domingo, 26 de octubre de 2014

El Dogma el Día de Hoy Por Alberto Espinosa Orozco

El Dogma el Día de Hoy

Por Alberto Espinosa Orozco


El dogma el día de hoy es el exilio,
Vivir de espaldas a las voces, entre el ruido;
Vivir fuera de casa, sobre la arena o sumergidos
Entre la densa bruma del olvido.

El dogma el día de hoy es no estar vivos;
Nacer el día de ayer, hace un instante,
Para agostados declinar para la tarde
Ardiendo ciegos en la noche al otro instante.

El dogma el día de hoy es ser vencidos;
Tener el alma en un rincón y amurallada
Como un gran pozo de vacío y anegada
Por la enturbiada estulticia de la nada.

El dogma el día de hoy es la sordera;
Encerrarse en el laberinto de la oreja
Azotada entre tinieblas por las trombas
Del ansia insaciable de las sombras.

El dogma el día de hoy es lo prohibido;
Revolcarse entre las aguas de las yagas 
Dejando al alma anegarse en la caverna,
Indolora en el incendio -bajo una lápida.

El dogma, vuelvo a decir, son las cadenas
De la insensata soberbia que levanta
Una arenisca que hiere la garganta
Para enturbiar el juicio, subsumido

En los confusos laberintos del instinto
O en la obediencia fatal del terco olvido.
Pisamos con extranjero pie una tierra
Donde la verde lluvia al pasto estremeciera

Vuelta en la noche callejones sin salida
Que palmo a palmo se nos vuelve arena 
Calcinada, carcomida, irreal: agua abismada
En que zozobra el sin-sentido de la nada.

México

III Concurso de Poesía de El Boulevard Encantado
  

Las Moscas Por Alberto Espinosa Orozco

Las Moscas
Por Alberto Espinosa Orozco




La Mosca

   A mosca heroica conocí el día de hoy mientras orinaba. Volando al lado de otra,, realizaba subidos divertimentos de pulida audacia aeronáutica, realizando dibujos tridimensionales en el aire –no igualables por el mejor espirógrafo, que ahora imagino en su transparencias como los poétalos de una flor fantástica. Movimientos que, por mi desconocimiento de la literatura científica sobre ese nimio reino apenas logro describir con vaguedad. De pronto la mosca realizó un movimiento sorprendente, dejándose caer desde lo alto en caída, con una línea sorprendente vertical, rayando el aire como si fuese un vidrio con punta de diamante. El vuelo más que temerario terminó suspendido en su caída libre en medio de burbujas de espuma de anilina, hasta dejarse enredar por la fuerza en estrógiro del remolino y la catarata fatal que se hundía en el recipiente  cónico y blanquísimo de la gran taza, hasta perderse finalmente en el turbio remolino por la oscuridad de la cloaca.
   Quedé por un momento suspenso y admirado luego de jalar de la cadena, y luego, reflexionando, interpreté aquel acto como de heroico suicidio, asombrado, al contemplar a una ínfima, a una nimia porsíncula de vida, nacida en medio de no sé qué deyecciones y frutas pútridas, cuyo único don es la suprema gracia de dos o tres días de increíbles vuelos por el aire, y la suerte contingente de inesperados reglaos culinarios, amotinarse de pronto contra su no pedida suerte ontológica, contra su abyecto ser de mosca. Como si a la luz de una intuición ignota, aptada por los sensores de alguna antena distraída hubiese mejor optado por el arcano de una posible nueva vida, más alta para la esfera de la conciencia, a la que tal vez después renacería.





Las Moscas
   Vivo en mi pequeña sweet durangueña regularmente acompañado por algunas mokas de hábitos insomnes. He optado por convivir en paz con ellas, movido sin duda a que los esfuerzos emprendidos en otro sentido no tuvieron más efecto que capotear inútilmente al aire.
   Vivo, mejor sería decir que me dejo vivir, sitiado consuetudinariamente por dos o tres de ellas. La convivencia, sin embargo, ha tiempo que dejó atrás las mutuas hostilidades, que antes francamente nos desvivían, para dar lugar a una especie de armonía tolerancia mutua, aunque no se pueda hablar de franca amistad sin por ello dejar de reconocer lo que tal sociedad ha traído de frutos venturosos.
    Por caso he de citar lo que apenas hace unos días me sucedió para rubricar nuestro protocolo de cese de hostilidades: era la tarde, me encontraba profundamente dormido, descansando a pierna suelta en la siesta vespertina, cuando uno de esos regordetes zancudos me afligió decididamente la nariz, hasta con insistentes mordiscos me hizo despertar de mi aletargado descanso, justo a tiempo para llegar a la cita que tenía concertada a esas horas con el optometrista.

   La anécdota, aunque trivial, pone de relieve el agradecimiento que les guardo, el cual aun siendo distante la profundidad, es sincero, manifestándose ahora en tenues sonrisas de simpatía -acaso observadas a la distancia, más bien con sorda indiferencia, por sus miradas de ojos verdi-negror y escarlatas. 





