miércoles, 24 de febrero de 2016

Poema a las Ostras Marinas Por Alberto Espinosa Orozco

Poema a las Ostras Marinas
Por Alberto Espinosa Orozco





En los remates aéreos
De las orlas Durangueñas
Que rematan sus casonas
Hay un fluido de ondas
Y blondas espumas marinas.

Encerradas en sus conchas
De las casas solariegas
Pacientemente respiran
Virginidades ariscas.

Bajo este cielo de ensueño
Todo es evocar las espumas
De las nubes peregrinas
Que vuelan por las esquinas.

Que vienen para bañar
En el respiro del cielo
A la ciudad entre ruinas
Cerrada sobre sí misma
Como las ostras ariscas.

Salobre gusto se esfuma
En las lenguas que se asoman
O en las carnes de abulón
Con el andar vagaroso
De las nubes peregrinas
Que van al mar en retozo.

Salvándonos del destierro
Y los demonios del tedio
Al llevarnos a las playas
Con el encanto del sueño.

Navegando hasta llegar
A las orillas del mar
Para poder respirar
Del origen de la vida
Con Fabián de cocinero
Y capitán del velero
Del refugio marinero.



Marinas de José Luis Ramírez 

Transgresión, Inconformidad y Revolución Vanguardista Por Alberto Espinosa Orozco

Transgresión, Inconformidad y Revolución Vanguardista
Por Alberto Espinosa Orozco



    Tarea de la antropología filosófica es encontrar los principios de la esencia humana y sus cimientos eternos metafísicos, volviendo así a las fuentes del ser, de la ontología y de la vida -en una época tan amenazada por falsas filosofías y por ideologías de dominio. Hace falta, efectivamente, limpiar también nuestro sistema axiológico volviendo a la razón y al hombre... y enderezar el camino. Volver en una palabra a la filosofía, a la antropología filosófica, y levantar, en una reconstrucción ab integrum, la estructura entera,  vertical y alada, del ser humano. ¿Porqué de que nos sirve lo externo, lo mismo las fachadas relujadas que el hedonismo del consumo, si se pierde la forma humana, la idea misma de lo que somos por esencia los hombres, absorbidos por la existencia o por las olas del devenir, por lo que no tiene ninguna trascendencia metafísica? Porque el hombre contemporáneo ha llegado en su despliegue histórico al inmanentismo más extremo, olvidando por tanto la metafísica, sin idea de la estructura misma de su naturaleza y del alma humana, ignorante de su propio centro, y sin idea de Dios –encontrándose así severamente mutilado, manco del espíritu, mocho del alma, sujeto a una serie de doctrinas alrevesadas e hirsutas causantes de que la verdad sea llanamente desechada e incluso blasfemada.[1]
   El vulgo, la mayor parte de los hombres que practican la malicia, no tienen la ciencia ni el conocimiento por medio del cual el hombre recuerda las raíces negras el pecado, para menospreciar los vicios de todo lo que es materia y poner remedio a ello –menos aún recuerdan el Plan Divino de acuerdo al cual ha sido constituido el Universo. Es por ello que algunos hombres, separados e incluso adversos a la facultan de la intelección, a la facultad de intuición de lo divino (nous), se dejan engañar por sus deseos, siendo arrastrados en persecución de una vana ilusión, que engendra la malicia en las almas, pues el vicio, envidioso de la divinidad, se adhiere a los placeres radicados en la parte material del ser humano, rebajando al hombre a la naturaleza del demonio, de la bestia o del bruto.
   La malicia del vulgo es, pues, una carencia de sabiduría; en particular, una ignorancia respecto de lo que es el pecado –que es la palabra, acto o deseo contrarios a la ley eterna; implicando por tanto una desobediencia o rebelión contra Dios, una ofensa a Dios (Salmos 51.6), incluso una guerra contra todo lo que es espiritual o divino en el hombre. Ruptura, pues, con la ley regia, con la palabra de la Verdad –que es el conjunto de las revelaciones de Dios sobre el comportamiento humano y el destino del alma (Mt. 5. 17-19; 7. 24-27; Jn. 13.17).  Ley que prescribe no vivir según las concupiscencias  y pasiones humanas acostumbradas por los gentiles, en el libertinaje desbocado de desenfrenos, lujurias, liviandades, crápulas, orgías, embriagueces, glotonerías y culto ilícito de los ídolos, sino vivir según la verdad de Dios, siendo sensatos y sobrios –teniendo como escenografía de fondo la Buena Nueva, que implica el juicio final de los vivos y de los muertos.



