martes, 12 de abril de 2016

El Monumento Porfirista Hemiciclo a Juárez Por Alberto Espinosa Orozco

El Monumento Porfirista Hemiciclo a Juárez
Por Alberto Espinosa Orozco




I
   Uno de los grandes monumentos arquitectónicos del Porfiriato es el Hemiciclo a Benito Juárez García, situado sobre la Alameda Central, frente al Ex Templo de Corpus Cristi, sobe la calle de Juárez, en pleno centro de la Ciudad de México. Fue restaurado en el año de 1973 y luego, nuevamente en el año de 2012, en un trabajo de ocho meses, pulido a mano por 60 trabajadores al frente de la arquitecto Jimena Ramírez y del Maestro de Obras Don Luis Díaz. La última restauración se llevó a cabo en este año del 2016, con procedimientos modernos de tecnología de punta, misteriosos contratos y resultados lamentables.  

   Los errores tuvieron su origen en las urgencias por dejar “limpio” el monumento para la ceremonia que realizaría Enrique Peña Nieto el 21 de marzo pasado en el sitio, con motivo del 210 aniversario del natalicio de Benito Juárez, que finalmente se hizo en Palacio Nacional. Y en segundo lugar, por no haber elegido para los trabajos a especialistas en la restauración de bienes muebles, El gobierno de la Ciudad de México a la empresa Megarquitectos, S.A. de C.V., dirigida por el arquitecto Gabriel Mérigo Basurto, reconocido en el ámbito académico y de la arquitectura pero no en el de la restauración de bienes muebles. Los pésimos resultados se evidencian en las diferencias de color, que van del blanco liso, sin las vetas características del mármol, por el empleo de pintura, hasta el amarillento que tomó la famosa piedra de Carrara por la utilización de sustancias no adecuadas. Las fotografías proporcionadas como primicia por el destacado restaurador Miguel Ángel Silva Haro a la Red Social “El Caballito de Batalla” no dejan lugar a dudas de la fallida intervención, pues se ven también escurrimientos de material mal aplicado.








Fotografías de Miguel Ángel Silva Har





   . El Hemiciclo a Juárez, se encuentra muy cerca del Palacio de Bellas Artes, ocupando el lugar que hubiera ocupado el famoso Kiosco Morisco de Ramón Ibarrola, el cual servía para clamar los ganadores de la lotería nacional y que fue trasladado en 1914 al parque central del barrio de Santa María la Rivera. Se trata de un imponente monumento realizado en mármol de Carrara, de orden neoclásico, en memoria del político liberal y republicano Don Benito Juárez García (San Pablo Guelatao, Oaxaca, 21 de marzo de 1806 – Ciudad de México, 18 de julio de 1872). Juárez, dominó en la escena política por más de 14 años y fue presidente de México en varias ocasiones, entre 1857 y 1872.




II
   El licenciado Benito Pablo Juárez García murió el 18 de julio de de 1872 en Palacio Nacional, siendo presidente en activo, puesto que ostentó por 14 años. La última reelección como presidente la obtuvo un año antes, en 1871, ganado con 5 873 votos, por arriba de Porfirio Díaz, con 3 555, y Sebastián Lerdo de Tejada, con 2874 –recibiendo en ese lapso muchas críticas, incluso de sus correligionarios, por prolongarse tanto tiempo en el poder, deprimido asimismo por la muerte de su esposa. Porfirio Díaz se inconformó en Oaxaca mediante el “Palan de la Noria”, en el que se desconocía el triunfo Juárez y se le acusaba de dictador. En el último libro que leyó, sobre un emperador romano que retuvo el poder por 20 años, Trajano a Roma, Juárez dejó una confusa nota escrita, a manera de exculpación, movido por los insufribles remordimientos de conciencia, que decía: “Cuando la sociedad está amenazada por la guerra, la dictadura o la centralización del poder pueden ser un remedio para aquellos que atentan contra las instituciones, la libertad o la paz”.




   Moría con ello el más ilustre presidente mexicano que hubiese pertenecido a la masonería, en la que se inició en la temprana fecha de 1827, a los 21 años de edad, según el rito yorquino, de acuerdo al historiador Salvador Borrego, teniendo como pseudónimo el de “Guillermo Tell”. Como masón distinguido celebró en 1847 su entrada al rito nacional mexicano, acordado con rito escocés, amparado por el vicepresidente de la república Valentín Gómez Farías, a cuyo grupo pertenecían Manuel Crescencio Herrejón y Miguel Lerdo de Tejada. La mazonería internacional de Francia y España lo reconoció en 1871 como miembro honorario. Entre los masones que han dirigido el rumbo de la patria pueden contarse a: Agustín de Iturbide, Guadalupe Victoria, Guadalupe Gómez Pedraza, Vicente Guerrero, Valentín Gómez Farías, el mismo Benito Juárez, Melchor Ocampo, Sebastián Lerdo de Tejada, Porfirio Díaz, Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Madero, Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil, pascual Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez, Lázaro Cárdenas del Río, Miguel Alemán Valdez y Adolfo López Mateos, entre muchos otros.



