miércoles, 22 de abril de 2015

El Fin del Arte o de su Servicio, Utilidad y Sentido Social (3ª Parte) Por Alberto Espinosa Orozco

El Fin del Arte o de su Servicio, Utilidad y Sentido Social
(3ª Parte) 
Por Alberto Espinosa orozco

“La potencia se ha refugiado en la naturaleza de lo bello.”
Platón, “Filebo” 65 A






III
   Todo ha de justificarse, en efecto, ante la vida –por su servicio, fin o utilidad. El arte bello, esa maravilla inútil desde el punto de vista tecnológico, que nada transforma, que nada conquista ni nada modifica, esencialmente tiene como fin (telos o causa final) servir en cambio para refinar el gusto: es decir, para espiritualizar los sentimientos del contemplador, teniendo por tanto su corona en el sentimiento de lo sublime, que es lo propio de las obras de hermosura (pulcritud) –porque seguirá siendo cierto que es el bien la condición metafísica de la belleza, que tal era la noción helenística central de la estética clásica, expresada en la noción griega de la “kalokagatía”, la “belleza buena de verse” Noción aparejada por tanto a un arte, si no heroico, si al menos medularmente edificante (paideía): ligado por tanto a un arte vivo, quiero decir, y que es a la vez vehículo de educación, de formación humana. de corrección, refinamiento del gusto y espiritualización del hombre… y de la mujer, se entiende.
   Es cierto, sin embargo, que existe también un arte amañado, mecánico o manoseado, en una palabra un arte falsificado, cuya peligrosa estética subrepticiamente apuesta a favor de valores caducos y deseos engañosos, que alía la excentricidad a la novedad y el extremismo con la crítica, invocando en la propaganda y en la ideología la disolución social del sentido. Porque es innegable que hay un arte que intenta validar un mundo meramente materialista, automático e instintivo, que da por resultado no el descubrimiento progresivo de la verdad, de los matices de la belleza y el enriquecimiento del espíritu y de la comunidad, sino el extravío moral cifrado en el gusto por la belleza convulsiva o en la costumbre de la esclavitud de las ideologías, presas en el adoctrinamiento de un marco de referencia único, acrítico y subsumido en los resortes del control institucional. Un arte frustrado, pues, cuyo inconformismo desactivado resulta estéril en la búsqueda de la verdadera libertad y de una mayor independencia y que por tanto anula toda cooperación en el sentido del desarrollo social o entre las partes.



   Acostumbrados como estamos a cualquier cosa hay también, en efecto, un arte que promueve la belleza convulsiva, edulcorada y a la vez tenebrista, de los modernos y los postmodenros, de los tardomodernos, que sirve de canal de expresión a la notas más características de nuestro tiempo: la novedad y el cambio, y que traen tras ellos, como la cauda del cometa, la cola nihilista de la excentricidad y el extremismo de la rebeldía, erigidos como criterios supremos de validación y de interpretación de lo real, los que no tardan en encontrarse aparejados a la insumisión moral y a la insubordinación ante el misterio, desembocando irrefragablemente en la lucha contra el sentido, en el empeño por destruir las normas y a la vez sustituirlas por un criterio de verdad y de valoración moral tan personal como onírico –que se expresa sociológicamente en la rebelión de los discípulos, esa especie de parricidio axiológico que se conjuga, en una especie de armonía preestablecida, con el motín de marinos que toman el control del barco ávidos de apropiarse del botín de la tradición.  
   El empeño por expresar un mundo a la vez extremista y excéntrico, por mor de la sorpresa, de la novedad y el cambio, ha llevado así al extremo la confección de un arte confuso y peligroso, a un arte más que de marinos que desafían al elemento fluctuante y desorientador de suyo de los mares, sino de piratas mareados y que corre el mayor de todos los peligros: el de perderse, no tanto por dejar de ser arte, sino por dejar de ser valioso para hombre, e incluso por poner al hombre tanto individual como socialmente en contra de sí mismo, expresando, y con aplauso, la deshumanización de la ruptura con la tradición entrañada en su nihilismo. Arte, pues, que no es sino la manifestación de la desesperación extrema y de la suprema angustia del ahora, de la vivencia de la temporalidad, cifrado, como repito, en una estética peligrosa, por implicar el fenómeno del extravío moral, de la enajenación mental, de la pérdida de los orientaciones, bajo la forma de una serie de síntomas de descontento e insatisfacción creciente. Arte en el fondo abismado y que no vale nada, y que por tanto resulta oscurantista al ser incomprensible, como la formula magia… o insignificante, carente de sentido quiero decir, ocioso… por más que pueda seguir girando en ausencia del mundo, como un satélite abstracto por mor de eficacia del mercado.  