Las Raíces de las Manos o la Pinza Mecánica Por Alberto Espinosa Orozco

                      Las Raíces de las  Manos o la Pinza Mecánica
Por Alberto Espinosa Orozco 

“Patria  de luz y polvo.”
Octavio Paz



I
   El primer rasgo que salta a la vista en los oficios artesanales es su carácter tradicional. En efecto, el sentido de sus prácticas es siempre heredado, no siendo la práctica la aplicación de una teoría sino la práctica de un uso, de una costumbre, cuyos cambios se producen siempre remitiéndose a un pasado –siendo así los oficios no sólo parte esencial de lo que realiza históricamente una cultura, sino la parte que más la caracteriza e individualiza, la que aporta sus símbolos más caros y las claves de su estilo de vida.      
   La significación de los oficios es así una significación práctica, que funciona sobre el trasfondo de otras  significaciones. Ese segundo rasgo de los oficios da cuenta de que su tradicionalidad  pertenece a una serie de cosas que la cultura realiza en la historia real como memoria, como significación en el tiempo, como pasado histórico y orientación del sentido que le da un sentido al tiempo que a la vez funciona como fundamento de lo social.
   Sin embargo, frecuentemente, tras la conciencia moderna de trabajar abnegadamente por lo “social” y de las convicciones anti individualistas y anti idealistas que afirman el carácter social del hombre y la determinación de todo lo humano por estructuras históricas, se deslizan sibilinamente actitudes que acaban por negar el valor de lo social en su fuente y raíz misma, terminando por soñar en fundar al hombre en una verdad absoluta, a la vez supra social y supra histórica,  sustentada por una necesidad causal y material que en su totalitarismo ciego no puede sino fundar el reino de la impiedad.
. Una de sus expresiones más habituales es la que condena a la tradición como traba del progreso, oscurantismo y opresión de la libertad –idea, por otra parte, compartida con aplauso por las mentes más individualistas, burguesas y reaccionarias, que tras el vanguardista rostro socialista muerden con furor y bizarro estrépito cualquier manifestación desinteresada del espíritu. Porque lo que asecha detrás de todo ello es la tentativa de querer comenzar la significación de la nada, de una vez y para siempre, escapando así a la indeterminación del mundo real. Partir, pues, de un pasado sin memoria o de una pasado “teórico”, rebanando arbitrariamente esa propiedad del tiempo o dimensión suya de la memoria que es tiempo ella misma. Querer comenzar una cultura partiendo de la nada es como querer asistir al propio nacimiento; es también querer escapar de la historia real a la tradicionalidad del significar, creando una memoria teórica, arbitraria y artificial que borre  la memoria real –con la intención de reabsorber la realidad en la mecánica cósmica de la fuerza y de del apetito, es decir, de la voluntad de poder, cuya insignificancia repetitiva constituye claramente la barbarie.
   Equívoco todo ello del que es mejor despertar a tiempo, pues lo  primero que hay que comprender en el campo de las humanidades es que su esencia está en que sus movimientos no son hijos de la causalidad mecánica, sino reflejos de la significación, y que la sustantividad misma de lo social es la tradición, la cual en su plano más general es sinónimo de histórico. En efecto, a diferencia de la sociedad animal, la sociedad humana se distingue en que el tiempo en que se desenvuelve no es repetitivo y mecánico, sino un tiempo orientado por la tradición –donde cada nueva generación es heredera de la anterior y no sólo su sustituto y donde la memoria social estructurada por  la tradición es la que hace posible todo cambio y toda evolución –piénsese si no en el largo trecho que va de la sexualidad de la amebas a la sexualidad tradicional. En efecto, la tradicionalidad, contra lo que suele pensarse, es el fundamento radical de la sociedad,  pues es a la vez memoria social,  historicidad y profundo ejercicio de racionalidad.
   Así, lo que nuestros incomprendidos ancestros y obliterados antecesores defienden con vehemencia en su conservadurismo, lejos de ser la trasnochada nostalgia del rezagado o del falto de información, es el hecho de que una sociedad funda su sentido necesariamente en el tiempo –fundando con ello reversiblemente un sentido del tiempo, una orientación del sentido. Es por ello también que su decir o sus prácticas aspiran a la autenticidad de lo que quedó dicho y hecho o representado, repitiéndolo en círculos concéntricos para encontrar en la repetición con sus vueltas y revueltas la plenitud del decir, la verdad del lenguaje, su justicia y su belleza –desconfiando a la vez de la novedad que desarraigada y lisonjera, exploradora perdida de golondrina sin verano, viaja desamparada trayendo bajo el ala idólatra el chancro del error, el enmohecimiento de la fealdad y esterilidad la injusticia, siendo en última instancia formas de la impiedad –y que cuando hacen de la tradicionalidad un tradicionalismo no es sino para robar al pasado, estableciendo una forma fija de tradición para excluir otras de sus formas capaces de fertilizarla; también para robar al futuro, estableciendo a la generación siguiente un programa para que lo siga. Casticismo oscurantista, pues, que hace de la vanguardia un academicismo más y de la herencia una práctica fanática para heredárselo  todo ellos mismos… al precio de dejar a sus hijos en cueros.


II
   Plato de lentejas metafísicas, claro está, cocinado por la exacerbación de una actitud automatizada y maquinal ella misma, que aplicada a la literatura, resulta hija de una vacua oratoria, oportunista y sin verdadero contenido intelectual o filosófico, que emplea recursos técnicos en el discurso público para “convencer” de manera perfectamente amoral y fraudulenta, hasta el extremo de persuadir por medio de la repetición extravíca de una mentira hasta volverla venenosa verdad –croar de ranas de suástica que canta alegremente en la ciénaga, saltando alegres por la  fe cerril en la mera eficacia de la técnica y en cuyo balancín de monos sabios y autosatisfechos desgastan al serruchar  la rama sobre la que se columpian.  Se trata también del empleo de recursos literarios, críticos o narrativos, festinados por la académica cultura oficial, que embozados tras el vanguardismo de sus maneras y la rebeldía de sus consignas instrumentan el automatismo de la técnica y añadiendo el ilusionismo de la ideología –evitando ambos pasos incorporar la carnalidad del oficio.
   Su manifestación más burda e inmediata esta en describir los sentimientos en la materia en bruto de su origen, empleando palabras violentas y vulgares, desligándose así tanto del proceso temperado y continuo del pensamiento cuanto de las formas poéticas o de los auténticos raptos místicos. Tal procedimiento muestra la cercanía del sentimiento y de las sensaciones, es verdad, pero al precio de su chatura, que oscurece al  sentimiento hasta el extremo de volverlo irreflexivo y desconocido para sí mismo, siendo por tanto congénitamente infiel e infecundo estéticamente al estar viciado por su carácter chantajista por intenta disponer del deseo del otro y así apropiárselo,  resultando constitutivamente destinado a la frustración de la propia libertad. Utilitarismo, pues, que factura empero la malversación de las sensaciones al presentarlas en toda el atropello de su accidentalidad, dando cuenta con ello de su original barbarie.
   Ingeniería literaria de las emociones a que se agrega, como en una receta o una fórmula mágica, el ansia imperfecta y oscura de mejoramiento social, plagada de confusos ideales revolucionarios, cuya orientación no es otra es la idea vaga y simplista del valor universal de la felicidad general del hombre confundida  con el bienestar material, el consumo y el progreso y que al pretender realizar al hombre sin fundarlo ejerce una influencia política oscurantista que no pueden sino verterse en acciones azarosas y malogradas resultando impermeables a la esfera pública -para finalmente justificarse utilizando argumentos contrarios a sus razones, haciendo pasar los caros anhelos de justicia social por la barba de los privilegios inmerecidos de un grupo autocontenido,  excluyente y cuya estructura gregaria y reaccionaria se muestra como una adherencia ciega y sin fidelidad al conglomerado, que en esencia carece de principios unitivos por estar huérfano de alma a la cual pertenecer, estando siempre por tanto lejos de los otros
  Se trata, en efecto, de la frivolidad insoportable de la ideología retórica, cuya técnica se destila en el matraz de una especie de manierismo imitativo, que en sus gestos y mímicas se acoge a un modo meramente adjetival de tratar con el mundo, sobresaliendo así sólo su carácter superficial y ayuno de verdadera perspectiva esencial. Técnica, pues, que vive de estampar epítetos como quien ensarta mariposas, no por motivación y participación con el objeto, sino de manera arbitraria al estar movida sólo por los intereses transitorios del sujeto. Manipulación técnica de la realidad que cuando emplea la crítica para ponderar la obra de arte no lo hace de acuerdo con un criterio estético y según las categorías directrices del gusto y la experiencia personal sino arreglado a un orden eclesiástico establecido y que inquisitorialmente juzga el sentido artístico, creyendo pontificalmente que la crítica consiste en ensalzar o condenar sin mayor argumento de por medio que la desmesurada hipérbole.
   Doble mutilación de la realidad, pues, que no puede sino culminar en la esclavitud de la parodia, cuya falta de libertad se expresa bajo la forma de una opereta de farsea bufa que rasura la realidad por dogmatismo en litotes de irracional proyección diminutiva, que quisiera hacerse ojo de hormiga  ante su conciencia confesional culpígena que termina por odiar su objeto de deseo, ya sea por corrupción y contra versión consigo misma, ya por el dogmatismo con que trasquila el cordero de la realidad para extraer de él sólo las blanduras níveas de sus rentables algodones. También doble oscilación o desequilibrio, donde el sujeto pasa del extremo de la caricatura, suprimiendo el carácter general del hombre a favor de lo particular sin universalidad posible, a la excentricidad de diluir en la insignificancia el carácter individual por el predominio de lo general y blandengue –en ambos casos excluyendo la posibilidad de encarnar la dignidad del individuo con una significación personal propia.




