viernes, 9 de marzo de 2018

La Dama y el Unicornio: el Mito Moderno (Prmera Parte) Por Alberto Espinosa Orozco

La Dama y el Unicornio: el Mito Moderno
(Prmera Parte)
Por Alberto Espinosa Orozco 




I.- El Mito
         Pocos se atreverían hoy día a cuestionar el valor del mito en lo que hay impreso en el tapiz de historia del espíritu. Nadie cree hoy día en su irrealidad o su ficción. En primer sitio, porque manifiesta entre nosotros un poder indudable. Porque el mito es una historia o fábula simbólica simple y patente, que reúne un número de situaciones análogas innumerables, permitiendo captar de un vistazo un tipo de relaciones constantes o arquetípicas seleccionándolas y destacándolas de las superficiales apariencias cotidianas. En este tenor, el mito traduce las reglas de conducta de un grupo social o religioso que proceden del elemento sagrado alrededor del cual se constituyó el grupo. Así, el origen del mito es oscuro y su sentido lo es en parte, pues es una expresión anónima de realidades colectivas y constantes. Su carácter más profundo se revela en el poder que ejerce sobre nosotros de modo inconsciente, sin que lo sepamos, al grado de poder poner a la razón entre paréntesis privándola de sus corrosiones críticas.
   Lejos de la postura vulgar que esparce en la corriente la falsa idea de que el relato mítico equivale a la mentira u opinión infundada  de la doxa, hay que acercase a su lenguaje teniendo presente como contra-prueba el hecho de que el rumor del agua que boga por su río difícilmente puede ser desmentido -y de lo peligroso que resulta la clausura de su fluido. Por el contrario: en todos los mitos se encuentra una idea básica común sobre la que se articulan: la noción de la necesidad de que el hombre se  reconcilie con la Naturaleza, degradada por ser culpable el ser humano de una ruptura fundamental con el orden cósmico y con el orden de la vida en general, los que requieren de una restitución a su esencia o pureza primordial. Conformación más o menos transparente en los mitos de la Edad de Oro,  por dolor de la pérdida de la inocencia primeria, o en los mítos del vértigo de la caída, por una culpa original cuyo origen se encuentra en la rebeldía del ser humano al desoir el mandato eterno de la ley divina.

