jueves, 7 de junio de 2018

El Fin de la Revolución: Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles: Por Alberto Espinosa Orozco



El Fin de la Revolución: Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles:
Por Alberto Espinosa Orozco


   La realidad mexicana se transformó en otra y la Revolución muere en el transcurso de los años 20´s: en el caudillismo revolucionario, en la sucesión ininterrumpida de pequeños césares provincianos y de asesinatos: el “bonapartismo episódico” del caudillismo a la mexicana. Los años veinte comienzan políticamente cuando el brazo armado de Obregón asesina en Tlaxcalatongo a Venustiano Carranza; se cierran en 1928 con el asesinato de Obregón y en 1929 con la lucha por la autonomía universitaria y con la candidatura de José Vasconcelos a la presidencia, compitiendo por el poder con Pascual Ortiz Rubio, candidato títere de Plutarco Elías Calles.
   Plutarco Elías Calles, hombre de toda ambigüedad y asesino de Villa, había tomado el poder y,  a nombre de la Constitución de 1917, hunde a México en la más sangrienta y cruel de las guerras de castas, lanzando al poder central, ateo y anticlerical, contra los campesinos católicos de Michoacán, Nayarit, Jalisco y de Durango. La infame ley de Calles, que desde 1926 decreta la clausura de la mayoría de las iglesias, es repelida por la guerrilla en el oeste de México y se inicia una revolución más, conocida como la “Cristiada”, en la que campesinos mal armados combaten bajo la bandera de Cristo rey para oponerse a las fuerzas del gobierno. Conflicto encarnizado que se prolongará por cuatro años. La podredumbre moral es la consecuencia del  régimen de Calles y de la ambición desmedida de Obregón desemboca en la guerra de religión que desgarra al México rural.
    En el restaurant de La Bombilla de San Ángel es asesinado Obregón por un fanático religioso de nombre León Toral. Con ello se cierra un largo y oscuro capítulo de la vida política mexicana y de la Revolución. De hecho, desde el año de 1923  se habían encadenado una serie de oscuros acontecimientos en la vida política mexicana. Hasta ese año el gobierno de los Estados Unidos reconoce al gobierno de Álvaro Obregón, a partir de las Conferencias de Bucareli – a precio de hacer concesiones al imperialismo en lo tocante a la ley agraria de 1917, la cual afectaba a los dueños de las componías petroleras. Estalla la revolución delahuertista, la cual es aplastada –teniendo Adolfo de la Huerta que exilarse en los Estados Unidos, donde se ocupó de dar clases de solfeo a los jóvenes de las familias adineradas de Washington y Nueva York. Se suscita el intento de golpe de estado por parte de los norteños y el comunista Guadalupe Rodríguez es asesinado en Durango.
   Teniendo como secretario de gobernación al general Plutarco Elías Calles los enemigos políticos de Obregón van siendo uno por uno destituidos y para 1923 han desaparecido del gobierno todos los inconformes, principalmente sus más fuertes rivales revolucionarios: Francisco Mújica en 1922, Francisco Villa y Lucio Blanco en 1923. En el año de 1924 Calles toma el poder político de la nación –el cual no abandonará sino hasta el año de 1935 con la elección de Lázaro Cárdenas. 




   A mediados de 1928 Obregón resulta ganador de la contienda electoral para la Presidencia de la República. A mediados del mes de julio realizó su entrada triunfal a la ciudad de México. Pese a la felicidad que lo rodeaba Obregón mostraba un dejo de seriedad, de intranquilidad. El hombre andaba muy preocupado y charlaba poco y había perdido su antigua locuacidad. Después de las elecciones regresó a Sonora preocupado porque todas las instituciones en México, incluidos el ejército y los partidos políticos estaban mal organizados, no ofreciendo ese sistema un clima apropiado para el desarrollo de nuevos dirigentes nacionales.
   El “Manco de Celaya” viajando en su Cadillac junto con su amigo Toni Bay había sufrido un atentado el 13 de noviembre de 1927: un carro Essex se le emparejó arrojándole tres explosivos, rompiendo apenas las ventanillas del carro e hiriendo levemente a los tripulantes. Capturaron a uno de los asaltantes, quien había pedido la vista, y delató a sus colaboradores: Segura Vilchis y los hermanos Miguel Humberto Pro, miembros todos ellos de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Sin previo juicio los tres detenidos fueron fusilados detrás de la penitenciaría. 






