lunes, 30 de enero de 2017

Patricia Aguirre: Fragmentarium Por Alberto Espinosa Orozco

Patricia Aguirre: Fragmentarium
Por Alberto Espinosa Orozco


“También el reino de los cielos es semejante a un mercader
que buscando buenas perlas halló una perla preciosa,
fue vendió todo lo que tenía y la compró.”
Mateo, 13



   La artista durangueña Patricia Aguirre se ha echado a andar por el camino, en medio de la crisis que asalta, que socava y fatiga al mundo contemporáneo, y lo que ha encontrando es un estridente panorama desalentador, erosionado por el viento maniático y  angustiado por los temblores de la decadencia. Es por ello que en su más reciente exposición el motivo paralizante del miedo se le ha impuesto a la vez como una evidencia y una clave, entendiendo tal sentimiento de ansiedad como un símbolo disuelto por toda la superficie de la cultura y a la vez como un estigma de su asfixiante presión histórica y de su exasperada tensión generacional.
   Arte narrativo que al hacer un inventario  de los emblemas de la crisis va revelando, a través de una selección y catalogación de sus imágenes cotidianas dominantes, un entramado de fondo en el que se relata una especie de viaje simbólico: viaje de penitencia plagado de peligros, callejones sin salida y cruces de caminos, en cuya trayectoria la artista va dando cuenta tanto del mundo roto y fragmentario que se abre a su paso, cuanto de los obstáculos interpuestos por las fuerzas oscuras, que aparecen como signos de advertencia en el exterior, los cuales  tienen como objeto retrasar la llegada del viajero al centro interior y escondido de la persona.[1]
   El retablo de 40 imágenes presentado por la artista, numéricamente asociado a los periodos de penitencia, nos muestra en sus retratos una serie heteróclita de imágenes condensadas de la modernidad, como si de una madeja hecha con los cabos sueltos de un gobelino deshilachado se tratara. Lo primero que salta a la vista entonces al ser puesto de relieve por la artista, es el esfuerzo que hay en el arte de retomar, de manera coherente y ordenada, el sentido disperso de lo social, para incorporarlo en una estructura más basta que lo englobe y donde puedan leerse las relaciones internas, el lugar y el significado que los fragmentos tienen en esa totalidad. Y lo que así aparece es una especie de chisporrotear de los colores y de caída en los sentidos, donde en torbellino se levantan las ilusiones del cuerpo y de la mente, hasta el grado de fracturar o desarticular los elementos materiales y psicológicos de sus modelos.