   El tapiz de “La Fuente de la Gracia”, también conocido como "La Dama y el Unicornio" de Duango nos habla así de un misterioso prototipo de las relaciones entre hombre y mujer en un grupo histórico determinado: la élite de la sociedad cortesana europea de los siglos XIV y XV, heredera por vía directa de las leyes caballerescas de los siglos inmediatamente anteriores –profanadas impunemente el día de hoy por nuestros códigos oficiales que se han dado a la tarea de confundir, por sistema, moralismo e inmoralismo, acarreando con ello el olvido de los gestos nobles y la confusión de las costumbres. Conciencia racionalista y voluntariosa que, rompiendo el escudo del arte de vivir en armonía con la tradición, sustituye al alma por un pobre humo. Ideal del progreso, mito también él, que bajo la mera apariencia argumental del pesado "desarrollismo" intentará manipular para su probecho  la idea del amor y de la libertad, y que sirviéndose del “control del deseo” lo aguija con formulas codificadas, asegurando con ello la agresión, dominación y reducción del prójimo.
   Por lo contrario, los relatos míticos e imágenes simbólicas como la del portentoso tapiz dan expresión a potencias encerradas en el inconsciente del alma humana. El inconsciente puede  entenderse entonces como un reservorio de motivos psicológicos e imágenes común a todos los pueblos, como un subsuelo trans-histórico del psiquismo, donde queda impresa las huellas funcionales y la estructura misma de la psique humana. De tal manera, el hombre  externo, que apremiantemente tiende al mundo, desalmado y sin condiciones, ha de soñar en lo interno su mito;  por su parte el hombre interno, que tiende hacia dentro entregándose a los tiránicos requerimientos de su alma, ha de vivir su sueño, encarnándolo en el mundo exterior –pero añadiendo como ganga estética y expresiva y como valor social, el trasparentar su objeto interior dando con ello forma  estética y moral al inconsciente suprapersonal y colectivo.
   La incomprensión moderna por las figuraciones míticas se levanta en nuestro horizonte histórico como una paradójica victoria... menos racional que mítica ella misma. Porque nuestra época, al estar orientada con exclusividad hacia la razón y la historia y vuelta de espaldas al mito y al destino, ha inventado con su vitoria un poderoso mito más: el de la orfandad del hombre. Así, el hombre pudo, claramente ya desde el Romanticismo, romper amarras con la tradición y lanzarse a la aventura histórica sin raíces, nostalgias y remordimientos –pero también sin legitimidad y sin origen.  Es el tiempo de la gran escisión y del estallido de la gran utopía (intento a todos luces de recuperación de una legitimidad perdida), tomando unos el camino de la vuelta a los orígenes expresado como furor sentimental y vuelta a la participación con la naturaleza, como descubrimiento del inconsciente y reivindicación del “otro” (el que no es dueño del poder, ni es lógico, ni práctico, ni es el adulto, ni el despierto o el civilizado, sin por ello dejar de ser hombre), o como rescate del mito de la libertad y vislumbre del universo como un pensamiento él mismo y no sólo objeto de nuestro pensamiento; los otros, el camino de la razón histórica y de la visión del hombre artífice de sus obras, como producto de la técnica e hijo de sí mismo –donde renace el mito transfigurado como “panlogicismo” por esas grandiosas síntesis globales enmascaradas de saber científico que pretenden saberlo todo, como despótica razón absoluta que a la vez exalta la ciencia y diviniza irracionalmente lo social, presentando como racional un verdadero amasijo de creencias contradictorias, mezclando peligrosamente así lo valioso con lo verdadero.
  
II.- El Mito y el Símbolo


   El tapiz de “La Fuente de la Gracia”, también conocido como "La Dama y el Unicornio" de Duango nos habla así de un misterioso prototipo de las relaciones entre hombre y mujer en un grupo histórico determinado: la élite de la sociedad cortesana europea de los siglos XIV y XV, heredera por vía directa de las leyes caballerescas de los siglos inmediatamente anteriores –profanadas impunemente el día de hoy por nuestros códigos oficiales que se han dado a la tarea de confundir, por sistema, moralismo e inmoralismo, acarreando con ello el olvido de los gestos nobles y la confusión de las costumbres. Conciencia racionalista y voluntariosa que, rompiendo el escudo del arte de vivir en armonía con la tradición, sustituye al alma por un pobre humo. Ideal del progreso, mito también él, que bajo la mera apariencia argumental del pesado "desarrollismo" intentará manipular para su probecho  la idea del amor y de la libertad, y que sirviéndose del “control del deseo” lo aguija con formulas codificadas, asegurando con ello la agresión, dominación y reducción del prójimo.
   Por lo contrario, los relatos míticos e imágenes simbólicas como la del portentoso tapiz dan expresión y forma a potencias encerradas en el inconsciente del alma humana. El inconsciente puede  entenderse entonces como un reservorio de motivos psicológicos e imágenes común a todos los pueblos, como un subsuelo trans-histórico del psiquismo, donde queda impresa las huellas funcionales y la estructura misma de la psique humana. De tal manera, el hombre  externo, que apremiantemente tiende al mundo, desalmado y sin condiciones, ha de soñar en lo interno su mito;  por su parte el hombre interno, que tiende hacia dentro entregándose a los tiránicos requerimientos de su alma, ha de vivir su sueño, encarnándolo en el mundo exterior –pero añadiendo como ganga estético-expresiva y como valor social, el trasparentar su objeto interior dando con ello forma  estética y moral al inconsciente suprapersonal y colectivo.
   La incomprensión moderna por las figuraciones míticas se levanta en nuestro horizonte histórico como una paradójica victoria sobre el mito y el simbolismo... victoria menos racional que mítica ella misma. Porque nuestra época, al estar orientada con exclusividad hacia la razón y la historia y vuelta de espaldas al mito y al destino, ha inventado con su vitoria un poderoso mito más: el de la orfandad del hombre.  
   El hombre pudo, claramente ya desde el Romanticismo, romper amarras con la tradición y lanzarse a la aventura histórica sin raíces, nostalgias y remordimientos –pero también sin legitimidad y sin origen.  Es el tiempo de la gran escisión y del estallido de la gran utopía (intento a todos luces de recuperación de una legitimidad perdida), tomando unos el camino de la vuelta a los orígenes expresado como furor sentimental y vuelta a la participación con la naturaleza, como descubrimiento del inconsciente y reivindicación del “otro” (el que no es dueño del poder, ni es lógico, ni práctico, ni es el adulto, ni el despierto o el civilizado, sin por ello dejar de ser hombre), o como rescate del mito de la libertad y vislumbre del universo como un pensamiento él mismo y no sólo objeto de nuestro pensamiento. 
   Los otros, el camino de la razón histórica y de la visión del hombre artífice de sus obras, como producto de la técnica e hijo de sí mismo –donde renace el mito transfigurado como “panlogicismo”, articulado por esas grandiosas síntesis globales enmascaradas de saber científico, que pretenden saberlo todo, erigiéndose como despótica razón absoluta que a la vez exalta la ciencia y diviniza irracionalmente lo social, presentando como racional un verdadero amasijo de creencias contradictorias, mezclando muy cuestionablemente así lo valioso con lo verdadero.

