sábado, 23 de abril de 2016

San Jorge y el Simbolismo del Dragón Por Alberto Espinosa Orozco

San Jorge y el Simbolismo del Dragón
Por Alberto Espinosa Orozco


   El dragón es uno de los símbolos más antiguos, permanentes y universales de la humanidad. Se trata de un género de reptil que tiene su propia constelación sideral (Draco) y que está asociado a brujas y demonios, siendo su valor simbólico tradicional  el de los enemigos del cristianismo, representando así el paganismo y las herejías, especialmente el arrianismo. Su imagen es la del monstruoso reptil que anida en las aguas de un pozo emponzoñando el aire con su pestilente aliento –representando así el pantano las aguas añubladas y decadentes del estancamiento moral y la corrupción de las costumbres. El combate entre el santo y el dragón viene a ser entonces una escenificación del saneamiento del maléfico pantano en que anida el reptil y la llegada del agua clara y de los aires transparentes del espíritu –punto en el que traer a cuenta la imagen de la victoria de Cristo sobre el dragón de la idolatría romana impresa en una moneda del siglo IV por Constantino, pero también la victoria sobre el animal por Donato, obispo de Epiro en tiempos de los emperadores Arcadio y Honorio, quien combatió exitosamente contra el dragón cuyo pestífero aliento envenenaba el aire circundante.
   De acuerdo con las tradiciones especializadas medievales se trata de un animal a la vez subterráneo y aéreo asociado a la vez al agua y cuya fuerza reside en la cola (chirrión del diablo o  flagelo del espíritu maligno). En efecto, “nuestro antiguo enemigo”, como lo llama San Agustín, es el animal más grande que existe sobre la tierra y está ligado al mar por los textos bíblicos bajo la forma del temible Leviatán y de Rahab. El dragón es así un monstruo acuático relacionado a la inmensidad caótica y estéril del mar y a las inundaciones catastróficas que desafían el ritmo pluvial y la estabilidad de las estaciones. Se trata de un hibrido monstruoso compuesto por la serpiente que se arrastra sobre la tierra, por el dragón que vuela por el aire (ingens draco)  y por el draco marino (anguis), el cual al ser derrotado huye al pavoroso ponto en lo más profundo del mar o es finalmente atrapado en una cisterna de plomo herméticamente sellada.



   El emperador Dioclesiano es así visto en la imagen mítica como un dragón, traslación metafórica a la que califica por el atributo de la maldad y tiranía con la que gobierna, siendo San Jorge la imagen de la guerra declarada a la naturaleza débil y corrompida del hombre, teniendo su combate por misión levantarla de nuevo, para que renazca y se regenere por medio del carácter imperturbable de la ley moral establecida irrecusablemente por medio del cristianismo y cuya infracción conlleva parejamente al desorden social una turbación profunda en el fondo de la conciencia. Sus armas contra el rojo error de la verde herejía no son entones otras que la espada de la ley y la lanza del fuego original, que fustigan el cuerpo espeso, la envoltura cada vez más pesada del alma envuelta en la pecaminosidad y al corazón endurecido como el diamante negro de la impiedad. Porque el dragón es también emblema del extravío del camino y la confusión de los órdenes, cuyo sitio en el psiquismo indica la retorcedura donde se revuelve lo más puro con lo más lamentable, trastocando así los símbolos de transformación por imágenes de apetitos impuros y grotescas figuras donde el alma pierde el recuerdo de su origen celeste al estar cada vez más prisionera en el amor desenfrenado por la materia y más y más embriagada por la voluptuosidad de los equívocos placeres mundanos de la vida.


   Porque característica del mal es la particularidad, el capricho que liga lo común a lo vulgar, lo fantasioso e infantil a lo contingente y equívoco, pues el dragón es símbolo del hombre apresado por el “yo” egoísta y vanidoso, codicioso de la apariencia superficial de las cosas, que gusta atesorar sin beneficio alguno objetos brillantes para sepultarlos en el antro tenebroso de la avaricia, viviendo así sin conciencia de las profundas raíces del ser ni relación con el hombre interior.
   La figura del dragón representa entonces un estado de conciencia arcaico: el del alma por completo ajena a la divinidad, que ni participa de la cualidad divina, ni reconoce su majestad, ni la inmortalidad del alma, ni pertenece propiamente a nada. Alma alienada, huérfana e inconsciente, arcaica y sin evolucionar, falta de educación anímica y estancada en un sombrío paganismo cuya falta de desarrollo espiritual la lleva a la indiferenciación de los órdenes y al aplanamiento y deformaciones de la conciencia, encontrándose aislada, escindida de los ritmos y rimas de la naturaleza, con la que ni se solidariza y de la que no participa, siendo por todo ello figura de lo artificial; también de lo furioso y violento que conlleva la imagen del Caos, del orden natural del universo roto por el hombre. Bostezo cavernícola de la gran boca vacía que todo lo succiona engullendo al hombre y haciendo perder el sentido a toda actividad humana al invitar a la orgía del antiguo desorden original. Así, el dragón simbólicamente personifica también a la idolatría, en cuya debilidad y pereza moral se extingue el alma humana presa en tinieblas, siendo por tanto emblema del mal absoluto (el Diablo o Satanás).
   Así, el género de reptil que es el dragón, en lo que tiene de degradación del hombre, de acercamiento a los niveles ínfimos de la creación, de participación en los niveles profanos y meramente biológicos de la condición humana carentes en absoluto de valor metafísico y trascendencia,  nos habla no sólo de la cobardía de la maldad, que tiene en si misma el testigo que la condena, también de su inconciencia insensata, que no quiere servirse de la ayuda de la razón, de donde surge el carácter colérico, violento e irracional, el cual acaba en el extremismo narcisista de alzarse a la categoría de arbiter mundi –pero que en realidad son los postulados decadentes de lo contra natura o de los procesos psíquicos impropios.