   En sus horas finales Juárez fue atendido por tres médicos: Higinio Alvarado, quien le arrojó agua hirviendo en el pecho para controlar el ataque de calambres y la baja presión, y al que luego se sumaron los doctores Gabino Barreda y Rafael Lucio. Tuvo tiempo para confesar que el Padre Salvatierra fue el mejor hombre que conoció en su vida, cuando era apenas un niño. Expiro por angina de pecho ya entrada la noche del mismo 18 de julio a las 23: 35 horas. 


   Las reliquias mortales de Benito Juárez descansan en el Panteón de San Fernando, junto con los de su esposa Margarita Eustaquia Maza Prada de Juárez (1826, Oaxaca –muerta en 1871, a los 44 años de edad), y las cenizas de cinco de los 12 hijos que tuvieron, muertos de pequeños (María Guadalupe, Amada, Francisca, José María, Antonio y María Luisa), dos de ellos en su paso por Nueva York, donde vivió precariamente con sus hijos, entre ellos las gemelas María de Jesús y Josefa, y su yerno Pedro Santacillia. La hija adoptiva de Antonio Maza y petra Parada murió de cáncer en su casa de campo de San Cosme, siendo sepultada junto a las cenizas de sus hijos, hijas y nietos muertos años atrás. 









    El Panteón de San Fernando fue fundado a finales del Siglo XVIII para inhumar a los frailes del Colegio de San Fernando, a los benefactores de la Iglesia y a los miembros de las cofradías. Se remodeló en 1832 y fue abierto en 1833 durante la epidemia de cólera. Dado que era un camposanto pequeño, limpio, ordenado y hermoso, pronto fue elegido por las elites política, social y cultural del país como lugar de reposo para sus difuntos. Propiedad de los padres Fernandinos, quienes reclamaban altos costos por las inhumaciones, pronto el cementerio albergó a las más  conspicuas personalidades fallecidas del siglo XIX, especialmente a políticos, gobernantes, militares y personalidades seculares. Por un decreto de Benito Juárez de 1859 cesó la intervención del clero en los cementerios, pero también en las inhumaciones en las iglesias y bóvedas de los monasterios, quedando todos sujetos a la intervención de la autoridad civil. En 1861 el gobierno comenzó a administrarlo, declarándolo panteón de los Hombres Ilustres de la Ciudad de México, contándose entre sus inquilinos el Lic. Francisco Zarco Mateos, rescatado de una casa donde lo tenían en exhibición momificado, Ignacio Comomfort, Ignacio Zaragoza, Mariano Riva Palacio, Vicente Guerrero, en ministro de hacienda Miguel Lerdo de Tejada, Santiago Xicoténcatl, pero también los monárquicos Tomás Mejía y Miguel Miramón, por cuyo difícil descanso fue mejor trasladado posteriormente a la Catedral de Puebla. 




   Entre los artistas puede mencionarse al dibujante y litógrafo Constantino Escalante, al pintor Joaquín Ramírez y al compositor Francisco González Bocanegra –cuyos restos fueron luego trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres. 
    








   Una década más tarde, en 1871, fue el ilustre cementerio en poder del gobierno definitivamente clausurado, así como otros cementerios que estaban dentro de los límites de la ciudad, como el de San Antonio de las Huertas y el de Santa Paula. El último inquilino que entró al panteón fue el cadáver de Benito Juárez, el 23 de julio de 1872, cerrando entonces el campo de San Fernando con broche liberal y republicano, definitivamente, sus puertas -campo ya no tan santo sino laico, por la excomunión que pesaba sobre Benito Juárez declarada por el Papa Pío IX.


   Se levantó en el Panteón de los Hombres Ilustres de San Fernando un magnífico monumento funerario, por órdenes de Porfirio Díaz, realizado por los hermanos Juan y Manuel Islas, en un sólido bloque de mármol de Carrara, inaugurado en 1880, en el 8º aniversario luctuoso del benemérito.  En efecto, después de morir Benito Juárez el Congreso de la Unión aprobó un gasto de 10,000 para un monumento para él y su esposa Margarita en el panteón de San Fernando, el nuevo presidente Sebastián Lerdo de Tejada lo debería tener listo el 12 de Julio de 1874 para conmemorar el segundo año de su muerte, sin embargo no se pudieron  poner de acuerdo en la forma del monumento. Y así no fue sino hasta  que en 1876 Porfirio Díaz, arrebatando la presidencia a Sebastián Lerdo de Tejada, inicia sus mandatos de gobierno y en el año de 1880 se encargo de financiar y supervisar el monumento que existe en el panteón de San Fernando, que resultó muy bello, colocado al centro del un minúsculo panteón lateral junto al templo de ese nombre, que se encuentra en la Colonia Guerrero.
   El Monumento Funerario a Benito Juárez consta de 16 columnas griegas con un techo inclinado, estilo Partenón, con la cita: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. En el enorme nicho central aparece, tallada en mármol de un solo bloque, la figura yacente de Juárez sostenido por una figura femenina, que es una alegoría de la Patria, en una imagen postal no carente de grandeza y ni de romántica emotividad.








