lunes, 16 de septiembre de 2013

Maestro Don Héctor Palencia Alonso: la Luz y la Herida Por Alberto Espinosa

Maestro Don Héctor Palencia Alonso:
la Luz y la Herida



I

   Lo extraño a la vida, su límite absoluto, lo que la determina poniéndole un fin irrevocable y definitivo, lo que la totaliza, es la muerte. Con ello, la muerte vuelve también definitivo lo que hay en la vida, lo que en la comba de su trayectoria apareció como vicario, como transitorio o relativo, como provisional o circunstancial. Amores y odios, atenciones o agravios, esplendores y miserias, fatigas o desidias adquieren con la muerte de una persona un carácter de inmutabilidad y de sello perpetuo. Porque la muerte a la vez que resume y totaliza, dibujando con acusiocidad de burilista la actitud fundamental de la persona ante la vida, determinando lo que en ella hubo para completar su figura, ya sea la del faro, la del puente... o la de abismo, también trasforma su contenido en material de lo irrebasable y fijo, como lo que es de piedra, con la inmutabilidad del mármol. La muerte al poner fin a la vida de un hombre, pues, la define: pone término y coagula fijando en el hielo de la memoria o en lo eterno lo que hubo en ella, a la vez que determina la trayectoria y la orientación, el destino o el sentido de la vida, completando y acabando el perfil absoluto de la figura de un hombre.

   La vida ejemplar de Héctor Palencia Alonso pertenece ahora, ya definitivamente y para siempre, al esforzado huerto de lo edificante –pues los días del inigualable maestro, del padre de generaciones, del hermano de sus coterráneos y de todos los artistas, han tocado el límite postrimero. Con ello ha dado fin no sólo a las fatigas de sus días terrenales, también ha totalizado el circulo de una trayectoria significada por su entusiasmado amor al conocimiento, a la libertad y al humanismo. Lo que antes aparecía frecuentemente como un solitario torreón de tolerancia fincado en medio del desierto, ahora se revela como lo que realmente fue: una imponente fuente cantarina de virtud, un alto faro y acumulador de luz, a veces indescifrable pero siempre iluminante, sembrado en medio del extenso valle que tanto amó, bajo el ingrato cielo purísimo del noroeste mexicano. Porque la sed de absoluto que henchía el vigoroso pecho del maestro Palencia Alonso, que no se conformaba sino con el agua de sus expresiones más íntimas, acabadas y amables, se revela ahora en el recuerdo como un acervo inagotable de enseñanza y alegría, como un elixir de vida que tiene la calidad sustantiva de los jugos nutricios y la textura acariciante de la lana –porque su actitud ante la vida cayó siempre del lado del espíritu y no fue nunca guerra.

