sábado, 21 de noviembre de 2015

La Educación: la Formación Humana Por Alberto Espinosa Orozco

La Educación: la Formación Humana
Por Alberto Espinosa Orozco



1.1.- La filosofía debe partir de lo dado, y lo dado es el pensamiento consciente de sí, ya en posición directa. Debe partir así del pensamiento consciente de sí hacia… donde sea; pero tomando siempre en cuenta la situación objetiva del sujeto filosofante en su posición de partir hacia donde sea, pues todo pensamiento sólo se conoce cuando es verbalmente expreso y la expresión del pensamiento presupone siempre tanto, un sujeto como un objeto de la expresión, que se expresan a alguien: a un destinatario, articulando sujeto, expresión y destinatario una situación.
1.2.-  La situación articulada por las presentes expresiones pretende ser una situación de convivencia formativa, es decir, una situación, lato sensu, educativa. Pues puede entenderse por educación, efectivamente, toda aquella expresión verbal (incluso mímica) que articule una situación de convivencia formativa.
   Más en particular entendemos por educación cierta especialización: la expresión y comprensión de expresiones que articulen situaciones de convivencia formativa enderezadas o de acuerdo a las peculiares aptitudes y predisposiciones de carácter de cada individuo, que de forma innata orientan a la persona a la adopción de ciertos contenidos de la cultura.


1.3.- La educación, así, se dirige muy especialmente a la familiarización primero, después a la asimilación y, por último, a la recreación de tales contenidos y formas culturales. Tales contenidos y formas de la cultura suelen expresarse en su excelencia en formas bellas –de ahí, la predilección del pensamiento latinoamericano por tales formas, lo que delata ya en este una orientación a la educación, a la formación de sus pueblos. Por lo contrario, las formas desagradables e incluso inhumana de la pedagogía, llámense lo mismo adiestramiento, que instrucción o el mero adoctrinamiento, suelen ir en contra de la verdadera educación, ser contrarias a ella, y por ello tener ya una forma ya un contenido deformante de lo humano, ya propiamente inmoral. 
   El pensamiento hispanoamericanao ha visto bien que, en contra de la modernidad toda, las situaciones formativas del ser humano están más cerca de las artes, incluso de las artesanías, que de la construcción de motores y de vehículos, de móviles los en el espacio. El hombre blanco, como lo llama Vasconcelos, tiene una abierta predilección por la construcción de tales aparatos, siendo su arte, a decir de Diego Rivera, propiamente el de las máquinas. Empero, puede argumentarse tímidamente, la sobreabundancia de aparatos, artefactos, útiles, instrumentos, va creando un entorno técnico, dominado por los procedimientos administrativos y por la velocidad de los aparatos hasta el grado de volver la vida humana maquinal y al ser humano mismo un proyectil disparado al espacio, en una civilización sin horizonte cultural propio, desorientada, pues, tanto educativa como moralmente –o para decirlo en un lenguaje vagamente religioso, perdida.     


1.4.-  El hombre es el animal que se desvive para poder vivir, que se deshace para poder hacerse, obligado, como el ave fénix de la mitología clásica, a rehacerse cada día de sus propias cenizas. Es verdad, el hombre se desvive por adquirir los contenidos y formas de la cultura, por pertenecer a una tradición, mientras que a la tradición le es olímpicamente indiferente nuestra pertenecía a ella. Vienen a la mente la figura del “matado” por el estudio, por adquirir esos contenidos y formas, que se desvive por apropiárselos –se desvive, en efecto, porque tales bienes son enteramente inapropiables.
   El caso de quien se desvive, quien se desvela “quemándose las pestañas” para poder comunicar luego sus conocimientos, o para un examen. Empero, la asimilación o la absorción de conocimientos de nada sirven si no van enderezados a la formación humana. Porque la cultura, que abre una puerta y un horizonte al hombre, también puede convertirse en prisión, en cárcel de enajenación, en potencia alienante del ser humano –cuando, por ejemplo, una cultura se enmohece y reinan no las nuevas formas de sus contenidos, cuando se vuelve estéril para recrearlos, sobreviniendo no la renovación sino el lugar común del convencionalismo –que es la peor de todas las locuras.
   Un dejo de fachadismo se siente entonces en el mundo, ya sin vida, de las instancias culturales, saturándose a poco de esos parásitos que, movidos por otros intereses, pueden ser políticos o de ambición personal, se convierten en actores de sí mismo, imposibilitados de llegar a ser sí mismos, en figurines o manequís de sí mismos, o bien de plano en simuladores, en gesticuladores, entre cuyo variopinto cardumen no deja de faltar el simple fanfarrón, el vividor, el melancólico existencialista repelente ostentando en la la solapa como un flor el verde gargajo del resentimiento.    


