación que lo oculto y lo desconocido ejercen sobre el alma humana. Jugueteo con el “misterio terríbilis”, presente en las manifestaciones de fuerza y poder en la naturaleza y en el hombre (kratofanías), en las que se mescla el éxtasis con la humillación de la condición humana y que son una fuente inagotable de supersticiones. Uno de los grandes esfuerzos del arte contemporáneo has sido el describir las realidades demetéricas y dionisiacas, para examinar su ritmo y los niveles de confusión en el alma humana. Penetrar en las profundidades de la inconsciencia, descifrar las místicas de las tinieblas con sus extremos de posesión y humillación, investigar los nocturnos abismos subterráneos del ser humano, para encontrar los ritmos y las normas del caos y de la neurosis. 
   Se trata entonces del retrato de la gente equivocada, de los mediocres y de los miserables, que soterrada o abiertamente y movidos por el error practican la magia negra, luchando contra las normas y contra lo concreto para irrealizar así la realidad –a precio de volverla cada vez más artificial y fantasmagórica. Asamblea de los horrores, pues, de los hombres succionados y empujados por el oscuro instinto cuya dirección es perderse, por la vía de degradarse y diluirse finalmente. Porque cuando ya no puede más o cuando ya no cree se detona en el ser humano el oscuro instinto a disiparse en la fuga, a huir fuera de si en la orgía, en los rituales o en el frenesí de los sentidos y de las imágenes: sed de olvidarse de todo, de perderse en un absoluto de esencia tóxica. Cuando se pierde a Dios, cuando ya no se puede vivir conforme con las normas del espíritu, entonces el hombre se pierde en el alcohol, en el opio, en la cocaína o en la histeria colectiva. Se trata de un instinto humano poderoso, que empuja a hombre a entregarse, a extraviarse, buscando su salvación en el gregarismo larvario o en la degradación de y extinción de la propia personalidad –pues su fin es el de anularse el sujeto como ente separado y afligido, sacrificándose así y en vano al entregarse de lleno al sin sentido, al olvido, o al abandonarse a una pasión esterilizante, no controlada ni creativa.
   La composición de la artista Patricia Aguirre retrata así los rostros y las indumentarias de los seres marcados por los actos demoniacos de la dislocación de las fronteras, de la disolución de las formas, de la autoanulación, de la humillación y de la descomposición social, todas ellas técnicas de lo irreal que usan a la vez para atacar con violencia al mundo de las normas y las leyes. Desfile de las existencias luciferinas, pues, que se oponen a Dios no en sí, sino indirectamente, al imitar vulgarmente su obra, para destejer con ello el minucioso tejido de la creación, siendo sin embargo sus estigmas la imitación y la fachada, mientras marchan a las aguas estancadas y en descomposición, yéndose a fondo, a pique, a morir.  Mediocridad espiritual y opacidad metafísica sobre cuyo fondo surgen las formas idiotizantes del desprecio a la vida y al prójimo, que en venganza y abierta rebeldía degradan al misterio por medio de metafísicas inferiores, de la pseudotranza o de la confesa vulgaridad profunda –reduciendo al hombre finalmente a un escenario donde a media luz se proyecta el carrusel de sus fantasmas.



  Confesión desviada y secrecía mal entendida ligada al poder oscuro también, porque si el pecado es una cosa grave, de no confiesa se convierte en algo terrible, debido a que entones las fuerzas mágicas negativas aumentan, por el poder del secreto, llegando incluso a amenazar a la comunidad entera, incluso llegando a desestabilizar a las fuerzas y ritmos de la naturaleza en inundaciones o sequías. Es por ello que, cuando una comunidad de estructura tradicional es amenazada por la derrota o por la sequía, sus miembros se reúnen apresurándose a contarse sus pecados. En las sociedades agrarias las mujeres descubren entre ellas sus faltas también cuando es puesto en riesgo el esfuerzo de los hombres. Esfuerzo del cristianismo primitivo fue  también la abolición de los secretos particulares, para que así los hombres fueran trasparentes, única base firme para establecerse como iglesia ecuménica y hermandad universal.
   Sin embargo, la mentalidad de las sociedades modernas invierte tal esquema, al estar fundadas en la opacidad de la libertad contractual individual, que resulta no más que un permiso de libre circulación, una libertad exterior y automática, que no compromete al sujeto ni moral ni socialmente: libertad de los derechos que siendo otorgados por otro no comprometen la propia vida. Libertad absoluta y contradictoria que es la mayor matriz que hay engendrado civilización alguna de hombres fracasados, no creativos, ni fértiles, ni responsables, irresponsables ante sus propias vidas. Liberad contractual, superficial, consistente en exclusiva en la posibilidad de cumplir con actos que no pueden ser sancionados –lo que bien visto, no puede significar ser libre al terminar por reducir al individuo a un mero átomo, autónomo, es cierto, pero desgarrado en su conciencia al estar ontológicamente  separado y desligado esencialmente de la comunidad. Así, cada uno de los eventos personales, las aventuras y desventuras del sujeto y sus pecados, es cuidadosamente ocultado, silenciado, estableciéndose como virtudes efímeras la discreción y la reserva.
   Porque si en las sociedades tradicionales el secreto propiamente se refiere sólo a las realidades trascendentes (secreto es dogmático, pues se refiere a las realidades sagradas cuyos misterios sólo unos cuantos iniciados son capaces de comprender), en la sociedad moderna el secreto es tan individual como profano, en cierto sentido intocable, precipitándose por ello con frecuencia en as zonas amorfas del morbo, del fetichismo o de la idolatría, al atribuir a lo profano un valor simbólico que propiamente pertenece sólo a lo sagrado –forma de sacrilegio paralélela al tratar de manera profana las realidades sagradas (heterodoxias modernas y herejías consistentes en la profanación de lo santo, pues, al poner todo dogma y todo misterio expuesto a la vista pública y donde el propio cuerpo deja de ser templo de Dios).
   Para el hombre moderno, en efecto, los secretos personales resultan a la vez particulares, sus episodios y sus pecados, que pertenecen a la vida profana del individuo, no son hechos públicos mediante la confesión, quedando confinados en celoso secreto, al precio de dejar al individuo solo debatido en la incomprensión social e individual más absoluta. En una de sus perores derivaciones, la continua pérdida de espíritu y de conciencia que ello significa, lleva a la conformidad de las convenciones sociales del statu quo, o a la mera ambición de perseguir objetos –llegando el sujeto, al agotar la energía positiva, a vivir en los sótanos del mundo inferior, animado sólo por la emoción pura de la caída que se desbarranca por los bajos caminos, donde gobierna en realidad la opacidad y la negatividad pura. Espíritus distraídos por una presencias que se apega (nostalgia, melancolía), que son llevados de aquí para allá en una búsqueda incontinente de signos mágicos o abstractos, o que son roídos por la negligencia cuando el alma inferior y biológica a asumido todo el control, no pudiendo sino vivir así en los niveles más profanos de la existencia, carentes de valor metafísico, siendo paulatinamente engullidos por la nada del devenir universal.
   Filosofías negativas que, en sus variadas deformaciones psicológicas, sólo alcanzan a ver la bienaventuranza a través del cristal de aumento del pecado –sumando con ello a su pecado un pecado más: el de la envidia infinita de la murmuración. Los sociópatas, que expresan sus instintos reprimidos como una imperiosa necesidad de satisfacer sus propias necesidades, convirtiéndose en proyecciones de una imagen, que es “la sombra” de la inconsciencia, ven así lo secreto, más no como aquello que resulta innombrable debido a la altura  insondable de su infinitud, sino como aquello que tiene un nombre prohibido. Luz negra, que es más luz que la luz del mediodía por revelar la parte escondida, la sombra del alma que conduce al antro de fieras inmundo  en que consiste el inconsciente.
   Metamorfosis humana, precipitada por el imperio de la novedad a solidarse con los movimientos y los eventos históricos, los cuales se consuman como algo amorfo, irracional o debido al azar, que ha llegado a la confusión generalizada acerca de la idea que nos hacemos de la naturaleza auténtica del hombre mismo y del tipo humano que damos por aceptable, quedado el ser humano, como antes de su intrépida aventura histórica, funesto y sin esperanza. Hombres con el corazón gangrenado y la mente entenebrecida que al perder los principios metafísicos han adoptado mansamente y en manada los sistemas de consolación que apelan al misterio como clave para explicar la realidad en su totalidad, reduciéndose a formulas inexpugnables adoptadas por cualquiera, sea ésta la raza, la pseudotranza, el Lingam, la cabra de Amaltea, la Diosa Madre, el culto a la serpiente, la lucha de clases o la Atlántida. 