   Así, la expresión más sólita de la ignorancia del vulgo es la vanidad, que es el amor de sí y el desprecio a las cosas del espíritu, y de las cosas de Dios. El pecado se manifiesta entonces en las obras de la carne, que va de la fornicación y el libertinaje a la pereza y la molicie, pero va corriendo hacia los pecados del espíritu –siendo el mayor de todos esa como exacerbación intelectual de la envidia llamada soberbia. El pecado mortal se reconoce así porque destruye la caridad en el corazón del hombre, mostrando con ello que no hay vida en aquella persona. El pecado puede verse entonces como un verdadero atentado a la solidaridad humana, siendo el fruto negro de la ignorancia un desorden o desequilibrio moral que implica una cierta desolidarización con los próximos y cercanos, una especie de pecado o falta social asociado a la complicidad con otros en el mal, que lleva a la ocultación de la mentira, a la violencia e imposición social o a los pactos de la concupiscencia.
   Ignorancia del pecado, es cierto, cuya naturaleza propia es la de estar premiado –pero ser castigo, pues es pérdida de la pureza, de la luz, mancha que encadena a la opacidad y a la luz negra de la desesperación, que es la entrada en la caverna platónica, donde no se ven las cosas, sino siluetas adormecidas de las cosas diluidas entre sombras. También pérdida de la gravedad del espíritu, insoportable levedad del ser, que al perder contacto, al romper las raíces con las formas y arquetipos que por medio del intelecto nos mantienen unidos al cielo –pues el hombre es como un árbol invertido, cuyas raíces se levantan hacia arriba-, queda suelto y a la deriva en el mundo de las cosas fugitivas.  
   Su camino, nadie lo ignora, es el del error, cuyo fruto amargo es la barbarie. Su síntoma inmediato: no reconocer la verdadera lengua (ser un mleccha: tartamudear en sánscrito), lo cual consiste no tanto en no tener Ley, sino en no entenderla, presentando por tanto como salvaje, como fiera, como incivilizado –en cierto modo como inhumano por carente de “religión”, de normas sagradas, siendo así su comparente no tanto carente de coherencia, sino de reflexión, pues el bárbaro, el vulgo en una palabra, no tiene entonces manera de representarse su actuar, que es otra manera de decir que no sabe vivir según los símbolos (aunque es cierto que tal ceguera para símbolos, y que tal sordera para las normas pudiera agregarse, puede deberse a un defecto de quien está ante el símbolo o la norma; puede deberse también a los defectos de los símbolos mismos, cuya causa estaría en los hombres que los instituyeron, deformándolos o pervirtiéndolos, es decir, por una especie de demencia social que ha enfermado a los símbolos, pues la civilización no sólo instituye los símbolos, sino que en parte también los pervierte, por caso en la civilización moderna por el afán desmedido de novedades). La barbarie pude verse así como una carencia o falta de tradición –lo que se expresa diciendo que una persona es incapaz de hablar la verdadera lengua, que no puede “conversar”, quedando por tanto fuera de la civilización, mientras que la lengua verdadera sería así el vehículo de la tradición y de la razón.[2]
   La mayor barbarie es así la que por vía de una carencia radical de tradición deja intuir simple y claramente la vedad de Dios –también los mandatos divinos de la moralidad. Y es la ignorancia respecto de Dios la falta más notable de las ideologías modernas; ignorancia de Dios que es también una ignorancia respecto de las fuentes de la verdadera libertad. Porque la modernidad misma en su despliegue tiene que trastornar, neutralizando, el concepto mismo de la libertad para desprenderse de su raíz ahincada en la tradición y de la conciencia del pecado, de la falta moral –convirtiendo su concepto en un mero derecho de paso, que ni obliga al sujeto a una norma, ni lo hace responsable de nada, incubando en cambio en el sujeto moderno el chancro de la secresía, el frío corazón del cálculo y de la conveniencia social, y la anemia del confinamiento existencial. La exigencia de una vida más vida y de una libertad más libre son entonces así sus corolarios –donde los conceptos por tanto empiezan a girar sobre sí mismo para despedazarse o engendrar sus contrarios –en una intensidad existencial que, sin embargo, en su hybris o desmesura fáustica, quedando desligada de compromisos ontológicos con lo sobrenatural (metafísica), contrae sin saberlo compromisos de carácter meontológico (ya con la desesperación, ya con el ansia de la inexistencia o de la nada).




