miércoles, 26 de agosto de 2015

Don Rogelio Arámbula Montoya: El Arte de la Melcocha Por Alberto Espinosa Orozco

Nuestras Raíces
Don Rogelio Arámbula Montoya: El Arte de la Melcocha
Por Alberto Espinosa Orozco

“Soportemos todo padecer
adorando a la mirífica mujer.”
Ramón López Velarde






I
   Hombre apacible y formal es Don Rogelio Arámbula Montoya, una de los artesanos más conocidos de la ciudad de Durango. Allá a lo lejos, después de cruzar en línea recta el adoquinado  rectángulo de la Plaza de Armas, sobre la calle 5 de Febrero, apostado frente a la monumental Basílica Menor de la capital del estado, destaca su figura familiar y corpulenta de hombre serio y risueño, quien a diario toma su posición para cultivar  oficio de “melcochero”, portando su dulce mercancía en una rústica canasta tejida en sencillo plástico imitación mimbre y reforzada con cintas ahuladas de colores vivos de evocaciones nacionalistas.
   Don Rogelio Arámbula Montoya nació en ciudad de Gómez Palacio en los albores de la mitad del siglo pasado. Hijo de Julia Montoya, quien ahora tiene 86 años de edad, y  Luís Arámbula, fallecido apenas hace años y que descansa en paz,  la familia Arámbula Montoya se compuso con la llegada de 15 hijos, sobreviviendo en la actualidad sólo 8 de ellos. Su padre Don Luís, desciende en línea directa del justiciero regional Doroteo Arango Arámbula -posteriormente levantado a leyenda revolucionaria y elevado con el tiempo a mito universal con el nombre de “Pancho Villa”-,  vendía en el norte de estado todo tipo de verduras, desde cebollas a tomates,  pasando por la colorida gama de betabeles, rábanos, zahorias y lechugas. Con su padre Luís realizó don Rogelio siendo apenas un niño sus primeras andanzas en el oficio de comerciante de verduras en la misma ciudad de Gómez Palacio, donde posteriormente casó con doña Ema Vázquez Mijarez, madre de sus cuatro hijos.
   Pasados los años Don Rogelio marchó a la ciudad de Durango para buscar empleo, colocándose en la empresa embotelladora de refrescos Coca-Cola, donde prestó sus servicios por seis años con el puesto de vigilante, trabajo en el que estaba armado para prevenir las posibles contingencias propias a su tarea y en la que dice le fue muy bien dado que devengaba un salario compensatorio justo y gozaba además de prestaciones.
   Empero, después de esa etapa se convirtió en ayudante de su suegro, Isabel Vázquez nativo de Miguel Ahúsa, Zacatecas, quien lo inició en la práctica artesanal de la fabricación de melcocha, oficio artesanal al que se dedica en exclusiva desde hace veinte años. La manufactura de charamusca, como también se le denomina, es una tradición mexicana que se cultiva sobre todo en la región centro-norte del país, desde Pachuca, Hidalgo, y San Luís Potosí hasta llegar a Zacatecas y más allá aún, llegando tal práctica artesanal culinaria a tocar el extremo norte del estado de Durango.
II
   Los instrumentos e ingredientes utilizados para la fabricación de la golosina son todos ellos de carácter regional, pues consisten en un cazo de cobre, la alcayata que es muy importante, piloncillo, agua, llevando como relleno cacahuate o nuez. Las golosinas se hacen por la mañana, se redite el piloncillo en el cazo de cobre y posteriormente se golpea con la alcayata, siendo esta parte de la labor la más delicada,  pues es ahí donde el piloncillo quiebra para volverse trompada y donde agarra ese color que tiene, que es como el color del oro o del cobre, para posteriormente extenderlo y agregar el cacahuate o la nuez y formar así los carámbanos que formar la codiciada golosina. La alcayata es un tornillo grande con una tabla que va pegado a la pader y en ese tornillo se golpea el dulce. Las trompadas, que son así llamadas por su forma de elaboración a base de golpes y trompones, que guardan también algo de la naturaleza ígnea del cobre y de la caprichosa luz atigrada de la caoba, son hechas por Don Rogelio contando para ello con la ayuda de su señora esposa, envolviendo cada unidad en prácticos empaques de plástico transparente sellado, saliendo a la venta cada unidad chica a la módica cantidad de $5.50, los gemelos a $ 10.00 y los carámbanos grandes de nuez a $15.00.
   El éxito de su producto lo atribuye Don Rogelio a que endulza el paladar y a que es una tradición nuestra, propia –además de que se trabaja con pocos instrumentos y con ninguna máquina, sólo el fuego,  el cazo de cobre y la alcayata,  además de la destreza y la fuerza de las manos.