 

III.- Una Idea del Mito
   La idea dominante del mito lo define como un “relato fabuloso” en que se personifican agentes impersonales, como las fuerzas naturales, para explicar así ciertos hechos. De esa concepción  positivista acabamos apenas de salir, redescubriendo que el mito es más bien el relato donde tradicionalmente  se preserva la visión de un “objeto de revelación”, siendo así un medio para salvar ciertos principios que se recuerdan como un “modelo” que no debe perderse –pues de otro modo se produciría un desequilibrio en la trama de conciencia del mundo espiritual y nuevo.
   La simbología medieval se ha perdido para los ojos modernos, hasta el punto en que en sus relatos e imágenes se ha perdido el mensaje primordial y ya no se comprenden. Un buen ejemplo de ello es la leyenda del unicornio que ha pasado, como ciertas naciones subdesarrolladas, a engrosar el patio de los trastos viejos, o cuya leyenda a sido edulcorada al grado de la caricatura.
  El símbolo, en sí mismo enigmático por celar y a la vez descelar una realidad espiritual por medio de una comparación con objetos naturales, combina así la nitidez de la alegoría o la significación de situaciones abstractas generales con el placer del enigma, pidiendo entonces la agudeza subjetiva que muestra en la capacidad combinatoria las semejanzas metafóricas.    
   La alegoría es en sí misma un acertijo. Jorge Luís  Borges, ha escrito que es un error de estética –o dicho sin alegoría, un error estético. No es verdad. Porque el símbolo es inseparable de la intuición estética, siendo sinónimo de la intuición y su carácter ideal.  La alegoría, en efecto, es una manera suave de acceder a un concepto abstracto y es así un modo indirecto de la manifestación espiritual. Lo que hay en ella de laborioso enigma y de ardua escritura criptográfica es un artificio para remediar la insuficiencia del lenguaje, dándonos así en una sola forma (Beatriz) dos contenidos (la Belleza humana y la Fe divina). La idea que subyace en el pensamiento alegórico es, en efecto, la de que el lenguaje es un mapa del universo y la alegría de que hay cosmos, la alegría del orden, de la armonía, la belleza y la transparencia –porque las Ideas son realidades eternas, es decir Formas Universales.
   La tesis de los realistas afirma que lo sustantivo no son los hombres, sino la humanidad, no los individuos, sino la esencia de la especie, la naturaleza humana –es decir, un contenido ideal.  Más que la especie es el género y más que el género es Dios. La literatura alegórica es así una fábula de abstracciones ideales; empero se trata de abstracciones encarnadas, personificadas por el tiempo y el lugar en que se actualiza su contenido, por lo que hay en ella algo de sustantivo, de nombres comunes y propios.
   La victoria de los modernos que ve al lenguaje como un vasto sistema de signos arbitrarios (“fido” = fido) ha sido vasta pero no fundamental. Una rareza filosófica  nacida con Guillermo de Occam ha acabado a la postre por abarcar a toda la gente en nuestra edad. Es el nominalismo, que da la primacía a los individuos y ha llegado en la era contemporánea a no aspirar a lo genérico, a ser la construcción arbitraria de vidas singulares, no menos contingentes que el accidente y en el fondo equivocas, caprichosas o sin generalización posible.
   Si el siglo XIX es el siglo del historicismo, no lo es menos del individualismo positivista en su caza metafísica y mítica. En efecto, positivismo y asimbolismo van de la mano poniendo al mando al evento histórico aislado, que tiene su autoridad en el documento; el paso se aprecia porque fue historia y las categorías sociales y su colectivismo porque explican al individuo.
   Así, hemos desembocado en una anarquía metafísica, positivista y vitalista, gustosa de degradar el misterio, encontrando la clave en la explicación del hombre por el animal, de lo superior por lo inferior y pedestre, y la explicación del mundo por la lucha de clases, por la parapsicología de salón o por el racismo. 