III
   Tal es el resultado de aplicar al campo de la significación y de lo humano  procedimientos y métodos sólo justificables regionalmente, en áreas ajenas a la cultura y cuyas prácticas sirven a otros fines. Porque la técnica, en efecto, concibe a su objeto según sus límites enteramente artificiales y sus fines prácticos –pragmatismo cuyo aspecto cínico relaciona por estrictas mediaciones utilitarias o sociológicas  a un máximo de automatización de procedimientos un mínimo de significación y a un mínimo de esfuerzo un máximo de provecho (doble fórmula de la eficiencia motivada por el doble interés técnico y económico)
   Se trata así de una elaboración concreta de la experiencia, cuya esfera por definición tiene una existencia  limitada al estar atenazada por la pinza que determina el alcance de la experiencia que elabora.
   Así, la acción tecnológica limita extraordinariamente la experiencia, pues se interesa por sujetar y modificar un solo perfil, una delgada película de la experiencia –oponiéndose en sus aproximaciones y cálculos al espíritu científico y filosófico, que concibe su objeto de acuerdo a su infinitud natural y a sus fines desinteresados y eternos, pues su interés no es otro que el conocimiento mismo y su método el más rico posible para articular sistemáticamente la experiencia en toda su extensión, salvaguardando que no se reduzca la profundidad de la experiencia. La filosofía, en efecto, aspira a conocer en la pureza de la teoría, tomando por ello distancia y siendo en cierto modo aséptico con su objeto de conocimiento –a diferencia de la técnica, que le impone tener un ser diferente, sometiéndolo a una especie particular de voluntad y sentimiento.
   La técnica así desconoce el alcance natural de la experiencia obligada por la condición de convertirla en otra (práctica, utilitaria, eficiente), estando por principio impelida por el deseo de que la realidad sea como ella quiere, impidiendo tal pasión conocer la experiencia como realmente es, reduciendo su saber a aquel que permite modificar el universo a su conveniencia, no atendiendo a la esencia de las cosas o de las personas sino al modo de manipularlas –creando para ello fábricas, centros de producción o férreas doctrinas literarias y eclesiásticas que fundamentan la tecnocracia moderna.
   Así, se presenta la técnica como el paso directo de una ciencia o un saber practico a sus aplicaciones sin referencia a ningún oficio, al cual sustituye –llegando en su umbral más alto a la aplicación tecnológica, que soslaya todo contacto con la carne, pasando directamente de la teoría a la máquina.  Pero si la técnica es la sistematización y regulación de una práctica, para limpiarla de toda dependencia a la significación individual, empero en sus zonas de contacto con la persona impone a la carne reversiblemente una automatización que la tecnifica, que la libera de su fluctuación y contingencia individual, es cierto, pero a costa de hacerla equivalente a una máquina. Porque su interés es el poder disponer los medios de acción que rebasen la fuerza de que el hombre dispone por sí mismo para dar rienda suelta a su voluntad sin fin –siendo empero a la vez estructuralmente impotente para logar su objetivo, al imponer más de lo que puede exigir, afectando su desarrollo por locura fundamental de trastocar medios y fines. De tal manera no sólo la experiencia, sino la misma existencia social se ve amenaza por el problema del poder, que toma el centro de la vida colectiva al usurpar sus focos de significación, engullendo en una rueda de molino a opresores y oprimidos como meros instrumentos de dominación, deformado también las relaciones hombre-naturaleza por la religión de la producción y de la propaganda que termina falseando todas las relaciones sociales.


IV
      La técnica es la tentativa de lograr lo que el oficio, pero con plena autonomía respecto de la significación de la carne, independizando de su limitación individual, de su fluctuación, imprevisibilidad y contingencia individual, pero aislando del sentido del alma que le imprime el corazón de la persona.
   La técnica resulta entonces un procedimiento codificable repetible por el conocimiento –pero sin las virtudes de la iniciación y el aprendizaje –capaces de incuso de viajar encapsulados por siglos, aislados de vehículos carnales, y ser redescubiertos al entrar en contacto con una personalidad y por un ejercicio corporal de la técnica que en el oficio recupera la significación de la carne. El oficio recupera la técnica al volver a hacer un uso carnal de los procedimientos automatizaos y al tomar como valor inestimable en el uso corporal de la técnica por el talento personal, el saber hacer y la gracia infusa o el don personal.
   El oficio escapa siempre al conocimiento formal y sistemático por ser indesarraigable de la experiencia, cuyo reino es el del tiempo, de la carne y la memoria. El triunfalismo de la razón instrumental y técnica se cifra en poder captarlo todo codificándolo y subsumirlo bajo la automatización de los procedimientos, todo… menos la experiencia, que es el mundo real, del tiempo y de la carne. Los oficios, antes de ser suplantados por la tecnología, son antes que nada prácticas en la que la técnica vulva a ser una experiencia corporal, en la que acaba reabsorbiéndose y en la que toma su sentido –y sin la cual dejan de tener sentido.
   De esta manera, los oficio del grabador o del poeta, pero también del fabricante de algodón de azúcar del trabajador del papier mache o del piñatero popular, representan sin embargo para la cultura más que la técnica, porque constitutivamente y por sí mismos limitan tanto al automatismo de los procedimientos cuanto al uso retórico de las fórmulas y los abusos ilusionistas de la ideología, por esponjar en el uso corporal y en la encarnación individualizada de la significación los profundos vínculo de parentesco, afinidad y comunicación con la tradición y su simbolismo, ligados irrecusablemente a una visión completa del mundo o una filosofía de la vida. Así, todo oficio es un uso carnal, pero también tradicional, de de una técnica, alcanzando por ello las expresiones de la cultura vernácula las bases de la educación anímica de una cultura. Humildes semillas que sin embargo son potentes para despertar los contenidos simbólicos de la conciencia y hacer germinar en el humus de la memoria colectiva las formas eternas, cristalizadas en el tiempo sin tiempo del espíritu. Alacena de las emociones, pues, que se abre al espíritu por virtud del uso corporal y en cuya significación la carne despierta a la luz para refractar los mil colores de los recuerdos y los sueños, para revelar también las iluminaciones y las esperanzas en el corazón del hombre.
   Por ello, ante el entusiasmo tecnológico de la producción en masa y el consumismo, ante un arte que es mercancía o que es sólo adjetivalmente creativo cuando copia los rasgos artísticos de las artesanías como si fueran aislables y reproducibles una vez objetivados, frente a los procedimientos burocráticos que incautan el sentido de lo social  para apropiárselo, pequeñas comunidades al margen del progreso nos muestran a la vuelta de la equina que el valor artesanal es también uno de los fundamentos de lo social.
   Porque la actitud del trabajador artesanal muestra también su dignidad al tamizar las dos caras opuestas del trabajo; por un lado al aceptar lo que hay en él de producción, de transformación de la materia de nuestra herencia natural en un mundo de bienes útiles y consumibles –pero a la vez pone el acento lo que hay en el trabajo de raíz humana, suspendiendo lo que ese mundo tiene de apetitito irracional, de apropiación, destrucción y desperdicio.
   Porque por su manera de trabajar el artesano pone entre paréntesis lo que en los bienes económicos hay de objeto y de mercado, desactivando así  los circuitos económicos, que crean al alejarse de su raíz y cerrarse autárquicamente en si mismos el orden de la injusticia y la explotación -pero compensando esa actitud con el valor de la hechura, de esa lucha amorosa con la materia cuyo contacto corporal y manual sabe de su peso como nunca el intelecto podrá hacerlo, tratando con la materialidad del mundo y dialogando directamente con su resistencia y temporalidad, abriendo así un espacio a los signos que responden a la carne cuando ella corresponde humanamente a la naturaleza.


