lunes, 16 de septiembre de 2013

José Guadalupe Posada: el Humus Primordial (Historia del Movimiento Muralista Mexicano) Por Alberto Espinosa Orozco


José Guadalupe Posada: el Humus Primordial
 Por Alberto Espinosa Orozco






Las primeras semillas de la Escuela Mexicana de Pintura surgieron en 1890 a partir de la feliz coincidencia entre un editor e impresor y un grabador y dibujante: Venegas Arroyo y José Guadalupe Posada (1852-1913). Así, entre los senos de la imprenta y el dibujo surgieron los primeros gérmenes del arte autóctono mexicano  contemporáneo por mano de Posada, quien llegó a ser el primer caricaturista, dibujante y grabador popular del México prerrevolucionario, dejando una huella estética indeleble en la siguiente generación. El mérito de José Guadalupe Posada fue el saber hacerse natural de México y hacer de ello una patria transparente por no ocultar la tierra, el humus muchas veces trágico del que surgía la nueva era de la nación; pero a la vez el realismo de su obra logró transubstanciar el carácter nacional bajo la forma esencial de la condición humana,  Porque claramente lo que buscaba en su obra era la patria invisible, aquella donde está el fundamento y que es posible atisbar por medio de la revelación de la belleza y de la plenitud de las significaciones. Es por ello que par  Posada naturalizarse mexicano no fue una tarea diferente de naturalizarse ser humano. Su arte, lejos de reducirse a las calaveras populares con que comúnmente se le identifica, cultivó una gran variedad de estilos, ciñéndose siempre a los pequeños y grandes eventos de cada día, y en ocasiones se adelantó a los métodos académicos al acudir a recursos técnicos aportados por la experiencia y la disciplina científica. Su trabajo de grabador labró así matrices cuyas impresiones en su conjunto dan la impresión de un realismo profundo, cuya relación compositiva se estableció libremente entre los polos de lo abstracto y lo concreto o relista, pues lo que buscaba entre ellos era la expresión de la interioridad de la vida. 




   En efecto, para el año de 1890 en la cerrada de Santa Teresa el grabador José Guadalupe Posada (1852-1913) había abierto un humilde taller de grabador. En la misma cerrada, junto a él, ponía una imprenta bien equipada Antonio Venegas Arroyo, autor de corridos y crónicas y extraordinario editor de publicaciones populares –cuentos ilustrados, adivinanzas, calaveras, oraciones, etc.). De esa vecindad nació una alianza que futuro arte mexicano. Las ediciones de Venegas Arroyo se vendían en una casa en la esquina de Guatemala y Republica de Argentina (situada sobre las ruinas del Templo Mayor), donde los grabados de Posada eran iluminados a colores a mano y exhibidos en los escaparates.