   El dragón, dibujado como glotón y sin inteligencia, simboliza la indiferencia e indistinción de los periodos caóticos que ponen en peligro las fuerzas mismas de la vida por medio de la “virtualidad” y la oscuridad, la sequía, la suspensión de las leyes y la muerte. Imagen que revela asimismo la suerte de los malvados que oprimen al pueblo consagrado, los cuales quedarán finalmente aprisionados por la oscuridad de la mirada y cautivos en la noche interminable de la materia, aterrados por ruidos y figuras que aparecen con pavor de insomnio y de horribles fantasmas -cárcel sin rejas que los acompañará a todas partes, abrazados a los sueños atormentadores del reino impotente de la muerte que de tal forma los reclamará como hijos suyos.
   San Jorge representa así la lucha abierta contra la idolatría, pues, que conduce a las almas al camino del mar y su estela sin destino, donde  pierden el recuerdo de su origen hasta ser succionadas por las aguas en que las almas mas bajas y malvadas quedan prisioneras en el barro de los sueños oscuros, desgarradas por los fantasmas nocturnos de monstruos y animales que toman el lugar del espíritu, hasta llegar a la pérdida total de la conciencia y su final destrucción en las tinieblas de la noche, en la involución del alma humana en la animal para su disolución final en la materia.
   Por su parte la lanza blandida por el santo es la ley y la palabra encarnada, el agua viva que brota de la fuente metafísica cual guía de luz para la humanidad y que las tinieblas no podrán nunca apagar. Porque el alma humana tiene de suyo una naturaleza religiosa, siendo las alegorías ad Christum specta arquetipos psíquicos, sellos que se graban en la conciencias despiertas como tipos interiores, cuyo efecto es indefinido y polifacético, poniendo en obra la personificación de la individualidad en el juego libre y espontáneo de las asociaciones y contenidos arquetípicos de la conciencia. Porque el alma, lejos de ser el pobre humo de un “ser arrojado ahí” (Dasein) como quisiera el psicologismo existencialista, es el reino esencial donde subsisten los valores sumos como bienes inmutables, prontos a ser despertados y activarse mediante el golpe e impresión de las imágenes eidéticas que buscan el desarrollo de la individualidad en la diferenciación infinita de la especie.
   Porque el alma es un ojo y una escucha al que le es dado ver la luz del espíritu y seguir la voz de la conciencia –siendo la tarea más noble de la educación trasmitir las experiencias interiores propias del alma. Porque ni la Ciencia Moderna de la Naturaleza, ni sus Filosofías instrumentales y analíticas, afectadas de ciego paganismo y lastradas de materialismo sordo, han podido matar el sentido del mito que alimenta espiritualmente al hombre sencillo; tampoco el mensaje religioso de Cristo ha muerto, ni sepultada la vida simbólica del Renacimiento, ni vencida la imagen poderosa de San Jorge. Porque en virtud de expresiones verbales e imágenes perdurables, articuladoras de situaciones de convivencia formativas del alma individual y del espíritu colectivo de una comunidad, seguimos aún hoy reverberando con las armonías de su leyenda, saciando en el río del tiempo la sed de nuestras almas y llenando con su luz los ojos al contemplar en el decurso del devenir universal las hermosas joyas cristalinas, brillantes cual  zafiros y esmeraldas,  cuyos emblemas de fe en el ciclo de cada año vuelven a rodar a nuestros pies para ponerse al alcance de las manos y ser abrazadas en el pecho por los abiertos corazones.


domingo, 17 de abril de 2016

Mea Culpa Por Alberto Espinosa Orozco

Mea Culpa
Por Alberto Espinosa Orozco




   El peor de todos los pecados, mortal por necesidad, es la soberbia. Espíritu de superioridad sobre todo, que es también distanciamiento radical de quien lo es todo -o sin relación de ningún tipo con Dios, del que sin embargo puede el soberbio, en su libre elección, incluso, blasfemar. Es el infierno propiamente el lugar de los soberbios, donde los espíritus puros han adquirido una individuación absoluta por el mérito de sus faltas, por su rampante subjetivismo caprichoso, capcioso, en virtud de sus bajezas. Los soberbios, espíritus sobrados, ampulosos, despectivos, medran así por la vía más equivocada de todas, siendo sus oscuros caminos pesados y sus argumentos farragosos, sus veredas extrañas, asechados en su soledad absoluta e incomunicable por la angustiante hipertensión, que los estrecha contra sí mismos, en abrazo mortal.
   Su escala de peldaños hacia lo hondo puede comenzar con la simple fruición de las manos: por la avaricia, que no es sólo el vicio del oro, corriente en comunes comerciantes y remontados gambusinos, sino el vicio de quien lo ama perversamente, atropellando por consiguiente a la justicia. Enfermedad de las manos, del tacto, que iguala al vulgar raterillo callejero con el más refinado y maquiavélico estafador.



   A pasos contados, el proceso de corrupción asciende de grado con esa enfermedad de los ojos a que llamamos envidia, que no es la simple tristeza por el bien ajeno y alegría por sus males, sino la acendrada pasión de los malos contra los buenos, por el sólo hecho de serlo. Pecado por el que Caín mata a Abel, la envidia, armada en su inconsciencia obtusa con la quijada de un burro, infecta entonces las manos y, después, corrompe por completo el gusto, pues es un fruto carnal que se enardece contra todo lo espiritual, por la impotencia de no ser ni poder serlo, pareciéndole entonces amarga la justicia y dulce la injusticia, desarrollando así el instinto roedor de la astucia que, frunciendo las narices, vuelve al hombre cauteloso y traicionero. Enfermedad que manifiesta la desemejanza entre los espíritus, motivo de la envidia, que en su discordancia radical lleva a la discordia, e incluso al fratricidio, enfermando el corazón marcándolo entonces con el estigma de la pretensión del encumbramiento de sí y el consecuente rebajamiento del otro.


   A lo que sigue la lujuria, que es el vicio no sólo del cuerpo, de las sensaciones y deleites corporales, sino de quien las ama perversamente, trasgrediendo en suma la norma moral, dando pábulo al desarrollo de lo contra natura o corrompiendo la buena naturaleza del hombre, volviéndolo por tanto malo. Decisión perversa es la lujuria también, pues implica abandonar la templanza, que, incluso en los cuerpos, prefiere los deleites espirituales, más suaves de suyo, más hermosos e incomparablemente más íntimos y duraderos.




    Un paso más y más abajo se encuentra la decidida jactancia, que no sólo es el vicio de amar la honra de los hombres sobre lo divino, sino el vicio de quienes aman ser elogiados por los hombres despreciando el testimonio de su propia conciencia. Culminante en la soberbia que, como recuerda San Agustín, no es sólo el vicio de quien ama conceder honores, sino el de quien lo ama honrando su propio poder y vilipendiando la voluntad más justa –negando, por tanto, la voluntad de Aquel que es más poderoso. Último detalle éste que no hay que desatender, pues es también soberbia la de quien ama tan temerariamente al bien que no se refrena para hacer lo malo dentro de lo bueno, de quien en nombre de la justicia, de la palabra o de Dios, en tono imperativo, deja sin la palabra a sus hermanos.
   Libertad equívoca, ápice de la hybris fáustica de nuestro tiempo y reveladora de la desmesura humana que, abandonada de la mano de Dios,  termina por devorar y esclavizar a sus practicantes, sumiéndolos en el más patético y ridículo de los egoísmos: aquel que, abandonando el imperativo del bien común, está dispuesto a sacrificarlo todo, nación, patria, memoria, familia, la propia honra, por una mezquina cuota de beneficio y satisfacción personal. 