V
   La labor artesanal entrega no sólo un bien de consumo y desechable, sino un servicio que subraya no lo que en el objeto hay para la satisfacción de la necesidad y el apetito, sino lo que tiene de bien precioso, de objeto para la contemplación, que nos habla también de un contenido histórico, abriendo con ello un lugar sagrado, un templum para preservar el alma de una cultura y donde el espíritu pueda recogerse entero.
   El cuerpo de la cultura, concebida como un animal orgánico o como una entidad articulada y que respira por ser un ser vivo, toma toda su savia de la sustantividad de los oficios y todo su oxígeno de la respiración tradicional y sus prácticas y costumbres –sin los cuales o duerme en la piedra de los usos girando sin sentido alrededor del automatismo técnico o se dispara todas direcciones por la aplicación arbitraria de la retórica de las reglas.
   Tal es el sentido histórico del espíritu: permitirnos comunicar con la especie en cuanto tal, siendo la instancia de lo específicamente humano, en cuya exclusiva histórica y temporal el espíritu se manifiesta como memoria cultural y a la vez como la significación moral más alta de la realidad, pues nos afirma en el suelo de una tradición al afirmarnos no en las leyes hacemos los humanos sino que nos hace humanos, que a la vez al abrir nuestro deseo a lo realmente deseable nos permite participar en el reino del sentido al contemplar la vida como un campo de valores y a la tierra como el lugar de lo habitable.
   La humanidad, en efecto, es un legado, y es por ello tradicional e histórica. El hombre vive, en efecto, en la humanidad como se vive en una morada y la humanidad vive en el hombre como mundo humano. Ser hombre, ser hijo de hombre es aceptar vivir en ese mundo histórico y es entrar en posesión de él por medio la cultura –pero no como un lugar al que se posee o que se consume, sino como un sitio al que se entra. Mundo que puede ser ajeno al hombre por vivir fuera de sí o enajenado… o porque no se alcanza,  porque no existe por falta de oportunidades.
   Si las dos relaciones fundamentales del hombre con el mundo son la propiedad y el diálogo, la propiedad entendida por la tecnológica resulta proveedora de una felicidad muerta y sin sentido, poseída como un objeto y  apropiada como una colonia. El trabajo artesanal en cambio nos seduce por ser a la vez un diálogo con la materia y con la tradición, logrados en base a la significación impresa por el uso corporal y por la impregnación amorosa de la carne. Así, en una primera vertiente de la comunicación humana, las relaciones que el artesano establece con el mundo exterior una relación económica sui generis, que no es la riqueza de lo explotado y apropiado, sino el lujo de dialogar desde el origen con la materia misma de las cosas, estableciendo a la vez una relación directa con los seres humanos. Relación de seducción, es verdad, que amalgama así los bienes utilitarios y de consumo a los poderes eróticos que a la vez despierte y participa del goce producido en los otros, dando así aire oxigenante a los pulmones y alas a la libertad irreducible que habita en el individuo.
    Los artesanos, muchas veces más que los artistas mismos, son los únicos que realmente trabajan para nosotros en un tercer sentido: pues no sólo comunican con su trabajo con el mundo exterior y en el dialogo que establecen con la materia con los otros hombres, sino que también abren la posibilidad de comunicar con la humanidad en general, con la historia y con los lenguajes. Instancia del espíritu que nos redime al hacernos pertenecer al alma de un pueblo y vibrar con sus ritmos históricos y expresivos -.abriendo con ello la posibilidad interminable de volver a la fuente, de recuperar el contenido, de volver ha hacer germinar a una cultura en la experiencia al ser infinitamente interpretable.
   Porque la pertenencia al espíritu de la humildad es una verdad libre como el viento y eternamente inapresable -que se vuelve monstruosidad y mentira cuando alguien la retiene intentando apresarla en su verdad o en la literalidad de la teoría. El carácter indecible de la verdad de un pueblo se expresa así en cambio en su tradición, pero no en sí misma, sino a través de sus manifestaciones concretas e individuales, detrás de las cuales vive la verdad de la tradición como conjunto de gestos y creencias en el despliegue histórico de su gesta cultural. La crítica de la tradición y el arte crítico de la tradición son así necesarios,  pero no para derrotar a la tradición, sino para mostrar la verdad de su verdadero sentido es tradición.
   En los oficios artesanales, a medio camino de la profesión y el oficio, entre la técnica y el conocimiento personal, entre el saber hacer y el don, .arraigados en el santo seno de la provincia mexicana,. se encuentra preservada el alma nacional y es a través de ellos que puede exaltarse el sentimiento de la patria, el estilo colectivo de vida que con características regionales propias resiste conservando el núcleo de nuestra pertenencia. 
  Porque tras la apariencia externa del grado de civilización alcanzado por la nación y al borde de ser engullida por el vacío de pueblos improvisados y a la deriva, gravita todavía, al fondo de la difusa atmósfera creada por las eficaces técnicas de comunicación en masa, el sentimientos de ser herederos de un pasado histórico fecundo.
    Porque una nación es un organismo vital que se mide de frente a la historia por su fecundidad creadora -no por su mera repetición tradicionalista, sino por su crecimiento, por su posibilidad de crear .un mundo donde realizar las mejores condiciones de vida para el hombre, tomando el paisaje en torno con todo el peso rugoso de su extrañeza y opacidad y la historia en todo el caudal de su sentido.

