miércoles, 4 de marzo de 2015

La Sutura de la Tradición: Guillermo Bravo Morán Por Alberto Espinosa Orozco

La Sutura de la Tradición: Guillermo Bravo Morán
Por Alberto Espinosa Orozco




    El Premio Estatal de Pintura Guillermo Bravo Morán Durango 2014 representa un homenaje a la memoria de uno de los grandes artistas y maestros regionales, Guillermo Bravo Morán (1934-2004), y es a la vez un reconocimiento público a una comunidad artística, ligada a la práctica sostenida de un oficio estético.[1]
   Los trabajos y los días del Maestro Guillermo Bravo Morán transcurrieron en la lucha interrumpida por perfeccionar su rigurosa formación académica, ligada estrechamente  al Movimiento Muralista Mexicano. Estudio, primero, con los tres grandes muralistas de su época, pertenecientes a la segunda hornada del Movimiento: primero en su ciudad natal con Francisco Montoya de la Cruz, quien llevaba a cabo la edificación de una de las instituciones más dinámicas y productivas de su tiempo: la Escuela de Pintura, Escultura y Artesanías de Durango (EPEA, UJED).
   Estudió después, en la Ciudad de México, con José Chávez Morado, cuando ingreso al postgraduado del importante Taller de Experimentación Plástica, en la Ciudadela. Posteriormente, en la ciudad de Morelia, Michoacán, afinó sus armas y sensibilidad colorística con Alfredo Zalce. El Maestro Bravo regresó a su solar nativo en los albores de los años 60´s para encargarse de los cursos de pintura en la EPEA y pintó sus primeros murales individuales en la Casa de la Juventud, y otro más en un pequeño bar del Hotel Casablanca. Al poco tiempo coronó su formación artística en Cuernavaca como encargado del Taller de Pintura para las obras del Poliforum Cultural, comandadas por uno de los creadores del Movimiento Muralista, David Alfaro Siqueiros, encargándose del ensamblaje y composición de los 12 panel exteriores del monumental y modernísimo edificio, impulsando una temática universalista de corte cristina y de profunda espiritualidad.















   Pintó a su regreso a la ciudad de Durango tres murales más, permitiéndole su solida formación dar continuidad al Movimiento Muralista mediante la incorporación de técnicas y la recreación de sus temas, contenidos y problemas fundamentales, aunando a ello el gusto colorístico y la profanidad de una expresión personal, propia, ya plenamente madura y original.[2] Su obra mural, esparcida en los más emblemáticos edificios de la Ciudad de Durango, puede calificarse de asombrosamente expresiva y aun de extraordinaria, por sus altos valores estéticos y reflexivos, pues su radicalismo crítico lo llevó tanto a las honduras de la introspección personal como del alma colectiva, llegando a calar en la misma médula de las  apariencias sensibles de las cosas, hasta develar los planos simbólicos, ya últimos, que no pueden sino calificarse  de visionarios y aún de metafísicos. Los murales del Maestro Guillermo Bravo son:  en la Casa de la Juventud, “Desarrollo Industrial” (1961); en el Bar Eugenio del Hotel Casa Blanca, “Ofertorio” (1963); participación como Jefe de Talleres en el mural externo  del Poliforum  Cultural Siqueiros, 12 Péneles (1964-1970); en la Facultad de Derecho de la UJED, “Humanos: Carga Social” (1976); en el Palacio de Gobierno de Durango, Museo Francisco Villa, “Alegoría del Desarrollo de México” (1979), y; en el Hotel Posada San Jorge, “Testimonio de una Provincia Universal” (1996).  
   Su lectura de nuestro tiempo y de los problemas más urgentes del país la llevó a cabo con gran profesionalismo y ejemplar penetración crítica, ingredientes a los que hay que sumar los poderes hermenéuticos del auténtico visionario, pudiéndose considerar su obra mural como la más fiel y representativa de toda la tercera hornada de los artistas que participaron en el Movimiento Muralista Mexicano –ya purificado de ingredientes desviacionistas, tanto de corte personalista como de cuño autoritario, dejando atrás o a un lado a los artistas de su tiempo que, por su afán de experimentación, abstracción o vanguardismo, prefirieron marchar por otros senderos.
   Espíritu puro, adornado con las prendas espirituales inequívocas de la modestia y la sencillez de carácter, el Maestro Bravo complemento su copiosa y no menos notable labor de artista solitario frente al caballete con un importantísimo esfuerzo magisterial, el cual desbrozó el terreno y supo sembrar con su labor formativa la semilla del mañana, despertando talentos, estimulando y guiando vocaciones, enseñando día con día el arte del dibujo y la composición, logrando con ello dar cohesión y amalgamar a los artistas locales alrededor de una comunidad de fe artística. Tareas  que dieron así  continuidad a los esfuerzos emprendidos por Francisco Montoya de la Cruz, abonado con el agua de la verdadera educación, que es el ejemplo, el huerto de la afición gremial y social por las artes cultas en la región -hasta el grado de poderse hablar el día de hoy legítimamente de toda una “Escuela Durangueña de Pintura”.
   Tarea magisterial, pues, que nunca abandonó y que sostuvo hasta la última etapa de su vida cuando, a la media luz del tiempo y de las circunstancias, hiso brillar el Museo Contemporáneo de Arte Ángel Zárraga (MACAZ, ICED), donde lució como extraordinario anfitrión en la dirección, dando muestras de su generosidad en el cuidadoso tratamiento de las colecciónes, así como en la ordenada seriación cronológica de las presentaciones, que sabiamente iba hilvanado, dando pruebas en todos los casos de su honestidad y nobleza, de su acendrado humanismo y de su amor, conocimiento y preocupación por el desarrollo de la comunidad artística contemporánea tanto local como nacional.
   La obra en conjunto del Maestro Guillermo Bravo Morán, en transe de consolidarse como valor nacional al empezar a conocerse y justipreciarse fuera de las fronteras regionales, comienza a ocupar el sitio que naturalmente le corresponde en la excepcional cordillera  de grandes macizo montañosos de nuestra imponente tradición pictórica. A la vez, el huerto de los valores estéticos y formativos, cultivados por toda una vida de esfuerzos  ininterrumpidos, ha seguido robusteciéndose y desarrollándose, superando infatigablemente los muchos escollos del camino tardo-moderno y contemporáneo nuestro, empezando a  germinar ahora sus nuevos brotes y florescencias con el vigor propio del relevo generacional.
    Parte de la asombrosa fertilidad artística regional se debe, en efecto, a la semilla sembrada y cultivada por el querido e inolvidable artista durangueño Guillermo Bravo, quien con su ejemplo de vida y con las notas de la constancia y del amor al oficio, supo afirmar sobre el suelo regional los cimientos definitivos de una autentica tradición artística, poniendo a la vez en la corona de oro purísimo del Movimiento Muralista Mexicano dos preciosas gemas durangueñas, de rubí y de zafiro, que ostenta en lo más alto, como si se tratara de dos ojos visionarios, reveladores de una potente región de nuestra realidad geográfica, social e histórica.











[1] Palabras Pronunciads en el Museo Gurza con Motivo del Premio Estatal de Pintura  Guillermo Bravo Morán Durango 2014
[2] El Taller, Durango Gobierno del Estado, ICED, Jorge Herrera Delgado XHITD, UJED, Difusión Cultural UJED y  OJDE. 

























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