jueves, 14 de abril de 2016

La Verdadera Historia de Valentín de la Sierra Por Alberto Espinosa Orozco

La Verdadera Historia de Valentín de la Sierra
Por Alberto Espinosa Orozco



  El Corrido Cristero “Las Mañanitas de Valentín”, según nos advierte el historiador francés Jean Meyer, es de origen incierto y discutible. En la historia de los Cristeros nadie da cuenta de Valentín, de de donde operó, ni de su lugar en las fuerzas cristeras. Sin embargo, el popular corrido lo recuerda, quedando su nombre grabado en la cultura vernácula. Gracias a ello, el escritor durangueño Antonio Estrada, hijo del jefe cristero Florencio Estrada, logró reconstruir en los 60´s parte de su historia, en un ensayo titulado “Valentín de la Sierra”.[1]
   El corrido narra el final de la historia y fatal desenlace de Valentín Ávila Ramírez, quien fuera un héroe popular que murió por la causa Cristera. Valentín era oriundo del pueblo de San Cayetano, cerca de Huejuquilla y del rancho de los Landa, en el norte de Jalisco, lindante con Zacatecas, a 229 kilómetros de la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Región donde nace la Sierra Madre Occidental, y de donde le vino el mote de Valentín de la Sierra.
   Gracias a nuevos documentos, especialmente el de Jesús de la Torre, podemos ahora reconstruir su historia.[2] Su verdadero nombre fue Valentín Ávila Ramírez, hijo de don Basilio Ávila y doña Ugenia Ramírez, de Rancho Viejo. A don Basilio lo mataron en San Diego, cayendo a manos de los villistas Justo Ávila y Baltasar Torres, quienes lo despojaron de todas sus vacas, dejando a su familia sin nada. Eso sucedió cuando sus dos hijos, Valentín y Andrés, ya eran unos muchachos. 
   Valentín Ávila Ramírez nació en 1898, mordiéndole dos años al siglo anterior, y en 1926 lo mataron las fuerzas Federales, por lo que tendría unos 28 años de edad cuando fue ejecutado. Más bien blanco, de ojos medio verdes, nada mal parecido. Muy liviano, muy fuerte y muy de pleito, que quitaba pistolas nada más con el puro machete. Buen jinete y bueno para las armas. Bien parecido, muy de a caballo, con sombrero grande de zayate, que no admitía competencia ni con el machete ni con las mujeres.
   En el año de 1914 Valentín y Andrés, de 16 y 15 años, se habían enrolado con Santos Bañuelos, dándose de alta en Valparaíso, a donde el revolucionario había llegado con Pánfilo Natera para hacer frente a los “Colorados” de Pascual Orozco.[3] En 1916 hubo varias escaramuzas, distinguiéndose Valentín por ser muy atrabancado, por lo que se ganó el aprecio de Bañuelos –como cuando en el Rodeo, cerca de Peñón Blanco, el matón del general Tomás Domínguez y José María Castro intentaron asesinar a Natera cuando éste fue ofrecerle el indulto a Santos Bañuelos por seguir con los villistas, quien se rehusó. En otra ocasión, en la Puerta del Chacuaco, hubo una refriega con los carrancistas, matándole a su caballo y de la que escapó de milagro. Valentín rodó hasta allá, yendo a dar a una nopalera, detrás de la que se escondió. Cuando se levantó, arrastrando una pata, recogió su sombrero apachurrado, mirando asustado como había quedado toda la nopalera bien agujerada. Tiempo después, cuando Bañuelos se acuarteló en la Hacienda de San Antonio de Padua, Basilio Ávila, preocupado, fue y le pidió a sus hijos, yendo a vivir con su familia por La Purísima, por el mismo rumbo donde más tarde caería el mismo Bañuelos.
   Cuando Huejuquilla fue atacado por los Federales faldillones, Valparaíso prestó auxilio de 100 hombres, entre los cuales iban Valentín y Andrés. Entre la quemazón de casas Andrés y Valentín, a la entrada del Valle, alcanzaron a una vieja querida de Baltasar Torres, y haciéndole garras las naguas le encontraron una “víbora” entre las pretinas, repleta de monedas de oro, por lo que poco después Valentín lucía una silla, un caballo y una pistola nueva.
   En otra ocasión Trinidad Caldera invitó a corretear lobos a la rancherada de a caballo de Huejuquilla, de San Juan Capistrano, de San Antonio. Cuando algunos de ellos volvían a Rancho Viejo, el muchacho Crecenciano, hijo de Emigdio Falcón, descubrió que Santos de la Paz, de Pino, de la defensa, bragado, grandote, de ojos gachos, le había robado una soga, por lo que Crecenciano se la pidió, negándose Santos de la Paz a devolvérsela con malas razones. Por lo que el muchacho, le empalmó el caballo y sin más ni más le aventó tres balazos, saliendo a galope a toda prisa. Valentín lo persiguió a todo galope, mientras que Falcón le vació el resto de la pistola agujerándole el sombrero. Valentín lo alcanzó, le quitó la pistola y no lo soltó hasta entregarlo. 
   Insuperable con el machete, Valentín acuñó fama en la región como valentón de baile.  Por su afán de imponerse en las fiestas, con las novias y con los músicos. Su diversión, en efecto, era bailar con las novias en las bodas. Así sucedió en la Hacienda de la Peña con la novia de Rafael Navarrete, quien peleó a machetazos con Valentín, quien le dio con un leñazo, a lo que Inés Navarrete respondió saliendo al quite, haciendo brincar a Valentín como venado. Luego de la corredera y a pesar de la advertencia de Guadalupe Simental de que no se volviera a meter al baile, se metió de nuevo bailando “Los Machetes”, con dos cuchillos que hacía sonar por debajo de las piernas y bailando alrededor de la lumbre, como poseído por el diablo. Por lo que lo dejaron solo, bailando, pues no dejaba gustar bonito. En otra ocasión acabó con un baile porque los músicos no tocaban las de él, encerró a los duelos de la fiesta en un jacal, y se fue con los músicos por su cuenta bailando solo.
   Un año después del año del hambre, en 1917, Valentín se casó. Pero no daba traza. De cuando en cuando visitaba a la pobre mujer, llevándole un envoltorio con galletas de animalitos. En otra ocasión la esposa le preguntó a Valentín que fue de aquella cobija que le vio de dos vistas; él le dijo que se la había dado a la otra, para que durmiera calientita. Por lo que la mujer se hartó, un día sacó sus triques y se fue a Colotlán, para no volverse a ver, dejando a sus dos hijos al cuidado de su hermana.
   El pleito en el baile de los Ruices, de Guadalupe, en el Rancho Las Cruces, sin embargo, suscitó un encono que terminaría en tragedia. El lío se armó cuando alguien le tiró una pedrada a Andrés, quien se agacho y le dio a otro. Pancho Ruiz, chaparrito, enfrentó con una daga a Valentín, quien se le aventó encima, le quitó la daga y le metió unos piquetitos en la espalda. No sin antes recibir un arañazo, que le dejó una cicatriz en la cara. Los Ávila se encontraron otra vez con los Ruices en otro baile, por el Cedro. Ya se iban, pero se devolvieron, Andrés sacó la pistola, pero Pancho de un balazo le quebró el brazo izquierdo y le dio otro en la pierna. Andrés tuvo tiempo de apuntar la suya, dándole un balazo a Pancho Ruiz en un ojo, quien cayó redondito para atrás, con los brazos abiertos. Entonces se acercó Pio Ruiz y remató a Andrés Ávila con una 30-30. A Valentín se le vio después de aquello vagando solo y muy callado. Eso fue por el año de 1924, un año antes del año del diluvio.
     Eso por una parte; por la otra, cuando andaba en su juicio era muy servicioso y casi no tomaba, y muy respetuoso de la gente mayor, pues se arrodillaba ante su padrino, un viejo que era muy pobre, y le besaba la mano. Se dice que él hacia cosas para hacerse notar, tropelías, porque quería que le compusieran un corrido. Hombre de carácter arrebatado y cabecilla de segundo orden en la defensa cristera, que sin embargo logró, finalmente, cumplir con aquel deseo.
      El 26 de agosto de 1926 empezó la revolución Cristera cuando llegó a Huejuquilla Pedro Quintanar con 100 hombres de Sombrerete, de Peñitas, de Peña Blanca y del Valle, y con ellos se enroló Valentín, ya para entonces sentido, malquistado con el gobierno por pendientes con la justicia. Ese mismo domingo cayó la Federación, los callistas, que corrieron, porque casi todo el pueblo les hiso resistencia. Eulogio Ortiz, jefe de la zona militar de Zacatecas, quiso cobrarse el desquite y llegó al pueblo con 600 hombres. El jueves 2 de septiembre Valentín salió solo a buscar unas vaquillas por el Arroyo del Fresno, armado, cuando para su mala suerte se topó con los agraristas del Valle de Valparaíso, quienes luego luego se le echaron encima. Se confió, y les dijo que quería darse de alta en el gobierno, sintiéndose reforzado por sus amigos agraristas del Valle, Epigmenio Talamantes y los hermanos José Pedro y Chon Salas, a quienes hacia poco les había regalado un caballo. Estuvo detenido con los de la Federación por la calle de abajo, y estuvo tres o cuatro días con ellos. Epigmenio Talamantes lo reconoció, montado en un caballo alazán y de calzón blanco. Los jefes del ejército iban a comer a la fonda de Doña Perfecta, que estaba en contra de los cristeros, por lo que denunció a Valentín, diciéndoles que andaba con Pedro Quintanar. Entonces ya no hubo remedio. Lo interrogaron, resultando que  Valentín dirigía a unos 15 Cristeros en un área muy reducida del norte de Jalisco. In extremis, Valentín les dijo que les juntaba gente de la Hacienda de los Landa, a sus amigos Candelario, Amado, Faustino y Heriberto Reséndez, a quienes apodaban “Los Ratones”.      
   Apareció después montado a pelo en un macho, amarrado de las manos. El coronel Pablo Ortiz tenía órdenes de que lo matara por el camino, pero él no quería matarlo. Por Milpillas lo mandó a traer agua, dándole el chance de que se pelara. Pero Valentín estaba muy seguro de que lo admitirían en el Ejército. Los primeros días de septiembre de ese año lo colgaron de un árbol en la Hacienda del Refugio, en Milpillas de la Sierra. Cuando el general cristero Jesús Pineda pasaba por ahí lo reconoció. Al estarlo sepultando cayó tremenda tormenta, por lo que la fosa quedó ahí abandonada, llena de agua. Las mujeres de la región lo tenían por un mártir, llevándole flores, adornos y veladoras, porque decían que hacia milagros. Solo cabe agregar aquí que el poblado de Huejuquilla el Alto, Jalisco, es famoso por haberse dado ahí el primer combate de la Guerra Cristera.[4]