   El atentado se debió a que dos generales que buscaban también la presidencia, el general Francisco Serrano y Arnulfo R. Gómez, decidieron matar a Obregón y Calles, pero fueron denunciados y ejecutados.  El plan consistió en tomar presos al presidente Calles, al ministro de guerra Joaquín Amaro, y al general Oregón durante una exhibición militar que se llevaría a cabo los primeros días de octubre de 1927 en los campos de Balbuena. Serrano se refugió en Cuernavaca con sus principales subalternos  para iniciar desde ese lugar la avanzada hacia la ciudad de México. Por el otro lado, el general Gómez avanzaría con sus tropas por el lado de Texcoco para cercar la capital del país –pero el plan de levantamiento fue descubierto por el general Eulogio Ortiz, quien fue obligad a revelar la conjura de los infidentes.
   Se organizó de inmediato una partida militar para lograr la captura de Serrano en Morelos, comisionando el general Claudio Fox para realizar la maniobra, quien sin gran problema capturó en un cuarto de hotel en Cuernavaca al general Serrano y. trece de sus hombres, los cuales fueron conducidos en varios coches  y en un camión de servicio postal a la ciudad de México. Sin embargo, en el poblado de Huitzilac otro contingente los esperaba y ordenó al convoy detenerse. Aunque Fox que tenía órdenes de conducir a los prisioneros a la ciudad de México, se le aseguró que había una orden del general Amaro de pasar por las armas a los catorce detenidos. En un salón del Castillo de Chapultepec los generales Obregón, Calles y Amaro recibieron las noticias del suceso. Obregón se levantó, tomó su sombrero de paja y dijo: “”Bueno, señores, a esta rebelión ya se la llevó la chingada.” Por el otro extremo de la cuerda Arnulfo R. Gómez se replegó con sus tropas al estado de Veracruz al enterarse de lo sucedido y, aproximadamente un mes después de los crímenes de Huitzilac, Gómez fue capturado en una cueva que utilizaba como refugio en las cercanías de Perote y fue fusilado en Coatepec el 5 de noviembre de 1927 tras haber sido condenado por un breve consejo de guerra. Calles y su gobierno quisieron pasar como héroes ante la opinión pública, pretextando la salvaguarda de la nación, consiguiendo sin embargo sólo crear un ambiente de horro y de tragedia.[1]
     Un amigo de los hermanos Pro, José de León Toral, miembro asimismo de la Liga nacional de Defensa de la Libertad Religiosa, en contubernio con María Concepción Acevedo y de la Llama, mejor conocida como la madre Conchita, había fraguado un plan desde el 28 de abril de 1928 para envenenar a Obregón y darle muerte. El 17 de julio del mismo año, Toral se apostó frente a la casa de Obregón. De ella salió una comitiva en dos autos y Toral tomó un taxi para seguirlos. Llegaron a un restaurante de San Ángel llamado “La Bombilla” donde los diputados de Guanajuato le ofrecían un banquete. Todo el interior estaba adornado con flores y la orquesta de Alfonso de Esparza Otero amenizaba el ambiente y en cuento vieron llegar al candidato presidencial interpretaron su canción favorita: “El Limoncito”. La puerta del restaurante se encontraba fuertemente custodiada por elementos de la policía. Toral pudo entrar pretextando que los diputados lo habían contratado como caricaturista. José de León Toral se acercó poco a poco hasta la mesa de honor y empezó a realizar las caricaturas de los comensales sobre un block de dibujo. Primero caricaturizó al general Ricardo Topete, luego al licenciado Arón Sáenz, y cuando comenzaba a dibujar las barbas del diputado Aureliano Manrique se encontró frente a frente al general obregón con quien cambió una sonrisa e inmediatamente arrojó el bloc de dibujo y con la mano derecha sacó una pistola disparando en cinco ocasiones contra el rostro del caudillo.


[1] Carlos Silva Cásares, Álvaro Obregón. Ed. Planeta. Booket,  México, 2005. Págs.98 a 101.  





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