   Hacia el año de 1868 José Guadalupe Posada había entrado como aprendiz en la imprenta gráfica  El Esfuerzo de José Trinidad Pedroza (1837-1920), donde se hacían estampas de la imaginería religiosa, viñetas para cajas de cigarros y caricatura política de trazo afrancesado. Allí aprendió Posada los secretos de la estampa en madera y en piedra, desarrollando el dibujo al grado de la maestría, como lo revelaría su obra creadora cuando fue a vivir a la Ciudad de México.
   En el centro de la Ciudad de México por aquel entonces germinaban un gran número de imprentas, donde se reproducían una serie considerable de publicaciones periódicas, de costumbres, entretenimiento y de carácter satíricas. Liberales y conservadores se manifestaban y daban vuelo a sus ideas y posiciones en papeles como La Palabra Ilustrada, El Hijo del Ahuizote, El Chamuquito, El Colmillo Público, El Fandango, El Hijo del Fandango, El Centauro Perdido, El Argos, El Moquete, La Tijera, La orquesta, México Gráfico, El Almanaque del Padre Cobos, El Teatro, Don Chepito, Juan Lanas, El Popular, El Diablito Bromista, La Guacamaya, Mefistófeles, El Moscón, El Padre Padilla, El Gil Blas, entre otras. Irineo Orozco, el padre del pintor José Clemente, había sido un inquieto industrial en pequeño y había tenido en Ciudad Guzmán (Zapotlán el Grande para los conservadores) una pequeña imprenta y una fabrica diminuta de jabones. Cuando llega a la Ciudad  de México en 1890 puso en un pequeño taller su propia imprenta.  Es justamente la época en que la prensa tradicional e independiente comenzaba a dar un giro hacia la prensa dependiente del gobierno, más moderna y informativa (El Imparcial). No obstante, las gruesas vetas de la caricatura mexicana y el arte litográfico se habían quintaesenciado en ese crisol, siendo representantes de esa tradición Carlos Alcalde (1871-1917) y José María Villasana (1948-1904).  
   A unos pocos pasos de la imprenta de Venegas Arroyo, ubicado originalmente en la calle de Encarnación, hoy San Ildefonso, se encontraba la primaria Escuela Anexa a la Normal (luego cede de la Facultad de Filosofía y Letras) donde estudiaba José Clemente Orozco, quien frecuentaba las vidrieras del establecimiento de Arrollo y Posada entrando furtivamente para tomar las virutas de metal cepilladas por el buril del grabador. Posteriormente el maestro José Guadalupe Posada se trasladó junto con la imprenta de Venegas Arrollo a la calle de Santa Teresa la Antigua (posteriormente llamada Licenciado Verdad), para finalmente poner su propio taller de dibujo no lejos de San Carlos, en la calle de Santa Inés (hoy Moneda), sitio al que iban los estudiantes de arte, probablemente también  el precoz Diego Rivera quien ingreso a los doce años a la Academia, para contemplar las impresiones de las láminas de grabado que Posada ponía a seca en el aparador del taller. Se trataba de caricaturas de los hombres políticos, de jueces y generales, también de escenas de la calle y de mujeres de mundo –algunos de ellos comparables a los Caprichos de Goya por su singular crueldad, otros a los dibujos franceses de Daumier por el refinamiento del estilo. Arte del infierno y de la condenación donde alternaban las danzas macabras surgidas del folklore mexicano con esqueletos y calaveras infundidas todavía con el hálito de la vida, articulando en el chasquido de sus huesos los juegos de las juergas, cuya macabra jocundidad tenía por objeto llevarse de corbata en el baile de la muerte a los despistados e incautos -planos en que Posada satirizaba los sectores más acartonados y corruptos del afrancesado reinado de Porfirio Díaz (1830-1915) quien es nombrado presidente en 1890 –pero que de hecho había empezado a ejercer el poder desde 1876, cuando la burguesía oligárquica nacional se divide en dos facciones rivales, una apoyando a Benito Juárez, quien se disponía a aplicar su programa ideado en Veracruz en 1859, y otra, más ávida y audaz sometida a los intereses financieros del exterior, que impulsa a Porfirio Díaz, encontrando en él un caudillo flexible para sus intereses e implacable ante los campesinos y los obreros,   iniciando el levantamiento armado y atizando el descontento popular.





   Luego de logrado el triunfo sobre la Intervención Francesa y el Imperio de Maximiliano muere Benito Juárez de anguina de pecho siendo presidente de la República siendo sustituido por Sebastián Lerdo de Tejada quien contiende con Porfirio Díaz en las elecciones presidenciales saliendo triunfador. Porfirio Díaz comanda entonces un basto sector militar descontento y con el Plan de Tuxtepec se levanta en armas con el lema “Sufragio efectivo no reelección”. En noviembre de 1876 gana la batalla de Tecoac y. toma el poder desterrando a Lerdo de Tejada. El 24 de noviembre ocup la presidencia designando a un gabinete integrado por distinguidas figuras del liberalismo: Ignacio Ramírez “El Nigromante” es nombrado ministro de Justicia, Protasio Tagle ocupa Gobernación, Vicente Riva Palacio el ministerio de Fomento, Justo Benítez el de Hacienda, y Pedro Organzón el de Guerra. Salvo la presidencia del general Manuel González (1880-1884), quien mantiene intacto el esquema del poder, Porfirio Díaz va a gobernar a México de 1877 a 1910 cuando es obligado a renunciar por la revolución maderista. Porfirio Díaz fue un hombre de escasa ilustración, carente de ideas generales, además de ser torpe al hablar, y aunque había sido como soldado un destacado luchador contra el invasor francés y los conservadores como presidente fue olvidando sus ideales liberales.
   La economía del porfiriato se caracterizó por la penetración del capital extranjero y el latifundio excesivo, concentrando grandes porciones de tierra sobre la base de la hacienda. Los capitales norteamericanos, ingleses y franceses fueron controlando así la minería, los ferrocarriles, la electricidad, la banca, el gran comercio y finalmente el petróleo, deformando con ello la economía mexicano al grado de ver aparecer nuevas formas de dependencia política. Con ello, sin embargo, se modernizaron algunos sectores periféricos de la estructura económica, habiendo una bonanza en las industrias incipientes y en los comerciantes. El impacto de la expansión ferrocarrilera sirvió para integrar vastas regiones, promoviendo con ello una movilidad social hasta entonces inédita en el país.  El gobierno fuerte cerraba el ciclo de rebeliones que desde 1810 habían sumido al país en una situación caótica económica y políticamente. Sin embargo, el precio de la paz social fue alto: gobernantes y políticos se reelegían una y otra vez como señores de horca y cuchillo en sus regiones, soportando los jefes políticos eternos a una dictadura personalista y militarista que concilió con el clero, prestó servicios a los hacendados y a la burguesía nacional y extranjera mientras que reprimía a los disidentes políticos y a las clases explotadas. El  congreso maniatado, la represión sistemática cualquier intento de oposición,  al congreso y un periodismo cooptado o perseguido completan el triste cuadro de la dictadura porfiriana.