   La sed de absoluto laisizada se degrada entonces en las místicas inferiores: espiritismo o tiradas cartomarcianas, y el colectivismo en una curiosidad morbosa por las zonas oscuras de la humanidad.  La anarquía metafísica, sin embargo, se extiende más allá o más acá, tocando los componentes nutricios de la vida, universalizándose en una anarquía biológica o vital donde se desorganiza el cuerpo humano y se pulverizan los síntomas. Así la medicina moderna acepta entusiasta que no existen enfermedades, sino enfermos, pues no pertenece a un tipo, sino que es un caso, singular, único.
   La invención del enfermo es paralela a la invención de la orfandad del hombre. Cada individuo su enfermedad: lo irreductible es así lo irracional. La medicina entonces s avoca a reforzar el organismo, a restaurar el orden y la armonía orgánica, como paliativos a un proceso fatal, pues el individuo es un enfermo en revolución permanente al que la medicina sirve para lograr un armisticio orgánico en el fondo subliminal. El extremo de ésta actitud médica se encuentra  en el psicoanálisis en lo que tiene de técnicas curativas personales, en una ciencia que todo perdona y excusa, que cree en todo lo personal e íntimo respetando absolutamente la autonomía del sujeto. Pero ni el hecho histórico es en realidad autónomo, ni el síntoma pulverizado un vendaval de sensaciones. El hecho histórico significa porque simboliza, porque totaliza una época marcándole un destino; el síntoma simboliza porque es una arritmia u oscilación del ánimo.
   El verdadero mito de la modernidad exije una vuelta a una visión holista del mundo y del hombre: pues hay una armonía secreta entre las zonas siderales, los climas terrestres y los humores del hombre. La vida está marcada por ritmos y armonías y el cosmos debe se considerado como entero. Los seres humanos se dividen de suyo en humores, y el mundo orgánico en climas, habiendo una solidaridad entre las realidades orgánicas y climáticas, entre el mundo y el cielo. Porque lo que nuestra época exije como medicina, como filosofía de la vida, es el sentimiento de un todo viviente y armonioso del cual participamos.... y por tanto la vuelta a otro totalitarismo: el totalitarismo del símbolo.
   En cambio el paso de la forma alegórica a la novela es también el tránsito de la humanidad de las especies a los individuos, del realismo filosófico al nominalismo vulgar. El elemento común de ambos es el moroso relato de una historia, empero mientras en un caso ésta es arquetípica y trascendente al estar orientados por modelos eternos, en el segundo impera la fuerza de la fortuna dominando la urdimbre, siendo su trama la del individuo arrojado en el acaso. Hay que agregar que en la era medieval los tapices cumplían una función parecida a la del cine moderno, pues sus lienzos servían como el foro plástico sobre el cual el intérprete contaba una bella historia guiándose por los emblemas y elementos simbólicos que se abrían a sus ojos como su se tratara de los capítulos de un libro o de un extraño juego de asociaciones y enigmas, que al ser conjugadas y resueltos entretenía a su público edificándolo paralelamente.
   La profunda unidad y racionalidad del símbolo radica no sólo en que su red de emblemas y tejido de relatos hace una clara referencia la totalidad del mundo, sino al modo en que jerarquiza y polariza la mirada (los valores). Se trata, en efecto, de una racionalidad no como eficiencia, sino como valor. De un valor que además, aligerado por su orientación estética, no desdeña la gravedad de la responsabilidad moral, sino que se compromete decididamente con el peso del espíritu –esa voz que a fuerza de ignorancia hoy se equipara con los satélites huecos o con los formalismos vacíos de la política o los no menos vacuos e incluso rancios de la etiqueta.    