   En el año de 1900 se comenzó con la construcción monumental del Panteón Nacional, a espaldas del Panteón de San Fernando, en la actual calle de Héroes, el cual no se finalizó por errores de cimentación y planeación, quedando la obra definitivamente cancelada al estallar la Revolución Mexicana. 

   En 1927 apareció una misteriosa placa sobre una lápida alusiva a la bailarina Isadora Duncan, perfectamente apócrifa, manada hacer por el presidente Plutarco Elías Calles. En el año de 2006 se convirtió en el Museo Panteón de San Fernando.





III
   Otro monumento a Benito Juárez que hay que mencionar aquí Miguel Noreña el Monumento a Benito Juárez García de 1891, figura sedente que fue vaciada en bronce tomando como material los cañones arrebatados a los enemigos de la República, los que se fundieron para tal propósito, la cual se encuentra en el ala norte del  Patio Mariano de Palacio Nacional.
   Quince años después del deceso del Benemérito, en 1890 Porfirio Díaz organizó una serie de actos para recordar la figura del ilustre oaxaqueño: develó una placa conmemorativa en la habitación donde Juárez falleciera y, en encargó a Miguel Noreña la realización de una estatua cuyo bronce se obtuvo después de fundir piezas de artillería que el ejército conservador de Miguel Miramón utilizó en las Batallas de Silao y Calpulalpan, el 22 de diciembre de 1860, victoria que dio el triunfo a los liberales en la Guerra de Reforma, , así como balas disparadas por los franceses en el Sitio de Puebla en el sitio de 1863.





   En tiempos de Maximiliano, el espacio que ocupaba su casa había servido de habitación al intendente del palacio imperial. La familia Juárez-Maza al fin reunida, vivió en aquel lugar los momentos de mayor intimidad doméstica, disfrutando por fin de la paz que Juárez había logrado para toda la nación. La muerte de Margarita Maza de Juárez el 2 de enero de 1871 ensombreció el ambiente e hizo que la entereza del presidente decayera. Un año y medio después, el 18 de julio de 1872, Benito Juárez fallecía en la que había sido su habitación conyugal, en la casa de su familia que se convertiría, años después, en el recinto de homenaje a su memoria. Después de la desaparición del presidente, los Juárez-Maza abandonaron el Palacio Nacional para ir a vivir a la calle de Tiburcio 18 (hoy segunda de Uruguay) bajo la protección de Pedro Santacilia, esposo de Manuela, hija mayor del Benemérito.
      Desde el 18 de julio de 1957 el Palacio Nacional consagra uno de sus espacios al Recinto a Benito Juárez, donde en siete salas se encuentran en exhibición los objetos personales donados por sus descendientes y parte del acervo que conforma la colección.[1] Durante el siglo XIX era común la reunión de familias y amigos en los salones de las casas de clase media. Las crónicas de la época nos relatan el gusto por la tertulia. En la ambientación del Salón Familiar se recrea un espacio con el menaje característico de la época. Preside un retrato al óleo de doña Margarita Maza, atribuido a José Escudero y Espronceda. La Recámara es el espacio culminante del recinto, por ser el lugar en donde falleció don Benito Juárez. Su cama de latón, coronada con el águila republicana, confirma que su vida estuvo acorde con sus principios.






      A la muerte de Juárez, su figura se convirtió en un símbolo y su imagen pasó a formar parte de la iconografía popular. Los gobiernos lo convirtieron en héroe, induciendo al pueblo a transformarlo en mito legendario. El inventario de sus monumentos y efigies es improbable, pues su número semeja al de las arenas del mar. 











     La multiforme figura la de Juárez, que sigue atormentándonos hasta la fecha la mirada,  en innúmeras estatuas y efigies de dudoso valor estético muchas de ellas, esparcidas por toda la nación -de no menos innúmeros rostros, tamaño, complexión y facciones-, sería una clave del complejo discurso nacionalista, tanto del viejo Porfirio Díaz como del posterior proyecto de estado-nación independiente. La apoteosis de la fiebre porfiriana por el juarismo se alcanzó en 1910 con la construcción del marmóreo  Monumento Hemiciclo a Juárez.     
  Entre millares y millares de monumentos, estatuas, nichos y bustos del Benemérito de las Américas que existen esparcidos por plazas públicas y edificios en toda la república, sin contar con la multitud de calles, avenidas, escuelas que llevan su nombre, cabe destacar: la copia en piedra del Hemiciclo a Juárez que se encuentra en Toluca, sobre la Avenida Isidro Fablea, de 1941, realizado en cantera y con una escultura al centro de bronce; otro Hay otro Hemiciclo a Juárez en la ciudad de Tamaulipas. 