  El centro de la Ciudad de México lucía por aquellos tiempos, además de sus rancios palacios coloniales, con los nuevos palacios afrancesados de la oligarquía porfiriana, todo aquello rodeado por una multitud de vecindades en las que llegaban a alojar hasta 500 personas, las cuales se extendían de la Merced y la Palma hasta los barrios bajos de Nonoalco, constituyendo el grueso del proletariado urbano. Junto al aumento de la masa popular fue creciendo también lo que Justo Sierra denominara el “mal del siglo”: el alcoholismo. A principios de siglo había en la capital 946 pulquerías, 365 de ellas nocturnas,  y 321 cantinas, alcanzando aquel habito no sólo a escritores y artistas, sino también a los artesanos y a las damas de la sociedad. La prostitución proliferaba en las calles, en las cantinas, en los cafés y mercados y junto con el alcoholismo daba por resultado el consecuente embrutecimiento de los parroquianos hasta los extremos más abyectos de la imbecilidad. El altísimo número de prostitutas daba así un marco  aterrador de la realidad secular en la capital mexicana.
   Tal humus de negra decadencia fue utilizado posteriormente por el dictador Victoriano Huerta como el barro propicio en que sembrar un sinfín de garitos por toda la ciudad de México, los cuales dispersando sus esporas crecieron como el hongo,  llegando a superar en número y con mucho las casas de juego a las cantinas y pulquerías. Se contaban por miles, habiendo dos o más en cada cuadra. Casas lujosas para desplumar a los burgueses y proletarias para exprimir la raya a los obreros. Cuenta Clemente Orozco que por la noche la ciudad se convertía en algo fantástico, pues los numerosísimos centros de juera estaban atestados de oficiales del ejército huertista y de mujeres ligeras. El reclutamiento para el ejército del usurpador era parecido a la leva. Cerraban una calle, una cantina o un garito cualquiera y los varones más fuertes eran secuestrados y enviados a filas, sin siquiera apuntar el nombre de los nuevos soldados en un libro.
   También proliferaban los centros de espectáculos, especialmente los teatros de revista, cantándose entre ellos el Teatro Principal, el Abreu, el Renacimiento, el Hidalgo, el Riva Palacio, el teatro Moderno, el Guillermo Prieto, el Orrin. En ellos se representaban obras clásicas y modernas, teniendo su lugar la opera y la zarzuela, pero también el circo, los títeres y la pantomima. Con los años el mismo José Clemente Orozco recordaría, en la década de los 40s., la considerable violencia de aquel mundo perdido y la ferocidad sicaliptica desatada en los garitos y los teatros. Angustias de la carne que en medio de un ambiento denso y nauseabundo enterraban la tristeza del alma, para luego agitar los impulsos y explotar en la lascivia o en la bronca. Socialismo de la carne cuya masa se abraza o se agita y a si misma hiere en medio de una atmósfera oprimente, envenenada por los vicios y la concupiscencia morbosa.

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