   Ante tal espectáculo no queda más que, renunciando en cierto modo al mundo, hacerse un criterio de contemplación seguro, quedándose exclusivamente con las significaciones morales y los símbolos vivos de nuestro tiempo, en que la metafísica y la mística ascendente han sido atacadas, han triunfado el espiritismo y la mistagogía, el mesmerismo y la francmasonería. Apenas empezamos a salir de tales supersticiones, productos indirectos del positivismo y los sistemas de comunicación masiva, al atender a la autonomía y eficacia espiritual del símbolo (Mircea Eliade, Karl Gustav Jung, Jean Chevalier, Tomás Segovia), descubriendo en la sed de dogmas, de signos y de alegorías lo que el simbolismo y la metafísica tienen, no sólo de sentido tradicional,  sino incluso de profundidad racional.
     Cierra este ciclo la imagen del sacerdote, el cual se presenta enfundando en una cofia negra que es una especie de cripta, dejando asomar en su barbilla hendida al ideal propio de la belleza clásica, que es el de la mera proporción de las partes, el de la armonía apariencia física de la exterioridad  -ignorante por tanto de la verdadera belleza romántica, que es toda ella belleza de interioridad espiritual infinita (Cristo). Hombre enlutado, desindividualizado por la convención social de un burocratismo ritualista, aparece el prelado entones como un mero maniquí sin rostro, encerrado en la tumba del cuerpo, amortajado en su sotana, y en cuya fe sin vida se presienten las notas dominantes del existencialismo ateo: el ser sólo de hecho y sin razón de ser. Reverberan empero también en la imagen las asociaciones monacales imantadas por la historia: el moho de las abadías tenebrosas, el sadismo de sus normas, la maldad de los frailes abusando de vírgenes inocentes, las sombras de las catedrales, los escenarios de horror y de torpeza que a través de los siglos emiten signos y siguen resonando con ecos lúgubres  las notas patéticas de una época oscura ligada férreamente a las monarquías.
   La tradición metafísica misma se ve entonces opacada y nimbada de grisura, para ser luego almidonada por la parálisis de su propia esterilidad –para luego ser manchada por las excrecencias de la terca desobediencia, de la andrajosa mentira, de la superstición fantasmal o de la espejeante hipocresía. Su resultado no puede sino conducir a la chusca bancarrota del pecador vulgar, cuya patética manifestación se pronuncia en arengas de púlpito sin pasión, sin alegría y sin vida, absorbidas por completo por un burocratismo de salón, sin participación ninguna con lo numinoso en lo que tiene de fascinante misterio. Decadencia de la vida religiosa y sacerdotal, pues, cuya institución reniega incluso del Dios lejano, sustituyendo la plenitud del ser y de su presencia por un hueco mordaz en la conciencia.  Porque reducir el cristianismo hasta hacerlo susceptible de ser adoptado en masa y por cualquiera, al convertir indulgentemente sus normas de vida y sus misterios en un fácil convencionalismo, no puede tener como resultado sino la vaciedad de la vida interior –roída en el fondo por una secreta desesperación por lo infinito o ante la idea de lo eterno.
   Los pastores, en parte responsables de extraviar al rebaño al anclarlos a la cómoda acidia muelle del confort o en la mecánica inconsciente y repetitiva de traer de aquí para allá el “Jesús en la boca”, presiden así a la cristiandad contemporánea, que en bloque deja propiamente y estrictamente de serlo. Maniquís de papel de roca que tiemblan con temor por dentro, erizados de espanto por aquello en lo que en realidad se ha convertido: paganos que no marchan en la dirección del espíritu, reducidos al menos a un mínimo común denominador, consagrando con ello una de las tendencias más opacas de la sociedad humana, consistente en suplantar al individuo y a la verdad subjetiva por una cifra numérica y una convención arbitraria. Sin embargo, más allá del confort contemporáneo, en realidad sólo hay una forma de ser cristiano: esa forma es difícil –porque el camino que lleva la vida es angosto y son pocos los que lo encuentran. Tradición, pues, que por la vía institucionalizada muestra, junto con sus ensombrecidos lastres característicos, la imposibilidad de renovarse, de hacer latir los signos de la herencia cultural, como de lograr hacer nacer al hombre nuevo. Porque cuando la cultura deja de estar viva en el decaer de la interioridad espiritual, paulatinamente endurece sus formas hasta convertirse en rígido dermatoesqueleto y en sombrío ritualismo. Dermatoesqueleto de la religión, muerta, sin vida, cuya influencia social ha quedado segmentada en sectas, reducidas a su vez a la fidelidad convencional entre sus miembros. Tal declinación espiritual afecta directamente a la Iglesia, la cual se petrifica en la liturgia del dogma religioso o en el almidonado traje de la ruindad y sus rutinas.  Falsos pastores, que al ir desorientados dejaron que el rebaño se dispersara, dejando que cada oveja tome su propio camino y perdiéndose todas.
   Es el pecado, esa corrupción y herrumbre de la voluntad, que tiene su punto más álgido en la obstinación de no querer arrepentirse: nuevo pecado que rechaza todo lo procede de la fe a la vez que incorpora el vértigo de todos los pecados anteriores, aumentando con ello la velocidad de la caída –siendo todo ello, más allá del error, propiamente el pecado que se afianza, por decirlo así, en el mal, apegándose  a una consecuencia dentro de sí mismo y engendrando así una mayor fuerza descendente.  Negadores de Dios que sólo se alejan para luchar más cerca del yo negativo que quisiera, por decirlo así, tragarse  a Dios. Ofensiva contra Dios, guerra declarada entre el hombre y Dios, el pecado profundizado al grado de intentar pero medio de un dogma portentoso: el parentesco entre Dios y el hombre, que intenta acercarse a Dios sólo para derribarlo –sin reconocer que la separación entre ambos s infinita y de una naturaleza infinitamente cualitativa, siendo por ello en realidad naturalezas separadas. Sociedad  moderna donde se ha eliminado la moral y no se oye hablar ni una palabra de ética, ni del deber, ni de la relación con Dios.
Se trata en efecto de un retrato del mundo de la aceleración de la historia, donde el imperio de la técnica y sus procedimientos acaba con la diversidad de las culturas, uniformándolas sin unirlas, empobreciendo los estilos y aplanando las diferencias; mundo de la condensación de las formas y de condenación de las ideas, donde las figuras estéticas dejan de ser realidades espirituales, intelectuales y sensibles, para consagrar el objeto único que niega el sentido, el cual a su vez es negado por una abstracción, por un concepto -que resulta vacío. Retrato del mundo contemporáneo, absorbido y degradado por los vacuos rituales de la vida pública y por la publicidad. Mundo eviscerado y sin distinción ninguna, donde para volverse acepto hay que adoptar todo un sistema de convenciones arbitrarias, de imposturas y de lugares comunes asociados, recayendo de tal modo en el gregarismo de la irracionalidad humana. Mundo de artefactos y de producción en serie también, cuya estética de la utilidad y el rendimiento arroja al arte a la esfera de la entropía histórica y de la aldea global, cuyo muladar de signos  resulta infectado por el chancro estético de las vanguardias que carcome sus detritus, arrojando a la palestra, confundida con sus convulsiones, la imagen cada vez más desarticulada de la belleza. Pintura, pues, que pone ante los ojos los símbolos una vida condenada a la instantaneidad fugaz de las imágenes, que dejan sólo un vacio succionador donde se ha retirado el espíritu de la humanidad y junto con él  el alma del mundo, en un remolino que no deja huella de su paso al filtrar su polvareda  entre las piedras erosionadas del olvido, dejando así a la belleza inerme y a su desnudez envilecida.