   El Monumento a Benito Juárez García, en la Plaza Cuarto Centenario de la Ciudad de Durango, donde hay también un busto de su efigie en el nicho de las escalinatas del Palacio de Zambrano, junto al cual se encuentra un magnífico mural debido a las marthas de Luis Sandoval, en el que aparecen, como cocheros del carruaje juarista, dos amigos y contemporáneos nuestros: el querido mentor e inolvidable héroe de la educación regional Don Héctor Palencia Alonso y el culto comerciante José Luis Gómez;  realizado en 1982 con el título  “La Llegada de Juárez  Durango”, junto con el mural “La Fundación de Analco por los Padres Franciscanos, los cuales flanquean el nicho a Juárez,  y una estatua en bronce en el Paseo de las Alamedas (remodelada en 2009, destruyendo el pedestal que para "La Primavera" había labrado el benemérito escultor regional Benigno Montoya de la Cruz). Serie de homenajes debidos, principalmente, a que Benito Juárez pasó algunos días en esta ciudad, labrando la frase inmortal: "Adiós Durango, tierra bendita, nunca te olvidaré". Causa por la cual la misma Universidad del Estado de Durango lleva su nombre (UJED), así como por su vocación idealista liberal, refrendada por el lapidario lema juarista: “Las ideas son todo, los hombres son nada”. 









   Sobre todos los monumentos destaca, sin asomo de duda, la famosa cabeza de Juárez, esperpéntica obra mural  rumbo a la carretera de Puebla, cerca de la Avenida Ignacio Zaragoza, en la glorieta de Iztapalapa, obra de Lorenzo Carrasco y Luis Arenal de 1976 , sobre proyectos murales abstractos de David Alfaro Siqueiros, muerto dos años antes, de 6 toneladas de peso, 30 metros de altura y 13 metros  la colosal cabeza.









IV
   El Hemiciclo a Juárez es uno de los grandes monumentos del Porfiriato. Se encuentra localizado a un costado de la Alameda Central, en Avenida Juárez, frente al templo de Corpus Cristi. Muy cerca del marmóreo Palacio de Bellas Artes y a unos pasos del lugar ocupado por de una escultura conocida como el Monumento al Trabajador, donada por el artista durangueño Ignacio Asúnsolo al pueblo de México, sobre la misma Avenida Juárez, hoy desaparecida. Junto al templo de Corpus Cristi hay un museo escultórico al aire libre. 
   En 1861, después del triunfo liberal de la Guerra de Reforma, Juárez instaló su gobierno en la capital de la República. Actuando contra la costumbre arraigada desde la época colonial, se negó a habitar la esquina suroeste de Palacio Nacional y mandó hacer algunas adecuaciones en el ala norte, donde planeaba establecerse con su familia. No obstante, la caída de Puebla en manos de las tropas invasoras francesas y el inminente establecimiento del Imperio obligaron al presidente Juárez a abandonar la Ciudad de México. Para volver hubo que esperar hasta 1867, año en que resultó reelecto como presidente constitucional y se concretó el triunfo republicano.
   En 1867 entró por esa calle triunfante Benito Juárez, siguiendo el camino de la Garita de Belén hasta llegar a la escultura de El Caballito, donde fue recibido por Vicente Riva Palacio  (Ciudad de México; 16 de octubre de 1832 - Madrid, España; 22 de noviembre de 1896), político, militar, escritor y editor del periódico satírico El Ahuizote, tomando la Calzada del Calvario rumbo a Palacio Nacional. La calle, antes llamada de Corpus Cristi, cambio otra vez su nombre en 1887 adoptando el de hoy en día: Avenida Juárez por mandato del mismo Porfirio Díaz, para conmemorar los 15 años de la muerte del prócer liberal, el día 18 de Julio.