II
   Erasmo de Rótterdam escribió alguna vez en letras áureas que no hay nobleza sin virtud. Es verdad. Las virtudes que adornaban la augusta personalidad del Maestro Palencia se estructuraban como una constelación de valores, como una pléyade de estrellas imantadas alrededor de una actitud fundamental ante la vida cuyo carácter, nadie lo ignora, llevaba el sello del cristianismo: de la humildad, la caridad y la esperanza. En efecto, Don Héctor Palencia Alonso se aferró a su solar nativo para mejor servir a la comunidad original a la que pertenecía y cuya identidad no se cansó nunca de exaltar -salvándola frecuentemente de las insidias circunstanciales del olvido o de los peligros acechantes de la ceniza o de la indolencia del polvo.
   Nada más ajeno a su espíritu que la voluntad impositiva perseguida por el poder o el adoctrinamiento. Por lo contrario, Héctor Palencia cultivó pacientemente las viejas virtudes del liberalismo a las que le es aneja la mera voluntad expositiva de los valores. Nunca el imperativo de la imposición con su duro tridente autoritario, sino el valor de la propuesta, de lo que se sugiere al espectador para que le tome el relevo real en el tiempo. Tal actitud, es cierto, se estructura como una ética artística –quiero decir, como una ética de la seducción, como una poética. A diferencia de lo que podría pensarse tal actitud conlleva una carga mucho más grave de deberes morales de los que se suelen pensar, entre los que hay que destacar sobre todos el respeto absoluto por el libre albedrío, por la libre determinación de la persona. Porque la filosofía de la vida cultivada por el maestro fue siempre la del personismo, la cual antes de perderse en abstracciones sin cuento y categorías supraindividuales donde se escenifica el soberbio espectáculo de la razón como desprecio del individuo (hegelianismo-idealismo), opta mejor por el menos común de todos los sentidos, por el sentido común, que parte de la persona, de lo dado irreductible, para desarrollar en ella sus predisposiciones o aptitudes de carácter o para articular alegres situaciones de convivencia formativa.
   Algunas veces, para el observador inexperto, podía dar la impresión de debilidad de carácter. No es verdad. Por lo contrario, su obediencia y sumisión a la jerarquía instituida, su liberalismo y tolerancia ante las manifestaciones, muchas veces exasperantes, de la libertad ajena (algunas veces anárquicas o francamente descendentes) revelaban una enorme fuerza interior y de carácter, hacha de voluntad interior y de determinación implacable y sorprendente, especialmente cuando algún principio de la equidad, la libertad o la justicia se encontraban en juego. Ajeno tanto a los atavismos del inconsciente colectivo como a las convenciones sociales de doble fondo o a la inanidad de los tabúes, su compañía fue siempre un surtidor de inquietudes o de revelaciones, de atisbos o de confirmaciones, de profunda comprensión y frecuentemente de verdadera dicha.
   Quiero decir con ello que el querido maestro fue un singular y ejemplar educador de su comunidad y de aquellos que tuvieron la fortuna de coincidir con él o en algún momento de sus vidas lo rodearon. Porque en Héctor Palencia se daba de manera natural como en nadie el gusto por generar, por sembrar inquietudes cordiales e intelectuales en sus escuchas, por cultivar las vocaciones con la firme suavidad del verdadero iniciador y la precisa óptica del discriminador de talentos. La humanidad del padre, por no hablar de la santidad del maestro, radicaba efectivamente en esa generosidad, que es gusto por engendrar y formar a los hijos espirituales. Su pasión y entusiasmo por el reino de la filosofía, el arte y la religión, por el área grande de la cultura en tanto territorio de lo extraordinario y trascendente del quehacer humano, lo llevó a cultivar también las plantas amables del humor y de la ironía, atendiendo con ello no a posiciones intelectuales sino vitales –repelentes para las almas agostadas de los apáticos y hastiados de la vida, de los abúlicos y desidiosos o de los estetas aprácticos (frecuentemente refugiados en las insidiosas pociones intelectuales del dogmatismo autoritario o del escepticismo disolvente).
    Todo hombre lleva en potencia un maestro que es la exclusiva del hombre en donde se magnifica y realiza plenamente lo que en todo hombre hay de espíritu generador o de padre. En Don Héctor Palencia esa potencia se actualizó circunstancialmente hasta los extremos de la esencia plenamente acabada. Ello acaso se debió a que el maestro durangueño se asomó a los hontanares de la historia y de la cultura donde se genera lo distintivo del hombre, sacando de esa experiencia regulativa un patrón o medida de lo humano con que medir y formar, guiar y aquilatar la vida de sus congéneres y la suya propia. Su magisterio, nadie lo ignora, estuvo fundado en los robustos pilares del espíritu de libertad y el espíritu de caridad. El entusiasmo de esa vocación hecha de servicio y libertad hallaba en su pasión por lo acendradamente humano la forma de expresión más contagiosa y formativa, más positiva y fecunda que quepa imaginar. Porque la vida es promesa de su propio cumplimiento y anuncio de lo que en lenta y tortuosa germinación bajo la forma de una pléyade de artistas y humanistas, que asombran tanto por su granel como por lo granado de sus subidos meritos, debiendo todos ellos una parte de sí al Maestro Palencia, cuyo trabajo en pro de la cultura supo estimular la misión de cada artista y letrado, no menos ennobleciendo al lugareño que arrebatando de admiración al peregrino. 

III
   Don Héctor Palencia Alonso era consciente de que ser una personalidad absolutamente fuera de lo corriente, lo cual a veces intentaba demostrar elevándose a alturas insospechadas o viajando a las profundidades más hondas del tiempo y de la memoria, formando así, y muchas veces también, apabullando a su público – mostrando simultáneamente con ello no sólo la buena opinión que de sí mismo tenía y la grandeza de su persona, su amor propio digamos, sino también porque sabía que tal actitud era la única fuente capaz ante la razón de concebirse inmortal, de concebir por tanto el infinito o a Dios, dando con ello una inmejorable lección tanto moral como metafísica.
   Empero para la moral al uso, el amor propio, el aprecio por la dignidad de la persona, frecuentemente es mal interpretado por estar reñido con una supuesta humildad. Es mentira. Imposible amar a los otros si antes no se ama uno mismo en lo que tiene de verdaderamente valioso. Por lo contrario, quien se odia o se reprueba a sí mismo, fácilmente proyectará ese desprecio, esa falta de valor personal, sobre el prójimo, en el cercano, el coetáneo o coterráneo –justificándose frívolamente acaso ya en un supuesto amor platónico o admiración esteticista por el lejano y disetaneo o en un envilecedor sentido del sufrimiento personal (nihilismo activo). Pero lo que resulta realmente grave y de la máxima importancia es que sólo quien se ama suficientemente a sí mismo anhela la vida en su total intemporalidad, en su eternidad. El amor propio fundado en razones y valores permite al hombre, en efecto, concebir la inmortalidad del alma -como un reflejo feliz del deseo perpetuo de perseverar en el ser. No es otra la facultad de la razón potente para concebir lo infinito. Y es justamente la concepción no sólo del alma infinita, sino del ser infinito carente de accidentalidad, contingencia, azar y falibilidad, ajeno a la decrepitud y a la disolución o corrupción, lo que permite empezar a concebir con plenitud al ser infinito de infinitos atributos o a Dios –tocando con ello el ápice último de la razón humana. 
   De acuerdo al principio intelectualista según el cual hay una armonía preestablecida entre nuestra manera de pensar y nuestro comportamiento en la vida, podemos rastrear en el pensamiento del Maestro Héctor Palencia la razón que propulsó su benéfica acción en la tierra. Porque la humanidad se revelaba en Don Héctor Palencia en lo que había en él de hombre valiente y divertido, capaz de arrobarse como un niño ante el juguete artesanal o el obsequio simbólico y de enorgullece como un caballero medieval o un lírico franciscano por lo vetusto de una sencilla prenda de vestir que había resistido no menos de cuatro o cinco lustros. También en su ser afectuoso y siempre protector, cuya humilde misión fue la de entusiasmar a sus oyentes para que ellos a su vez expresaran y dieran forma a su verdad interior. Con ello el maestro Palencia Alonso mostraba una actitud de acercamiento y afecto hacia su próximo cuyo valor de amor al hombre ha sido consagrada con el nombre de fraternidad –ese atractivo de aceptación entre los hombres que sirve como el mejor aglutinante del mundo social. El socialismo de su amistad se fundaba, en efecto, en el valor de la fraternidad, sitio del espíritu donde los hombres se identifican por su pertenecía a una misma patria espiritual, por su participación en una misma constelación de valores.