   El hombre de la modernidad resulta así como superpuesto al hombre medieval, caracterizado por una libertad más grave y responsable, dando cada vez más la apariencia de la ligereza, de la liviandad y en cuya densa capa tectónica se estratifican progresivamente, no sólo una razón autocontenida y solipsista, sino una vaciamiento de la tradición, cuya ruptura atrae la vida humana hacia las formas de la inconciencia, en las tendencia de la materia  animada y sin espiritualizar  al impulso, al mero instinto, en una especie de retrogradación hacia la animalidad o, en su otro extremo,  hacia lo demoniaco, lo cual se manifiesta en una angustia estructural, constitutiva del ser humano moderno, siendo en su autolegislación autosustante, pero pudiendo en cualquier momento dejar de ser, que para el hombre es dejar lo que ser, de deshumanizarse pues, o en el peligro de al sostenerse en la punta del instante discontinuo, sin  un tiempo asegurado por el momento eterno de la recreación continua, se tronche, para dejar de ser en lo absoluto. Sus conformaciones sociales son también modificadas y radicalmente, no siendo ni pudiendo ser comunidades de fe trascendente, guiadas por la fe en un bien común de trascendencia metafísica, sino apenas amalgamadas en la superficialidad equivoca de la contingencia y de los encuentros casuales y azarosos, trenzados en el río del tiempo para destrenzarse luego en el fragor de las aguas corren hacia abajo o en el estancamiento de la pútrida ciénaga.
   El hombre moderno es así el hombre rebelde, rebelde a la tradición, pero también al conocimiento de sí mismo, quien lejos de reconocer una naturaleza humana se da penamente al vértigo de la existencia: a la bonanza de la carne, a la codicia de la ambición materialista y aún a la idolatría –aderezando malamente su zozobra igual con la musac digestiva que hamaca las entrañas al fondo del banquete, que con la estridencia improvisada, a la vez sorda y ruidosa, de la agresiva y vertiginosa megalópolis.


   Rebeldía, vanguardia y revolución van así de la mano. La búsqueda de una moral más permisiva es sólo el primer paso que conduce a la revolución, la cual es un producto de la inconformidad, de la ruptura con la tradición. Porque la inconformidad a fin de cuentas contra lo que lucha es contra la costumbre, contra la conformidad con la norma moral, por lo que hay también en ella un desacuerdo con el origen. Nada más revolucionario que ser hijo de la fortuna, que ser hijo de la ´técnica, que el hombre hijo de sus propias obras, el cual no tardará en revelar su verdadero ser auténtico: como un mercenario del cosmos –ajeno a toda legitimidad y aún a toda naturaleza que le sea propia. Pero lo que va contra la tradición, la novedad, la excentricidad, el extremismo, que saca a los hombres de su centro, en experiencias de fuga de sí, no es otra cosa que… que…., si, que el pecado; es decir, la obra del demonio, engendrador de comunidades tan diversas y abigarradas como in-auténticas -siendo en cambio la auténtica comunidad de una fortaleza contra el demonio, un organismo natural de la conformidad con uno mismo y con la comunidad.
   La obra del demonio es la fascinación, la seducción: es el hechizo de la belleza aliada a la perversidad que hace desaparecer toda religión. La revoluciones, con lo que hay en ellas de histeria colectiva, de desmesura, de deseo ilimitado de poder o de placer, e incluso de soterrada lucha de clases, es lo menos angélico que uno se pueda imaginar. Ninguna revolución, en efecto, es angelical. Su método es el dialéctico; el de la negación y el de la negación de la negación, pues toda afirmación la pone en entredicho guiada por una demoniaca pasión por conocer, convirtiéndolo todo en problema y haciendo de todo un puro objeto intelectual. Su orientación es la de destruir un orden, una religión o una monarquía, las cuales al desplomarse sustituye inmediatamente por otras… de orden marcadamente inferior: a la monarquía sucede la dictadura del proletariado o el imperio de la mediocridad; a las místicas superiores y la metafísica las místicas inferiores, luciferinas, que son sólo simulación y fachada, que imitan vulgarmente la creación el espiritismo, o que rayan en la mistagogía, el misterio de la Atlántica o en el culto a la lucha de clases. 
   Su resultado: un mundo meramente inmanente en donde todo es pura fugacidad o ligera del ser y donde el sentido mismo de la realidad se pierde –pues el mundo del diablolismo, al entrar en la cruda irrealidad del mal, se despide necesariamente de toda realidad, de todo afecto y de toda seguridad. Porque el temperamento revolucionario, como el del espíritu vanguardista que es su correlato estético, es también el ámbito de la excepción y del peligro –donde se corre el peligro de disolver toda realidad y de caer preso en la deslealtad de los sentidos.