     El Hemiciclo es un medio círculo votivo o exceda, que es un tipo de construcción ampliamente usada por los romanos, como un semicírculo rodeado de asientos destinado a conversaciones políticas, sobre asuntos de la urbe, más que filosóficas, cuyo diseño fue popular durante los tiempos del emperador Nerón. Se trata de una construcción semicircular descubierta, sin asientos, con palestra la centro, en cuyo núcleo central se encuentra un cenotafio (del griego kenos o vacío y laphos o tumba, es decir una tumba vacía). Se trata, pues, de un monumento funerario para honrar la memoria y guardar un recuerdo especial del presidente Benito Juárez, antecedente liberal del porfiriato. La edificación de carácter simbólico al ilustre oaxaqueño, cuyo cuerpo está distante, a la manera de las pirámides egipcias, invoca el alma del difunto para que habite y tome posesión del monumento. Es decir, se trata de un simulacro de sepulcro en un lugar no sagrado sino de carácter más bien público.
   En el año de 1905 se formo una comisión nacional para la construcción de un monumento que conmemorara el centenario del natalicio de Benito Juárez, a celebrarse en 1906. El jurado calificador estuvo integrado por Antonio Rivas mercado, Nicolás Mariscal y el Ingeniero Manuel Velázquez de León, quienes dieron el primer lugar y licitación de la obra al arquitecto Guillermo de Heredia. Sin embargo, no fue sino hasta  fines de noviembre de 1909 que se comenzó la cimentación de la obra. En abril de 1910 comenzó la colación de los 1 620 bloques de mármol de carrara y de arabiscato, traídos directamente de Italia, bajo la dirección del ingeniero Ignacio león de la Barra. Del 16 de agosto al 16 de septiembre del mismo año se realizó el montaje de la exceda y del conjunto escultórico. La parte arquitectónica fue ejecutada por el artista italiano Zocagno, mientras que el tallado de la escultura corrió a cargo del artista Lazzaroni, de los que no se tiene mayor referencia. El estilo de la obra es ecléctico, neoclásico y renacentista de inspiración griega. El costo total de la obra fue de 390 mil 695 pesos con 96 centavos. El Hemiciclo a Juárez fue inaugurado por el presidente de la república  Porfirio Díaz el 18 de septiembre de 1910, a dos escasos meses del estallido de la revuelta armada encabezado por el demócrata Ignacio Madero.  
   La altura del monumento es de 12 y 7.5 metros de altura y 36 de largo,  tiene un peso de 70 toneladas. El cuerpo es el de una planta rectangular que ocupa un área de 55 metros 2, con una tribuna volada hacia el frente o exceda constituida por de 8 columnas dóricas rematadas por dos columnatas de planta cuadrada sobre cuya cúspide se encuentran dos lámparas votivas de bronce dorado.  




   Arriba, en el centro de su friso dórico, un enorme grupo escultórico, cincelado en un solo bloque de mármol (a excepción de las alas de la primera figura), destacan dos figuras femeninas; una de ellas alada, que es una alegoría de la de la patria gloriosa; la otra, alegoría de la justicia, de la victoria y de la libertad. Al centro del conjunto escultórico se encuentra la efigie de un Benito Juárez sedente, con aire de patricio, con todas sus nobles cualidades y pasiones mezquinas, como dijera de él el Ingeniero Islas en la inauguración del Monumento, la patria alada en actitud de coronarlo con una guirnalda de laureles en la mano derecha, como símbolo de gloria, y la ley, que sostiene con el brazo elevado una tea en la mano derecha, en la que se ha visto la antorcha del progreso, y que sujeta con la mano izquierda una espada cuya punta toca la tierra, simbolizando así tanto a la justicia como a la república y el fin de las guerras que asolaron el México del siglo XIX. Abajo un medallón de laureles grabado con la leyenda: “Al Benemérito Benito Juárez: La Patria” –pues como reza la canción escolar: “Benito Juárez la patria nos dio, la patria nos dio”.  








    El cenotafio consta de otro conjunto escultórico: de un atril constituido por un águila republicana con las alas abiertas, sostenida por dos pilastras adornadas con grecas aztecas, y un paramento a cuyos lados se encuentran  lados dos leones recostados en actitud de reposo, de 9 toneladas de peso cada uno. 




   La fachada frontal ha sido lugar para reuniones, mítines, manifestaciones y encuentros variopintos s, abarcando desde reuniones masónicas hasta marchas homosexuales, foro donde han alzado la voz innúmeras personalidades, entre las que sólo cabe mencionar aquí, para finalizar,  a AMLO o a Paco Ignacio Taibo II.   