“Las Mañanitas de Valentín”

Voy a cantar unos versos
de un amigo de mi tierra,
del valiente Valentín
que fue "afusilado"
y colgado en la sierra.

Ni me quisiera acordar
si era una tarde de invierno,
cuando por su mala suerte
cayó Valentín
en manos del gobierno.

En el arroyo del Fresno
con Valentín se encontraron
los agraristas del Valle,
le hicieron preguntas
y se lo llevaron.

Se fueron pa' Huejuquilla
en..... lo encontraron;
el pobre de Valentín
se encontraba triste,
muy desconsolado.

Se fueron para una fonda
todos juntos a comer,
todo el Estado Mayor,
Epigmenio, Chon Salas,
Valentín también.

Se sentaron en la mesa
juntos con el general,
una vieja lo entregó
que era de la gente
de ese Quintanar.

Le preguntó el general:
-¿Cuánta es la gente que mandas?
-La gente está afortinada,
son quince soldados
del rancho de los Landa.

Le preguntó el general
cuánta era la compañía:
-Son ochocientos soldados
que trae por la sierra
Mariano Mejía.

El general le decía:
-Valentín di la verdad,
mira que si tú me dices
te doy dos mil pesos
y tu libertad.

El general le decía:
-Yo te concedo el indulto,
pero me vas a decir
¿Dónde está el curato
y la casa de Justo?

Le contestó Valentín:
-Eso no puedo decir,
prefiero el que me maten,
yo por un amigo
prefiero morir.

Lo llevan para la sierra
a hacerle la ejecución;
-Ya me voy con los del Valle
adiós mis amigos,
adiós ya me voy.

Antes de subir al cerro
Valentín quiso llorar:
-Madre mía de Guadalupe,
por tu religión
me van a matar.

Al llegar al Charco Largo
le vuelven a preguntar:
-¿Quiénes son los levantados
de Higinio Madera
y Pedro Quintanar?

Del pobre de Valentín
un capitán se dolió
lo montaron en un macho
y en él lo llevaron
a donde murió.

Muévase este Valentín:
-¡Válgame Dios ahora qué hago!
-Le contestó este Chon Salas:
-Si  te quieres ir,
ahí está mi caballo.

Le pusieron una cruz
pa' no perderlo de vista,
para tener un recuerdo,
queridos amigos
de los agraristas.

Vuela, vuela palomita
de la torre hasta el fortín;
aquí se acaban cantando
versos de Chon Salas
y de Valentín.[5]





   Don Luis Domínguez cantó con su arpa, durante más de dos décadas, de entre los 70´s y los 90´s, todo tipo de corridos, especialmente los dedicados a los Cristeros de la región, en la esquina formada por 5 de Febrero y Constitución, en la Ciudad de Durango. Acompañado por su voz y las melodías emitidas por su instrumento al pulsar de sus cuerdas, el músico tradicional mantuvo así fresca la memoria entre los durangueños de los héroes populares locales, como Valentín de la Sierra, Trinidad Mora y Florencio Estrada. Un significativo cuadro expresionista, realizado en tonos fríos y dorados, del también cantante y pintor Armando Blancarte, retiene artísticamente su imagen para la posteridad. En lo que es hoy la “Plaza Fundadores”, un moderno obelisco montado sobre una gran piedra calcárea, también los recuerda.