IV
   Todos los que conocimos al maestro Palencia Alonso hemos quedado marcados por su personalidad, por su ejemplo generoso o por sus sabios escritos singulares. Porque en el maestro durangueño se daba, como en una evidencia deslumbrante, la presencia del sentido común, de la alta cultura y del buen gusto, acompasado por un armónico sentido del arte y de la vida. Podría decirse que toda su enseñanza se funda en esa evidencia. Ahora que los días y fatigas de Héctor Palencia se han apagado para remontarse con su luz siempre optimista y certera a otras esferas, se perfila la trayectoria de su vida como la de un alto surtidor de sentido, como un faro inalcanzable: como un horizonte orientador.

   No buscó poder ni metal, empero en su vida fue una procesión de méritos semejante a una marcha triunfal. Porque el Maestro Palencia siempre tubo para los otros la palabra edificante en los belfos y en la pluma el comentario generoso del reconocimiento donde se distingue la acción meritoria y que alicienta al espíritu. Como promotor de la cultura, su labor que se extendió durante varias décadas de esfuerzos ininterrumpidos, a juzgar por sus resultados, debe haber promovido millares de eventos culturales, intervenido de viva voz en innumerables presentaciones, de haber promovido millares de eventos culturales, la edición de centenares de libros y cientos de exposiciones –además de haber labrado miríadas de líneas tejidas con sencillas expresiones de mercurio o de argento en las que siempre ponderó y estimuló el trabajo de sus coterráneos, reconociendo siempre, sin ningún dejo de insidia, el talento ajeno.

   Los frutos con que el alto surtidor de verdura que fue su fecunda vida se coronó  fueron sin duda las difíciles virtudes de la prudencia y la paciencia, de la concordia y la orientación, no menos que la más entrañable acaso de todas: la fraternidad. Porque el dulcísimo y comprensivo padre, no obstante su excepcionalidad moral e intelectual, aparecía ante la mirada de la comunidad cultural siempre en actitud de servicio, en cuya humildad y sencillez podía uno descansar como se hace con el mejor de los hermanos. Nadie ignora que a tal universo axiológico puede reducirse a en una expresión cardinal, cuyo nombre es el de humanismo.