      Imágenes del reverso del mundo racional de la técnica dominadora de la materia inanimada y, a través de ésta, de la naturaleza humana misma donde, sin embargo, se muestra el expediente de sus resultados finales: el hombre convertido en un átomo aislado de los demás, escindido de sí mismo y separado de la unidad de la armonía cósmica –es el retrato del hombre moderno, que tras de sus disímbolo atavíos se ha vuelto infértil, no creativo, fracasado en su proyecto de libertad, que envuelto en el vértigo del tiempo no puede responder ante su propia vida, esencialmente frustrado al poner en contradicción partes de su propia naturaleza, dividido, escindido en contra de sí mismo al romper con todos sus responsabilidades y compromisos fundamentales con el prójimo y con la tierra misma –quedando por ello ya disgregado entre los sonámbulos, aletargado por sus fantasías narcisistas; ya preso del melancólico extravío, desdibujado entre las asambleas de los corazones sombríos, que tras el humo del café y los reflejos de las vidrieras consagran las horas a vagas mecánicas para matar el tiempo. Mundo postmoderno, pues, que se ha descarrilado, en su proceso de progresiva secularización, hasta el grado de constituirse como una sociedad en riesgo de precipitarse al abismo cínico de la deshumanización, dándose así una peculiar modulación cultural, que bajo la forma de la moda o del hábito de las costumbres espolvorea la ansiedad y el miedo por todos sus rincones. Cultura de riesgo, es verdad, acicateada por la aceleración de la historia, la tecnocracia, el inmanentismo y la publicidad, disparada en todas direcciones, que la artista a su vez tiene que dividir en una serie de figuras emblemáticas para llevar a cabo el análisis de sus compleja problematicidad.
   Se trata así de un retrato de mundo contemporáneo en el que reina la aceleración de la historia, donde el imperio de la técnica y sus procedimientos acaba con la diversidad de las culturas, uniformándolas sin unirlas, empobreciendo los estilos y aplanando las diferencias; mundo globalizado de la condensación de las formas y de condenación de las ideas, donde las figuras estéticas dejan de ser realidades espirituales, intelectuales y sensibles, para consagrar el objeto único que niega el sentido, el cual a su vez es negado por una abstracción, por un concepto -que resulta vacío. Retrato del mundo contemporáneo y nuestro, absorbido y degradado por los vacuos rituales de la vida pública y por sus órganos masivos de publicidad. Mundo eviscerado y sin distinción ninguna, donde para volverse acepto hay que adoptar todo un sistema de convenciones arbitrarias, de imposturas y de lugares comunes asociados, recayendo de tal modo en el magma del gregarismo apelmazado por la irracionalidad humana. Mundo de artefactos y de producción en serie también, cuya estética de la utilidad y el rendimiento arroja al arte a la esfera de la entropía histórica y de la aldea global, cuyo muladar de signos  resulta infectado por el chancro estético de las frívolas vanguardias, arrojando a la palestra, confundida con sus convulsiones, la imagen cada vez más desarticulada de la belleza. Pintura, pues, que pone ante los ojos los símbolos una vida condenada a la frenética instantaneidad de las imágenes, cuya absoluta prioridad de lo significante deja sólo un vacio succionador donde se ha retirado el espíritu de la humanidad y junto con él el alma del mundo, en un remolino que no deja impronta de su paso al filtrar su polvareda entre las piedras erosionadas del olvido, abandonando así a la belleza, ya inerme, a su propia desnudez envilecida.
   La detenida meditación de la pintora Patricia Aguirre en la compleja composición de su retablo, no es así sino el esfuerzo sostenido de concentrarse en sí misma, a través de las mil veredas de las sensaciones, de las emociones y de las ideas para, atravesando la muchedumbre de los deseos, volver a la luz –sin dejarse coger o atrapar por entre los vericuetos del camino. El viaje, difícil, sembrado de dificultadas, es riesgoso porque equivale a una muerte y a una resurrección espiritual en su trayecto, el cual conduce en su fin al interior de sí misma, al santuario oculto donde residen a la vez las potencias más misteriosas de la personalidad y el secreto de la unidad perdida del ser. Proceso de transformación, pues, narrado como viaje simbólico por el valle estridente de las tinieblas contemporáneas, poblado de presencias irreales, ominosas o huidizas, hacia las costas diáfanas de la luz y del ser, donde se establece como fin la victoria del espíritu sobre la materia, de lo eterno sobre lo perecedero y de la inteligencia sobre las violencias y licuefacciones del instinto.