   El arte impotente puede entonces encerrarse sobre sí mismo, confinarse en sí mismo, como hace evidentemente el arte abstracto, para no significar nada, siendo mudo como una cosa, referido sólo a sí mismo en una especie de onanismo del sentido, que atiende sólo a la precaria armonización de los más toscos y groseros datos sensoriales (sens data) o a la presentación de las difíciles emociones de la psicología individual. O desplegarse según la presión histórica de la tendencia y la moda, para encontrar nuevos medios expresivos formales, materiales o compositivos (las vanguardias), y desarrollando en consecuencia valores puramente artísticos (técnicos).
   Arte sin belleza que sólo acierta a caer en la expresión esteticista de las angustias del ahora, donde se representan de una y mil modos en todos los grandes centros culturales del mundo una mezcla de retrato miserable empotrado en los estridentes paisaje costumbristas, de tientes opulentos y decadentes, de arcaica bonanza burguesa en el vestuario, donde los cuerpos y rostros reflejan un goce a la vez ahíto y exhausto pero … que ya no goza, casi masoquista, carente de alegría, donde se alternan las sedas lacias de los goces con las rocas del pesar del tiempo –agregando en la escenografía teatral algún ingrediente de dramática grandeza alienígena, donde encalla entre las rocas una máquina espacial desvencijada o se asoma junto al deshilachado tapete persa algún indescifrable artilugio de la técnica. Seres del vértigo alado, es verdad, que terminan postrados en  la orilla del mar, de hinojos y abrasados por la arena después de la caída. Arte vano, pues, condenado a ser cada vez a la vez más fotográfico y menos realista, más superficial y epidérmico en su retrato del mundo y simultáneamente más desolador y lamentable, por caer cada vez más bajo, por estar cada vez más desesperado al solo atender a los impulsos atractivos de lo meramente lindo y a la vez concupiscente o a los reclamos imperativos de la moda y sus ensortijadas maquinarias de publicidad.
   Arte onírico, irreal, despojado de la vida donde sus figuras al intentar hacer una divinidad de su cuerpo terminan por hacer de dios su vientre y de la reflexión un grito de “mea culpa” y de la creación un acto esterilidad entre las llamas.
   Arte más que historicista, profundamente, perturbadoramente existencial, confinado al mero devenir en su fase final y de disolución -última playa ontológica a la que quisiera inútilmente aferrarse el arte contemporáneo, pero que se filtra entre entre las manos como arena.




   Porque de la idea dominante del que hombre no es de esencia alguna o no la tiene, de que no tiene naturaleza propia o no es un ser esencial (digamos estructurado por un logos y por un logos salvador de las esencias, poseedor de un alma inmortal), se sigue necesariamente que el hombre resulte multiforme, equívoco y contingente, pudiendo en cualquier momento dejar de ser o ser de otra manera, pues no tiene esencia, siendo la nota de su animalidad, ya no tan racional, el bagazo en que se sostiene la naturaleza humana y que se confunde entonces con el devenir, identificándose con el fluir caótico y peligroso de las cosas, no pudiendo derivarse de ello sino una angustiante estética del peligro y de la contingencia, al estar sujeto el hombre a las apariciones y desapariciones fortuitas de las cosas, identificado él mismo con la fortuna vacía de sentido, con el sin sentido y finalmente, si, con la muerte. Y si el hombre el ser para la muerte, el arte la representación de naufragio, de su agonía o su epitafio.




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