   Sendas imágenes nos hablan así del oscurantismo de nuestro tiempo, del declinar de la educación espiritual que bajo el disfraz del sacerdote o de ese otro sacerdote de la modernidad, el artista de vanguardia, orquestan en realidad, ya en la petrificación que adelgaza la liturgia, ya en la frivolidad de la moda y de la novedad, la instrumentación del caos. Imágenes que nos advierten de los peligros engañosos de una cultura que, revestida de ropajes llamativos, seduce y fascina con imágenes inconscientes deformadoras de la realidad, las cuales empero en realidad no conducen sino a la muerte. El gran error de la modernidad ha sido doble: por un lado, pretender que es posible para el hombre vivir ausente del espíritu; por el otro, intentar poner el acento de lo infinito de lo eterno en potencias que marchan en dirección contrarias al espíritu, como si hubiésemos nacido antes del bautismo –precipitándose el hombre por las ajadas vías del cinismo, del epicureísmo o de la voluntad de poderío. En ambos casos los resultados han sido desastrosos, reflejándose en una serie de síntomas de crisis, insatisfacción y excentricidad en la humanidad que la han ido empujando, poco a poco, al borde de los enrarecidos abismos psíquicos y culturales de nuestro tiempo.[1]
   Experimento plástico, pues, que nos habla de la experiencia cardinal del hombre contemporáneo, quien lejos de contentarse con las ideas edificantes o el hábito de la religiosidad instituida, ciertamente en declive, ha querido probar por cuenta propia y riesgo las tensiones y contorsiones del alma escindida y desgarrada de la modernidad para, ya al borde de la desesperación y de la estridente psicodelia inane o de la irrealidad, verse acorralado al planteamiento de las preguntas últimas, filosóficas, religiosas y metafísicas, para encontrar como único refugio y última salida el recalar de nuevo en las poderosas tradiciones que han dado continuidad a la cultura y a la nobleza del ser humano a lo largo de las edades.
    Una antigua leyenda mexicana cuenta que el perro robó el fuego a la rata para dárselo a los hombres, apareciendo así el perro amarillo como un héroe ancestral ligado al ciclo agrario el cual, a pesar de ser considerado libidinoso por haber robado a la serpiente el fuego civilizador mediante el acto sexual, es el guardián de los lugares sagrados, el compañero que guía al sol en su carrera subterránea en el país de los hielos y las tinieblas, encargado también de destruir a los enemigos de la luz quien, familiarizado con lo invisible, protege contra las hechicerías al aportar el antídoto, anunciando así la guerra contra el búho demoniaco, siendo por ello efigie de la iniciación espiritual y la renovación periódica. El perro entonces, incoherente, juguetón, seductor y desbordante de vitalidad, asocia los principios tierra-agua-luna, siendo su significación oculta más bien la de los poderes de la hembra, del alma sexual y vegetativa, pero también adivinatoria, el cual se deja devorar finalmente por el lobo (el oro consumido por el antimonio), o se sacrifica para purificarse al devorarse a sí mismo.
   Dando paso más lejos, el abigarrado retablo insinúa, en la vertiginosa permutación de sus combinatorias giratorias, otra interpretación: la idea del profético galgo futurista, del lebrel que entrevió proféticamente Dante en su Comedia, que no se alimenta de tierra (poder) o de peltre (dinero), sino de amor, sabiduría y de virtud. Si el lebrel es en la heráldica emblema del fiel vasallo del señor, caracterizado por su ardor y coraje en los peligros, símbolos de la bizarría de espíritu y de la veracidad, Virgilio, el inmortal poeta, le explicará su significado profético: el lebrel que aparece luego de la visión de las tres bestias que circundan la entrada a los infiernos se refiere a una figura que vendrá en el futuro y hará morir a la escuálida loba demacrada, cuya avidez, codicia, envidia y acciones fraudulentas empuja a muchos a la selva del pecado, haciéndolos vivir miserablemente. Símbolo efectivamente enigmático, el lebrel que no duerme representa una figura mesiánica enviada por Dios para arruinar al dragón colosal (el enemigo exterior), ya que al alimentarse sólo de espíritu resulta inmune al poder de la codicia y el materialismo que amenaza a la humanidad. Situación paradójica también la de éste símbolo, pues al ver el lebrel cerrados todos los caminos temporales descubre en la vía contemplativa y la renuncia al mundo una solución trascendente a los problemas humanos, radicados en la salvación del alma inmortal, poniendo con ello fin a la mundana avidez temporal, persiguiendo y cazando a la loba cargada de deseos por su instinto cruel y insaciable, hasta hacerla morir entre dolores y encerrarla finalmente en el infierno, creando con ello un reinado de justicia y de paz fundado en valores reales y universales. El lebrel entonces iría amordazado con un bozal de represión -por ser la verdad indicio de sí misma -y de lo falso.[2]




[1] Para Pablo (Epístola a los Romanos 1. 18 a 32) tal crisis desembocará en la ira de Dios –escrito bíblico que, entre otros, suma una presión más, esta bimilenaria,  a nuestra tiempo. Porque la ira de Dios se manifiesta desde el cielo, dice el escrito, contra toda impiedad que detiene la verdad con injustica –porque las cosas que de Dios se pueden conocer Dios se los ha manifestado y son entendidas desde la creación del mundo y se ven claramente, que son su eterno poder y dignidad; por lo que no tienen excusa los que han conocido a Dios al no glorificarle y darle gracias, antes desvaneciéndose en sus discursos que no tienen a Dios en su entendimiento, siendo por ello entenebrecido su corazón, trocando así la gloria de Dios incorruptible y mudando la verdad en mentira, al honrar y servir a la creatura antes que al Creador, idolatrando imágenes del hombre corruptible, de aves, de animales de cuatro pies y de reptiles, por lo cual Dios lo entregó a un perverso entendimiento, a la inmundicia y a sus afectos vergonzosos, según las concupiscencias de sus corazones, para que haciendo lo que no conviene deshonrasen sus cuerpos entre sí, cometiendo torpezas contra natura los unos con los otros.  
[2] Alighieri Dante, La Divina Comedia. Capítulo I. Ver también Jeremías… y Apocalipsis 18, 3-6. 








martes, 6 de agosto de 2013

Paty Aguirre (Fragmentarium) VIII.- Lo Angustia por lo Temporal Por Alberto Espinosa Orozco

Paty Aguirre (Fragmentarium) 
VIII.- Lo Angustia por lo Temporal 
Por Alberto Espinosa Orozco

 


