domingo, 6 de septiembre de 2015

Prisco Romo: las Torres del Arco iris Por Alberto Espinosa

Prisco Romo: las Torres del Arco Iris
Por Alberto Espinosa



I
   Corría el año de 1948 cuando dos acontecimientos paralelos tuvieron lugar en la ciudad de Durango; el uno fastuoso, la inauguración del Hotel Casa Blanca; el otro en apariencia nimio, la apertura del negocio ”Pirulí de Goma” de Prisco Romo, el cual era apenas un niño de diez años que a pie, pues apenas empezaban las bicicletas, probaba fortuna como dulcero y comerciante trasportando sus espigados conos envueltos en papel en una tablita perforada con un bote salmonero a un lado para el agua y unas tijeras de madera, de esas que usan los semilleros como soportes, vendiendo la golosina a cinco centavos la pieza. 
   Don José Prisco Romo Salcedo es oriundo de Durango, del Barrio de Tierra Blanca de la ciudad de Durango, pues nació en el año de  1938 criándose con su padre en una casa por la calle de Abasolo. Lleva sesenta años vendiendo su dulce mercancía, suceso que consigna su local, el cual es a la vez un móvil triciclo con vistosos adornos, con números gigantes recortados en espuma de poliuretano y pintados, pues son los correspondientes a su fidelidad al oficio. Debajo de la indicación del sexagésimo aniversario una leyenda empotrada en medio del escudo del estado sobre cuyo corazón reza una expresión escrita:”Años Endulzando Paladares Mexicanos. Un Buen Principio. ¿No Cree Usted? ” La sentencia no puede menos que mover a la reflexión, pues lo dulce que hay en la vida para mitigar las amarguras inevitables que se encuentran por los escollos y retorceduras del camino, equivale al consuelo y a la alegría de que nuestras jornadas, no por los sinsabores de su rudeza o por la merma de las horas arrebatadas por el viento, deja de valer la pena, lo cual simbólicamente se expresa en el oasis atrapado en una paleta helada de limón o en un raspado de grosella o en el cálido sabor del arco iris de un pirulí de goma dominguero derretido entre los dientes como un cristal de azúcar en el que hay algo de la llama y del ciprés, algo del rayo y algo también de la torre del castillo prodigioso y del mágico cuerno espiral del unicornio.
   La historia de su iniciación en el ofició del conocido dulcero regional se encuentra vinculada a su casa, a su familia, pues mucho antes de que Don Prisco Romo quedara huérfano de madre  a la edad de tres años, sus padres hicieron una amistad muy grande y muy bonita con un matrimonio de profesión dulceros, el Señor y la Señora Ramírez de León, oriundos de Aguascalientes. Cuando el padre de Don Prisco de profesión albañil enfermó, el matrimonio lo navegaba, mientras el estudiaba en la Escuela Revolución –en donde estudió por nueve años, llegado a alcanzar el grado de segundo de primaria, pues estudio por dos o tres años en el kindergarden, estando tres años en primero y tres años más en el segundo grado de la educación formal primaria. 
   Cuando Don Prisco tenía apenas diez años de edad su padre hizo los primeros pirulís, pues sólo tenía esa fórmula del dulce, y lo mandó a venderlo al templo de Analco, porque era día de San Juan. Eso fue un veinticuatro de julio de 1948. Y así siguió y siguió y siguió vendiendo hasta el mismo día de hoy.


II
   Fue su papá quien le enseñó el canto:
“Y el que lo compre,
que se lo coma,
pirulí de goma”.
   Aunque no falta la voz intrépida que llega a exclamar: “Lo mismo que pa´tirarlo. ¡Qué ocurrencias de pirulero !” Al oficio social que él desempeña puede llamársele ”pirulero”, pero impropiamente, porque Don Prisco se considera más bien dulcero, ya que el sabe hacer todo tipo de dulces, desde greñudas hasta biznagas pasando por calabazas, cocadas y todo eso, pues él aprendió a fabricar lo que cubre el abanico entero de dulces pertenecientes a ese ramo culinario.
   La gente le sonríe al comprar su mercancía o cuando lo ven andar en su vehículo, lo cual a Don Prisco Romo le da mucho gusto, pues es un indicio de que saben valorar su trabajo. Se trata de una manufactura que no se debe regalar, opina el célebre dulcero regional, pues se cobra por el tiempo que lleva su elaboración y hechura. Opina que es por los colores por lo que más les gusta, por sus multicolores y de diferentes tonos y por sus trasparencias, pues a la gente le llaman la atención y se acercan, cuando ni conocen el dulce. Les gusta a primera vista, porque todavía no lo han probado algunos de ellos cuando se acercan. Sus clientes valoran también, además de la exótica golosina, lo que ella representa, pues sienten que es importante el conservar las tradiciones que nos dan identidad popular y como cultura, porque todo el trabajo está hecho a mano y no de forma industrial.
   Los materiales con que se manufactura son: como materia prima la miel de abeja y el azúcar de primerísimo calidad, la glucosa y los colorantes naturales. Por otra parte las herramientas de trabajo para su elaboración son sencillas, pues consisten en casitos de cobre de diferentes tamaños con los que fabrica los pirulís y una máquina que le dejaron sus maestros, especial, para hacer el cono y que conserva más que si fueran sus ojos, porque de esas máquinas nomás ya no hay. Don Prisco Romo considera que el noventa y nueve por ciento de los productos que son artesanías a la vez son negocio, pues la gente los hace para exhibirlos y también para venderlos.