   Porque la visión artesanal es también la del morador, la de quien busca entre los elementos un espacio habitable en el cual construir y en el campo temporal una estancia del espíritu en la cual poder edificar –para ser de nuevo así hijo legitimo del hombre y poder pertenecer a la vez de verdad a una tierra cultivable.


sábado, 18 de octubre de 2014

Hermes Por Alberto Espinosa Orozco


Hermes
Por  Alberto Espinosa Orozco



“La noche, fabricada de embelecos,
Los extremos de sus trazos duerme.
Detrás del inmenso lomerío ciego
Se levanta en el ojo del caballo
como un trompo que se alza”.
Hermes 



La Tradición Egipcia

   Hermes es asimilado al dios egipcio Thot, el divino escriba de los dioses, el gran mago depositario de una sabiduría arcana que ayuda a Isis a resucitar a Osiris. Su fusión dio lugar a la creencia en el héroe Hermes-Trismegisto, el “tres veces grande”, asimilado su vez con el Mercurio romano.
   De acuerdo con el testimonio de Cicerón en De Natura Deorum se trata del último de cinco Mercurios que existieron. Es Hermes Trismegisto, que fue desterrado al país del Nilo después de haber matado a Argos, dándoles a los egipcios Leyes y Letras en el siglo III a de C. El quinto Mercurio se ha identificado con Moisés, tradición que vivió en Europa hasta el Renacimiento. Hermes Trismegisto habría enseñado a los egipcios además de la filosofía y la astronomía el arte de navegar, de levantar piedras con grúas, a crear bombas de agua y máquinas de guerra. Se cuenta que fue el secretario del rey Osiris y se le atribuye la invención de la escritura, la astronomía, la música, la lira de tres cuerdas y el arte de la interpretación o la por él llamada “hermenéutica”.
   Como en el caso de otros héroes civilizadores se le divinizó después de muerto por la naturaleza de sus actos heroicos. Habiendo legado a la posteridad una vasta literatura astrológica, de ciencias ocultas y de filosofía gnóstica. El cristianismo primitivo lo llegó incuso a considerar como un profeta –ángel o demonio de acuerdo a las diversas corrientes.
   Apolonio de Rodas lo consideró un antepasado de Pitágoras y una leyenda recogida por Plutarco lo hace padre de la diosa Isis. Lactancio, el autor cristiano, certifica su existencia como escritor metafísico cuya teología monoteísta reconoce la majestad del supremo y único Dios visto como un padre y también lo defiende como un luchador contra el paganismo.
   Le llamaron Trismegisto por tener las tres dignidades conferidas por Dios a los hombres: la de Rey, la de Profeta y la de Filósofo. Es por ello que pronto se le asimiló al Cristo-Logos, pues resulta una prefiguración profética del buen pastor y como arcángel por su función de guía de los muertos. En el sentido zoomorfo de los egipcios es entones Anubis, la deidad chacal que abre y muestra los caminos.
   Clemente de Alejandría le atribuye la autoría de 42 libros que abundan sobre 20,000 temas. Otros piensan que a sus indicaciones se debe la construcción de la Esfinge  y de las pirámides, las cuales se erigieron antes del primer diluvio universal. Una tradición del Renacimiento le atribuye la Tabla de Esmeralda donde se codifica la Obra Alquímica. Se dice que de Mercurio están compuestas todas las cosas, en tanto representa la materia: el principio y el fin de la obra.
   Mercurio es el símbolo de la dualidad y la unidad conciliadora, pues es a la vez materia y espíritu. Mercurio es también la plata viva en su aspecto exterior; en su aspecto interior es el espíritu aprisionado en la materia. En este primer estadio Mercurio es igual a la materia prima o “nigredo”: es el dragón que se devora a sí mismo y que muere para resucitar como “Lápiz” o Piedra Filosofal (Lumen Novum) asociándose entonces a la “Cauda Pavonis” del Pavo Real por tener en convivencia a los cuatro elementos.
   Siguiendo con las equivalencias egipcias, guarda una relación con Anubis, el Señor de las Cavernas y patrón de la Necrópolis egipcia. Su genealogía es oscura; se le hace hijo del emperador Re y de Neftis, sin embargo Plutarco no vacila en en considerarlo hijo de Nefti y de Osiris –pues además del parentesco filial, tanto Anubis como Osiris se relacionan con la idea de la vida después de la muerte, siendo al igual que Mercurio un psicoipompo. Anubis es también el ayudante de Isis en la reconstrucción de su esposo Osiris despedazado por Seth, practicando con él la primera momificación con ayuda de la magia. Sus centros de adoración fueron Cinópolis, Menfis y Licópolis, junto con la vaca blanca Hesat y el toro negro Mnevis. Lleva en la mano la cruz ankh o llave de la vida y el cetro uas. Anubis se encargaba de conducir al difunto hasta la balanza en que su alma era pesada pues los actos cometidos quedan almacenados en el corazón, teniendo la delicada función de controlar el fiel de la balanza para garantizar la veracidad de la pesada teniendo entonces el título de “el que cuenta los corazones”. 





El Dios Mercurio

   Hijo de Zeus y de la ninfa Maya, la más joven de las Pléyades, Hermes es el menos olímpico de los dioses griegos, pues conserva ciertos atributos propios de las divinidades prehoméricas, sobre todo por sus poderes arcaicos de inteligencia y astucia, como son la gnosis, las ciencias ocultas  y la magia, aunque su tarea querida, como recuerda Zeus, es hacerse compañero de los hombres (Iliada, XXIV, 334ss).  En su relación con los hombres Hermes se conduce a la vez como un dios, un consumado artífice y un “artero” (triksier) y es el dador de todo bien (Odisea, VIII, 335). Eurípides lo llama “señor de los que hacen negocio durante la noche” (Rhesus, 216s). Su mundo no es, pues, el de la nobleza heroica de los guerreros, sino por su relación “abierta” con el mundo de los hombres, constantemente en proceso de creación, mejora y superación. Sus atributos primordiales –astucia, inventiva, psicopompo, dominio de las tinieblas, magia, etc.-, hacen de Hermes más que nada un héroe civilizador, patrono de la ciencia e imagen ejemplar de los conocimientos ocultos –al grado de no ser destruido por la crisis de la religión olímpica, ni haber desaparecido con el triunfo del cristianismo, cuyos Padres de la Iglesia lo identificaron con el logos y lo compararon con Cristo, siendo asimilado a Thot y a Mercurio, y sobreviviente a través de la alquimia y el hermetismo por el Renacimiento y hasta el siglo XVII como Hermes Trismegisto. Hermes, que todo lo conoce y lo puede hacer todo será considerado poseedor de todas las ciencias, en primer lugar de las ciencias secretas, lo que hace el “jefe de todos los magos” victorioso contra las potencias de la noche y las potencias de la tierra.
   Sin embargo, su origen es ambiguo. Walter F Otto sugiere que Hesíodo lo hace hijo de la Noche Cipris, el lado nocturno de Afrodita Uránica, quien dio a luz tres hijos: el Amor, el Ardid y el Engaño. La naturaleza de Hermes se revela también en su hijo predilecto, Autólico, quien teniendo el don de transformarlo todo para hacerlo irreconocible, superó a todos los hombres en las artes del robo y el perjurio. También es su hijo el auriga Mírtilo quien por una noche de amor hizo a su patrón Enomao la jugarreta de poner clavos de cera en los ejes de su carro provocando la ciada mortal en la carera.