martes, 27 de febrero de 2018

La Dama y el Unicornio: los Cinco Sentidos (Segunda Parte) Por Alberto Espinosa Orozco

La Dama y el Unicornio: los Cinco Sentidos 
(Segunda Parte)
Por Alberto Espinosa Orozco


II.- Los Cinco Sentidos
   Existen dos famosas series de tapices “mil flores” que tienen como tema al unicornio: la serie “La Dama del Unicornio” resguardada en una galería especial en el Muse de Moyen Age Thermes de Cluny, en París, y; “La Caza del Unicornio”, que está depositada en los Cloisters del Metropolitan Museum of Art de Nueva York. A ellos hay que sumar el tapiz de "El Unicornio Capturado”, que se encuentra en la fundación Paul Guety de California, EU.






La serie de Cloisters del Metropolitan Museum of Art de Nueva York “La Caza del Unicornio”, está compuesta por: The start of the hunt; The Unicorn at the Fountain; The Unicorn Leaps the Stream; The Unicorn defends Itself; The Unicorn in the Garden; The Deist of the Unicorn; The Captive Unicorn. 
   


Fundación Puety de California.: "El Unicornio Capturado

   El Tapiz “La Fuente de la Gracia” expropiado al SS Nazi Gerard Mertins en 1989 por el Gobierno del Estado de Durango, pertenece a la primera serie “La Dama y el Unicornio”, siendo el séptimo tapiz de la colección y el más grande de todos ellos. La pieza reina de todas las colecciones sería sin duda el tapiz “La Fuente de la Gracia”, porque todos los otros gobelinos sólo alcanzan la tercera parte de su tamaño -perteneciente a la Pinacoteca Virreinal del Estado de Durango, por un tiempo salvaguardado por el custodio y pintor Felipe Piña y la investigadora Xochitl Sánchez en lo que fuera la Pinacoteca Virreinal del Conjunto Cultural (ICED), y hoy en día en trance de restauración en Valencia, España por la Subdirección de Conservación, Restauración e Investigación IVC+R, ICOMOS, obra a cargo de su directora la Maestra Carmen Pérez García.






   De los cuatro primeros tapices de la colección del Cluny, “La Vista” es el tapiz más chico (10.23 m2; 3.30 de ancho x 3.10 de alto). Con él el artista quiso expresar que el ojo, patentado proveedor de la conciencia, es un arma de dos filos, pues sólo revela una cosa ocultando otra; también es una especie de espejo en que los objetos exteriores se reflejan, representado el zorro y el lince la agudeza visual y el unicornio la agudeza de la visión interior. Porque lámpara del cuerpo es el ojo y si está sano todo el cuerpo brillará luminoso, pero si está enfermo, malo por ver sólo la luz que es oscuridad, todo el cuerpo estará a oscuras (Mateo 6:22). En el tapiz la Dama le presenta un espejo al unicornio, para que a reflejarse comprenda su verdadera identidad, su "ipseidad" o sentido del "sí mismo" que afecta a la esencia y la determina por el devenir.propio a la existencia o su historicidad.