[1] Antonio Estrada. Narrativa Póstuma. Ed. ICED, CONACULTA. Durango 2011. 293 págs.
[2] La verdadera historia de Valentín de la Sierra es narrada por un amigo suyo que luego se casó con su hermana, recopilada por Jesús de la Torre en el trabajo “Mito y Realidad de un amigo de mi tierra”, compilado en el libro de Jesús de la Torre y Manuel Caldera Pueblos del Viento Norte . Secretaría de Cultura de Jalisco, 1994. Introducción de Luis Salazar Godoy y Prólogo de Jean Meyer. Pág. 96 y siguientes. De los mismos autores hay otro libro: Pláticas de mi pueblo. Ed. Ágata. Guadalajara, Jalisco, 1991. Ver también: Francisco Segovia, “Campesinos: la voz sepultada”. Revista Fractal #2. Julio-Septiembre de 1996. Año I, Volumen I. 
[3] Pascual Orozco se levantó en el Norte, encabezando a un grupo de insurgentes denominados los “Colorados”. A ellos se les sumó Benjamín Argumedo Hernández, sastre y domador de caballos, quien se levantó en la comunidad de “El Gatuño”, seguido por el tendero de Matamoros Juan Livias. Dos hombres audaces que estaban al frente de 50 bandas poco organizadas, con 20 hombres por cuadrilla. En la Laguna, intentaron tomar Gómez Palacio el 20 de noviembre de 1910, siendo perseguidos y refugiándose en la sierra. Para el 20 de noviembre fueron reforzados por Jesús Agustín Castro, Orestes Pereyra, Gregorio García y Juan Pedro Estrada Lozano. 
[4] Huejuquilla se encuentra en los límites de los estados de Jalisco y Zacatecas, justamente donde inicia la cordillera de la Sierra Madre Occidental. El nombre es un diminutivo de Huexutla, siendo su nombre primitivo nahua  Huexuquillán, que significa lugar de los sauces o los sauces de la sauceda. Sus primeros pobladores fueron indios coras y huicholes que estaban bajo el señorío de Colotlán. El primer español en dar referencia del pueblo fue el fundador de Zacatecas, Cristóbal de Oñate, en 1548, y la fundación española del pueblo se llevó a cabo el 23 de marzo de 1573, dándose el mestizaje o la mezcla de ambas culturas. En 1833 se le concedió el título de Villa. Fue famoso por la Hacienda de San Antonio de Padua, que hoy en día es un muladar. Es reconocido a nivel internacional por la siembra de orégano, el mejor del mundo, azafrán y xoconoxtle. Otro corrido de la región muy conocido es el de la “Toma de Huejuquilla”, que narra la historia de la toma del pueblo por Miguel Romero, Jesús Madera y Justo Jaime –donde figuran también las siluetas de Cheche Campos, Felix, Benjamín Argumedo y Santos Bañuelos. 
[5] Ver Antonio Avitia Hernández, Corrido Histórico Mexicano. Voy a Cantarles la Historia (1810-1910). Tomo I. Editorial Porrúa. Colección Sepan Cuantos… México, 1997. 289. Pp. 




VALENTÍN DE LA SIERRA 

(Corrido Tradicional Mexicano)




martes, 12 de abril de 2016

El Monumento Porfirista Hemiciclo a Juárez Por Alberto Espinosa Orozco

El Monumento Porfirista Hemiciclo a Juárez
Por Alberto Espinosa Orozco




I
   Uno de los grandes monumentos arquitectónicos del Porfiriato es el Hemiciclo a Benito Juárez García, situado sobre la Alameda Central, frente al Ex Templo de Corpus Cristi, sobe la calle de Juárez, en pleno centro de la Ciudad de México. Fue restaurado en el año de 1973 y luego, nuevamente en el año de 2012, en un trabajo de ocho meses, pulido a mano por 60 trabajadores al frente de la arquitecto Jimena Ramírez y del Maestro de Obras Don Luis Díaz. La última restauración se llevó a cabo en este año del 2016, con procedimientos modernos de tecnología de punta, misteriosos contratos y resultados lamentables.  

   Los errores tuvieron su origen en las urgencias por dejar “limpio” el monumento para la ceremonia que realizaría Enrique Peña Nieto el 21 de marzo pasado en el sitio, con motivo del 210 aniversario del natalicio de Benito Juárez, que finalmente se hizo en Palacio Nacional. Y en segundo lugar, por no haber elegido para los trabajos a especialistas en la restauración de bienes muebles, El gobierno de la Ciudad de México a la empresa Megarquitectos, S.A. de C.V., dirigida por el arquitecto Gabriel Mérigo Basurto, reconocido en el ámbito académico y de la arquitectura pero no en el de la restauración de bienes muebles. Los pésimos resultados se evidencian en las diferencias de color, que van del blanco liso, sin las vetas características del mármol, por el empleo de pintura, hasta el amarillento que tomó la famosa piedra de Carrara por la utilización de sustancias no adecuadas. Las fotografías proporcionadas como primicia por el destacado restaurador Miguel Ángel Silva Haro a la Red Social “El Caballito de Batalla” no dejan lugar a dudas de la fallida intervención, pues se ven también escurrimientos de material mal aplicado.








Fotografías de Miguel Ángel Silva Har





   . El Hemiciclo a Juárez, se encuentra muy cerca del Palacio de Bellas Artes, ocupando el lugar que hubiera ocupado el famoso Kiosco Morisco de Ramón Ibarrola, el cual servía para clamar los ganadores de la lotería nacional y que fue trasladado en 1914 al parque central del barrio de Santa María la Rivera. Se trata de un imponente monumento realizado en mármol de Carrara, de orden neoclásico, en memoria del político liberal y republicano Don Benito Juárez García (San Pablo Guelatao, Oaxaca, 21 de marzo de 1806 – Ciudad de México, 18 de julio de 1872). Juárez, dominó en la escena política por más de 14 años y fue presidente de México en varias ocasiones, entre 1857 y 1872.




II
   El licenciado Benito Pablo Juárez García murió el 18 de julio de de 1872 en Palacio Nacional, siendo presidente en activo, puesto que ostentó por 14 años. La última reelección como presidente la obtuvo un año antes, en 1871, ganado con 5 873 votos, por arriba de Porfirio Díaz, con 3 555, y Sebastián Lerdo de Tejada, con 2874 –recibiendo en ese lapso muchas críticas, incluso de sus correligionarios, por prolongarse tanto tiempo en el poder, deprimido asimismo por la muerte de su esposa. Porfirio Díaz se inconformó en Oaxaca mediante el “Palan de la Noria”, en el que se desconocía el triunfo Juárez y se le acusaba de dictador. En el último libro que leyó, sobre un emperador romano que retuvo el poder por 20 años, Trajano a Roma, Juárez dejó una confusa nota escrita, a manera de exculpación, movido por los insufribles remordimientos de conciencia, que decía: “Cuando la sociedad está amenazada por la guerra, la dictadura o la centralización del poder pueden ser un remedio para aquellos que atentan contra las instituciones, la libertad o la paz”.