   Hermes es así la deidad de la sabiduría: mediador entre el plano de los hombres y el de lo sobrenatural. Psicopompo  poseedor de una ciencia secreta que guía las almas de los muertos, resulta ser la figura central de la mitología helena. Su nombre evoca inmediatamente la filosofía y la religión, pero también el esoterismo, la literatura y el arte. Se le atribuye la paternidad de la alquimia, pero también el patrón de truhanes, tramposos y comerciantes –además de ser el intérprete de los textos sagrados.
   Es el dios que descubre las correspondencias entre los diferentes niveles de la realidad, cuya faceta lo dirige especialmente en dirección de la protección de los viajeros por ser el mismo un “eterno vagabundo”. Su rasgo definitivo está  dado por su mutabilidad, siendo sus divisas la ambigüedad, la volubilidad y la inestabilidad, pero también la destreza y el arte de la elocución. 
   Los neoclásicos lo conocieron como el “Señor de los Vientos”, pues dirige las nubes durante la primavera y es el guía de las Gracias. Sus talismanes antisaturnianos evocan una imagen del mundo de influjos saludables y vivificantes (tal y como lo prescribe la Magia Naturales de Marcilio Ficino).
   Sus rasgos más destacados son la versatilidad y la movilidad extrema que a la vez lo vuelve fugaz y difícil de observar –debido astrológicamente a permanecer en las inmediaciones del Sol bajo la forma de Mercurio, por lo que sólo es visible en el crepúsculo o cuando el cielo está nublado.
   Guía, lingüista e intérprete, hermeneuta y tramposo Hermes es quien a la vez que engaña con los discursos y roba con destreza negocia en los mercados y es maestro de toda actividad basada en la palabra.
   Así, si Prometeo representa a la Técnica, Hermes es el representante de la Sofía Gnóstica, siendo entonces opuestos complementarios, pues en uno está el fuego de la metalurgia, en el otro la trasmutación de la materia –por transformaciones verbales, alquímicas o artísticas.
   Sin embargo en la faceta mal aspectada de su rostro lunar y en el crepúsculo mercurial resulta el “Señor de la Oscuridad” por ser hijo de las sombras, oponiéndose así al Prometeo solar.





El Mito


   Para la mitología griega es Mercurio, el heraldo de los dioses, quien porta un caduceo o varita  de la paz, la cual consiste en dos serpientes o basiliscos enlazados alrededor de una varilla. Las dos serpientes enlazadas simbolizan los poderes curativos de las dos culebras, propios del semidiós Esculapio, considerados por las culturas budistas e hindúes las dos energías espirituales o poderes curativos que recorren  la columna vertebral humana hacia arriba y hacia abajo. Símbolo fundamental de la profesión médica, el caduceo representa la armonía y el equilibrio entre las fuerzas positivas y negativas, lo fijo y lo inconstante, la decadencia y la continuidad de la vida. En efecto, los griegos de la antigua Hélade vieron en Mercurio a un ser de pies alados y diligentes, tocado con una mitra y portador de un caduceo: al dios mensajero y heraldo del sempiterno Olimpo.
   Los griegos vieron en Mercurio al dios alado Hermes, el más humanitario de los dioses Olímpicos y el más rico en regalos. Pese a participar de la libertad, amplitud y brillo del circulo correspondiente al reino de Zeus, corresponde a un concepto más antiguo de la divinidad. Le falta, en efecto, la nobleza aristocrática de su hermano Apolo o de Atenea. Sus signos son la hábil conducción y la ganancia imprevista. Sus trabajos siempre están dotados menos de fuerza y sabiduría que  de agilidad y engaño, de astucia e ingeniosidad. Así, su valor parece radicar más bien en la habilidad –que incluso llega a la clandestinidad.
   En un principio es el señor de los caminos, donde se encontraban los montones de piedras, llamados “hermas” que están junto a los caminos o la entrada de las ciudades y de los que recibió su nombre. Desde las edades arcaicas que se pierden en la noche de los tiempos, es el dios que indica al caminante el buen camino. De hecho, los promontorios de rocas eran frecuentemente túmulos o viejas tumbas que indicaban una puerta o un pasaje al mundo de los muertos. Es así el conductor, especialmente por los caminos oscuros, pero también es el iniciador en los misterios de la noche: el dios de los viajes y especialmente de las encrucijadas que disipa a los fantasmas y a los malos espíritus. Por ello se le considera el protector natural de los peregrinos, a los que también pertenecen los mercaderes. En los íconos más antiguos aparece como un caminante tocado de sombrero. Su andar es siempre ligero, incluso volante, y las alas de su sobrero indican la rapidez que lo distingue. Donde se realiza una entrada o se reconoce un camino está presente el extraño compañero.
   Se le atribuye ser amigo de rebaños y donador de fertilidad. Cuida como ningún dios de los rebaños y su crecimiento, teniendo incluso el poder de hacer crecer o disminuir los rebaños vacunos, de ovejas y cabras. Es entonces el famoso Hermes Crióforo que lleva un carneo sobre los hombros, el buen espíritu conductor de manadas guiando fielmente en la mañana el rebaño al corral.
   El texto de la mitología Helénica narra  que fue Maya quien dio a luz a Hermes en una cueva de Arcadia, donde Cilene lo cuidaba. Como era un buen dios Hermes creció en pocos minutos, hasta alcanzar el tamaño de un niño de cuatro años, saliendo en cuanto pudo de su cuna de mimbre en busca de aventuras. Así, al nacer llevó una obra maestro de abigeato cuando fue a robar el estupendo rebaño de vacas perteneciente a su hermano Apolo. Para no dejar huellas del latrocinio les hizo a las vacas unos zapatos de corteza de árbol y de hierba trenzada y luego guió al rebaño a un bosque detrás de la cueva de Arcadia y ató a los animales en los árboles. Apolo pronto hecho de menos a las vacas y ofreció una recompensa a quien atrapara al ejecutor de la falta. Isleño, el hijo de Pan, quien vivía en el bosque con los sielenos –seres mitad hombres mitad cabras como él y su padre-, al acercarse a la cueva oyó una música maravillosa que procedía del interior. Le preguntó a Cilene que se encontraba reposando en la boca de la cueva, quien era ese músico extraordinario. Cilene le respondió que un músico muy listo que había llegado el día anterior y agregó que tal recién llegado había inventado un nuevo instrumento musical,  encordando tripas de vaca muy tensamente encima del caparazón de una tortuga. Isleño se fijó entonces en dos pieles de vaca blanca recién desolladas sujetas al suelo para secarse, lo que le pareció un indicio incontestable del robo. Apolo descendió del cielo volando y entro a cueva murmurando: “Se por mi magia que el ladrón se encuentra aquí.”  Entonces Maya despertó y le dijo entre bostezos: “¡Que acusación tan ridícula!  Mi hijo es muy pequeño y acaba de nacer.” Entonces Apolo cogió a Hermes que fingía dormir y lo llevó al Olimpo donde convocó un consejo de dioses y le acusó directamente de ladrón. Zeus le preguntó su identidad. Respondió Hermes: “Soy tu hijo, el día de ayer acabo de nacer. Y como acabo de nacer soy muy joven aún y no se distinguir el bien del mal, pero hoy se ya la diferencia.”, y le pidió perdón a Apolo. Explico que sólo había matado a dos vacas, cortándolas en doce trozos para sacrificarlas a los doce del Olimpo. Apolo interpeló: “¿Cuál es el doceavo dios?”. “Yo”, respondió Hermes inclinándose cortésmente. Fueron a la cueva y Hermes toco entonces tan dulcemente la lira de concha de tortuga que estaba bajo las mantas que Apolo, dios de la música, concedió cambiarle el instrumento a cambio de las vacas que Hermes había robado, zanjándose de tal suerte el conflicto entre los dioses. Zeus lo mandó llamar concediéndole a Hermes entonces ser su heraldo o mensajero si prometía no decir mentiras –aunque salvando las situaciones en las que no es conveniente decir toda la verdad. Le concedió además ser el encargado de censurar todos los tratados, de toda compra y venta, protegiendo asimismo a todos los viajeros a pasar por las vías públicas. Zeus le dio entonces la varita pelada con cintas blancas o caduceo y también un sombrero de oro para protegerse de la lluvia y unas sandalias doradas con alas para que pudiera volar más rápido que el viento.
   Por aquel lance de mocedad a Hermes se le considera patrón de bandidos y de ladrones y es llamado “Falaz”, “Astuto” e “Ingenioso”. Por sus servicios a Zeus como mensajero (evangelio viene de enviado) es tenido también como el ideal y como el protector de los sirvientes. Maestro de la oportunidad, de mirada alegre, nunca desconcertado y siempre ingenioso y con presencia de ánimo, a Hermes le importan poco las normas del orgullo o de la dignidad mientras consiga lo que desea, por lo que resulta siempre y en todos los casos un ser amable. Prefigura al héroe Perseo, quien lleva también alas talares y la capa de invisibilidad, y ambos se sirven de la espada falciforme que el mito puso también alguna vez en las manos del viejo Cronos
   Pero sus aventuras son sin cuenta. Hermes fue el matador de Argos cuando lo sorprendió transformado en vaca. Se cuenta también que las tres parcas le ayudaron a inventar las tres primeras letras del alfabeto (A, B, C;  o el abecedario, probablemente mediante el triangulo iniciático del “abracadabra”), cosa que le facilitó inventar por sí mismo la aritmética y la astronomía. Se le atribuye también ser el inventor del arte del boxeo y de la gimnasia.  
   Conduce a Heracles al Hades cuando éste tiene que agarrar al cerbero y le muestra a Odiseo la hierba mágica para librarse de las horribles artes de Circe. La hierva moly salva a Odiseo de ser convertido en puercos por la maga Circe, suerte que no comporten sus compañeros quienes ceden al instinto y no purifican su alma por la educación. La hierba lo inmuniza de los hechizos de la maga, y es un símbolo de las suertes gnosticas y secretas de Hermes (Odisea, X, 302.306).
    Bajo su milagrosa conducción, el depuesto rey Edipo, ciego y ya viejo, puede encontrar la vía que lo llevará al lugar propicio de su fallecimiento. 
   También conduce a aquella mujer de la isla de Ceos que, en presencia de Pompeyo, toma el veneno para dar fin a su vida, no sin antes pedir a Hermes que la conduzca por senda suave a un agradable lugar en el Tártaro. En la más hermosa de las narraciones homéricas Hermes, tomando la apariencia de un joven sentado al lado de un arroyo que se le aparece al anciano rey Priamo que debe llevar a cabo la terrible hazaña de entrar de noche en el campamento de los enemigos y postrarse ante el implacable Aquiles, que diariamente maltrata el cuerpo muerto de Héctor, para reclamarle el cuerpo de su hijo predilecto. 
   Conduce a Priamo a las naves de los Aqueos de tal manera que ningún Dánao lo ve. Hermes conduce el carro, adormece  a los centinelas y abre la puerta de la morada de Aquiles donde Priamo se da a conocer después de recibir los consejos del dios que desaparece. Aquiles le entrega entonces el cuerpo intacto del hijo muerto, y le ofrece alojarlo por la noche. Antes del amanecer Hermes se le presenta previniéndolo del peligro de Agamenón, sin ser observados lo saca del campamento hasta el río donde desaparece momentos antes de que aparezca Aurora. Pero Hermes no sólo condice a las almas de arriba hacia abajo, sino también de abajo hacia arriba. En su función de Psicopompo el Himno de Demeter narra cómo trae a Perséfone del reino de los muertos a luz del día. Se cuenta también que debido al gran amor que Protesialoa tenía por su esposa Laodamia, el dios la condujo a casa de ésta, aunque sólo por unas pocas horas. También acompaña a Eurídice, liberada del reino de las sombras, aunque en el momento en que Orfeo se da vuelta hacia ella, rompiendo la prohibición hecha al dios (interdicto que, por otra parte, recuerda el mito bíblico de la mujer de Lot), éste la toma suavemente de la mano para devolverla a la oscuridad.