1.5.- Las expresiones de la cultura se vuelven entonces vagas por la simulación, dando una gran prioridad a la forma y a las formas sobre los contenidos, pero con una gran indeterminación referencial, pues nunca acabamos de saber, bien a bien, a lo que apuntan cuando se habla de democracia, de recursos, de participación o de la cultura misma. Se da entonces el fenómeno de las culturas falsificadas, cuyos modos son variados; uno de ellos, es la falsificación de una tradición por enajenación en su propia herencia, pues una cultura sin vida tiende a repetir gastados y viejos modos de identidad, no produciendo una emoción estética, sino el recuerdo añejo de una emoción, dominando su coloratura entonces la melancolía, de lo que ya pasó, de lo que no es y de lo que no está vivo –en un peculiar culto a la muerte que se regodea en el tantas veces malsano ejercicio de la melancolía, de la nostalgia, de un fervor por la patria que huele a rancio, que es ceniza, pólvora quemada.
1.6.- Sin embargo, el equívoco dominante en la cultura occidental moderna es la incomprensión en el tema de la especialización –la cual se ve como una mera función de la técnica y la industria. Sin embargo, puede argumentarse, la especialización es una característica propia a la naturaleza humana, dada justamente en virtud de la multifacética figura de su naturaleza protéica: de tener el hombre de forma innata predisposiciones y aptitudes de carácter que, a la vez que lo diferencia de los demás miembros del grupo, lo hermana a otros grupos con similares predisposiciones de carácter, siendo también similares sus gustos, inclinaciones y incluso sus temperamentos. Tales predisposiciones de carácter, que la naturaleza, en forma por demás avariciosa, dota a cada hombre al venir al mundo, deben ser detectadas en el proceso educativo lo más tempranamente posible, para el logro completo y lo más perfecto posible de su pleno desarrollo.
   Sin embargo, en todos los centros de enseñanza y de aprendizaje, en todos, no debe olvidarse nunca, ya sea en medio del desarrollo de una compleja ecuación matemática, como en medio de un recital de Mozart, que los que está en el fondo de los descubrimientos científicos y sus adaptaciones tecnológicos, como de la palestra estética o política, es el destino mismo de la especie humana.       
1.7.- Por lo contrario: la especialización del ser humano debe atender a los propios o propiedades exclusivas del hombre derivadas de su esencia, que son justamente las “exclusivas del hombre” por las que también se lo ha definido. Porque si el ser humano es un ser provisto de palabra, de razón, no lo es menos que tal racionalidad impregna todas sus actividades, las cuales deben hallarse en armonía y en concierto de acuerdo a un eje ordenador. Porque el hombre no es sólo el homo sapiens de la arquelogía, ni el homo aeconómicus de los créditos bancarios, ni el homo faber de la revolución industrial, ni el homo locuaz, el homo ridens, el homo ludens de los circos, como no es sólo el homo aestéticus de las vanguardistas galerías artísticas o el homo religuiosus de los golpes de pecho en la plaza pública del Vaticano.
   Porque es entonces, en la especialización de sus predisposiciones y aptitudes de carácter y en los procesos de familiarización y de asimilación de una cultura que el hombre en parte descubre y en parte construye otra cosa: una interioridad –sin la cual, en verdad, en poco o en nada nos distinguiríamos de los brutos, de las bestias, de los animales.

   Se trata de la misma, de la propia naturaleza humana, que es una especie de segunda naturaleza, que simultáneamente ya está ahí, en cada uno de nosotros, pero tiene a la vez que ser descubierta, encontrada, despertada. Las inclinaciones de carácter, las predisposiciones para alguna de las diversas formas y contenidos de la cultura, constituyen así una verdadera previsión del sujeto, una preciencia para… para… para llegar a sí mismo: para encontrarse consigo mismo, para dar lo mejor de sí. Se trata así de algo que es a la vez origen y de algo que es posterior a la búsqueda: encuentro. De algo que sólo existe antes de la búsqueda como falta, como carencia, como pérdida –y que los instrumentos, formas y contenidos de la cultura ayudan a recuperar. Recuperación del sentido de nosotros mismos sobre el telón de fondo del sentido de la especie; también de la patria perdida, porque la verdadera patria siempre ha tenido dos nombres eternos: son la verdad y la belleza.


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