[1] Los modelos sociales que procuran la comunión ente los seres humanos quedan así pronto enfangados en un soterrado y oscuro paganismo –lo mismo en la crápula del socialismo oficial que hace del estado un nuevo ídolo (y un nuevo absolutismo), que en el socialismo del orbe estético, cuyos “performativos”, igual que en el socialismo del marketin y del toper were, o que en el agnosticismo perturbado de la pesudo tranza por mencionar sólo algunos ejemplos, realiza apenas una mímica enteramente desangelada de la participación –y de donde se derivaría el fenómeno profetizado para los tiempos últimos de la gran apostasía.
[2] Es importante hacer notar que Yahvé considera a un pueblo “como suyo”, el cual se identifica con Israel, siendo el pueblo elegido, destinado a levantarse sobre las turbulentas aguas del devenir universal y sobre la historia misma, trayendo al mundo justicia y amor; mientras que los otros pueblos, corruptos por el paganismo, vendrían a ser más bien “no-pueblos”, simplemente constituidos por hombres del mundo, es decir: muere; por lo contrario, Israel al tener su punto de apoyo fuera de la historia sería el único pueblo en no disolverse en la historia o en la vida, pues no participa por completo de tal devenir –pues aunque Yahvé amenaza y castiga continuamente al pueblo elegido, no lo abandona nunca, prometiéndole el mensaje divino y al Mesías. En México, por su parte, se registra también esa diferencia; por un lado el pueblo pacífico de los Toltecas, el pueblo de los cantos y las flores ofrecidas a la divinidad, consagrado al culto de Tláloc y Quetzalcóatl; por el otro los pueblos bárbaros o chichimecas, que no entiende la verdadera lengua.