III
   Prisco Romo ha vendido su elástica mercancía por todo en noroeste mexicano, pues ha andado en La Laguna, lo ha vendido en Durango y Coahuila y ha estado en Zacatecas y en Monterrey. La Expo-Tec lo ha invitado, con gastos pagados, representando a las artesanías del Estado de Durango. El nunca ha visto a otro pirulero, pero le han platicado que ese oficio se cultiva también en otras partes, pues dicen que hay en Guadalajara, que hay acá para Culiacán, que hay en México. Por lo que nos dice que ”no nomás yo”. Pero acá en Durango sí, pues tiene sesenta años vendiendo y  todavía no hay quien lo iguale, porque prácticamente no tiene competencia.
   Sin embargo, Prisco Romo piensa que como todos los oficios el suyo está también en riesgo, máximo tratándose de una tradición, pues son las que más se están perdiendo, porque el mundo está muy cambiado. Por ejemplo, nos dice, los nuevos dulces no los hacen tan bien, porque las golosinas tradicionales no son tan fáciles de hacer. ”Porque luego luego, para comenzar, ahí están los bastones, los rojos y blancos, o las melcochas, las trompadas. Hay nomás para comenzar. El que casi ya nadie hace es la melcocha, porque ese dulce hay que manejarlo con las manos, caliente, y hay que manejarlo caliente y hay que  soportar ese trabajo y las personas que hacen ese trabajo quedan adoloridas de las manos y si se descuidan o les da un aire les puede dar artritis o un reumatismo que no se lo acaban”, enfatiza. Asimismo pondera que todo trabajo tiene riesgos, unos más que otros. Por ejemplo, nos comenta que en el trabajo de dulcero hay que darle salida al dulce que está en la lumbre hirviendo a borbotones y entonces hay que meter las manos al dulce hirviendo. Y que él no usa termómetro, porque no lo tiene y entonces hay que meterle los dedos, la mano, al dulce caliente –aunque para eso hay que saber hacer las cosas. Hay que mezclar todas esas químicas, todas esas materias primas y todo en determinado tiempo y en determinado momento. Y considera que, gracias al favor de Dios, tiene la visión de decir: “ese dulce no lo vacío, porque está echado a perder. Aunque la gente no lo note, porque le faltó lumbre o le sobró lumbre. Y va pa´ tras, pa´ reciclarse otra vez”.
   Aunque se hace una serie no hay un pirulí igual a otro, pues todos son de diferentes colores. Don Prisco confiesa que la fascina hacer ese dulce, pues lo hace con todo el amor de su vida.  Aunque reconoce que no está del todo satisfecho, pues es una persona muy humilde, muy pobre, pues en su pobre casa, que es la de él, no ve usted un estéreo, un guardarropa, un microondas o un mueble automotriz. No, no. Es pobre, pero no muy pobre, que sería no tener que comer. No. Porque gracias a Dios lo primero que procura es alimentar a su familia, que de él depende, pues ahora son sólo tres, él y su esposa y un hijo mayor, aunque fuero siete hijos, y luego cinco, porque dos de ellos murieron. 
   Don Prisco es en verdad un personaje popular y ejemplo de trabajo, pero también de la expresión vernácula de su región y un hombre dotado por la gracia y de singular ingenio, lo que lo ha llevado a componer su propio corrido, pues el mismo lo compuso e interpreta.
   Y dice así:

“Ya Durango está muy triste
Ya se fue su pirulero
Ya no se oye la trompeta
El anuncio del dulcero.

Tierra Blanca y San Antonio
El Huisache y la Benito
Ahí lo están esperando
Pa´ comprar sus pirulitos.

Gómez Palacio y Ciudad Lerdo
La Quemada y Mapimí
Allí también se paseaba
Vendiendo su pirulí.

Chun, ta, ta,chun, ta, ta…

En Chalchihuites, Zacatecas,
En Jalisco y el Potrero,
Ahí también lo divisaron
Vendiendo al  pirulero.

En Chihuahua, Tierra Blanca,
En Durango y en Tepic
Ahí también le pedaleaba
Pa´ mercar su pirulí.

Vuela, vuela palomita,
Párate en aquel piru,
Dile a los chiquitines
Que no habrá más chupirul.

Chun, ta, ta…


   Así, no queda sino agregar que los pregones de Don Prisco Romo, que ha proclamado por los barrios de Durango durante más de media centuria y que no han dejado de visitar todo el centro norte de México, forman parte una la memoria insobornable, la del alma nacional, algunas de cuyas betas a él debidas han sido también un dulce motivo de alegría y de rememoración, constituyendo verdaderas raíces para el recuerdo de los hombres que con el transcurso del tiempo no han olvidado los tesoros sentimentales celosamente guardados en las entrañas de la  patria chica.                                                                                      

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