jueves, 16 de abril de 2015

De la Burda Ignorancia Por Alberto Espinosa Orozco

De la Burda Ignorancia
Por Alberto Espinosa Orozco
 

   La burla implica una ignorancia conveniente, un: "eso no tiene valor para mi, o no existe, y por lo tanto lo ignoro"... Desactivación o anulación de una sustancia a lo que se sigue con el positivo burlarse concomitante, con la befa, el sarcasmo, el choteo, la chacota  o con el estilete de la punzante ironía, reforzando con la seca bofetada de la burla la desacreditación pública o social de un valor o de una existencia, en un intento de opacarlos o sacarlos de escena, causante en el fondo, empero, de la disolución social -cuya forma rampante se alcanza en los desarticulados timbres y estallidos efímeros, tan mexicanos, de la chisporroteante coheteria del relajo, cola de luz que como una sierpe voladora se retuerce y brilla por un momento en el aire para luego caer, tiznada, y rodar como un cilindro chamuscado, o la hojarasca, por los suelos. 
   El más sólito caso de ese curioso fenómeno de la burla, que puede frisar en lo ridículo, es la burla nerviosa respecto de los grandes contenidos de la religión, a todo aquello relacionado con lo sagrado y a sus solemnes temas de sabiduría, a los que el burlón enfrenta no con otras armas que las de la ignorancia o el desconocimiento, en un no saber que no lleva a la duda, madre de la teoría, ni a la inocencia, esa ignorancia del mal, sino a un convencional estado de plácida estulticia parecido al sueño, cuyo venenoso somnífero es una posición destilada en las marmitas del rencor y del resentimiento: es la impotencia, por ejemplo, ante las "grandes metáforas" del espíritu o ante las grandes premisas de la verdadera doctrina; impotencia del ya no querer o del no poder ya creer completamente y del todo; es la íntima desesperación por haber perdido el derecho a las nubes; el escepticismo, pues, de sospechar de antemano o de suponer por rasgos raciales o caracteriológicos que (para él) no existirá la isla de los bienaventurados, urgido por el temor estrictamente carnal-epicúreo de que su destino no será otro que el fatal de los seres zoológicos, baticinándose así en lo secreto que la probabilidad mayor apuntaría a perecer como las reces. 
   Cuestión de mal gusto es entonces la burla, tendiente a socializar por ese temor mismo esas verdades tan relativas, tan subjetivas, intentando así imponerlas como inter-subjetivas, valiéndose para ello de la ciencia del humor burlesco, cuya pesada digestión es perpetrada frecuentemente por hombres que han hecho su dios de sus banquetes o de su vientre un templo.   
   Aunque es cierto que hay también un humor viviente, un humor bien temperado y vivo, un buen humor que da vida, quiero decir, sano, lo mismo macerador de la carne que disgregador del orgullo, risueño igual ante lo pequeño que ante lo grande, pero a la vez grave, con reserva del mundo y temor ante la inmensidad. Pero ese humor no es nunca burla, pues es siempre afirmador del valor de la existencia, más no sobre el valor de la esencia, a la que todo el tiempo más bien reverencialmente celebra.


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