viernes, 8 de junio de 2018

Cantos Prohibidos Por Alberto Espinosa Orozco




Cantos Prohibidos
Por Alberto Espinosa Orozco






La Pobreza



Cae la tarde en la ciudad añosa;

El día es de un aire limpio en el azul sereno

Mientras los copos blancos que bogan por el cielo

No alcanzan a lavar abajo el mundo gris

Que se asoma apenas entre las calles yertas

Cuyas sombras van inundando las aceras.



La avaricia que al dios del metal rinde su culto

Dicta el hambre de poseer que no se sacia

Sino en acumular más y más cifras abstractas

Para colmar los caprichos frustrados del deseo

Y luego, entre el cieno, amurallarse en la mezquina

Forma a la que todo se somete o lo doblega.



Inconmovible el corazón petrificado arroja al aire

Sus migajas, luego de haberlas entre el fango pisoteado;

El corazón perpetra así el rito que lo llama para luego

Ser envuelto entre las llamas y consumirse entero

En el frío vacío de la nada, donde nada hay que hacer, nada,

Donde no hay nada: pasos desiertos al borde de las llamas.



Reventando los botones a la mitad del pecho henchido

El corazón se engolfa en las aguas del estanque que corren

Al abismo, esclavizado por el hambre, dominado en el laberinto

Inacabable del instinto, que solo se abre a la lascivia de la sangre

Mancillada, para beber de la mesopotámica copa del horror,

Narcótica y viscosa, anacrónicamente, como antes del bautismo.






El Circo



Nada vale hoy; todo es representación, teatro,

vana apariencia,  porque no es la verdad

lo que a los corazones llama, sino el circo:

nos hemos vuelto actores, siempre lo fuimos;

a la palestra salimos, actuamos nuestro papel

afortunada o desafortunadamente nos movemos,

peinados, limpios, erguidos, bien vestidos;

luego cae el telón: es la muerte fatal que nos acoge.



Eso es todo:  la función ha terminado para  que luego

la función vuelve a empezar, volvemos a leer nuestro papel:

con nuestra propia voz dotamos de carne  al espectáculo;

pedimos poca cosa: en el camerino un espejo, tras bambalinas

un beso, y el tablado la conjunción de una rima en el verso ,

la posesión de la figura que nos da forma cayendo como un rayo

y en las butacas sin fin el aplauso unido del público diverso:

el gerente del teatro es el que gana: una mescla de tigre y de payaso.





El Dogma el Día de Hoy



El dogma el día de hoy es el exilio,

vivir de espaldas a las voces, entre el ruido;

vivir fuera de casa, sobre la arena o sumergidos

entre la densa bruma del olvido.



El dogma el día de hoy es no estar vivos;

nacer el día de ayer, hace un instante,

para agostados  declinar para la tarde

ardiendo  ciegos en la noche al otro instante.



El dogma el día de hoy es ser vencidos;

tener el alma en un rincón y amurallada

como un gran pozo de vacío y anegada

por la enturbiada estulticia de la nada.



El dogma el día de hoy es la sordera;

encerrarse en el laberinto de la oreja

azotada entre tinieblas por las trombas

del ansia insaciable de las sombras.



El dogma el día de hoy es lo prohibido;

revolcarse entre las aguas de las yagas

dejando al alma anegarse en la caverna,

indolora en el incendio -bajo una lápida.



El dogma, vuelvo a decir, son las cadenas

de la insensata soberbia que levanta

una arenisca que hiere la garganta

para enturbiar el juicio, subsumido



en los confusos laberintos del instinto

o en la obediencia fatal del terco olvido.

Pisamos con extranjero pie una tierra

donde la verde lluvia al pasto estremeciera

vuelta en la noche callejones sin salida

que palmo a palmo se nos vuelve arena

calcinada, carcomida, irreal: agua abismada

en que zozobra el sin-sentido de la nada.



Confín



Vamos por el confín del tiempo

por un sendero de arenas movedizas

entre un valle de sombras cenagosas

encallados en la isla del olvido.



Marchamos lejos, paso a paso, del origen

con el alma sedienta y ya desierta

por siniestros y oscuros arrabales

acosados por presencias vagarosas.



Los botes de otros días y sus mareas

se deslizan a los áridos confines

del reino de las luces espectrales

aherrojados por murallas fantasmales.



Por querer hacer que fuera nuestra

la ley por la cual pertenecemos

no la palabra se escucha en ese valle

de aletargadas desdichas sin espera



donde el humo mantiene prisioneras

a las antiguas potencias de la tierra

-dejando todo trabajo derramado

en las aguas que corren hacia abajo.



Las cisternas del saber que presumimos

construidas en el fulgor del medio día

quebrantadas en sus hondas cañerías

dejan filtrar el agua de sus pozos.



La última gota, sin saber a dónde,

se ha derramado o se evapora con la tarde

en el tortuoso valle y no se encuentra

la corriente que manaba de la fuente



sino el vaho, el sudor, tal vez la goma

y los ojos sin luz, cifrados en ambiguas

posesiones o decorando sus pasiones

entre murmullos de la carne amotinada.



Más en el valle está renaciendo el río

del prodigio, surgiendo siempre en medio

de la riente fuente –no su corriente,

que el tiempo incesante ha desleído.



Porque la sed de luz un día será saciada

por un agua sin salitre y sin abismo

-como el río que crece desbordado

despejando a los vientos movedizos.







Noche con Chispa



En el fondo del ojo que se abisma

un resplandor de luz, apenas una chispa,

se enciende reflejada entre la niebla

al rebotar en el espejo de la tierra.



Un escudo imparcial de madrugada

Y una balanza entre los días que se apagan

donde la angustia asfixiante mezcla al hielo

un palpitar de sol cayendo desde el cielo.



Sobre un telón de fondo de satín cromado

las huestes en hileras van marchando

imantadas por la fiebre del abismo

para arder más allá del cataclismo.



El ulular de un búho torvo mensajero

cruza en su vuelo el desierto de negrura

llevando en su sangrante pico una quimera

a la senda de las almas prisioneras.





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