   Mirada crítica, es cierto, que en base a las virtudes de una estética colorista y a la rapidez de la ideación, busca el encuentro del centro místico de la persona, de su propia persona, en un esfuerzo de concentración de la imagen simbólica, para lograr así la sublimación de la materia, la transfiguración de los elementos y la superación de los instintos primordiales –encontrando a través de recuento de los orígenes la perfección ideal de los fines, adquiriendo así por transformación la naturalización espiritual. Purificación del símbolo también en lo que tiene de participación y solidaridad con todos los niveles cósmicos, potente por tanto de participar activamente en la vida de una cultura, de partir y de insertarse en el lenguaje vivo de una comunidad por virtud de su autenticidad y de su accesibilidad a cada uno de sus miembros al estar en contacto permanente con la actividad mítica y fantástica de cada uno de sus miembros –dando con ello la plenitud y razón de ser del símbolo: volver la vida, para aquellos que lo comprenden, más matizada, más rica, más íntima.
    Alegoría, metáfora continuada y concatenada por la diversidad de elementos que caben en ella, la obra de Patricia Aguirre, de un tono paradójicamente minimalista por expresar contenidos asequibles a la instrumentación orquestal de los murales, pero que se sirve de elementos muy antiguos, como los repertorios de los bestiarios medievales.[2] Salvación de la cultura por la cultura misma también, que ante sus intimidantes abismos de mecánica frialdad y agobiante tiniebla de nuestro tiempo reclama una restauración completa por la vida de un humanismo renovado.
   Arte cuyo género narrativo, relata la angustia del ser humano en la época de la postmodernidad, preso en las redes simbólicas y en las técnicas de los manipuladores profesionales, y todo ello bajo una mirada, que sin dejar de ser  veras, agregue los componentes de la limpidez, donde reina la precisión del trazo y la calidad luminosa de cada pincelada –y todo ello subsumido en el dilatado espectro de una reflexión crítica sobre el valor moderno de lo simbólico. Así, su obra resulta una especie de lotería giratoria, la cual evoca también al juego de “serpientes y escaleras” o, mejor dicho, una tirada de cartas personal que, no obstante diseñado por una psicología como una especie de espejo y de reflejo de la intimidad individual la cual logra, simultáneamente a la revelación del autorretrato, detectar los impactos emocionales de una época y, de tal forma, revelar una potente radiografía del inconsciente colectivo.
   Así, lo que salta a la vista en tal exploración es el error que domina, no sin frivolidad, a las vanguardias, a las heterodoxias modernas y a las nuevas herejías: la confusión entre la valoración de la Vida, determinada por las normas y los ritmos cósmicos, y la sobrestimación de los impulsos vitales, que se mueven en el inmanentismo de lo puramente temporal, preparando un provenir sin contenido metafísico –siendo su signo y su estigma el de las aguas descendentes que bajan hasta el confín de los amorfos ríos infernales que no participan ni de la memoria ni de la Vida. También el propósito de restaurar las normas y el canon moral, de viajar teniendo en cuenta los límites de las formas puras y las distinciones precisas, donde el espíritu puede detenerse en la contemplación, permaneciendo así dentro de las fronteras del ese (ser), sin dejarse por tanto arrastrar más allá de las formas o de los sentidos, donde comienza la confusión de la eternidad y de la nada, el devenir evasivo de la subjetividad personal, las posesiones y las obsesiones, de la barbarie orgiástica de lo fantástico y de la indeterminación del porvenir o de la nada. Defenderse del no ser mediante el respeto de las normas, de los límites, de las formas, que es un acto a la vez de dominio de uno mismo para mantenerse en la corriente de la Vida. Acto de decisión por la libertad ascendente, por una libertad más grande y solemne, que sea responsable para con uno mismo, que responde a la propia vida con cada acto que realiza.
    El políptico de la artista  constituye, en efecto, un testimonio de los caracteres de la edad contemporánea que se interroga por los misterios de la condición humana, basada no en una construcción ficticia, sino en una experiencia concreta traducida con minucia en una descripción objetiva a partir de conceptos claros que buscan sin embargo lo que hay en ellos de símbolo e incluso de mito: la concentración arquetípica de una verdad que le permita llegar y ser sí misma. Su estilo fragmentario, lleno de sugerencias y matices, de distinciones nítidas, de riqueza y de respeto por el contemplador al no dar nada por definitivo o acabado, es también el desarrollo de una exclusiva humana más: la del proyección del sentido sobre el trasfondo de la existencia humana . Porque ser humano es vivir en ese trasfondo de sentido, de tiempo orientado por la cultura, que  tiene vasos de comunicación insospechados  en sus aristas, que nos precede y que no morirá con nosotros rebasándonos por todas partes. 
   La meditación de la Maestra Patricia Aguirre en la compleja composición de su políptico se interna en el laberinto de la modernidad, es cierto, pero va en dirección del camino del centro, para sí al recordar la verdad inmutable actualizarla. Camino que nos muestra la salida de la amnesia también al hacernos recordar cómo es que toda alma es esencialmente libre –aunque el hombre en estado natural, perdido entre las apariencias, ignore el valor y la situación de su alma. El ser humano, que ha olvidado la situación real de su alma, que ya no se acuerda de la verdad ni de su verdadero centro, es capaz, sin embargo, de recordar la verdad que reside en el centro de su propio ser. Síntesis del agua purificadora de la verdad y del fuego del espíritu, búsqueda del carbunclo que como una perla luminosa protege de la abrasión de la materia, del incendio de las pasiones y que hay que robar a los dragones que la aprisionan en el fondo barroso de los abismos. Moral de artesano también, que en una labor de ascesis y expiación que explora el núcleo de la moral del oficio, donde radica el verdadero trabajo desinteresado del artista: purificar la ciencia de los caprichos de la voluntad para encontrar la morada de la verdad suprema y de la esencia oculta, la luz intelectual que vive y despierta en el fondo inmutable corazón de la persona.
   Búsqueda de la perla escondida, de la esencia oculta que ni la marea del yo ni la concha del espacio-tiempo pueden contener, de la trasmutación de la materia oscura por medio de la espiritualización de los elementos, que por  razón del poder de la luz limpia el vinagre de la melancolía, la herrumbre del pecado y ahuyenta a los malos espíritus. Proceso de evolución del alma que en su viaje pasa de la confusión de la materia homogénea a la heterogeneidad de la diferenciación, a la distinción y discriminación de las formas, remontado con ello el temor a la vuelta de los sucesos superados. Pintura de verdad y de de gran extensión la de Patricia Aguirre, caracterizada por el gusto de los matices, por los oleos que se trasmutan en carne humana, por el deseo de pertenencia y de sentido, por la calidad de cada pincelada y las sutiles texturas, en un concepción de la técnica que va en la dirección de lo impecable, de cuya visión artística nace una traslúcida transparencia, como nace del agua la sal y de la tierra los frutos -como nace también de Saturno la muerte del tiempo y de las rosas.

1-2-2013





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