martes, 23 de febrero de 2016

El Grado Cero de la Voluntad Por Alberto Espinosa Orozco

El Grado Cero de la Voluntad
Por Alberto Espinosa Orozco


    El equilibrio de la compleja naturaleza humana (que es natural y sobrenatural, intelectual y emocional, egoísta y altruista) solo se encuentra en la virtud, que es la conducta que procura la perfección equilibrada –que se individualiza personalmente, pero que sólo puede lograrse políticamente, de acuerdo a valores intersubjetivos totales como la felicidad, hasta subjetivos (como puede serlo la satisfacción en el cultivo de alguna afición o disciplina: para uno tocar el tololoche, para otro escribir poesía, para uno más cantar, etc.), lo cual se explica por ser los sujetos históricos no sólo individualmente distintos, sino diferentes.
   El egoísmo alcanza su límite de expansión equilibrada en la afirmación de la propia voluntad, sin imponerla a los demás. Alcanza su perfección cuando antes de avanzar sobre la voluntad ajena se acerca a los demás con espíritu de identificarse con ellos, dejándolos libremente ser ellos mismos y experimentando la simpatía de la identificación intelectual o emocional de tal manera que la propia personalidad se enriquece con la experiencia de la convivencia en la identificación emocional o intelectual, expandiéndose, dilatándose, esponjándose la propia libertad con el espectáculo de la variada riqueza de la realidad.
   El valor del liberalismo es la corona de la virtud equilibrada del egoísmo; el respeto e incuso la complacencia en la individual personalidad del ser humano –que es anejo al respeto por las libertades de creencia y expresión y que se postula como máximo valor del humanismo. Más que unanimidad uniformada, complacencia, pues, por la pluranimidad y maravillosa riqueza de lo humano y del Universo todo.
   Sin embargo, el egoísmo empieza a acusar una tendencia desequilibrante cuando recae en el atávico impulso de hostilidad contra el extraño simplemente por serlo, por pensar, creer o sentir de otra manera –impulso de hostilidad que se expresa primariamente mediante la indiferencia, dejando al otro por decirlo así chiflando en la loma. Las formas socialmente codificadas de agresión al prójimo empiezan incoándose con el olvido del otro; subiendo de grado por medio de la intimidación, el chantaje y la provocación.
   Como ha visto Schopenhauer el grado cero de la voluntad, el grado en que el corazón se congela y se endurece la nuca. Empieza con la indiferencia, con el no distinguir al otro y en este sentido borrarlo de la visión, no teniéndolo, por ejemplo, en cuenta o “haciéndole vacío” –que es la razón, o mejor, la sin razón de ser del “descarte” o de la exclusión. Pero puede bajar de grado hasta el punto de la vanidad, que es el encierro sobre sí mismo, o más gravemente aún, del orgullo: de imponerse al otro por la fuerza, a como de lugar; su manifestación intelectual sería la de la ortodoxia dogmática: el de imponer a otro el propio pensar, sentir o creer –hallando sus formas más refinadas en el adoctrinamiento y más descaradas en la convención de la uniformidad institucionalizada. Al otro se le excluye entonces por no pertenecer al grupo, a una corte de allegados o sellados, por pensar y actuar de distinta manera, por salirse de las cabezas… del rebaño.
   Se trata entonces de la afirmación egoísta de la propia voluntad pero que va más allá de sí misma avalada socialmente, invadiendo así la esfera de autonomía de la voluntad del otro y, en este sentido, oprimiéndolo. Se trata de hecho de una contracción de la voluntad y de su endurecimiento concomitante, de tal manera que la propia voluntad se convierte en negación de la ajena. Su forma más tenue de expresión es la falsa promesa, la cual crea una esperanza en la voluntad del otro cuya expectativa queda defraudada. La voluntad propia que niega la ajena se expresa así con alguna energía negativa e impositiva, cometiéndose por tanto alguna injusticia –haciendo nacer una ofensa en el paciente, quiero decir el surgimiento de un dolor interior al ver negada su voluntad y un remordimiento de conciencia en el agente de la imposición al llevar a cabo una invasión negativa y no consentida en la voluntad ajena. Así, lo que propiamente se llama egoísmo es el punto de vista unilateral que se desapega de los intereses del otro en provecho del propio bienestar, llevando a cabo así una acción inmoral, al infringir al otro un dolor interior al tener que soportar una injusticia.
   El hombre egoísta es en efecto aquel que considerándose el centro del mundo se siente a la vez empequeñecido hasta la nada como la gota de agua en el mar, preocupándose así en tal contrariedad sentimental solamente por su propio bienestar, dispuesto a sacrificar todo lo que no es él para afirmar su propia persona –adoptando por tanto la figura estética de la vanidad o de la presunción y exponiéndose por ello mismo al ridículo –actitudes que se vuelven funestas cuando son adoptadas por la masa desatada emancipada de toda ley. 
   Su figura más lamentable la alcanza en el fariseismo o en la hipocresía, que es la sólita actitud del resentido egoísta, que protege su esfera de autonomía autárquica presumiendo públicamente de obras de caridad, de beneficio social o de altruismo, pero que sólo usa para llevar agua a su molino, blanqueando así la fachada de su sepulcro, pero que, como la garganta de la parábola, está habitada de gusanos carroñeros y rondada por las tinieblas espectrales de la muerte -contrayendo con ello el peor de los defectos o fallas morales, que es el de la dobles de la personalidad o propiamente hablando la hipocresía, cuando el individuo sobre ser un egoísta es además un estafador.
   Por lo contrario, la acción altruista es aquella que sacrifica el propio bien en provecho del bien colectivo o del bien común, por m
or de un ideal y de una idea superior del deber de la persona y de su función social no desvirtuada por los intereses egoístas –actitud, habría que agregar, tan contraria al rabioso individualismo, vanidoso, orgulloso, ampuloso e hinchado de nuestro tiempo crítico.