   En un segundo grupo se encuentran los retratos de una serie de seres humanos sujetos a la estrechez y limitación, no tanto material o de la necesidad, cuanto ética o moral, por tratarse de la esfera donde el hombre se concibe exclusivamente confinado en su finitud: ya meramente como carne para el goce de los sentidos, ya para el despliegue de sus fuerzas instintivas o para desarrollo de su voluntad de poder –siendo su visión del mundo, por consecuencia lógica, la de un ser arrojado ahí (Dassein), la de un ser sin esencia propia, determinado por su sola historicidad y el juego social, siendo su angustia radical al ser constitutiva, por ser sin posible trascendencia metafísica, por ser para la muerte.
   Su cifra, en efecto, es la vida vivida desde angustia radical que se desvía de su objeto propio, el interior de la persona, para concentrarse en el confinamiento de lo temporal y proyectarse así como una incontrolada sed por alcanzar los estados de conciencia que brinda la comodidad, también por un ansia de posesión de las cosas temporales y finitas. Hombre sumidos pues en la barbarie, por falta de civilidad, por ajenos a la tradición y a la razón, que propiamente son incapaces de hablar la verdadera lengua, anclados a un folklorismo a medias ficticio a medias vernáculo, que en la urbe o en el salón solo atina en su expresión a dar con el vocabulario propio de las pasiones, o con el elemental de la vida biológica y de las emociones. 
   Aparecen entonces representados en la obra, a manera de emblema para tal sector, el conjunto hacinado de los ratones, en cuyo pequeño grupo va inscrita la idea del parasitismo, de la miseria moral que comunica la peste o que contagia y propaga las enfermedades. Se trata también del lugar emblemático reservado en la gran composición al símbolo zoomorfo de las actividades nocturnas y clandestinas, relacionadas con la avidez, el robo y la apropiación ilícita de las riquezas, o bien con la nerviosa avaricia, al estar los pequeños robadores fascinados con el poder y el brillo –razón por la cual, ligados al horror por frotarse sus pequeñas y delgadas manecillas en actitud que evoca la ambición y las atrocidades inmundas y despreciables de lo oculto, han sido asociados con la guerra, la muerte y la pestilencia.



   Así, los ratoncillos son un emblema de la sólita ignorancia cultivada de nuestro tiempo, que a fuerza de perderse en lo exterior da la espalda a la inteligencia, contrayendo el mayor de todos los peligros: el que circunscribe el espacio de las singularidades a una nota común: la codicia por los bienes materiales y la ambición vulgar por  el dinero. Lejos de ellos la reflexión de que si no trajimos con nosotros nada al mundo, nada podremos llevarnos de él con nuestra partida; permaneciendo así tan hinchados de orgullo distantes de la humildad, que se conforma y contenta en el trabajo, con la comida y el vestido. Así, el retablo no deja de insinuar cómo es que el afán por la comodidad, la seguridad y el dinero resulta la raíz de todos los males, pues los que quieren enriquecerse caen en la tentación de muchas codicias insensatas y perniciosas, siendo así lazados por el diablo que los hunde en la ruina y la perdición. Porque muchos que se dejan llevar por el afán del oro se atraviesan a sí mismos con muchos sufrimientos y dolores.[1] Porque el  riesgo mayor de la avidez por la riqueza es la perdida de la infinitud ética, y el peligro de hundirse con ello, cada vez más y más, en la limitación y estrechez moral, bajo las cuales el hombre se modifica a sí mismo hasta volverse en realidad completamente finito -convertirlo finalmente en una repetición, en una cacofonía o en un número, que terminan por disolver al hombre o extraviarlo, al no ser sino uno copia, un cualquiera, tan sólo uno más de tantos y tantos. También regresión del hombre a las formas de la animalidad, pues, que luego de llevarlo a ser una cabeza de ganado, amenaza con solidarizarlo con niveles más bajos de la creación.
   Desesperarse por lo temporal, la angustia derivada de matar el tiempo y dejar las cosas simplemente correr, encubre sin embargo un ansia más interior, brumosa e inconfesada, cuyo trasfondo no es sino la desesperación por lo eterno. Si el yo se vuelve irreal en la existencia posible de lo infinito abstracto, por el contrario cuando sólo obedece y se somete a la necesidad de las fronteras interiores se trasforma en mole o tiritante gelatina, donde todo se ha convertido en necesario y en meramente espacial, ya por en la pura trivialidad de lo cotidiano, ya por las cuestiones de hecho de las rutinas burocráticas (matter of facts) –donde sin embargo sopla como un viento fatigado la fría helada del espíritu. Mundo sin metáfora ni fantasía, pues, en el cual la pura ambición materialista del egoísmo ciego abstractamente deposita lo absoluta en una forma disminuida de lo infinito o la vacía en un molde enfermizo de lo eterno: alcancía de las ambiciones donde todo se va convirtiendo en el despilfarro de las pulsiones urgentes de lo necesario. Así, al volverse  su dios la necesidad, al no tener ningún Dios, la religión del hombre se traslada a la sumisión mundana, bajo cuyo yugo  sobreviene la asfixia, proveniente del alejamiento del espíritu, de la perdida del espíritu en el hombre,  que estando incapacitada para la plegaría termina por no poder respirar a todo pulmón y oxigenarse.



    La necesidad se presenta entonces como pura pedantería falta de espíritu o como pura trivialidad carente de toda realidad y posibilidad efectiva, moviéndose entones el hombre en la atmosfera vaporosa del cálculo: de lo que es posible dentro de la probabilidad. El ranchero y el burgués entran así en una curiosa asimilación negativa: el no tener ninguno de ambos imaginación, transcurriendo sus vidas en una insulsa sumatoria de  experiencias banales donde prevalece lo sensible sobre lo intelectual. Hombres dominados por lo onírico, pues, donde lo sensible se mueven solo en el estrecho espectro estético de lo agradable-desagrabable, que en  aprensión casi táctil del mundo ruedan angustiados simulando gran seguridad, falsa en el fondo por vacía de espíritu, hasta que finalmente cesan las ilusiones de los sentidos. En todo caso ocultamiento y simulación de la verdadera realidad: la secreta desesperación que roe el interior de la persona cuando se es simplemente de hecho,  inconsciente de ser espíritu, y donde el amor sobre el trasfondo del mundo es visto sólo como forma voraz y feroz del egoísmo, es decir, como un recurso más para el desesperado. Placeres refinados, ennoblecidos, elevados, embellecidos, que sin embargo no son más que virtudes paganas: vicios espléndidos y rigurosa negación moderna del espíritu.
   Mundo de vanidades y de infatuados, pues, que le dicen alegremente adiós a la verdad, sacando acaso un pañuelo blanco en la estación para despedir al tren de la trascendencia,  para inmediatamente después marcharse a vivir en los sótanos del inconsciente y sumirse en las cloacas de la molicie del cuerpo, en un constante y angustioso dejarse ir tras los engaños de lo  aparente, siendo así fácilmente succionados por las valoraciones de lo que es indiferente.  Hombres naturales, inconsciente del espíritu, cuya autenticidad alanza el radio de los objetos a la mano, que gastan sus días en la eterna monotonía de despojarse de su originalidad característica y retornar a la primitiva barbarie.
   La mundanidad es la suma de los hombres adscritos al mundo, de los hombres castrados espiritualmente, despojados de su originalidad primitiva, quienes pierden su singularidad más esencial renunciando a ser sí mismos por miedo a los hombres, resultándoles fácil y cómodo ser como los demás, perdiendo la fe en sí mismos en favor del éxito mundano, de la vida cómoda y placentera, de la facilidad y seguridad que otorga ser como los demás -pero que están despojados de su propio yo por el cual arriesgarlo todo, callándose prudentemente para verse más bonitos entre la muchedumbre, siendo sin embargo como una moneda acuñada en serie, como una canica pulida y sin bordes, como un mono de imitación o un número perdido en la multitud que sin tener un yo propio, sin ser propiamente personas, resultan, empero, terriblemente egoístas.