HIMNO HOMÉRICO A DEMÉTER

Por ti Deméter augusta, la de hermosa cabellera
entonamos este himno, y Perséfone tu hija
a la que Hades robó , con el permiso de Zeus,
cuando en aquella ocasión, alejada de su madre
mientras alegre jugaba con las hijas de Océano
al par que cogía flores: azafrán, violetas, rosas
y gladiolos y jacintos, y narcisos delicados
que la tierra hizo brotar para halagar a los dioses.

Pero una brecha se abrió en la llanura de Nisa,
y allí surgió el Soberano con sus yeguas inmortales
el que fuera hijo de Crono y que tiene tantos nombres,
y aunque puso resistencia, de ella se apoderó,
terribles fueron sus gritos que suplicaban a Zeus,
más ninguno de los dioses ni de los hombres mortales
ni siquiera los olivos se apiadaron de su voz.

Sólo la hija de Perses, la escuchó desde su cueva.
Hécate la hechicera , y el Sol que todo lo ve
mientras aquella gritaba pidiendo ayuda a su padre,
mas aquél se hallaba ausente, alejado de los dioses,
recibiendo las ofrendas que los hombres le ofrecían.
Y así su tío paterno que recibe muchos nombres
se la llevó por la fuerza, según voluntad de Zeus.
Mientras la Diosa se vio con los pies sobre la Tierra
Aún mantuvo la esperanza a pesar de los pesares
Pero al entrar bajo tierra, lanzó un grito de terror
que resonó por los montes y los abismos del mar,
cuando su madre lo oyó se encogió su corazón,
se desgarro su vestido y se mesó los cabellos,
y un negro velo de luto se puso sobre los hombros.
como un ave de presa la buscó por todas partes
y la Diosa venerable vagó errante nueve días
y presa de su dolor ya no probó la ambrosía,
que es el néctar de los Dioses, ni volvió a lavar su cuerpo.