[1] Las salas del Recinto de Homenaje a don Benito Juárez son siete: Sala 1 Muestra a Juárez como gobernante y político liberal. Exhibe objetos que denotan su investidura como gobernante. Destacan la banda presidencial y algunos bienes como un bastón de mando elaborado en caña de la India y una pequeña charola de plata. Se muestran también medallas y condecoraciones que le fueran otorgadas en vida. Sala 2 Es el Área de Exposiciones Temporales. Está presidida por un busto de don Benito Juárez y una leyenda en bronce que dice: "Todo lo que México no haga por sí mismo para ser libre, no debe esperar ni conviene que espere, que otros individuos u otras naciones hagan por él". Sala   Dedicada a las Leyes de Reforma y a resaltar la importancia de las diferentes luchas emancipadoras del siglo XIX mexicano. Sala 4 Perfil de un Hombre. Confirma la sobriedad en el vestir y la sencillez en la vida diaria de don Benito Juárez. En esta sala se muestran objetos donados por sus descendientes entre los que destacan relojes, prendas de vestir, arreos masónicos y las medallas que recibió como miembro del Rito Nacional Mexicano. Sala 5 Conocida como Vida Republicana, nos relata cómo la familia Juárez-Maza, a pesar de residir en Palacio Nacional, vivió de acuerdo a los cánones de austeridad que dictaron don Benito y su esposa. Los bienes que se muestran en esta sala dan cuenta de las costumbres de la época; destacan los objetos relacionados con la manera de comer y servir los alimentos y las piezas del servicio de comedor utilizadas por la familia presidencial. Sala 6 Le corresponde el Ambiente Familiar. La figura de Margarita Maza de Juárez es el eje de este espacio. El ambiente cotidiano se recrea a través de la exhibición de algunos de sus objetos personales, labores de costura y una colección de fotografías familiares. En este espacio destaca el costurero de madera tallada, obsequio del artesano Manuel Lizeaga a doña Margarita Maza en 1867. Dicen sus biógrafos que Benito Juárez acostumbraba pasar largas jornadas en su despacho, donde se entregaba con gran disciplina a labores intelectuales. Aquí se exhiben ejemplos del mobiliario testigo de las grandes transformaciones del Estado. Sala 7 Es la Patria a Juárez. En este lugar se exhiben algunas de las condecoraciones y objetos realizados en homenaje póstumo a Benito Juárez. El salón de Homenajes presidido por un busto en bronce de don Benito Juárez, circundado por los escudos de cada uno de los estados de la Federación y el Escudo Nacional, está dedicado a rendir homenaje permanente al Benemérito de las Américas.






sábado, 9 de abril de 2016

El Noviciado de Jesuitas y el Hospital de San Andrés Por Alberto Espinosa Orozco

El Noviciado de Jesuitas y el Hospital de San Andrés 
Por Alberto Espinosa Orozco  

I
   En el predio que hoy ocupa el Museo Nacional de Arte (MUNAL), frente al cual se encuentra una pequeña plaza donde se ubica la escultura de El Caballito, se erigió el Palacio de Comunicaciones , inaugurado en 1910. En ese mismo lugar estuvo antes el Colegio Jesuita, construido de 1626 a 1642, abriéndose entonces el Noviciado Jesuita teniendo un amplio departamento para los “ejercicios espirituales” y contando además con una Iglesia, en lo que es hoy la calle de Xicoténcatl.



   Sin embargo, en la madrugada del 25 de junio de 1767, fiesta del Sagrado Corazón, por órdenes del Rey Carlos III de España, se presentaron las fuerzas armados del virreinato en la Casa de la Profesa y en todos los colegios de la Nueva España, incomunicaron a todos los jesuitas con la ropa puesta y los pusieron presos para enviarlos desterrados a España. La extirpación de los jesuitas se debió a que, a diferencia de otras órdenes religiosas que aceptaban derechos de la Corona de privilegio con la Iglesia, la Compañía de Jesús se negaba a negociar con los poderes de los estados no católicos. La propaganda oficial, en cambio, argumentó que los jesuitas se habían enriquecido enormemente en las misiones. Aunque la indignación popular alcanzo tintes de alarma en Pátzcuaro, Guanajuato, San Luis de la Paz y San Luis Potosí, la ejecución de 69 manifestantes y las amenazas y llamados a la sumisión a la Corona sofocaron pronto el conflicto. Al llegar a España los jesuitas fueron expatriados nuevamente a los Estados Pontificios, llegando en estado miserable hasta septiembre de 1768. La Compañía de Jesús no pudo regresar a México sino hasta el año de 1813.