   Por parte del paciente puede decirse que sobre sufrir un estado de ansiedad suele presentar un cuadro de rebeldía e inconformidad, baja autoestima, depresión e intermitentes ataques de ira, a los que hay que sumar una vaga distracción ligada a una retrogradación hacia la animalidad en la que funcionan exclusivamente los instintos elementales, en una reducción de la persona que, de ser del sexo femenino, es sometida por rufianes y proxenetas a base de maltratos, golpizas, sin faltar el abuso físico y la violación, compensando tales vejaciones con dosis indiscriminadas de estimulantes, somníferos, excesos alcohólicos, verbales y de comportamiento –a todo lo cual hay que sumar los sentimientos de vergüenza y culpabilidad que acompañan como una sombra a la víctima, determinada por poderosos instintos biológicos. Animal humillado, vegetal dormido, que en la bonanza de la carne, en la voluptuosidad o en la concupiscencia, encuentra una forma vulgar de equilibrio –estando sin embargo reducido, disuelto en un plasma amorfo dentro del cual abrazadas se debaten la desesperación y la nada. Proceso de animalización del ser humano también, que al solicitar solo las exigencias de la nutrición, que al anhelar solo los beneficios materialistas y la bonanza de la carne, termina no sólo por no relacionarse con Dios, sino tampoco consigo mismo, llegando así a una completa disociación de la propia personalidad.
   Caída en la mundanidad, pues, definida como esa instancia que atribuye un valor infinito a lo que en realidad es indiferente, construyendo para ello ídolos de barro; instancia también que se apresura a remarcar las diferencias entre el hombre y sus hermanos para con ello hinchan compensatoriamente el ego -siendo en realidad el yo la cosa sobre la que el mundo menos quisiera saber, y la cosa por tanto más peligrosa en el mundo, donde resulta de lo más riesgoso hacer notar que se tiene un yo, que se ha labrado una personalidad propia o que se es original, pues en tales casos se ha abierto el insondable poso de la memoria y del alma humana. Por lo contrario, perder el yo pasa en el mundo como una cosa sin importancia, como una nadería, aunque sea justamente en ello que el mundo trabaja infatigablemente y pone todo su interés. Su resultado suele ser que el hombre reducido a una cifra y devorado por el mundo no sea más que un puesto, un lugar en el sistema, un número al que le precede uno y le sucede otro -y que al carecer de una relación con la infinitud se vuelve perfectamente finito debido a sus estrecheces y limitaciones ética, siendo como todo el mundo, una repetición monótona troquelada en serie. Vida definida, pues, por su exterioridad, que en esencia no nos hace distinguibles de los animales, donde el simbolismo mismo queda confinado a las capas más exteriores de la apariencia finita, vana, sujeta a corrupción y al polvo, o de la ropa, de las joyas, de los versos o las aparatosas posesiones temporales.



   El error fundamental de la estreches moral es a fin de cuentas el del prevalecimiento de lo sensible sobre lo intelectual, donde los hombres al ser dominados por lo anímico-sensual no pueden sino ver a las sensaciones como su dicha, consecuentemente despidiéndose del espíritu y de la verdad. Empero, cuando las ilusiones de los sentidos cesan en la total falta de espíritu, cuando pasa el goce efímero y el éxtasis toca sus límites extremos para extinguirse, la seguridad vacía de espíritu se esfuma también y sobreviene entonces la terrible angustia y el tambalearse de la existencia. Entonces los hombres dedicados a la innoble tarea de engordar y crecer como bueyes haciendo alarde de ser no más que vientres, enfrentan el peligro mayor, que devora a naciones en masa: la superioridad vacía de espíritu, que  no es en el fondo sino secreta desesperación, cuya sobrada irresponsabilidad consiste en no ser consciente de sí en cuanto espíritu ni de querer serlo, fomentando así el estado larvario de confusión y de tiniebla interior, ya sea entregándose desaforadamente a la inmediatez, ya sea viviendo en esta misma inmediatez como alguien quebrantado por haber perdió su posición en lo temporal. Pérdida del espíritu, pues, que conlleva perder la posibilidad de reconocimiento de uno mismo e incuso toda intimidad, ya en el extravío de la farsa de las aventuras de la inmediatez, ya al estar sometido pasivamente a las presiones de lo externo. Vida que al tener poca conciencia de existir el hombre en tanto espíritu, queda relegada a la inmediatez, ya arrojándose a una especie de ingenuidad infantil y encantadora que lo que busca en realidad es la suprema astucia salirse siempre con la suya, ya dándose alternativamente a la frivolidad de la irreflexión, a la chismosería y a la maledicencia de la hipocresía disimulada, ya a la ingeniosidad sofisticada en que consiste el vano activismo de los sueños.
   Comprensión completamente trivial y materialista de la existencia que, queriendo desentenderse de sí misma y desesperándose por lo temporal, no hace en realidad sino encubrir la angustia por la pérdida de lo eterno, troquelándose así un yo  terco e inferior, que se arroja a la inconsciencia, por debilidad y fragilidad o por soberbia, hundiéndose  más bajo cada vez al someter y emparejar el espíritu del hombre al ser del animal. Retrato, pues, de las escenas anodinas del hombre natural, incapaz de comprender y someterse a lo extraordinario que anida en el espíritu. Estrechez de corazón también, que lucha contra lo eterno que hay en el hombre, tratando de emparejarse a los hechos meramente externos de la existencia, hasta el grado de desear aniquilarlo todo hundiéndolo en el barro.  



   Por un lado, debilidades de la carne humana, extirpada del logos, de la razón y del verbo que también la constituye,  la cual no puede sino dar por resultado una caterva de seres brutalizados o enviciados, que aplauden a la mentira que a la vez los esclaviza. Porque el pecado, empezando por ser consciente de sí, luego se sustrae a la clara conciencia de lo que se hace, oscureciendo así el conocimiento; ya sea al hilar el hilo de la ley, de manera farisaica, pero sin expresarla en sus vidas, volviéndose así farsantes que se amoldan a la mediocridad del mundo entorno, donde no hay fuerza de elevación ni vida en el espíritu; ya oscureciendo el conocimiento ético-religioso al dejar, como los antiguos paganos, que la naturaleza inferior acreciente su victoria al no comprender lo que es justo ni querer comprenderlo. Por el otro, complacencia y complicidad con el “derecho natural” propuesto por el mercado a depredar y a deglutir, para sí libar sin asomo de culpa las requete buscadas sustancias. Intento también de legitimar con ello una “jerarquía natural”, no basada en la fuerza bruta como la de los animales, sino en la fuerza de la habilidad, de la astucia y de la inteligencia práctica, la cual no deja a los descalificados sino la lucha a ciegas para intentar sobrevivir  –imponiendo con ello el orden de la impunidad, la mentira y la injusticia.



   Retrato efectivamente de nuestra época, asaltada por una variante especialmente frívola del diletantismo y de la simulación, donde la experiencia humana individual se ha reducido al ámbito de lo meramente profano, permaneciendo el alma individual distraída y del lado de los objetos meramente exteriores apechugando sólo la mera superficie de los símbolos caducos, cuyos signos en rotación, por virtud del mercado, la publicidad inhumana y el consumismo, producen a la larga una inextirpable sensación de vértigo e intoxicación colectiva, el cual arroja a la arena de la luz pública una serie concatenada de imágenes que no penetran la vida interior, ni la comprometen, ni la embellecen. Símbolos, pues, que ni pertenecen a la actividad propia de la fantasía colectiva, ni a una experiencia social auténtica; emblemas en cierto sentido vacuos que, al parejo del falso folklorismo trascendental, están ligados artificialmente a su institución, al ser solo el reflejo de la agobiante y monótona vida moderna, acomodada inconscientemente a la represión del deseo de no querer o no poder entender, constitutivamente incapacitada para comprender ninguna analogía, ninguna alegoría o imagen sobre la verdadera naturaleza del alma humana.
   Liviandad de lo externo y crudeza de la realidad, pues, que conduce en sus zonas limítrofes y extremas a la barbarie moderna de dislocación de las formas y de la disolución de las fronteras, donde se desarrolla una estética inconsciente de lo trágico y de la bizarra promiscuidad y en la que conviven sin distinción alguna la estilización de las formas y la fealdad, mezclando de alguna forma la ambición por altura y el regodeo en la bajeza, produciendo así indefectiblemente una realidad alarmante o desgarrada, donde el alma humana sufre los embates cosarios del irrespetuoso igualitarismo o la indistinción de la violencia. Así, una de las cosas que nos enseña la artista Patricia Aguirre al pasar revista a tales figuras es que de la humanidad no se puede escapar pero no por ser ella hereditaria, sino por ser una tarea y un ámbito en el que se entra por medio de a educación y de la cultura, en esencia por la anamnesis, donde el valor de la humanidad es propiamente otorgado y conferido. El hombre en estado natural resulta, por lo contrario, de lo más deprimente, al hacer cosas que resultan ridículas o divertidas, es verdad, pero también terribles y repugnantes. Porque de lo humano no se puede huir, ni hay escapatoria espacial ni vuelta atrás en lo temporal, pues en materia del espíritu no existen los cangrejos cronológicos pretendidos por el neo-paganismo postmoderno y contemporáneo nuestro que quisiera ser como antes del bautismo. Se trata en el fondo de n muestrario que retrata a la sociedad postideológica nuestra, desinteresada por completo de la mentira y el pecado, de la violencia incoherente, de la droga, de la contaminación del planeta y del mercado que dicta el consumo. Sociedad irresponsable ante el futuro también, cuyos objetos últimos son el consumo y la especulación financiera: paraíso inocente y cínico de ciudadanos que viven para consumir como los cerdos que viven para engordar, en beneficio de quienes los engordan, y todos ellos en una existencia cuyo verdadero fin que se les escapa. 