V
   La posición política del maestro Héctor Palencia Alonso rendía homenaje a las Escuela Libre de Derecho en la que se tituló con honores, pues no era otra que la del liberalismo en sus concepciones más avanzadas. En su anverso, el maestro asumía el liberalismo por haber entre el liberalismo y su temperamento moral una especie de armonía preestablecida; por su reverso debido a su exaltado patriotismo, por su emoción social, patria, cívica: por sentir y pensar que nuestros pueblos hispanoamericanos sólo regímenes liberales pueden levantarlos a la grandeza futura.
   El medio para establecer en nuestras regiones, aún hoy en día parcialmente colonizadas o sujetas a ideologías de dominio, ha sido históricamente el camino sinuoso de la democracia: es decir, la asociación  política compuesta por voluntades autónomas, libres para decidir su plan de vida, cuyo fin es el que la libertad de cada uno de sus miembros pueda realizarse. Se trata de una asociación, en efecto, de carácter moral, en que se privilegian los dos sentidos de la dignidad fundamental de la persona: a) el principio de igualdad, de acuerdo al cual la sociedad asuma la obligación o responsabilidad moral de asegurar que las acciones de cada uno (todos) se rijan por principios válidos para todos (cada uno), y; b) el principio de distinción, de acuerdo al que la sociedad asuma la responsabilidad de reconocer que dentro de ese esquema el sujeto pueda elegir la vía que lo conduzca a su mayor perfección singular posible. Estos dos principios así han de conciliarse por los grupos, las comunidades culturales y sus instituciones si queremos hablar de una sociedad libre y justa, es decir, de una sociedad moral, pues ambos valores por ser comunes a cada uno de los miembros del grupo social deben ser asumidos por todos. Porque el principio de igualdad garantiza el imperativo de la universalizabilidad –sin el cual no hay propiamente acción moral posible-; mientras que el principio de distinción asegura por su parte el respeto a las diferencias. De no cumplirse el primer principio la sociedad deviene injusta, de no apegarse al segundo la sociedad cae en la barbarie de la exclusión o en la manifiesta intolerancia. Sólo recociendo tanto el anverso cuanto el reverso de la dignidad de la persona puede tratarse a ésta como un fin en si mismo y no sólo como un medio, como un instrumento o utensilio de los otros –factores que son la clave kantiana que garantizan el verdadero comportamiento moral (Fernando Salmerón).
   Puesto en la perspectiva de los valores cívicos, se trata del modelo de asociación social regido por la noción de justicia, el cual reúne las dos exigencias básicas para el desenvolvimiento autónomo de la persona, es también el modelo que garantizaría la realización de los derechos humanos y sus obligaciones. Ellos son, básicamente, siete: 1) el derecho a la vida, es decir, contar con los medios de subsistencia de acuerdo a los niveles de escasez de una sociedad –y la obligación correlativa de contribuir a la subsistencia de los demás de acuerdo a las posibilidades de cada quien: 2) el derecho a la seguridad contra la agresión –cuyo correlato es la obligación de contribuir al mantenimiento de la paz interna y a la defensa común contra la agresión externa: 3) el derecho a la pertenencia, el cual es la condición de posibilidad de una asociación, implicando la no exclusión o la aceptación de todos sus sujetos, aunque la posición acordada sea diferente, siendo este principio la base de la integración a una cultura determinada y el fundamento de la autodeterminación de las distintas comunidades culturales –cuyo correspondiente es la obligación de los miembros de contribuir al bien común de las comunidades culturales a las que se pertenece: 4) el derecho a la libertad de acción, el cual comprende las libertades individuales: de conciencia, de opinión, de asociación, de desplazamiento, de propiedad sobre los bienes de uso, etc. – cuya obligación correspondiente es el respeto por las libertades del otro o su no interferencia, es decir la obligación de la tolerancia: 5) el derecho a la libertad de decidir en el ámbito privado o de la autonomía de la voluntad en la vida personal o el derecho a las libertades privadas. A estos cinco derechos del agente moral, constituyentes de su núcleo mínimo de acción, abría que sumar: 6) el derecho a decidir en el ámbito público, o la capacidad de autodeterminación en la vida colectiva en tanto es la libertad de elección y prosecución de fines comunes en las asociaciones a las que se pertenece –y cuyo reverso es la obligación de reconocer para todo miembro de la sociedad la misma autonomía que una persona quiere para si, reconociéndolos como agentes morales capaces de decidir sobre su vida sin imponerles nuestra voluntad o utilizarlas para nuestros fines o la abolición del autoritarismo reduccionista inmoral, y: 7) el derecho a la libertad de realización, de ofrecer las mismas oportunidades a todos para realizar sus planes de vida: es decir, el derecho social de la justicia de no dañar la oportunidad de otro por el obstáculo interpuesto por hombres mejor situados (Luis Villoro).
   En su acción práctica me tocó ver infinidad de casos en que el Maestro Palencia, asumiendo responsablemente sus obligaciones, puso en juego tales valores –añadiendo algunos otros, de carácter ya no digamos liberal, sino de espíritu piadoso y francamente, escandalosamente diríamos modernamente hoy, caritativo, cristiano. Porque el maestro igual guardaba en el fondo frugal de su menguada faltriquera unos centavos para la práctica expedición regional de un alumno de derecho, que para abonar una guitarra para una ejecutante vocada, que para adquirir uno más de los ensayos del dibujante marginado, que para los cigarrillos del soñador poemático, quienes nos le acercábamos siempre confiados de recibir su ayuda o incluso éramos sorprendidos gratamente por su infalible e inagotable don de generosidad –el cual, hay que añadir, era acompañado de una expresión a la vez de exhaustiva entrega  y de emoción regocijada (en cuya paradójica conformación puede medirse su inalcanzable altura moral y la satisfacción de su empresa, oximoron en que se concilian los opuestos creando el ejemplo sintético, que es inequívoco emblema del levantamiento anímico, que es la dimensión del espíritu).
   Por todos los medios del diálogo y la conversación, de la persuasión y el ejemplo, el maestro Palencia intentó dar cohesión a la comunidad cultural que tan honradamente presidía evitando así la desavenencia entre sus grupos constituyentes. No por ello limitó las diferencias en el campo del espíritu y del gusto, defendiendo siempre la libertad de enseñanza y de comunicación, promoviendo siempre la difusión sin restricciones de conocimientos y resultados, pues la tarea de la cultura es un conjunto natural cuyas partes sirven de apoyo recíproco. Sin embargo, lo que más acendradamente defendió el maestro fue la posición del “liberalismo cultural”, fundamento de la libertad interna o libertad de espíritu, consistente en pensar con independencia a los estereotipos y prejuicios sociales, de la publicidad o la propaganda o de los hábitos embrutecedores reveladores de la decadencia interna de la civilización actual. Se trata del valor de la “tolerancia generalizada”, que sin perder de vista la actitud crítica frente a costumbres y tradiciones inauténticas, se realiza en el esfuerzo de adopción de los usos, hábitos, creencias y perspectivas que más convienen a la felicidad humana.