viernes, 19 de febrero de 2016

La Plaza de Fundadores Por Alberto Espinosa Orozco

La Plaza de Fundadores
Por Alberto Espinosa Orozco 





Más que Valencia o Florencia;/
más que Venecia o Vascuña;/
esos muros me recuerdan/
las paredes de los muros/
del profeta Jeremías/,
en que Jerusalén se lamenta,/
sin hincarse de rodillas.//

Y no a la gélida Viena,/
en que Wittgenstein confía,/
con esa su lógica ambigua;/
sino al Vietnam del oriente/
donde se muere la gente/
por olvidar tristemente/
a fundadores egregios/
de esta tierra prodigiosa/
que en panegíricos cantos/
ensalzaran sus bellezas.//

Subiendo luego al sitial/
del más alto de los cielos/
y al estrado más cascado/
de las leyes impolutas/
a desfondados florones/
y a confusos cojitrancos/
que van subidos en sancos 
-obsequiados por los reyes/
con plastiquitos del Banco.  



lunes, 15 de febrero de 2016

Agua de Memoria Viva Por Alberto Nazario Espinosa



Agua de Memoria Viva
Por Alberto Nazario Espinosa

A Don Guillermo Tovar de Teresa



Sobre un lívido altar de desmemoria
se levanta entre las llamas de la gloria
un nombre de entusiasmo constelado
que reconstruye la memoria minuciosa
de áureos palacios que resguardan las espadas
en cuyo centro está surgiendo eternamente
el borbotón alado en el ombligo de la fuente;
descansa ya su cuerpo, no su mente,
siempre fluyente en su mercurio vivo,
entretejiendo con diamantes su corriente.





lunes, 8 de febrero de 2016

Trece Tesis sobre Freud y Marx -mas una más sobre Feuerbach Por Alberto Espinosa Orozco

Trece Tesis sobre Freud y Marx -mas una más sobre Feuerbach
Por Alberto Espinosa Orozco





1.-  No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social... es su inconsciencia...!!!
2.- No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social... es la fabrica...!!!
3.- No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social... es la corriente, la convención social, que a la vez lo enajena y lo vuelve perfectamente inconsciente, ferozmente individualista y hasta revolucionario (institucional, se entiende)...!!!
4.- No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social... sino su ser social, que hasta lo invierte, determinando la inconsciencia de su falta de virilidad, volviéndolo así mas bien no hombre...!!!
5.- No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social... es entrarle, a cualquier precio, al embute...!!!
6.- No es la conciencia, la reflexión, la filosofía, lo que determina el ser social del hombre... sino la lucha darwinista por la vida y la vaga idea de la eficacia de la feroz competencia en pos de la selección por la hembra natural...!!!
7.- No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social... sino su inmoral voluntad de poderío...!!!
8.- No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social, mucho menos la dialéctica critica de su filosofía... sino los impulsos inmorales del inconsciente, sus neurosis y delirantes fantasías principescas de la infancia...!!!
9.- No es la razón del hombre lo que determina su conciencia y su ser social… sino las emociones y mociones de animo de amor y de odio a lo existente, y singularmente a si mismo, lo que determina su razón, su conciencia, que determinan así su ser social...!!!
10.- No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social... sino la técnica, técnica de dominación de la naturaleza inanimada y, al través de esta, de la dominación del hombre -con el avieso objeto de enriquecer a unos a costa del empobrecimiento de todos...!!!
11.- No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social... es la ingeniería -y su destino es la política...!!!
12.- No es la conciencia la que determina el ser social del hombre... es la rebeldía, la mentira, el ocultamiento de la verdad y la convención social de los privilegios de clase o el convencionalismo, que es la peor de todas las locuras...!!!
13.- No es la conciencia del hombre la que determina su ser social... es la inocencia de ser como antes del bautismo, de irse siendo sin culpa como el viento, aullando y bufando como el viento, a la patria sin nombre de los muertos...!!!

14.- No es Dios lo que determina la conciencia moral del hombre… es la conciencia social del hombre quien determina lo que es Dios … o no es…!!!