   Es así que la secuencia puede cerrarse con aparición del símbolo del sapo, el cual representa el aspecto acuático del ratón. El sapo, en efecto, es el emblema  que anuncia o que es portador de las lluvias; sin embargo, las metamorfosis del anfibio hacen pensar, más allá de sus asociaciones con la fertilidad, en las modificaciones y mutaciones del ser, cuya imagen se resuelve  en la del príncipe convertido en sapo –estando la imagen relacionada así con los hechizos demoniacos, con la estupidez y con la magia negra. Símbolo de la materia oscura, de la tierra fecundada por las lluvias y de la sexualidad femenina, la imagen remite también a los pensamientos fragmentarios y dispersos, a la enseñanza aburrida y rutinaria, y a las preocupaciones materiales de la existencia. Porque el símbolo del sapo, que  hace referencia a la transición entre el agua y la tierra, siendo por ello una imagen ambigua de la evolución: la del paso de lo heterogéneo a lo homogéneo que, sin embargo puede involucionar, simbolizando por  tanto la vuelta de los sucesos ya superados y la torpeza humana –pues el sapo,  por vivir en un pozo o en una charca, es símbolo de lo viejo, de la lentitud y de la lujuria.
   Las imágenes de ratones y ranas remiten a determinadas formas de la descomposición y de la disolución, de la suciedad y de la podredumbre: a las colonias de larvas y gusanos que crecen con una vitalidad monstruosa en los cadáveres, como las ranas y ratones que crecen y se reproducen incontroladamente que a su vez producen un sentimiento biológico de nausea y asco. Sentimiento de temor que penetra directamente en lo biológico, por ser cosas que atentan directamente en contra de la vida; ansiedad también por la correspondencia que tales imágenes pueden tener con el humano revolverse de la masa viviente de la gente, ante el temor de quedar aniquilado el individuo bajo una categoría múltiple. Sentimiento de repugnancia, pues, por el hormigueo y el pulular de los parásitos, asociados a los harapos de los muñecos mugrosos, a los terrenos mugrientos y a las enfermedades asquerosas. Visiones todas ellas que conducen a una especie de ascesis laica, a la contemplación de cómo es que todo se descompone en este mundo evanescente de ilusiones y transido por los dolores. Imágenes de la pesadumbre del mundo que, sin embargo, conducen a la indiferencia de la contemplación y a la ecuanimidad de la conciencia, que ya sin las perturbaciones de la voluptuosidad o del apetito puede contemplar igual una pierna de ternera que la de una mujer.  





[1] (1ª Carta a Timoteo, 6; 9  a 10)







domingo, 4 de agosto de 2013

Patricia Aguirre (Fragmentarium) VII.-Posesos y Alienígenas: la Desesperación por lo Infinito Por Alberto Espinosa Orozco

Patricia Aguirre (Fragmentarium) 
VII.-Posesos y Alienígenas: la Desesperación por lo Infinito 
Por Alberto Espinosa Orozco
 