VI

   La libertad es uno de los valores más apreciados por la era moderna que se cierra. Dicho apenas técnicamente se trata de la autonomía formal del carácter o de la antiguo libre arbitrio. Si embargo, la libertad de individuos o de grupos puede estar guiada por conceptos de altura y formada espiritualmente... o puede estar lastrada con los estigmas de la manquedad, la ineficacia o el sin-sentido. Bien formada puede ser una libertad ascendente, mal cifrada una libertad descendente.
   En efecto, frecuentemente la libertad de individuos o incluso grupos, al afirmar su propia libertad o arbitrio se postula como una proyección del querer que al introducir la realidad del valor postulado introyecta también una nada sobre el ser -destruyendo incluso en la soberbia todo poder creador al elegir la ineficacia de la destrucción. Sus formas atenuadas van de la indiferencia a la voluntad de reducción.  pasando por la ignorancia voluntaria y el franco desconocimiento. Variantes más venenosas se encuentran en el mexicanísimo ninguneo o en el ostracismo perpetrado por las multiformes manías de los desprecieros o por la ambigua moral convencional de la conveniencia. Tales actitudes refuerzan el sentimiento de expansión del yo, empero tal dilatación tiene un trasfondo negativo, pues es  sólo el germen del que se alimenta la voluntad de poderío, la cual no puede sino engendrar a su vez  la dominación y por lo tanto la violencia. Esa defensa de la libertad es tan fallida para el individuo como ineficaz para la comunidad, pues niega inevitablemente la libertad del otro, la cual choca en su patencia con la postulación del querer del mismo –que al ser mero deseo no tiene en si ninguna consistencia ni existencia sustantiva. Doble movimiento nihilificador en que la inexistencia real del valor postulado por el mismo niega la existencia real de la libertad del otro –volviendo su acción o imposición autoritario o una libertad meramente sorda e ineficaz. Porque el intento de crear el mundo a nuestra imagen y semejanza  corre  el  riesgo  de  introyectar   en  la vida  social  el  inconsciente  subjetivo -autodescalificándose de paso como agente moral.
   La baja estofa que es el signo característico de la era moderna que termina opto por el estilo vulgar de un individualismo desinteresado por tales virtudes, cuyo naufragio se manifiesta en la sintomatología social de la neurosis burlesca o de la histeria colectiva, en la agresividad y en los terrores irracionales estratificados en la voluntad acaparadora del lucro, en el culto derrengado del consumo o en la desoladora búsqueda del erotismo desfajado. 
   El Maestro Héctor Palencia Alonso, mentor de toda una comunidad cultural, purificó su concepto de libertad con las virtudes del ascetismo y la humildad, añadiendo a la verdadera libertad el valor social no sólo de la tolerancia sino de una actitud más elevada: la de la concordia -porque la actitud del querido jefe cultural era la del ser transparente y como el cristal o abierto  y siempre igual como la expresión o la palabra. El ser como apertura en su actitud liberal se manifestaba, en efecto,  en estar su vida tendida fuera de sí, dirigida hacia los otros y a lo otro radical –se llame igual Comunidad, que Poesía, Misterio o Dios.
   Quiero decir con ello que su vida estuvo siempre dirigida a los demás, referida hacia los otros: que fue una vida con sentido. Porque una vida con sentido es aquella que como la palabra no está referida a sí misma, sino al otro; que deja de interesarse en la propia existencia, para procurar e interesarse en la esencia de los demás, en lo que importa o que es valioso en ellos... y que así la justifica. La vida justificada es aquella que tiene sentido, pues, al revelar las notas esenciales del fundamento –que ya no tiene sentido, ni justificación, que ya no es para otro, sino que es meta aludida que ya no alude, ser puramente en sí y para sí mismo que simplemente “es”.
   La vida y presencia fulgurante de Don Héctor Palencia puede verse como un dilatado testimonio de aquello que la dirigía y orientaba: las actitudes y expresiones de su cultura nativa, de su comunidad, pero también de las manifestaciones más elevadas del espíritu -cuyas dos vertientes trató siempre de armonizar. Ese modo de afrontar y enfrentar la vida lo llevó a dejar de girar en la órbita cerrada de su propia existencia dejando en la negación del vivir en sí o para sí mismo una opacidad ganada positivamente para su ser abierto que, en efecto, estuvo tendido siempre hacia lo otro y fue siempre por ello una reiterada revelación de los otros: del espíritu y de la comunidad que lo fundamentaba. Con ello no atendía a la formula de la vida económica, que postula una máxima de provecho por un mínimo de esfuerzo, sino a la ley de la caridad cristiana, en donde se da el conmovedor espectáculo de un máximo de esfuerzo por un mínimo de provecho personal.
   La libertad real se obliga a sí misma a dos actitudes que son también dos testigos del espíritu: la humildad y el ascetismo. La humildad bien entendida es la conciencia de nuestra propia limitación personal y humana, la cual va acompañada del sentimiento de carencia y de dependencia derivado de nuestra propia pequeñez. Ascetismo, por su parte, ni significa el silicio auto inflingido o la morbosa tortura de uno mismo, sino el dominio y la contención de los instintos, el sacrifico de los impulsos y las tendencias de ánimo a favor del desprendimiento de uno mismo, en el brindarse plenamente a otros e incluso en el sacrifico del bien personal a favor del beneficio colectivo. También significa la actitud disolvente tanto de la ingenuidad como de la vulgaridad espiritual, cuya vía tradicional es la de humillar el deseo de comodidad y los estados de conciencia alimentados por la bonanza de la carne. Es, pues, un maceramiento de la carne cuyo objeto es despertar el ánimo aletargado por el confort o el consumo, que humilla la voluptuosidad que reduce al hombre al ámbito de lo amorfo y sin molde, conduciéndolo por pasos contados de la angustia, a la desesperación, a la nada. Humildad y ascetismo, al reducir al hombre a su medida limitada a la vez que desvalora las pretensiones ostentosas de la vida profana pone un dique a los desbordamientos de la hybris fáustica de nuestra edad, subrayando en el pesimismo de la carne el optimismo y altura del espíritu. Tales virtudes de la libertad, lejos de autoafirmar una voluntad individual o gregaria autosuficiente -revelada en su impotencia humana en gastos de capacidad de aniquilación-, son la únicas que pueden volverla eficaz tanto para el individuo como para la comunidad.
  Y es ahí, en ese humilde y puro acto de la libertad, donde tiene que buscarse el misterio y el atractivo de la singular personalidad del Maestro Palencia Alonso y el sentido de su gesta cultural. Porque el hombre cuya vida tiene sentido no se muestra él mismo, sino que al despejar la esencia del fundamento se hace instancia revelante ...pero no revelada. Porque el ser para otro no revela nada acerca de sí mismo, sino acerca de la potencia que lo fundamenta... mientras que el fundamento que así apoya y justifica al sujeto tiene por lo contrario como esencia el ser revelado, pero ya no revelante... pues su ser ya no tiene más referencia o no es más para otro, sino que es en sí y para sí mismo.
   Ante el terror de las libertades extraviadas producto del avance vertiginoso de la técnica y de la planificación totalitaria de nuestro mundo moderno acaso quepa entre nosotros el desarrollo colectivo de una nueva actitud espiritual de la que el Maestro Palencia Alonso dio fiel testimonio con su ejemplo heroico individual: la obediencia disciplinada a una autoridad superior, a una ética basada en un nuevo concepto de libertad, en donde pueda abrirse el mundo del valor y de la vida espiritual en una colectividad liberada, ya no de las fuerzas de la naturaleza, sino de las fuerzas destructoras del arbitrio individual.   
VII