   Moría con ello el más ilustre presidente mexicano que hubiese pertenecido a la masonería, en la que se inició en la temprana fecha de 1827, a los 21 años de edad, según el rito yorquino, de acuerdo al historiador Salvador Borrego, teniendo como pseudónimo el de “Guillermo Tell”. Como masón distinguido celebró en 1847 su entrada al rito nacional mexicano, acordado con rito escocés, amparado por el vicepresidente de la república Valentín Gómez Farías, a cuyo grupo pertenecían Manuel Crescencio Herrejón y Miguel Lerdo de Tejada. La mazonería internacional de Francia y España lo reconoció en 1871 como miembro honorario. Entre los masones que han dirigido el rumbo de la patria pueden contarse a: Agustín de Iturbide, Guadalupe Victoria, Guadalupe Gómez Pedraza, Vicente Guerrero, Valentín Gómez Farías, el mismo Benito Juárez, Melchor Ocampo, Sebastián Lerdo de Tejada, Porfirio Díaz, Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Madero, Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil, pascual Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez, Lázaro Cárdenas del Río, Miguel Alemán Valdez y Adolfo López Mateos, entre muchos otros.



   En sus horas finales Juárez fue atendido por tres médicos: Higinio Alvarado, quien le arrojó agua hirviendo en el pecho para controlar el ataque de calambres y la baja presión, y al que luego se sumaron los doctores Gabino Barreda y Rafael Lucio. Tuvo tiempo para confesar que el Padre Salvatierra fue el mejor hombre que conoció en su vida, cuando era apenas un niño. Expiro por angina de pecho ya entrada la noche del mismo 18 de julio a las 23: 35 horas. 


   Las reliquias mortales de Benito Juárez descansan en el Panteón de San Fernando, junto con los de su esposa Margarita Eustaquia Maza Prada de Juárez (1826, Oaxaca –muerta en 1871, a los 44 años de edad), y las cenizas de cinco de los 12 hijos que tuvieron, muertos de pequeños (María Guadalupe, Amada, Francisca, José María, Antonio y María Luisa), dos de ellos en su paso por Nueva York, donde vivió precariamente con sus hijos, entre ellos las gemelas María de Jesús y Josefa, y su yerno Pedro Santacillia. La hija adoptiva de Antonio Maza y petra Parada murió de cáncer en su casa de campo de San Cosme, siendo sepultada junto a las cenizas de sus hijos, hijas y nietos muertos años atrás. 









    El Panteón de San Fernando fue fundado a finales del Siglo XVIII para inhumar a los frailes del Colegio de San Fernando, a los benefactores de la Iglesia y a los miembros de las cofradías. Se remodeló en 1832 y fue abierto en 1833 durante la epidemia de cólera. Dado que era un camposanto pequeño, limpio, ordenado y hermoso, pronto fue elegido por las elites política, social y cultural del país como lugar de reposo para sus difuntos. Propiedad de los padres Fernandinos, quienes reclamaban altos costos por las inhumaciones, pronto el cementerio albergó a las más  conspicuas personalidades fallecidas del siglo XIX, especialmente a políticos, gobernantes, militares y personalidades seculares. Por un decreto de Benito Juárez de 1859 cesó la intervención del clero en los cementerios, pero también en las inhumaciones en las iglesias y bóvedas de los monasterios, quedando todos sujetos a la intervención de la autoridad civil. En 1861 el gobierno comenzó a administrarlo, declarándolo panteón de los Hombres Ilustres de la Ciudad de México, contándose entre sus inquilinos el Lic. Francisco Zarco Mateos, rescatado de una casa donde lo tenían en exhibición momificado, Ignacio Comomfort, Ignacio Zaragoza, Mariano Riva Palacio, Vicente Guerrero, en ministro de hacienda Miguel Lerdo de Tejada, Santiago Xicoténcatl, pero también los monárquicos Tomás Mejía y Miguel Miramón, por cuyo difícil descanso fue mejor trasladado posteriormente a la Catedral de Puebla. 




   Entre los artistas puede mencionarse al dibujante y litógrafo Constantino Escalante, al pintor Joaquín Ramírez y al compositor Francisco González Bocanegra –cuyos restos fueron luego trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres. 
    








   Una década más tarde, en 1871, fue el ilustre cementerio en poder del gobierno definitivamente clausurado, así como otros cementerios que estaban dentro de los límites de la ciudad, como el de San Antonio de las Huertas y el de Santa Paula. El último inquilino que entró al panteón fue el cadáver de Benito Juárez, el 23 de julio de 1872, cerrando entonces el campo de San Fernando con broche liberal y republicano, definitivamente, sus puertas -campo ya no tan santo sino laico, por la excomunión que pesaba sobre Benito Juárez declarada por el Papa Pío IX.


   Se levantó en el Panteón de los Hombres Ilustres de San Fernando un magnífico monumento funerario, por órdenes de Porfirio Díaz, realizado por los hermanos Juan y Manuel Islas, en un sólido bloque de mármol de Carrara, inaugurado en 1880, en el 8º aniversario luctuoso del benemérito.  En efecto, después de morir Benito Juárez el Congreso de la Unión aprobó un gasto de 10,000 para un monumento para él y su esposa Margarita en el panteón de San Fernando, el nuevo presidente Sebastián Lerdo de Tejada lo debería tener listo el 12 de Julio de 1874 para conmemorar el segundo año de su muerte, sin embargo no se pudieron  poner de acuerdo en la forma del monumento. Y así no fue sino hasta  que en 1876 Porfirio Díaz, arrebatando la presidencia a Sebastián Lerdo de Tejada, inicia sus mandatos de gobierno y en el año de 1880 se encargo de financiar y supervisar el monumento que existe en el panteón de San Fernando, que resultó muy bello, colocado al centro del un minúsculo panteón lateral junto al templo de ese nombre, que se encuentra en la Colonia Guerrero.
   El Monumento Funerario a Benito Juárez consta de 16 columnas griegas con un techo inclinado, estilo Partenón, con la cita: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. En el enorme nicho central aparece, tallada en mármol de un solo bloque, la figura yacente de Juárez sostenido por una figura femenina, que es una alegoría de la Patria, en una imagen postal no carente de grandeza y ni de romántica emotividad.








   En el año de 1900 se comenzó con la construcción monumental del Panteón Nacional, a espaldas del Panteón de San Fernando, en la actual calle de Héroes, el cual no se finalizó por errores de cimentación y planeación, quedando la obra definitivamente cancelada al estallar la Revolución Mexicana. 

   En 1927 apareció una misteriosa placa sobre una lápida alusiva a la bailarina Isadora Duncan, perfectamente apócrifa, manada hacer por el presidente Plutarco Elías Calles. En el año de 2006 se convirtió en el Museo Panteón de San Fernando.





III
   Otro monumento a Benito Juárez que hay que mencionar aquí Miguel Noreña el Monumento a Benito Juárez García de 1891, figura sedente que fue vaciada en bronce tomando como material los cañones arrebatados a los enemigos de la República, los que se fundieron para tal propósito, la cual se encuentra en el ala norte del  Patio Mariano de Palacio Nacional.
   Quince años después del deceso del Benemérito, en 1890 Porfirio Díaz organizó una serie de actos para recordar la figura del ilustre oaxaqueño: develó una placa conmemorativa en la habitación donde Juárez falleciera y, en encargó a Miguel Noreña la realización de una estatua cuyo bronce se obtuvo después de fundir piezas de artillería que el ejército conservador de Miguel Miramón utilizó en las Batallas de Silao y Calpulalpan, el 22 de diciembre de 1860, victoria que dio el triunfo a los liberales en la Guerra de Reforma, , así como balas disparadas por los franceses en el Sitio de Puebla en el sitio de 1863.