   Por su parte en “El Oído” (de 2.94 de alto x 3.69 de alto), la Dama toca un órgano de fuelle y su Doncella la auxilia con el instrumento, representa en la música la capacidad del espíritu para animar a los seres más insensibles, asociándose simbólicamente a las liebres, por su capacidad para la escucha, emblemas zoológicos acosados por la zorra y el hurón.


  En el gobelino “El Gusto” (el de mayores dimensiones de la colección de París: 4.62 de ancho x 3.75 de alto), la Dama con la mano derecha toma un fruto de un cáliz sostenido por su Doncella mientras que en la izquierda se posa un pájaro, es una imagen del refinamiento de las costumbres, pues siendo un sentido de proximidad el gusto es también un emblema de la continencia apetitiva, que no devora vorazmente los alimentos, sino que primero los pondera para gustarlos y luego degustarlos. Las bellotas que comen las ardillas son evocaciones para que no falte nunca el alimento fresco. 




     En el tapiz “El Olfato” (3.20 de ancho x 3.68 de alto) la Dama teje una corona de flores y juega con unos claveles, mientras el mono y el perro huelen flores junto a un cesto, representando la sutileza del alma, cuyo nous o espíritu es también de naturaleza neumática.





   En el quinto tapiz de la colección del Cluny, conocido universalmente como “El Tacto”, la Dama sostiene con la mano derecha el estandarte de su casa mientras que con la izquierda toca delicadamente el cuerno del unicornio, el cual le rinde vasallaje desde su posición inferior -mientras un ave vuela liberada por el aire y el león y el perro contemplan sentados la enigmática escena. Este tapiz destaca en el conjunto por el vestido particularmente espléndido de la Dama, pues los ornatos están tejidos directamente en hilo de oro y las incrustaciones son de piedras preciosas, siendo el tocado del cabello el de una magnífica cofia de exótico simbolismo. Se ha hablado del contraste entre los cuerpos pesados y ligeros para justificar la denominación de “el tacto”, reparando en la distinción de los objetos por sus modos táctiles: duros o suaves y blandos, punzantes o tersos. Se trataría entonces de la inversión del proceso alquímico que lleva a cabo la volatilización de lo sólido y de la solidificación de lo volátil, haciendo a las piedras aladas y a las plumas pesadas o sublimando la materia para dar concreción material a las ideas.  Así, la Dama al entrar en contacto con el cuerpo del Unicornio, en realidad lo que va a explorar es la naturaleza esencial, incomparable, del logos (y más propiamente hablando del nous).





   El sexto tapiz de la serie del Cluny es conocido como “A Mon Seul Decir” (“A Mi Único Deseo”), aunque ha sido llamado también “La Dama del Unicornio” por encontrarse en él las claves alegóricas de un romance real y de un misterioso compromiso matrimonial. La Dama deposita en un cofre que le tiende su Ama de Compañía un lujoso collar engastado con piedras preciosas con el que aparece en los cinco tapices anteriores, dando a entender con ello la renunciación al materialismo de los bienes temporales y por tanto la victoria del espiritualidad, destinando las preciosas joyas al beneficio de  los pobres como remedio a sus carencias. Así, se trata de la escena de la transmutación de la Dama en el sentido de la conversión cristiana, que en su contacto con el Unicornio y por un proceso de mágica simpática despierta, comprendiendo la inutilidad melancólica de las joyas y desprendiéndose de ellas para inclinarse mejor por la cultura del símbolo. Porque el aprecio femenino por las joyas equivale a un desmayo montado en los endebles valores de la envidia y la codicia, al ser apreciadas meramente por su rareza y costo, no teniendo ningún significado escondido o que vaya más allá. Su estimación, derivada del apetito del lujo y la distinción, va irremediablemente asociada a un simbolismo diletante de coqueterías personales que no comprometen la vida interior de la persona, ni la penetra, ni la embellece, ligándose así a la excentricidades de una monarquía sin realeza o ayuna de majestad, siendo las piedras cristalinas emblemas de los equívocos chispazos en la historia de individualidades contingentes. Así, su preferencia y atesoramiento no corresponde a la actividad “fantástica colectiva” en que se decanta la experiencia social real, no participando por lo tanto de la vida arquetípica de una cultura.   
   En esta urdimbre la Dama aparece tocada con un peinado contenido por unas ensortijadas diademas y ataviada con un fastuoso vestido bordado en terciopelo escarlata y saliendo de una majestuosa tienda de campaña que ostenta la críptica inscripción “A Mon Seul Desir”.