   Crisis es cambio. Puede ser para peor -el terror de la novedad moderna que conlleva la disolución de los valores tradicionales y es muchas veces promotora de lo incognoscible o del caos-, pero también puede ser un cambio para mejor. Héctor Palencia luchó como nadie contra los dragones del subjetivismo axiológico o de los valores, contra la ficción de los deseos de poder de individuos y grupos, que al mezclar realidad y querer enturbian la visión, incluso contra la pedestre calumnia que supo soportar como la cruz orientadora que señala el camino de la montaña y su aguda pendiente. ¿Para qué abundar sobre la necesidad urgente del conservador de rescatar valores puestos en riesgo por el desmayo de los afeminados o por la avanzada de los abajo, para qué hacer el lamentable inventario de las insidias urdidas por la soberbia o la pereza hechas con los materiales deleznables del resentimiento o del lodo? Porque con el escepticismo contemporáneo, el inmanentismo, el dogmatismo, o el relativismo historicistra en tanto posiciones intelectuales, acaso no vale la pena ni enfrentar ni afrontar o confrontar –puesto que son posiciones que por principio disuelven el principio de razón, el cual pareciera parecerles una afrenta. Que a ellos quede la figura ejemplar del maestro como quedaba la imagen del león muerto ante el hocico del perro vivo. Las ociosas críticas de burócratas no culturizados o culiatornillados no tendrán otra función que la de revelar su pertenencia a la liviandad pestilente de los demonios del viento o al batir de alas de las importunidades de la mosca  –pues la altura metafórica de un hombre no se mide por la provocación de la rabia o del rumor entripado del coprofílico socialismo intestino, sino por su resistencia al diente roedor del tiempo. Porque, por otra parte, la tragedia del mundo contemporánea, su malentendido, el gusano que corroe su raíz, es el dar a colasión un mundo donde nadie nunca es reconocido –epítome de la famosa ceguera positivista ante los valores.
   Para saltar los formidables obstáculos sociales y psicológicos que estas actitudes desviadas de relacionarse comunitariamente entrañan, el abogado Héctor Palencia Alonso llevó a cabo una fundamental tarea historiográfica, destacando todas las aristas y valorando los sobresalientes matices espirituales de las principales figuras de la cultura durangueña. Su obra de historiador, en efecto, sentó las bases para la mejor comprensión de la trascendencia humanística de las principales figuras culturales, haciendo desfilar por sus páginas la galería completa de sus principales presencias –a las que siempre supo tratar con ponderación y generosidad o de las que dio escrupuloso y fiel testimonio. Con modestia y hasta humildad dejó el esclarecimiento último y exhaustivo del concepto por el forjado de “Durangueñeidad” a los jóvenes científicos de lo social y artistas que lo suceden y ahora han de tomarle el relevo real en el tiempo -pues el supo, estoy seguro de ello, sembrar en las jóvenes generaciones la inquietud por el conocimiento de lo “propio”, y esperó siempre de ellas su participación decidida en los problemas urgentes de Durango, confiado en que ellas serían unidas e iluminadas por el amor a lo que también fue su tierra, su solar amado.
   La cultura era entendida por el maestro no sólo como un haber obtenido, como la suma de creaciones humanas acumulada en el transcurso de los años, sino en lo que tienen de características particulares, poniendo así el acento en lo que hay en ellas de distintivo por su modulación en un grupo social y en un ambiente geográfico –aspecto social y comunitario que da a los hombres una diferenciación formal por la fisonomía cultural regional y cronológica. Es decir, la cultura implica en su fondo más íntimo un sistema de patrones de conducta que caracteriza a los miembros de una sociedad. Porque la cultura de una sociedad, alimentada por los logros distintivos de sus figuras, resultado a su vez de la invención social, se compone en su núcleo esencial de ideas tradicionales –esto es, históricamente obtenidas y tamizadas, seleccionadas y trasmitidas por la comunicación oral y la lengua escrita. La pasión cultural distingue nuestra país ante la mirada del extranjero. Los mexicanos, en efecto, queremos serlo porque a la vez que detectamos en la difusa atmósfera del tiempo nuestro pasado histórico fecundo y glorioso, queremos ser: ver en acto al país dibujado y que se nos muestra sólo en potencia, lastrado por la caída en que lo sumió la decadencia y conquista de nuestra cultura.
   Nostalgia de sentirse herederos de un pasado histórico fecundo y el terror sagrado de ver ante nosotros el presente decadente o vacío de pueblos improvisados. Por un lado la caída, por el otro la esperanza de una grandeza futura inocente aún de toda caída en el retroceso del cacique, del fundamentalista, del jefe providencial, de la revuelta de los de abajo, de los vulgares, en la regresión del individualismo, en el apelmasamiento del peligroso gregarismo, o en la tela arácnida tejida por el obligado gangsterismo de las asociaciones políticas... en los traumas endémicos y atavismos ancestrales de nuestras costumbres y que en realidad son sólo llagas, lastres, ficciones de imperios o cosmogonías del caos. El olvido del ser del que tanto se quejaba el mago Tolkien, al ver triturados por la industria y los detritus arrojados por la modernidad en términos de fantasmas y sombras los verdes prados y los valles, los jardines amados de la vieja infancia. Por el otro lado la fe en que tal mundo puede aún recuperarse.
   La “Durangueñeidad” es así el concepto y la tesis con que el maestro supo encapsular  una hermosa filosofía del hombre y de la historia: como las pautas de la cultura históricamente obtenidas en una sociedad que resultan válidas para nuestra más sana convivencia. Porque la Historia no es solo lo que le pasa al hombre, lo que pasa y al pasar se convierte en polvo y ceniza, haciendo al hombre un mero “ser para la muerte”. No. La Historia, lo ha dicho el maestro, siendo la más bella y trágica obra de Dios, siendo la incansable devoradora del tiempo, es también lo que va constituyendo a un ser espiritual, siendo una modalidad de lo que llamamos vida. Es verdad, la Historia es también origen y símbolo.
   Al destacar la vida de los hombres durangueños que nos han legado con sus obras estilo a nuestras vidas, gusto a nuestros afanes estéticos y rumbo a nuestros ideales y esperanzas el Maestro Palencia Alonso a la vez ponía un dique a los tiempos de cambio y revueltos que corren, desangelados en parte por las tremendas técnicas de comunicación masiva, las cuales nos ponen de hinojos ante las grandes potencias que cuentan con sofisticados y eficaces instrumentos de propaganda para sus criterios axiológicos –muchas veces, hay que decirlo, lastrados por el afán guerrero, de la competencia innoble o llanamente mercenarios, megalómanos y mezquinos (elementos modernos materia de la irresponsabilidad y el olvido). La “durangueñeidad” no es así sino un concepto particular, extensible y rebautizable en cada región geográfica de nuestra tierra debido a su generosa plasticidad, del viejo ideal del provincialismo. La trascendencia de tal actitud efectivamente radica en encontrarse en él la potencia suficiente no sólo para exaltar el alma nacional, sino también para recobrar y perfeccionar un estilo de vida propio, congruente a las características derivadas de la esencia de cada región.
   La durangueñeidad es así el concepto matriz para acentuar algo muy valioso que hemos perdido, que no es sólo articulador de lo social sino también de la vida interior del espíritu de la intimidad. Sólo se puede recobrar lo que se ha perdido. Tal es a estructura misma del valor, hecha de deseo, de carencia, pero también de visión y de futuribilidad. Para volver a ver, para volver al ser y  disolver las brumas vertiginosas engendradoras del olvido, el maestro se apegó a tesis del zacatecano Ramón López Velarde, que con el santo olor de la panadería en el recuerdo respirable escribió para su Suave Patria:

“Patria, te doy de tu dicha la clave:
se siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el AVE
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, Patria suave.”

VIII

   Inevitablemente la temible Moira abrió para el maestro Héctor Palencia sus puertas un día 31de agosto. Día de consagración de la Catedral de México. Día de consagración de la Catedral de Durango. Día de San Ramón. Día de luna llena. La Moria, la locura alada, sagrada, la sublime locura del amor cristiano coronaba con ello la vida de uno de sus mejores hijos imantado por las esencias, por la poesía, por la filosofía esotérica. El balance de sus resultados en su tránsito por el valle de las lágrimas, sorprendente y majestuoso, cristalizó en el inusitado desarrollo de los copiosos talentos con que se engalana su región geográfica, alcanzando Durango con ello un altísimo grado de calidad e incluso de excelencia en lo que respecta a la recreación de los contenidos de la cultura, especialmente en lo tocante a las expresiones musicales y pictóricas. 
   Junto a los platónicos, el cristianismo del maestro lo llevó a intuir el ocultamiento que lleva a cabo el cuerpo respecto del alma humana, considerándolo por consecuencia como un obstáculo a la contemplación de la cosas verdaderas, como un grillo que nos mantiene encadenándonos en la caverna donde solo desfilan sombras y proyecciones de sombras de las cosas. Invitó a la contemplación de lo invisible y a la realidad inmaterial del espíritu por el camino de la estética y la cultura -depurada por medio del buen gusto insito en la religión de sus amores, cuya regla de vida moral se concentró en espíritu de libertad y en espíritu de caridad. Su resultado fue así la de una actitud ascética muy libre, muy abierta y muy pura, concordante en todo a la iglesia que se deriva del evangelio de San Juan. Su núcleo, nadie lo ignora, conjuga las dos dimensiones de oposición al placer y de limitación del poder, entendiendo que la voluntad o impulso ascético y su contraria, la voluntad de poderío, encarnan la dualidad moral en que radica a fondo y a priori la mismísima naturaleza y misterio del hombre.