Alquimia y Astrología

  Para Alberto el Grande (Lauingen, Baviera, 1193/1206; murió en Colonia, el 15 de Noviembre de 1280) en El Compuesto de los Compuestos (Compositum de Comopistis) el mercurio encierra dos sustancias superfluas: la tierra y el agua, mide las que se desembaraza  por sublimaciones y lavajes muy ácidos, separándolo la Naturaleza en el estado seco del azufre, obteniendo así el mercurio puro, uniéndose así al azufre puro para obtener, en el sendo de la tierra, metales puros y perfectos.
    Raimundo Lulio (Mallorca, c. 1232 - 29 de junio de 1315) siguiendo a Avicenna expone en  La Clavícula, también conocido como la Clave Universal, que los metales no pueden ser trasmutados sino después de haber sido llevados  a su materia prima, por lo que se necesita primero reducir los metales a mercurio .no el mercurio volátil y corriente, sino el mercurio fijo, que es más cálido y seco, dotado de cualidades contrarias a las del mercurio vulgar. Se trata, así, de purificar lo perfecto por lo imperfecto. De tal forma, para obrar con el Sol y la Luna, el padre y la madre de todos los metales, hay que llevarlos primero a su materia prima, que son el Azufre y el Mercurio alquímicos o de los filósofos. El Mercurio de los filósofos resulta así tan cálido y seco como corporal y fluido que no moja los dedos, uniéndose tan bien cuando se le pone al lado del mercurio vulgar que, volviéndose negros como el carbón, y con ayuda de un lazo de amor es imposible separar uno del otro, como agua mezclada con agua –presentandose entonces bajo la forma de un polvo muy blanco  que engendra hijos machos y hembras por el lazo de amor. Tal Mercurio trasmutado, que es activo, cálido y seco como el varón, y no húmedo y pasivo como la hembra que permanece en casa obnubilada por el calor moderado;  es el que tiene el poder de cambiar los metales en metal puro: en verdadero Sol y en verdadera Luna mejores que los de la mina.
   En La Carta Filosófica de Miguel Sendivoguius el alquimista afirma que el mercurio es un licor espiritual aéreo y raro, engrosado con un poco de azufre, pues es de la naturaleza del aire, como lo muestra su evaporación, aunque compatible con el agua por su fluidez. El mercurio es raro, pues no se comprende en sus propios términos, sino en términos extraños, es decir, en la humedad. Es así el instrumento más cercano del calor natural, dando vida y vigor a las criaturas sublunares y fortificando a los que son débiles, dominando a los cuerpos imperfectos y corruptibles por poseer demasiado poca sal y azufre, pero al estar en naturaleza bien proporcionada con los otros dos principios compone un cuerpo incorruptible, como se ve en el oro, y sacando de él también, debido a su admirable proporción,  una medicina muy excelente y saludable.
   En efecto, el mercurio tiene el poder de fijar el oro, en este sentido tiene la fuerza de purificar, siendo por ello un símbolo de iniciación, de liberación y de alimento de la espiritualidad. Así, el mercurio alquímico viene a ser el símbolo del soma o de la energía corporal y de la fortificación del cuerpo. Por una extraña vía las técnicas del tantrismo intentan controlar, empero la verdadera ciencia del mercurio hay que buscarla más propiamente en las profundidades insondables del Yoga y sus técnicas de regeneración interior, inmortalidad o fijación de la vida. La alquimia expresa esta difícil idea diciendo que hay una “especie de amor” en Mercurio, pues su naturaleza es medio material, medio espiritual (animalis hábeas hábeas, voltus hominis), pues es representa un principio de ligazón, de intercambio, de movimiento y adaptación. Su naturaleza dual es aquella en que se confunden los principios contrarios y complementarios (opuestos incluyentes). No se trata de las contradicciones exclusivas o excluyentes de la lógica, sino de las contrariedades de los opuestos inclusivos de la biología y de la vida como son: luz-tinieblas, arriba-abajo, izquierda-derecha, femenino-masculino. 
   Su circulación interna constituye la condición inicial del desarrollo de la inteligencia, siendo su método el filosófico por excelencia: separa las cosas para que nos confundan más con ellas, distinguiéndolas o definiéndolas pero, a la vez, no petrificando su sentido a la manera de la axiomática, no viendo en ellas un inicio absoluto del sentido, pues el sentido se precede irremediablemente siempre a sí mismo, sino usando la distinción como una manera de clarificar sin cristalizar, de iluminar sin borrar el significado y la intuición. El ejercicio de la distinción tiene como mayor utilidad acaso tomar distancia también respecto de uno mismo, pues no es el mero “yo” o la mera “cosa en sí” lo que hay que distinguir, sino la distinción misma –en lo cual Mercurio revela un signo más de distinción y acaso de diplomacia: el signo estético de la graciosa elegancia o de la ironía no burlesca, sino viva. 
   Es el juego de la verdadera razón, que permite reprimir la vida sensible y alejarnos del mundo del instinto. Es también el auxiliar del “yo” que permite socializar al ser humano, asimilando las costumbres y convenciones sociales lógicas teniendo intercambios reglamentarios con la materia. En resumen: es el medio de alejarnos de lo indiferenciado y de las seducciones tenebrosas de la subjetividad, entre las presiones de las pulsiones internas y las solicitaciones del mundo, para lograr una plena adaptación a la vida.
   En nuestra época Mircea Eliade a retomado los conceptos alquímicos y ha demostrado con suficiencia e incluso con esplendor la vastedad de la tesis, de la concepción poética del mundo, según la cual las entrañas de la tierra son un extenso vientre que madura dando lugar a la creación de los metales: así, las minas que el hombre taladra siguiendo sus betas mineralógicas no son otra cosa que lentas venas por donde corre la sangre vital y mineral del mundo. En un volumen fabuloso titulado Herreros y Alquimistas, Eliade alude no sólo a esta metáfora, a esta pequeña teoría del mundo, también expone la relación que hay entre los herreros, los alquimistas y sus naturales herederos, los artistas del grabado o grabadores, en los cuales se habría fijado una especie de tradición alquímica, hoy sin duda o enteramente inconsciente u oscuramente protegida con celo por la maestría del oficio.   
   Para la astrología Mercurio viene a ser el elemento mediador, especialmente entre el Sol y la Luna, siendo con ello una imagen del hijo. Así, sus signos zodiacales son Virgo, puesto que sigue a Leo regido por el Sol, y Géminis, que sigue a Cáncer regido por la Luna.
   En la astronomía no es sino el más rápido de los planetas y en que tiene la más cercana vecindad con el Sol. En efecto, Mercurio, astro parecido a la Luna y carente de atmósfera, se encuentra a 57,9 millones de kilómetros del Sol y a 510 millones de kilómetros de la Tierra, se lanza alrededor del astro rey completando su ciclo anual cada 88 días terrestres (88,909), girando sobre su eje a una lenta velocidad, una sola vez por cada 59 días terrestres (58 días, 15 horas, 36 minutos). El primer planeta del Sistema Solar aúna a su enrarecida atmósfera y débil campo magnético La variación de la temperatura del planeta es extrema, llegando a mediar 600 grados de distancia, pues va de –172 grados en el invierno a +427 en el verano. Su densidad es igual a mil millones la de la Tierra, y si la masa de la Tierra = 1, la de Mercurio es = 0,0553, y con respecto a ésta tiene un diámetro de 0, 382, siendo bombardeado inclemente por la radiación solar.