   En tiempos de Maximiliano, el espacio que ocupaba su casa había servido de habitación al intendente del palacio imperial. La familia Juárez-Maza al fin reunida, vivió en aquel lugar los momentos de mayor intimidad doméstica, disfrutando por fin de la paz que Juárez había logrado para toda la nación. La muerte de Margarita Maza de Juárez el 2 de enero de 1871 ensombreció el ambiente e hizo que la entereza del presidente decayera. Un año y medio después, el 18 de julio de 1872, Benito Juárez fallecía en la que había sido su habitación conyugal, en la casa de su familia que se convertiría, años después, en el recinto de homenaje a su memoria. Después de la desaparición del presidente, los Juárez-Maza abandonaron el Palacio Nacional para ir a vivir a la calle de Tiburcio 18 (hoy segunda de Uruguay) bajo la protección de Pedro Santacilia, esposo de Manuela, hija mayor del Benemérito.
      Desde el 18 de julio de 1957 el Palacio Nacional consagra uno de sus espacios al Recinto a Benito Juárez, donde en siete salas se encuentran en exhibición los objetos personales donados por sus descendientes y parte del acervo que conforma la colección.[1] Durante el siglo XIX era común la reunión de familias y amigos en los salones de las casas de clase media. Las crónicas de la época nos relatan el gusto por la tertulia. En la ambientación del Salón Familiar se recrea un espacio con el menaje característico de la época. Preside un retrato al óleo de doña Margarita Maza, atribuido a José Escudero y Espronceda. La Recámara es el espacio culminante del recinto, por ser el lugar en donde falleció don Benito Juárez. Su cama de latón, coronada con el águila republicana, confirma que su vida estuvo acorde con sus principios.






      A la muerte de Juárez, su figura se convirtió en un símbolo y su imagen pasó a formar parte de la iconografía popular. Los gobiernos lo convirtieron en héroe, induciendo al pueblo a transformarlo en mito legendario. El inventario de sus monumentos y efigies es improbable, pues su número semeja al de las arenas del mar. 











     La multiforme figura la de Juárez, que sigue atormentándonos hasta la fecha la mirada,  en innúmeras estatuas y efigies de dudoso valor estético muchas de ellas, esparcidas por toda la nación -de no menos innúmeros rostros, tamaño, complexión y facciones-, sería una clave del complejo discurso nacionalista, tanto del viejo Porfirio Díaz como del posterior proyecto de estado-nación independiente. La apoteosis de la fiebre porfiriana por el juarismo se alcanzó en 1910 con la construcción del marmóreo  Monumento Hemiciclo a Juárez.     
  Entre millares y millares de monumentos, estatuas, nichos y bustos del Benemérito de las Américas que existen esparcidos por plazas públicas y edificios en toda la república, sin contar con la multitud de calles, avenidas, escuelas que llevan su nombre, cabe destacar: la copia en piedra del Hemiciclo a Juárez que se encuentra en Toluca, sobre la Avenida Isidro Fablea, de 1941, realizado en cantera y con una escultura al centro de bronce; otro Hay otro Hemiciclo a Juárez en la ciudad de Tamaulipas. 







   El Monumento a Benito Juárez García, en la Plaza Cuarto Centenario de la Ciudad de Durango, donde hay también un busto de su efigie en el nicho de las escalinatas del Palacio de Zambrano, junto al cual se encuentra un magnífico mural debido a las marthas de Luis Sandoval, en el que aparecen, como cocheros del carruaje juarista, dos amigos y contemporáneos nuestros: el querido mentor e inolvidable héroe de la educación regional Don Héctor Palencia Alonso y el culto comerciante José Luis Gómez;  realizado en 1982 con el título  “La Llegada de Juárez  Durango”, junto con el mural “La Fundación de Analco por los Padres Franciscanos, los cuales flanquean el nicho a Juárez,  y una estatua en bronce en el Paseo de las Alamedas (remodelada en 2009, destruyendo el pedestal que para "La Primavera" había labrado el benemérito escultor regional Benigno Montoya de la Cruz). Serie de homenajes debidos, principalmente, a que Benito Juárez pasó algunos días en esta ciudad, labrando la frase inmortal: "Adiós Durango, tierra bendita, nunca te olvidaré". Causa por la cual la misma Universidad del Estado de Durango lleva su nombre (UJED), así como por su vocación idealista liberal, refrendada por el lapidario lema juarista: “Las ideas son todo, los hombres son nada”. 









   Sobre todos los monumentos destaca, sin asomo de duda, la famosa cabeza de Juárez, esperpéntica obra mural  rumbo a la carretera de Puebla, cerca de la Avenida Ignacio Zaragoza, en la glorieta de Iztapalapa, obra de Lorenzo Carrasco y Luis Arenal de 1976 , sobre proyectos murales abstractos de David Alfaro Siqueiros, muerto dos años antes, de 6 toneladas de peso, 30 metros de altura y 13 metros  la colosal cabeza.









IV
   El Hemiciclo a Juárez es uno de los grandes monumentos del Porfiriato. Se encuentra localizado a un costado de la Alameda Central, en Avenida Juárez, frente al templo de Corpus Cristi. Muy cerca del marmóreo Palacio de Bellas Artes y a unos pasos del lugar ocupado por de una escultura conocida como el Monumento al Trabajador, donada por el artista durangueño Ignacio Asúnsolo al pueblo de México, sobre la misma Avenida Juárez, hoy desaparecida. Junto al templo de Corpus Cristi hay un museo escultórico al aire libre. 
   En 1861, después del triunfo liberal de la Guerra de Reforma, Juárez instaló su gobierno en la capital de la República. Actuando contra la costumbre arraigada desde la época colonial, se negó a habitar la esquina suroeste de Palacio Nacional y mandó hacer algunas adecuaciones en el ala norte, donde planeaba establecerse con su familia. No obstante, la caída de Puebla en manos de las tropas invasoras francesas y el inminente establecimiento del Imperio obligaron al presidente Juárez a abandonar la Ciudad de México. Para volver hubo que esperar hasta 1867, año en que resultó reelecto como presidente constitucional y se concretó el triunfo republicano.
   En 1867 entró por esa calle triunfante Benito Juárez, siguiendo el camino de la Garita de Belén hasta llegar a la escultura de El Caballito, donde fue recibido por Vicente Riva Palacio  (Ciudad de México; 16 de octubre de 1832 - Madrid, España; 22 de noviembre de 1896), político, militar, escritor y editor del periódico satírico El Ahuizote, tomando la Calzada del Calvario rumbo a Palacio Nacional. La calle, antes llamada de Corpus Cristi, cambio otra vez su nombre en 1887 adoptando el de hoy en día: Avenida Juárez por mandato del mismo Porfirio Díaz, para conmemorar los 15 años de la muerte del prócer liberal, el día 18 de Julio.