      La enumeración indistinta de seres psicopatológicos, de alienígenas y de villanos, destructores del mundo y de si mismos, en el fondo por odio radical contra sus propias personas, da así una sensación de infinito, de casos generalizable a una unidad de sintomatología, la cual se revela como una profunda enfermedad del espíritu: la de no poder morir a lo humano, la de no poder arrojar por fin fuera de sí la parte de trascendencia, de eternidad e infinitud que también nos constituye, postulando entonces la perversión de ese espíritu mismo mediante la tramoya del conocimiento, la voluntad de poder  o los sentimientos primarios fundamentales para, finalmente, hacer  del hombre un ser extraño a si mismo. Almas atormentadas, es verdad, por la desesperación cifrada en el no poder llegar a ser sí mismas, ya sea por alejarse lo más posible del espíritu, ya por rechazar directamente lo eterno, ya por estar atenazadas por las culpas y las faltas individuales azuzadas colectivamente.
   Hombres que van llenos de mundo pero vacíos de la promesa, que no pueden ni liberarse de sí ni anclarse en sí mismos, viviendo irremediablemente el vértigo del espíritu al vivir eviscerados del centro estable de la persona. Vidas satelitales, que giran fuera de sí, y que de tal forma emprenden una guerra contra la existencia misma al estar roídos desde las entrañas por el gusano inmortal, cuyo fuego inextinguible resulta, empero, impotente para devorar lo eterno. Enfermedad mortal, es cierto, consistente en vivir la muerte, en empezar a morir en vida desde la propia existencia eternamente -puesto que lo espiritual en el hombre no puede ser aniquilado, siendo su misma autodestrucción una empresa frustránea e imposible, incapaz en todos sus puntos de lograr lo que desea. Enfermedad de la voluntad y del deseo cuya fogosidad no es sino la frustración de un incendio helado, y cuyo amor no es sino una cólera secreta provocada por la carcoma insensible que consume el interior del yo.
   Así, la artista pasa revista a un grupo de poderosas imágenes de la psicología postmoderna, visitando, en una primera selección, las figuras de aquellos seres que, cargados de indeterminación, reflejan en grados ascendentes la angustia existencia y la desesperación por no poder llegar a ser sí mismos, contrayendo por tanto algún tipo de alienación, ya enajenándose en otras potencias, ya dejándose absorber por la locura del mundo, ya siendo invadidos por los malos espíritus, exorbitándose entonces del centro más estable de la persona a las zonas psicológicas periféricas y tangenciales propias de la distracción y el diletantismo, relativamente más ligeras y frívolas, o hundiéndose en las oscuridades sin fin y sin principio de la negligencia.
    Sección de personajes que conjunta a un equipo indistinto de desesperados, una de cuyas manifestaciones generales es, no tanto el peligro de hundirse en la necesidad, sino en la posibilidad de lo infinito –volviéndose el yo del sujeto en algún sentido irreal o meramente imaginario, a la vez que un receptáculo propició para anidar a los monstruos que pululan secretamente por el inconsciente. La fantasía se presenta entonces como el medio de toda infinitización. Porque la imaginación, facultad de toda posible reflexión que permitir la reproducción del yo al proyectarlo sobre la superficie analógica de lo posible, puede conformar la imagen del yo como una posibilidad meramente abstracta, alejada cada vez más de lo que es concreto y de las propis limitaciones subjetivas. La fantasía, en efecto, trasporta al hombre hacia lo infinito, siendo por ello lo fantástico propiamente lo ilimitado. Sin embargo, cundo las analogías marchan en una dirección carente de sustento, ya sea al apoyarse en emociones hueras o carentes de raigambre en la realidad, cuando las emociones mismas se vuelven ficticias quiero decir, desencaminan al hombre, el cual cae tarde en o temprano en el ardid de sus propias abstracciones, por al ser llevado por su astucia a alejarse de sí mismo todo lo que puede, distante, irremediablemente lejos de sí mismo sólo puede ser ya una sensibilidad meramente impersonal, participando de la humanidad solamente a gran distancia de forma perversa, morbosa e inhumana. Porque en el intento de volverse el hombre infinito por medio de  hacer del yo una existencia fantástica al postular una infinidad abstracta, no puede la persona sino perder las coordenadas de sí mismo, yendo a la ciertamente proa de lo imaginario, pero faltándole propiamente un yo -sin que por ello deje ni de hundirse en esa infinitud, ni de exacerbar sus ansias egoístas.
   Uno de los emblemas del excentricismo es por ello la figura del payaso, quien con su frente bombacha expresa mímicamente la capacidad y potencial de su inteligencia, la cual empero lo lleva a pasarse de listo. Larvado por el gusano de lo morboso y estrambótico, su pensamiento muestra el gusto por la disonancia con su abigarrada indumentaria, la cual conlleva las marcas de lo indeterminado y lo inconsciente, propio de una persona sin ideales, sin principios ni carácter. Su cara empolvada, a la manera a la vez de un velo y de una máscara, indica así la raíz de su situación conflictiva: la del ser que no ha conseguido individualizarse o que propiamente no ha logrado estabilizarse persona, al ser incapaz para desligarse de la confusión de los deseos, de los proyectos y de lo posible. Aspiración a la totalidad y a lo infinito que, sin embargo, al exceder la proporción, la distancia y su propia medida lo confina al círculo interior, donde conviven confundidas habilidades, suertes, ideas y destrezas, utilizadas por otra parte con el propósito, expreso o inconfesado, de manipular la realidad, rasgo que se revela en su propensión abyecta a la adulación. Su deseo impulsivo a decir la verdad bajo el disfraz del disparate  o del hiriente chascarrillo satírico o de las abstrusas cantinelas, revela su modo curvo de ser, esa modalidad de lo indirecto y lo alusivo cuyo último trasfondo de interés es frecuentemente el regodeo en el barro de la indecencia.
   En otros casos el impulso de conocimiento infinito aparece como una ascensión inhumana que destruye el yo del hombre; lo mismo sucede cuando el sentimiento se torna imaginario evaporando al yo. Su castigo es el de llevar una existencia fantástica dentro de una infinidad abstracta. El yo, en efecto, puede quedar finalmente confundido con una posibilidad abstracta cuando no atiende a su limitación o a su contexto, cuando se olvida de la necesidad ajena y de la finitud personal, debatiéndose entonces hasta el cansancio en los incontables ramales de lo posible, que se abisman para tragarse al yo, encerrándolo de tal suerte en un círculo de fantasmagorías y volverlo irreal. Porque la posibilidad es un espejo engañoso, que al lleva al yo hasta muy lejos le impide regresar y concretarse para volver a ser sí mismo. El hombre  ha perdido entonces el camino de retorno, rompiendo amarras y extraviando los orígenes, huérfano de la tierra y de sí mismo, postulando entonces un yo neurótico angustiado, que por temor la garantía segura de su yo se arroja al apetito mercenario, arrojándose con ello paradójicamente en los fúnebres brazos de la disolución y de la muerte.
   Cuando el yo quiere disponer arbitrariamente y ab libitum de si mismo, cuando el hombre se postula como su propio creador, cuando quiere hacer de su yo el yo que quiere ser y determinarlo a su capricho y a su antojo, dejándose hasta cierto punto diseñar por las presiones externas para lograr lo que pretende, en realidad el sujeto se postula entonces como un mero experimento que, sin embargo, no llega a ser ningún yo –por más que tenga la conciencia de ser en acto y por más que instrumente la escena espectacular que lo consagraría. El desprecio hacia las propias limitaciones o deficiencias personales puede conducirá a un rechazo de lo inmediato, rechazo del tal potencia que lo hace concebir un yo infinito como la más abstracta de las posibilidades  -no a favor de lo eterno, sino del hermetismo y de la muda soledad interior, en cuya intimidad, en cierto modo inexistente, se destruye la relación con el espíritu. Yo activo que, al querer ser infinito, no puede sino intentar empezar desde el principio construyendo su yo desde la raíz y a cada paso, encarnando de tal manera una forma imaginaria que lo infinita al no poder reconocer ningún poder trascendente sobre sí. Anarquía de la interioridad, pues, que por más que atribuya a sus empresas una significación infinita deviene en una seriedad sin gravedad, fraudulenta y hermética, que se refugia en la soledad para extraviarse en las profundidades turbadas de la interioridad o en los laberintos y embrollos del orgullo. Yo en cierto modo infinito, cuya destreza de experimentador llega muy lejos, arrojándolo sin embargo a la esclavitud de querer impotentemente justificar haber llegado a ser lo que es, siendo su interioridad propiamente demoniaca, manteniendo en total hermetismo su interioridad como el más sagrado de los secretos, escondiéndose bajo un disfraz o una mascara de la mirada de la gente al poseer un yo que en realidad es espectral y vacío, permaneciendo desligado en su infinitud de la posibilidad de poseer un yo en el que lata algo eterno. Yo hipotético, pues, que se propone como absoluto al construir sus castillos en el aire y que tiene que luchar todo el tiempo contra las nubes.

   Así, desfilan por la pasarela del pequeño mural una serie de contraimágenes del hombre centrado en sí mismo, las cuales se presentan como individualidades por decirlo así intermitentes, que movidas por la ansiedad insoportable se detienen esporádicamente en la estación de la lucidez, para al instante siguiente partir apresurados, aguijonados por una especie de campaña que los altera y que los llama, adquiriendo entonces sus personalidades demoniacas. Hombres endemoniados, pues, que corren buscando la el veneno que los sacie,  presentando a la vez la presión de su pecado bajo las formas más tentadoras, rehuyendo cualquier intención de debilitarlo, pues sólo pueden ya vivir dentro de la consecuencia consecutiva del pecado, dándoles la impresión de hacerse así un yo compacto y tomando todo ello como su personalidad propia. El hombre endemoniado se ha encerrado entonces en la prisión de su propia consecuencia, al grado de no querer en lo absoluto habérselas con el bien, de tener angustia del bien, viendo en el bien a un enemigo, queriendo entonces oírse solamente a sí mismo -pareciéndole el arrepentimiento una cosa vacía y la gracia algo insignificante, manteniéndose con ello enhiesto en medio de su naufragio al arrojar fuera de sí toda verdad, todo lo que es bueno y lo que es noble, tomando el hundimiento como una misteriosa fuerza de elevación que  los aligera y glorifica al elevarlo sobre las aguas abismales donde moran los demonios. Aprisionamiento diabólico dentro de la interioridad, es verdad, que  aparece en todo lo que tiene de vacío interior cuando ya no se tiene nada por que vivir o cuando se ha huido de las representaciones de la vida. 






jueves, 1 de agosto de 2013

Patricia Aguirre Fragmentarium VI.- La Envidia: Ególatras y Narcisistas Por Alberto Espinosa Orozco

 Patricia Aguirre Fragmentarium
VI.- La Envidia: Ególatras y Narcisistas 
Por Alberto Espinosa Orozco
 