  Los oscuros ojos aceitunados de Don Rogelio se colman sonrientes al relatar el gusto que siente cuando le compren sus charamuscas para llevarlas al otro lado, para los Estados Unidos, sobre todo en vacaciones, cuando le llegan a comprar muchas de ellas , reconociendo así que su trabajo representa una noble tradición mexicana Algunos extranjeros le llegan incluso a expresar que eso que el hace es una joya, así le dicen, que eso ya no se ve en otros sitios y que se puede perder, y que por ello lo respetan, pues gracias a él persevera una tradición cardinal de la cocina mexicana. Don Isabel Vázquez cultivó tal costumbre satisfactoriamente y por mucho tiempo, ayudando así directamente a mantener viva la costumbre culinaria, particularmente  la rama correspondiente a la charamusca estilo Zacatecas, siendo su mismo suegro quien lo anima hasta el día de hoy, diciéndole que le siga, que no le pare -siendo por ello ahora Don Rogelio continuador y portaestandarte de la tradición y el encargado en turno de preservar ese dulce emblema de la cultura patria..
III
   Don Rogelio Arámbula expresa que es un buen trabajo el de charamusquero, pues el oficio de la melcocha al que se dedica con orgullo y con la ayuda de su señora es mejor que trabajar para una empresa, pues siempre trae dinero en el bolsillo y diario lleva a la casa, aunque sea poquillo. En lo que a venta y distribución concierne resulta un oficio en el que hay que talonearle y darle duro a caminar, ofreciendo el dulce tanto a los viandantes como al comercio en general. Las trompadas las enseña así una tierna canasta de mimbre y sin complejo alguno, pues con ella transporta la mercancía para poder mostrarla y que se vea, llegándola a vender por mayor volumen en algunas establecimientos como El Rayo o la quesería buena Wolander y también en el Mercado Gómez Palacio –el cual considera lamentablemente abandonado y ya sin remedio alguno, pues eso “ya no se compone”. Ya no es como antes. Antes la gente iba a las 5, a las 6 de la mañana y almorzaba; ahora va uno a las diez y no está ni abierto. “Antes era tradición el mercado” recalca.
   Al finalizar la jornada diaria el artesano se sienta en el nicho formado por el ventanal de un banco, por la esquina lateral que está enfrente de Catedral Basílica Menor, donde contempla el frontón de la imponente iglesia enmarcada por el azul del cielo y también la Plaza de Armas, esperando la llegada de algún cliente rezagado. Así, junto con un compañero, “Don Alvarito” que vende agujetas y artículos varios, y departiendo con otros conocidos de ocasión, platica a la caída de la tarde tranquilamente para pasarla a gusto.
   En cuanto a religión el artesano practica el catolicismo desde pequeño y va a misa cada domingo y cree en la verdad de Jesús nuestro Señor, en el que tiene fe, nos dice, porque cuando él vuelva va a estar con nosotros siempre. Aunque se considera un hombre bueno, de provecho, no por ello deja de reconocer sus faltas pues, “¿Quién no es manchado?”, expresa y agrega “todos somos manchados, todos somos pecadores” –aunque cuando venga el reino a éste mundo al artesano le gustaría ser más que un príncipe, un rey. Añade que el tiene un creencia firme en Dios porque la fe se la inculcaron sus padres.
   Rogelio Arámbula Montoya también se siente orgulloso de ser, a más de cristiano, mexicano, y de ser de Durango, y ello lo demuestra preservando su tradición, cultivando su raíz. Orgulloso de ser mexicano, porque “esta es nuestra tierra”, “porque uno nació aquí, uno es de éste lugar, porque es la patria”. “Porque uno aquí anda libre, no como en los Estados Unidos, que sólo entra el que tiene papeles”. 
   Don Rogelio Arámbula Montoya es, en efecto, un hombre sencillo y bueno, frugal y certero en sus palabras y parco en sus gestos nobles, siendo por ello una figura popular en la que se vacía y modela una figura emblemática del respeto y del amor a la cultura local. Por su porte de corpulenta estampa y rolliza sonrisa teutona y por sus profundos ojos glaucos de mirada penetrante pareciera desfilar algo también que nos habla del resistente espíritu mestizo que corre por nuestras venas, siendo en la orgullosa humildad de su oficio a la par una figura también del reconocimiento y del alma nacional: de la pertenencia a la autoctonía pluricultural de nuestra raza -amalgamada en la vastedad de su celaje por la maternidad de sus creencias redentoras y en vaciada en las vetas doradas de su  tierra por la paternidad de sus laboriosas manos de dulcero.




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