   Porque la muerte, a la manera de la filosofía que medita en ella, que nos hace vivir la vida en su presencia, es también la gracia que posibilita separar las cosas visibles y materiales de las ideas y arquetipos eternos, dejando al hombre libre de la cárcel del cuerpo para que el espíritu, ya despojado de la ruda y tosca materialidad, sea atraído junto con todas las cosas puras para vivir confundido con el bien supremo. La vida del maestro de generaciones y de pueblos, emprendió así la aguda subida por la pendiente de la montaña del espíritu, inconcebiblemente, locamente, pagando el mal con bien, tolerando la cruz de las calumnias, despreciando las ofensas y los engaños, los pesares y los insultos, sin distinguir entre amigos y enemigos para los que siempre tenía la palabra edificante y el consejo consolador – actitud de estoico jubiloso que al estar hecha con la sustancia del espíritu escapaba en su comprensión a la mundaneidad y su presión histórica. 
   La vida es también la imagen de la muerte. Ahora empieza a vivir el Maestro, el hijo predilecto de la Cuidad de Suchil, su verdadera vida eterna. Nosotros a cosechar sus frutos. Porque su personalidad histórica es también para nosotros, aquí abajo en este mundo sublunar, un motivo perpetuo de rememoración y conmemoración colectiva. Catastrófico evento, es verdad, que señala también un inicio. Porque de tan irremediable pérdida podemos sacar también una eucatástofre y una lección postrera: que la promesa, como el amor, siempre de alguna manera se cumple, porque en parte es sólo una esperanza, un proyecto, una orientación del sentido, en parte un dibujo a ser iluminado por los otros, por la comunidad a la que el maestro supo heroicamente ofrendar sus días.
IX
   El hombre es el animal que ríe... y que llora. El hombre, en efecto, es el animal que ríe. El hombre ríe cuando se da una situación en la que un valor se pone en riesgo pero es inmediatamente recuperado –ríe ante el hombre que tropieza y se levanta, ante del dislate del sabio que recobra la cordura, ante la torpeza momentánea del bailarín que recupera el compás. Es también el animal que llora cuando un valor puesto en peligro cae definitivamente y es totalmente anonadado. Su emblema es la guerra o la muerte, que asola pueblos y naciones, que aniquila la presencia humana. La ausencia de Héctor Palencia duele ahora como algo que nos hubieran arrancado. Pues en el recuerdo su presencia se proyecta como una constelación de valores -aunque sean las actitudes sustantivas básicas del humanismo despreciadas por nuestro mundo, por la era histórica que nos tocó vivir. Porque el ameno conversador y sabio iniciador, fortificador de vocaciones, hombre siempre sencillo pero nunca simple, combatió la estulticia no menos que a las furias serpentinas con las armas del humor y del afecto, del consejo y la concordia.
   Se ha apagado la tea que iluminaron los días, ¡y con que brillo!, del gran animador de la Cultura Durangueña. La tristeza por tan incalculable merma hace estremecer ahora las fibras más hondas e íntimas de toda una comunidad de mexicanos amigos, en cuyo seno se encuentran y hay que contar a las personalidades más conspicuas del mundo de la música, de las letras, del arte, de la filosofía y de la religión. Tan inconcebible evento, empero, va acompañado inexplicablemente de una serena resignación: porque al hombre que exploró la escalada a los altísimos huertos, que de manera tan atingente cultivo los más dorados frutos de la voluntad y la creatividad humana, no le serán dadas las tinieblas reservadas al impulso inmanentista, sino que con certeza le espera la revelación última de los arquetipos y esplendores reservados para él en su trascendencia a este mundo sublunar, especialmente las imágenes del escurridizo pez sediento del pescador de almas, y  la serpiente y prudente y sabia que todo lo origina.
   El Durango de ayer no volverá a ser el Durango de ahora. Porque la semilla esparcida generosamente por el maestro Héctor Palencia Alonso dará a su tiempo sus mejores flores y sus más sazonados frutos. Porque los maestros llegan a ser también lo que les hacen ser los discípulos, a los que ahora toca corresponder a generosidad con gratitud. Porque a pesar de que nuestros ojos de carne no volverán a ver en la tierra la figura del singular maestro, del padre dulcísimo, del genio lírico y metafísico consumado, porque no obstante ha concluido su peregrinaje entre nosotros, porque aunque su magisterio no volverá a reconfortar los mortales oídos tanto del sabio como las del necio, quedará su imborrable lección de vida, de vivir con secreto como prescribe el arte de la vida. En virtud del recuerdo y de la palabra escrita no dejará de fluir, a pesar de la ausencia carnal, su incomparable fuente de virtud ni su incorruptible timbre cantarino. Lloren entonces durangueños ilustres, mexicanos todos, si son hombres. Lloremos, porque se ha apagado el faro marino en la tierra adentro de su solar nativo.





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