     El Hemiciclo es un medio círculo votivo o exceda, que es un tipo de construcción ampliamente usada por los romanos, como un semicírculo rodeado de asientos destinado a conversaciones políticas, sobre asuntos de la urbe, más que filosóficas, cuyo diseño fue popular durante los tiempos del emperador Nerón. Se trata de una construcción semicircular descubierta, sin asientos, con palestra la centro, en cuyo núcleo central se encuentra un cenotafio (del griego kenos o vacío y laphos o tumba, es decir una tumba vacía). Se trata, pues, de un monumento funerario para honrar la memoria y guardar un recuerdo especial del presidente Benito Juárez, antecedente liberal del porfiriato. La edificación de carácter simbólico al ilustre oaxaqueño, cuyo cuerpo está distante, a la manera de las pirámides egipcias, invoca el alma del difunto para que habite y tome posesión del monumento. Es decir, se trata de un simulacro de sepulcro en un lugar no sagrado sino de carácter más bien público.
   En el año de 1905 se formo una comisión nacional para la construcción de un monumento que conmemorara el centenario del natalicio de Benito Juárez, a celebrarse en 1906. El jurado calificador estuvo integrado por Antonio Rivas mercado, Nicolás Mariscal y el Ingeniero Manuel Velázquez de León, quienes dieron el primer lugar y licitación de la obra al arquitecto Guillermo de Heredia. Sin embargo, no fue sino hasta  fines de noviembre de 1909 que se comenzó la cimentación de la obra. En abril de 1910 comenzó la colación de los 1 620 bloques de mármol de carrara y de arabiscato, traídos directamente de Italia, bajo la dirección del ingeniero Ignacio león de la Barra. Del 16 de agosto al 16 de septiembre del mismo año se realizó el montaje de la exceda y del conjunto escultórico. La parte arquitectónica fue ejecutada por el artista italiano Zocagno, mientras que el tallado de la escultura corrió a cargo del artista Lazzaroni, de los que no se tiene mayor referencia. El estilo de la obra es ecléctico, neoclásico y renacentista de inspiración griega. El costo total de la obra fue de 390 mil 695 pesos con 96 centavos. El Hemiciclo a Juárez fue inaugurado por el presidente de la república  Porfirio Díaz el 18 de septiembre de 1910, a dos escasos meses del estallido de la revuelta armada encabezado por el demócrata Ignacio Madero.  
   La altura del monumento es de 12 y 7.5 metros de altura y 36 de largo,  tiene un peso de 70 toneladas. El cuerpo es el de una planta rectangular que ocupa un área de 55 metros 2, con una tribuna volada hacia el frente o exceda constituida por de 8 columnas dóricas rematadas por dos columnatas de planta cuadrada sobre cuya cúspide se encuentran dos lámparas votivas de bronce dorado.  




   Arriba, en el centro de su friso dórico, un enorme grupo escultórico, cincelado en un solo bloque de mármol (a excepción de las alas de la primera figura), destacan dos figuras femeninas; una de ellas alada, que es una alegoría de la de la patria gloriosa; la otra, alegoría de la justicia, de la victoria y de la libertad. Al centro del conjunto escultórico se encuentra la efigie de un Benito Juárez sedente, con aire de patricio, con todas sus nobles cualidades y pasiones mezquinas, como dijera de él el Ingeniero Islas en la inauguración del Monumento, la patria alada en actitud de coronarlo con una guirnalda de laureles en la mano derecha, como símbolo de gloria, y la ley, que sostiene con el brazo elevado una tea en la mano derecha, en la que se ha visto la antorcha del progreso, y que sujeta con la mano izquierda una espada cuya punta toca la tierra, simbolizando así tanto a la justicia como a la república y el fin de las guerras que asolaron el México del siglo XIX. Abajo un medallón de laureles grabado con la leyenda: “Al Benemérito Benito Juárez: La Patria” –pues como reza la canción escolar: “Benito Juárez la patria nos dio, la patria nos dio”.  








    El cenotafio consta de otro conjunto escultórico: de un atril constituido por un águila republicana con las alas abiertas, sostenida por dos pilastras adornadas con grecas aztecas, y un paramento a cuyos lados se encuentran  lados dos leones recostados en actitud de reposo, de 9 toneladas de peso cada uno. 




   La fachada frontal ha sido lugar para reuniones, mítines, manifestaciones y encuentros variopintos s, abarcando desde reuniones masónicas hasta marchas homosexuales, foro donde han alzado la voz innúmeras personalidades, entre las que sólo cabe mencionar aquí, para finalizar,  a AMLO o a Paco Ignacio Taibo II.   







[1] Las salas del Recinto de Homenaje a don Benito Juárez son siete: Sala 1 Muestra a Juárez como gobernante y político liberal. Exhibe objetos que denotan su investidura como gobernante. Destacan la banda presidencial y algunos bienes como un bastón de mando elaborado en caña de la India y una pequeña charola de plata. Se muestran también medallas y condecoraciones que le fueran otorgadas en vida. Sala 2 Es el Área de Exposiciones Temporales. Está presidida por un busto de don Benito Juárez y una leyenda en bronce que dice: "Todo lo que México no haga por sí mismo para ser libre, no debe esperar ni conviene que espere, que otros individuos u otras naciones hagan por él". Sala   Dedicada a las Leyes de Reforma y a resaltar la importancia de las diferentes luchas emancipadoras del siglo XIX mexicano. Sala 4 Perfil de un Hombre. Confirma la sobriedad en el vestir y la sencillez en la vida diaria de don Benito Juárez. En esta sala se muestran objetos donados por sus descendientes entre los que destacan relojes, prendas de vestir, arreos masónicos y las medallas que recibió como miembro del Rito Nacional Mexicano. Sala 5 Conocida como Vida Republicana, nos relata cómo la familia Juárez-Maza, a pesar de residir en Palacio Nacional, vivió de acuerdo a los cánones de austeridad que dictaron don Benito y su esposa. Los bienes que se muestran en esta sala dan cuenta de las costumbres de la época; destacan los objetos relacionados con la manera de comer y servir los alimentos y las piezas del servicio de comedor utilizadas por la familia presidencial. Sala 6 Le corresponde el Ambiente Familiar. La figura de Margarita Maza de Juárez es el eje de este espacio. El ambiente cotidiano se recrea a través de la exhibición de algunos de sus objetos personales, labores de costura y una colección de fotografías familiares. En este espacio destaca el costurero de madera tallada, obsequio del artesano Manuel Lizeaga a doña Margarita Maza en 1867. Dicen sus biógrafos que Benito Juárez acostumbraba pasar largas jornadas en su despacho, donde se entregaba con gran disciplina a labores intelectuales. Aquí se exhiben ejemplos del mobiliario testigo de las grandes transformaciones del Estado. Sala 7 Es la Patria a Juárez. En este lugar se exhiben algunas de las condecoraciones y objetos realizados en homenaje póstumo a Benito Juárez. El salón de Homenajes presidido por un busto en bronce de don Benito Juárez, circundado por los escudos de cada uno de los estados de la Federación y el Escudo Nacional, está dedicado a rendir homenaje permanente al Benemérito de las Américas.