domingo, 3 de junio de 2018

DESDE EL FONDO DEL MAR Por Enrique Torres Cabral


DESDE EL FONDO DEL MAR
Por Enrique Torres Cabral





Terminaba yo de despertar; con los ojos cerrados todavía, me di cuenta de que me elevaba moviendo los brazos como si fuesen alas; “A dónde voy”, me pregunté dejando de mover mis alas, y en ese momento mi cuerpo se detuvo.
Abrí los ojos; apareció un inmenso espacio vacío color cielo; “No hay nada”, dije angustiado, y mi cuerpo empezó a descender suavemente.
Después de que abandoné mi cuerpo a su suerte, el pobre fue dando volteretas mientras caía; yo no hice nada por impedirlo, fui cayendo con él.
Aquel maromeo, obligado y permitido, se detuvo, pero seguí cayendo con la cabeza abajo, con la cara frente a un fondo azul; descubrí pequeños puntos blancos que crecían hasta tomar formas de cuerpos como el mío, pero ellos se dirigían a las alturas, iban cubiertos de plumas, con los ojos cerrados, moviendo los brazos como si fuesen alas y diciendo unas palabras: “Gran paloma divina de alas inmensas, el ave humilde pronto se sentará a tu lado, como premio por el bien que ha sembrado”.
Las palabras de aquellos seres me impulsaron a la imitación. “Soy ave, soy ave”, dije mientras movía mis brazos como si fuesen alas y lo único que logré, fue iniciar de nuevo las maromas y ahora con mayor velocidad, mientras mi cuerpo se seguía hundiendo en aquella soledad azul.
Abandoné mis intentos de volar a las alturas, para decirme: “Si no soy ave ¿Qué soy? ¿Qué? ¿¡Qué!?
Seguí cayendo. “Terminé de caer” dije sin importancia al sentir un fuerte golpe en mis espaldas. Había entrado a otro espacio vacío, de color más real, más angustiante.
Cuerpos como el mío, desnudos como el mío pero cubiertos de escamas, movían sus brazos como si fuesen aletas y decían: “Divino pez que existes y no te ves, el pez grande que hurta mis huevecillos no cesa de engordar; qué bueno, porque así no podrá pasar por el ojo de la aguja para entrar en tu mar”
Eran pocos los cuerpos grandes, mucho más grandes que el mío y de los demás seres a mi alrededor, cuerpos grandes, muy grandes que se movían con sus enormes aletas y sentenciaban con su enorme boca de pescado: “Venid acá pececillos, que vuestros huevecillos son de mi propiedad”
“Soy pez, soy pez” dije, inspirado en aquellos seres, mientras movía mis brazos como si fuesen aletas. Los resultados me convencieron de que no había nacido yo para ser pez. Seguí cayendo. Volví a pensar: “Si no soy pez ¿Qué soy? ¿Qué? ¿¡Qué!?
Terminé de caer. Mi cuerpo había chocado sus espaldas contra el fondo del mar. Había cuerpos desnudos como el mío, sin plumas y sin escamas. Yo quedé inmóvil desde que terminé de caer; los demás cuerpos se movían, trataban de levantarse. Uno de ellos logró ponerse de pie, dio unos pasos y dijo: “Soy hombre”, luego, dirigiéndose a los que estábamos tendidos en el fondo del mar, nos dijo: “Somos hombres, levántense, dejen todo en el fondo del mar, y síganme; vayamos a la playa, para ir por toda la tierra, y decir en todas las naciones, que somos hombres”
Los cuerpos de los demás seres se levantaron y anduvieron, y siguieron a quien se había levantado como el gran líder de la Humanidad. “Somos hombres, sigamos al que como hombre nos enseña el verdadero camino de los hombres”, decían mientras pasaban junto a mi cuerpo inmóvil, y se alejaban, y se alejaron. Quedé solo.
Ya iba yo a cerrar los ojos para siempre, cuando una cuerpo de niño se acercó y me dijo: “Oiga señor, y usted ¿Por qué no va a la playa?
“No pude ser ave” pensé en voz alta. “No pude ser pez”.
El niño, de doce años se había desprendido de las manos de sus padres para salvarme, con una voz doctoral que deslumbraría a los más grandes y viejos doctores sabios como yo: “Señor, usted no puede ser ave ni puede ser pez; pero si se levanta y se echa a andar, será hombre; venga, vayamos a la playa, desde ahí destruiremos con el fuego de Prometeo el mundo azul de las aves de ojos cerrados y el mundo de los peces gordos, y construiremos un mundo real donde podamos caminar como hombres.
Me tendió su mano y dijo: ”¡No se quede! ¡Valor! ¡Venga a la vida!* yo contesté cerrando los ojos, decidido a quedarme debajo del cielo y sus aves, debajo del mar y sus peces. Escuché pisadas de niño que se aleja y luego todo quedó en silencio para siempre.
Los siglos y la arena cubrieron ya todo mi cuerpo.

Durango. 1967






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