Durango, México, a 6 de septiembre de 2012




sábado, 6 de febrero de 2016

Los Dos Rostros de Eros: Noreña y Caravaggio o Baglione Por Alberto Espinosa Orozco

Los Dos Rostros de Eros: Noreña y Caravaggio o Baglione 
Por Alberto Espinosa Orozco





  El MUNAL atesora en su colección la obra escultórica de Miguel Noreña La Lección (Sátiro y el Amor). Compleja obra, y perturbadora, en la que el acompañante de Pan y de Dionisio abraza malicioso al Amor (Eros o Cupido), llevando la boca a su oído para mal aconsejarlo, pues la naturaleza subversiva del lesivo romano lo impele a romper con el orden y el decoro, intentando incluso corromper de ser posible al mismo dios de las dulces flechas. Imagen crítica de su tiempo, que presenta la contrapartida moderna y pesimista de nuestra era, específicamente al intentar obtener el amor por medios venales. Espíritu contrastante con el piadoso optimismo del barroco que suponía la imagen de El Eros divino derrotando al Eros terrenal, por Giovanni Baglione, 1602.



    Esta escultura de Noreña, vaciada al bronce, se encuentra reproducida ahora en el Paseo de las Esculturas de Álvaro Obregón. 




 Miguel Noreña nació en la Ciudad de México en 1843. Estudió en la Academia de San Carlos donde ganó una pensión para especializarse en Europa, viviendo en Paris por varios años. A su regreso sucedió a Vilar como maestro de escultura y en 1868 fue nombrado Director de Escultura de la Academia, en sustitución de Felipe Sojo. Su obra se caracteriza por la búsqueda de la identidad nacional, también por una completa sustitución de los motivos religiosos en sus trabajos a cambio de recibir contratos con el gobierno, así como por haber sido maestro de la generación con que cierra el siglo XIX mexicano: Jesús Fructuoso Contreras, Gabriel Guerra y Enrique Guerra.


    Giovanni Baglione (1566-1643) fue un pintor italiano manierista tardío y temprano barroco pintor e historiador del arte. Más recordado por su participación áspera y perjudicial con el artista, un poco más joven que él, Caravaggio. Nació y murió en Roma. Pasó de 1621 a1622 en Mantua como el artista de la corte del duque Ferdinando Gonzaga, donde la exposición a la fabulosa colección de pinturas venecianas Gonzaga influyó en su estilo. Tuvo una exitosa carrera, recibiendo un caballero Papal en la Suprema Orden de Cristo (la más alta de las órdenes papales) en 1606, y su larga relación en  Roma con la Academia di San Luca, ya que  sus biografías revelan "un artista obsesionado con el estado". Publicó dos libros, Las nueve iglesias de Roma (Le nove chiese di Roma 1639), y La vida de los pintores, escultores, arquitectos y grabadores, activos 1572-1642 (Le Vite de 'Pittori, scultori, architetti, ed Intagliatori dal Pontificato di Gregorio XII del 1572. fino a 'tempi de Papa Urbano VIII. nel 1642 , 1642). Sus biografías cubren más de doscientos artistas en diversos medios de comunicación, todos los cuales habían trabajado en Roma y estaban muertos en el momento en que publicó su obra.


   La pintura más conocida de Baglione, también llamada Amor Sagrado y Amor Profano, donde Eros desnudo en compañía de un enrojecido sátiro se prepara para recibir el castigo del ángel bienhechor, fue una respuesta directa a la obra de Michelangelo Merisi da Caravaggio, llamada Amor Vincit Omnia (1601-1602), donde en cambio se muestra a una Eros ambiguo y envilecido, cuyas negras alas de águila lo delatan como ave de mal agüero. Conflicto entre el querubín Putty y el dios Eros, o entre el eros terrestre y el celeste, en una palabra, tema que el maestro mexicano Noreña recrea con gran originalidad y contención clásica, dialogando con la tradición, bajo la forma de un angelical pero pervertido sileno y el pequeño niño alado. 



   Hay que agregar la íntima relación que guarda la obra del escultor mexicano con otra de su discípulo Gabriel Guerra llamada La Lección o La Ninfa y el Amor, donde con otras formas se repite la misma escena de la venalización del amor o su corrupción por las malas artes de los caprichos de la concupiscencia.