El Frío Por Alberto Espinosa Orozco



El Frío

Por Alberto Espinosa Orozco




El frío atroz y sus cristales lúcidos,

sus punzones que estallan hacia adentro,

sus agujas que todo lo detienen en un tic tac sin horas,

su desolación empecinada que cae como un manto

debajo del viento turbulento enfurecido,

su detenida palidez, quietud de escarcha sin latido.



Más apena se empieza a esfumar bajo el calor

del astro vigoroso, se echan de menos sus rigores,

su implacable acento, el ritmo de sus pasos sin contento

que, por más tardos, no pueden detener lo que las aguas,

por más sólidas que sean trocadas por el helado cierzo,

han de dejar caer para luego evaporarse hasta tocar el cielo.




De Mis Lecturas: el Budismo Por Héctor Palencia Alonso



De Mis Lecturas: el Budismo[1]
Por Héctor Palencia Alonso



I
            El Budismo habla de las “Cuatro Nobles Verdades”, que son la expresión doctrinal del “Dharma”. Éste, el Dharma, es uno de esos principios que tienen que aceptarse como un acto de fe. Parte de una intuición, la de que el Universo no puede ser un absurdo, la vida humana tiene que tener un sentido.
Las “Cuatro Nobles Verdades” son: la existencia del sufrimiento; la de la causa del sufrimiento; la del fin del sufrimiento, y; la “noble verdad del óctuple sendero que conduce a la disolución del sufrimiento”.
            Para esta corriente del pensamiento humano, el dolor es lo propio de la naturaleza y el sufrimiento de las cuestiones del espíritu. Los budistas utilizan para describir este sufrimiento el término “Duelo”. La primera noble verdad se refiere a lo ahora llamaríamos “depresión” en el sentido del Psicoanálisis.  Se entra en ese estado cuando se descubre que la vida tiene un lado oscuro y que todo es transitorio, todo cambia, se deteriora y marcha hacia la muerte.
            Ese es el absurdo de los existencialistas, sin embargo, para los budistas la angustia no es algo natural en la dinámica de la vida, ni es producto de remordimiento. La causa se encuentra en la propia manera  de vivir y en los pensamientos que de ahí se generan y que pertenecen al mundo de la “Samsara”.
La “Samsara” es la interpretación que cada individuo da a la vida y al mundo.  Una interpretación condicionada por las estructuras mentales, la cultura de cada persona, sus peculiares circunstancias. “Yo soy yo y mi circunstancia” escribió José Ortega y Gasset. El punto de vista eminentemente subjetivo produce, para cada uno, una “realidad virtual”.
            Un término clave del budismo es el de “Avidyá”, que es algo así como el “vacío”, un vocablo el de “Avidyá” que bien puede traducirse como “relativismo”, esto es, que las cosas del mundo son “relativas” unas a otras y que no existe la verdad absoluta.
Recuerdo aquí el pasaje de los Diálogos  en que Platón dice que hay dos mundos, el de las “ideas eternas" (episteme) y el de las representaciones mentales de esas ideas (doxa). Hay un mundo ideal, el de las ideas. Y esta propuesta platónica nos lleva  al pensamiento de Carl Gustav Jung acerca de los “arquetipos” del “inconsciente colectivo”.
Según el antiguo budismo,  el reconocimiento de que somos un conjunto de elementos “relativos” unos a otros y que no somos seres “absolutos”, no tiene por qué generar angustia, sino al contrario, es un sano principio para que se disipe la ignorancia, o sea, el otro sentido de “Avidyá”.
La verdad se descubre dentro de uno mismo, sostiene esta corriente del pensamiento, y el vehículo es el “Dharma”. El fin de la angustia es posible porque la angustia es correlativa al hecho de vivir soñando. Se requiere acabar con el círculo vicioso de las ilusiones.