   Uno de los fenómenos pasicopatológicos más comunes en nuestro tiempo es el de la envidia. Enfermedad de los ojos, la envidia es en sí mismo un sentimiento equivocado, un error capital, raíz de variopintos trastornos de la personalidad. La enfermedad de la envidia puede definirse como un sentimiento negativo de frustración insoportable ante el bien de otra persona, él cual lleva aparejada la intencionalidad de causarle daño. El tipo humano a que da lugar es el del hombre esencialmente insatisfecho, infeliz consigo mismo, quien por odio radical contra sí mismo proyecta sobre otro y con rencor aquello que le falta, envidiándolo, con el deseo no tanto de apropiárselo (codicia), sino de destruirlo. Se trata en el fondo de la rabia vengativa del impotente quien,  privado de un bien que anhela, postula un enemigo imaginario a quien intenta destruir. Así, en lugar de luchar por sus anhelos, el envidioso se complace en trabar con el sujeto sobre el que proyecta su envidia una especie de competencia innoble, para así arruinar la `personalidad, la felicidad, la libertad, el éxito del otro que fuente de su envidia.
   Especie de admiración invertida es la envidia, la cual lleva a cabo una doble degradación del valor pues, por un lado, descubre que aquello que atrae su envidia no le daría felicidad ni lo colmaría, no pudiendo así utilizarlo como modelo, distanciándose entonces radicalmente de aquello procediendo, por otro lado, a disminuirlo, a minimizarlo, a desacreditarlo, de ridiculizarlo incluso, no pudiendo poner en el lugar del valor evaporado sino otra cosa de menor valor: la mezquina reivindicación personal. El mecanismo de la envidia está en los ojos: es agarrarle a alguien ojeriza, echarle mal de ojo, intentando en lo posible sembrar de escollos y de dificultades su camino.
   La envidia es así una de las formas de la cólera propia de personas débiles, acomplejadas o fracasadas, cuyos métodos de venganza y sabotaje son casi siempre indirectos o intelectualizados.  Su retorcida sintomatología se expresa en el complejo de inferioridad, el cual alcanza el sumum en las personalidades narcisistas, quienes exhiben un ansia incontrolable por descollar socialmente, por ser el centro de la atención, de ser más que los otros e, incluso, el mejor de todos –siendo ya del todo indiferentes o irrelevantes los medios para conseguir dicha posición. Característica asociado al complejo del narcicismo es el sentimiento e una profunda angustia por el éxito ajeno, ante lo cual se sienten amenazados, por el miedo irracional de quedarse atrás o de ser menos. Deseo contradictorio por lo que tienen los demás, su sentimiento de envidia condiciona entonces su personalidad, la cual se satura entonces de toda clase de rivalidades, de deseos de destrucción y de venganzas, de críticas infundadas, de rechazos y agresiones, pudiendo fácilmente convertirse en fuente  de complots, calumnias y difamaciones. Así el sujeto envidiado es postulado como adversario personal, al que el envidioso intentará dañar por resentimiento, no deteniéndose entonces ni ante el robo ni ante el asesinato.     
   La influencia de la envidia en lo político y en lo social es en nuestro tiempo inmensa, pudiéndosele considerar como un cáncer que infesta a todo el organismo de tremendas ansiedades, trastornos obsesivos, agresividad, falta de autoestima y de una frenética competitividad. Gran matriz de narcisistas y codiciosos, de rabiosos y despechados, la envidia no es en e fondo sino un sentimiento desdichado por no tener lo que tiene el otro, una tristeza por el bien ajeno y un agobio por sus triunfos que en su negatividad no puede sino conducir a modificar el humor en el sentido de una intensa amargura.
   La envidia es así un vicio de carácter, raíz de muchos otros pecados, siendo el enemigo número uno del amor al prójimo, de la caridad cristiana. Pecado de los ojos, deseo pervertido de privar a los otros de sus bienes y de actuar con desmayo ante los propios, la envidia es la negra semilla que engendra tanto la infelicidad ajena como la propia. Fuente de rivalidades cuya pasión vehemente se revela en el fondo como una falta de afecto por el próximo, al que en el fondo a la vez que utiliza le desprecia, careciendo finalmente el acosador de atributos ideales. Hombre carente de espíritu es así el envidioso, quien busca al victimizar al otro una compensación anímica, sobre la que levanta entonces el castillo de naipes de la superioridad, siendo por ello su sentimiento de seguridad tan intermitente como desfondado y sin asidero posible, pues se basa en valores y en atributos que en realidad no posee –resultando por todo ello su actuación tan engolada como fingida.
   Un paso más allá se encuentran los trastornos bipolares de la personalidad. Reino de de las manías, de las obsesiones fatales, de la locura y de la demencia, caracterizado por tratarse de genéricamente de una especie de depresión invertida compensatoriamente, para subir el ánimo o el tono afectivo, se intenta humillar o rebajar al otro, de causarle daño o causarle el mal. Tales depresiones se apoyan en un exceso de confianza, el cual pueden llegar a ser verdaderos delirios de grandeza acompañado por los síntomas de la ansiedad y la falta de reposo, de hipersensibilidad afectiva e hiperestesia sensorial. La aceleración excitada del pensamiento y la exaltación  las emociones da, sin embargo, frecuentemente lugar a disfunciones mentales, tales como la fuga de ideas, las constantes digresiones y divagaciones propias de la distracción, llegando al auto-abandono en cuanto al atuendo o en la higiene corporal.
   La locura va así frecuentemente acompañada por la labilidad emocional, siendo sus síntomas más evidentes la inmoralidad y la violencia. Enfermedad propia del espíritu que se revela prácticamente, en efecto, como una total ceguera respecto de los intereses y valores de los otros, manifestándose como desenfreno, pero también como agresividad, hostilidad, incuso como cólera que en ningún caso se deja amonestar. Los episodios maniacos van frecuentemente marcados por la inconsciencia, llegando en los trastornos obsesivos compulsivos a la repetición insistente de determinados pensamientos de forma incontrolada, los cuales pueden ir acompañados de rituales patológicos ligados a insistentes pensamientos negativos, a la magnificación del pesimismo y a una visión enteramente subjetiva de la realidad. El tono anímico de tales padecimientos es el de una exagerada susceptibilidad e irritación ante las opiniones contrarias, acompañada de temor y de preocupaciones exageradas. Cuadro patológico, pues, que al enfrentarse al otro intenta su manipulación y control, a que éste le obedezca por miedo, ya sea por intimidación o por la fuerza –desplegando así una fuerza esquizogeneizante bajo la cual el otro no puede ya no digamos desarrollarse, pero ni siquiera prensar o ser sí mismo. Cuando tales actitudes se difunden o generalizan socialmente, por un complejo sistema de convenciones que las avala, el hombre vive en un mundo donde la mayoría de las personas son otras gentes, donde sus pensamientos reales son otros a los que declaran o sus vidas son sólo una imitación.[1]





[1] Los tiempos trabajosos, los momentos difíciles por los que atraviesa nuestro mundo, son anuncios también de una cultura nueva por venir. En el fondo se trata de la locura de oponerse a la verdad. Locura de los hombres corrompidos del entendimiento, malos y embaucadores, cuyo número aumentará en los últimos tiempos, cuyas mentes retorcidas sembrarán de dificultades el camino, de acuerdo a la profecía de San Pablo el Apóstol: “Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos y fanfarrones, soberbios, difamadores y blasfemos, desobedientes, rebeldes a los padres, in gratos, irreligiosos e impuros, sin afecto natural o desnaturalizados, implacables y desleales, calumniadores, disolutos e incontinentes, crueles y despiadados, enemigos del bien, aborrecedores de lo bueno, traidores, temerarios, hinchados, más amantes de los placeres que de Dios, que teniendo apariencia de piedad niegan su eficacia.” (2ª Carta a Timoteo, 3; 1 a 5)  Mentes corrompidas de los hombres, como Janés y Jambrés que resistieron a la verdad enfrentándose a Moisés, cuya locura empero que no irá muy lejos, pues será manifestada a todos.