   El Colegio Jesuita quedó así abandonado por un tiempo, hasta que en 1771 el Arzobispo de México Alonso Núñez de Haro y Peralta pidió que lo cedieran al clero para crear un hospital. Se fundó así una Casa de Asistencia, dotada con sus propios fondos, construida con el nombre de Hospital de Santa Ana, aunque a partir de 1776 llevó el nombre de Hospital de San Andrés, dado que el patronato de la fundación tenía a la cabeza a Andrés de Tapia, siendo conocida la calle como de San Andrés, hoy Tacuba. Alonso Núñez de Haro y Peralta (1729-1800), noble de Cuenca descendiente de los Núñez de la Chinchilla de Albacete, España, doctorado por la Universidad de Boloña, fue Arzobispo de México de 1772 hasta el día de su muerte, en 1800. También fungió como Virrey interino durante tres meses, del 8 de mayo de 1787 al 16 de agosto de 1787. Fundó a su llegada a México en 1770 el Colegio de Tepozotlán, Seminario de Instrucción, Retiro Voluntario y Corrección, equivalente a una especie de cárcel para eclesiásticos. En 1771 reordenó la residencia-seminario jesuita como hospital con apoyo oficial, aunque en responsabilidad de la Arquidiócesis. El edificio con 1000 camas divididas en 39 pabellones, contaba con departamento de disecciones y autopsias, la mayor farmacia de la Nueva España y un laboratorio. Debido a la fuerte epidemia de viruela que asolaba la región en 1779, el Virrey Martín de Mayaga ordenó que se instalaran 500 camas más. En 1788 mandó trasladar al Hospital de San Andrés el Hospital del Amor de Dios, ubicado en lo que es hoy la Academia de San Carlos, el cual había sido fundado por edicto de Carlos V y la intervención del obispo Fray Juan de Zumárraga en 1539 para tratar el "mal de bubas", el cual había decaído luego de casi siglo y medio de atenciones y estaba en plena decadencia.


   Con las Leyes de Reforma, el Hospital de San Andrés paso a manos del gobierno federal, siendo demolido el Templo de San Andrés en el año de 1868 para abrir una calle y modernizar la ciudad, la cual fue bautizada con el nombre de Felipe Santiago Xicoténcatl, héroe del Batallón de San Blas que defendió Chapultepec de la invasión estadounidense en 1847, cayendo a las faldas del cerro en la defensa del Castillo de Chapultepec, luego de animar a sus compañeros en la lucha al tomar la bandera de su escuadra estando doblemente herido. El batallón fue destruido por los estadounidenses y Santiago Xicoténcatl inhumado en la capilla de San Miguel Chapultepec envuelto en la bandera de su batallón, de donde fueron trasladados sus restos al Panteón de Santa Paula y luego al Panteón de San Fernando. En el centenario de su muerte, en 1947, sus reliquias mortales fueron incineradas y depositadas en el Altar a la Patria del Bosque de Chapultepec, donde descansan en una urna de cristal. Una estatua en basalto de Sebastián Ledo de Tejada depositada en esa calle rememora la decisión modernizadora tomada por el senador de la república. 
   A un lado de la Plaza Sebastián Lerdo de Tejada, localizada a un costado del MUNAL, puede verse el edificio del Siglo XVII que fuera sede del Senado de la República, en funciones en ese sitio hasta el año de 2010, que se conecta con la Plaza Manuel Tolsá, donde se encuentra la famosa obra de su autoría El Caballito, con la efigie del rey de España carlos IV, símbolo de la ciudad de México y de los avatares de la república. La antigua casona de Xicoténcatl #9 es hoy archivo histórico y biblioteca. 
   El edificio del Hospital de San Andrés fue finalmente demolido en el año de 1906 para construir el Palacio de Comunicaciones, sede de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. 










martes, 5 de abril de 2016

Hipocresía o Tecnocracia Por Alberto Espinosa Orozco



Hipocresía o Tecnocracia
Por Alberto Espinosa Orozco
      



I

   El pretexto de la modernidad ha sido, en muchos casos, la bandera alzada por incrédulos, pecadores y herejes de toda laya, para reptar y medrar a sus anchas en medio de una escenografía inmanentista, delante de cuyos entretelones se levanta el coro universal de los antiautoritarismos, que de forma antisolemne ruidosamente reclaman para sí la autoridad más prístina, queriendo a todas luces ganar lo que proclaman a voz en cuello perder, revelándose contra los valores de la tradición y lo venerable para ser venerados ellos mismos.   
   Así, la primera manifestación de su falta de espíritu se expresa por esa enfermedad de los ojos a que llamamos envidia. Sentimiento maligno, cuyos valores sombríos de indiferencia, ignorancia, burla y desprecio se dirige principalmente hacia aquellos que tienen esperanzas de redención, moral y religiosa, que es el núcleo de la metafísica cristiana. Porque la envidia, aunque tiene manifestaciones de celos, de mirar con malos ojos lo que hacen los otros y de incoar el mal en las entrañas, resuelto en el espíritu innoble de la competencia entendida como la sobrevivencia del más fuerte en la lucha por la vida, está movida en el fondo por la desesperación de quienes han abandonado las veredas personales de la fe, alejándose del camino recto de la justicia, y que, lastrados de materialismo y lastimados por los excesos de su sensualismo, ven escapar la esperanza de otro mundo, que se insinúa tras de este mundo, el cual se les esfuma entre los dedos como el puño de arena, volviéndose incapaces así para interpretar los dichos y analogías que bajo innúmeras formas se presentan, todo el tiempo, en la existencia del hombre y en la naturaleza. Envida, pues que se dirige principalmente al espíritu poético, pues, rompiendo así los lazos de correspondencia y complementariedad con la naturaleza, con lo que a la vez declara la inexistencia del prójimo, la nulidad de la fraternidad y de la solidaridad, borrando en su mundo todo temor de Dios, asintiendo simplemente a este mundo tal cual es, curándose de las preocupaciones del futuro por mor de la fuerza vital, impositiva o reptante, reduciendo el espectro de sus experiencias a la monocroma cromaticidad, ya sin figuras propias, puesto que el prójimo propiamente ha desaparecido, de la vitalidad abyecta o pujante.