Por otra parte, Erich Fromm afirma que el conocimiento de la naturaleza humana no conduce al relativismo ético sino que, por el contrario,  nos lleva a la convicción de que la fuente de las normas para una conducta ética han de encontrarse en la propia naturaleza del hombre, que las normas morales se basan en las cualidades inherentes al hombre y que su violación origina una desintegración mental y emocional.
El llamado “Óctuple Sendero” del budismo comprende: el entendimiento justo; es decir, interpretar los hechos de la vida sin distorsionarlos. Se tiene que evitar atribuir a las personas y a las cosas, significados e intenciones provenientes de nuestras propias elaboraciones mentales. El segundo sendero es el del pensamiento justo, que consiste en evitar imágenes mentales cargadas de violencia, las que tienen efectos sobre nuestro yo y sobre los otros. La palabra justa es el tercer camino, se trata de buscar la armonía entre el hablar y el callar.
La acción justa es el cuarto sendero y se compone del respeto absoluto a la vida, no entregar nada que no sea aceptado como un acto de libertad; evitar el ejercicio irresponsable de la libertad sexual; evitar la simulación, el insulto, la falsedad, y no consumir drogas. En estas acciones hay que procurar que la libido (deseo sexual) se pervierta, como es la sublimación del deseo sexual en formas de poder y dominación.
Estos senderos pretender basarse en el sentido común o “camino medio”, en una justa “administración” de la vida. Sigue el sustento justo, que parte del postulado del trabajo como manifestación elevada y creativa, El trabajo debe beneficiar al ser humano y a la comunidad. Se afirma que el trabajo es un acto de solidaridad con alto sentido comunitario. No hay salvación posible en soledad, se afirma. De aquí viene el término “Karuma”, que quiere decir misericordia, o más exactamente caridad, lo que señala el sentimiento de “empatía”, esto es, que los demás no sean ajenos a nuestro pensar y obrar.
Los cinco senderos anteriores se refieren a la relación del individuo con el exterior y en particular con los seres humanos. Los siguientes tres senderos son de naturaleza interior.
El esfuerzo justo, que difícilmente puede ser aceptado a la luz de las tradicionales recomendaciones en nuestro mundo. Se nos dice desde niños que pongamos el máximo de esfuerzo para alcanzar un objetivo. Por el contrario, el precepto del esfuerzo justo para el pensamiento oriental budista quiere decir, no hacer más de lo necesario para alcanzar un estado de satisfacción vital. Se tiene que ser atinado en cuento a la cantidad de energía que utilizamos para logar algo. Las “sobrecargas de intención” producen estados neuróticos, pues aumentan la tensión y el conflicto interno.   El sentido del humor tiene que estar presente en el esfuerzo justo.
La concentración justa se centra en el aquí y ahora, tomando el pasado y el futura en su debida importancia, esto es, sin renunciar a la memoria y a la predicción. Nada de obsesiones que le quiten su valor al momento. Se comienza con la concentración en el propio cuerpo, utilizando generalmente la respiración profunda y rítmica, pero sin producir estados alterados de la mente, por el oxígeno que entra o deja de entrar en el cerebro.
Por último, la meditación justa, entendida como un ejercicio que permite un descanso, un “sueño psicológico” que contribuye a crear estados de armonía. Por este camino se procura la intuición, el pensamiento creativo, la sensibilidad estética.
Siempre es grato incursionar por los aminos que conducen a la elevación espiritual. Para terminar, estas palabras ilustrativas de Siddharta:

Sed como una lámpara para vosotros mismos
Sed vuestro propio sostén.
Asíos a la verdad que existe en vosotros
Como si fuera la única lámpara.



[1]Durango Ayer y Hoy”. El Sol de Durango. Miércoles 4 de junio de 2003. Durango, Dgo.