   El envidioso se declara así hijo de la técnica, actuando abiertamente como mercenario del cosmos que, como ser meramente inmanente, condenado sólo a este mundo y encadenado a esta vida, se deja animar por el espíritu fáustico, mefistofélico, de la voluntad de poderío y de la lucha por la vida, pero sobre todo, para hacerse valer por medio de las grandes empresas, que requieren para su logro de sus jugosos contratos materiales promotor del eficiente concurso de las maquinas, del gigantismo omnipresente de la técnica,  que es la tecnocracia. Ambición maquinal, en cuya especie de armonía preestablecida, encuentra el pretexto ideal, entretelones, en el conocimiento y en la ciencia aplicada al dominio de la naturaleza inanimada, transformándola para sus propósitos propios, sin cuidarse de la naturaleza propia de las seres, sino actuando sobre ellos al manipular lo que tienen de mensurable, de película sensible, mediante los artefactos, herramientas, máquinas y procedimientos, para respondan los propósitos y fines propios de su empresa.

   Yendo más lejos, aplicando los mismos métodos y procedimientos técnicos de la naturaleza inanimada sobre el hombre, para su control y dominación, al enrrolarlo primero en el manejo, uso, operación de tales mecanismos politécnicos, pero luego subsumiéndolo en el control del hombre mismo, con total indiferencia o absoluto desprecio a las aptitudes de ánimo y predisposiciones de carácter de los hombres para los diversos contenidos de la cultura, quedando unos y otros, hombres y contenidos, anulados o enclenques, y por tanto, agostados en su propia naturaleza y sin desarrollar. Dominio también sobre el tiempo, reducido a la fuerza homologable a la fuerza abstracta de trabajo humano para la realización de una mercancía, en cuyo operar monótono, especializado y desindividualizado se desnaturaliza al hombre y al tiempo, deshumanizando a aquel y vaciando y consumiendo agotadoramente a éste en razón directamente proporcional de la aceleración del aparato productivo –y en cuyo seno se desarrolla el chancro de la hostilidad hacia la autorrealización y plenitud del otro, creciendo la mezquindad del frustrado alacrán, que no se afana tanto por ser sino porque el otro no sea.   



II

   Indiferencia, pues, respeto de la educación y del humanismo del hombre fáustico y moderno, del hombre de la técnica, que no se cuida ni se preocupa por la verdad, por la justicia, o por el bien del prójimo, para quién propiamente no existe, pero que tampoco se afana por los sentimientos de la belleza o por la unidad del cosmos. Llevado por el espíritu fáustico de las grandes empresas, deslumbrado por el poder económico, político o religioso, necesitando esencialmente del sentimiento de fortaleza y dominación que da el poder, el hombre moderno, fáustico, el hombre de la voluntad de control y dominación del mundo en torno, natural y humano, lleva a cabo entonces un extraño mutis axiológico: la abolición del sentimiento moral, ligado esencialmente al estético, escapando así a la necesidad de arrepentirse o ser perdonado, ajeno a la necesidad de estar justificado. Pecador que, moralmente insensible, ya no se arrepiente, que no se vuelve a Dios y se distancia absolutamente de Él, incurriendo a la vez en una especie de masoquismo trascendental, de concebirse como un puro ser biológico, natural, comparándose incluso, y por tanto solidarizándose, con los niveles más bajos de la creación –hallando así su satisfacción estética en objetos que ya no se dirigen a lo bello como tal, ni causan su correspondiente sentimiento bello por su orden y armonía, por su gracia y jerarquía, sino en lo inmundo, en el delirio o en la pesadilla, en lo informe o en lo deforme, en lo híbrido o lo hipnótico, desviando el gusto hacia las sombras de la caverna, y en este sentido o contaminándolo o pervirtiéndolo,  al fijar la vista en lo desagradable y solazando sus sentimientos estéticos con lo torcido o lo morboso, que ya no se goza, sino que más bien se padece, o con la representación inmanente del mero devenir, en un neutro y tedioso goce que más bien no goza, remedo de una angustiosa falta de libertad, o lanzando a la playa estéril de lo abúlico y falto de voluntad, cuyo único refugio encuentra en los sentimientos de la nostalgia o en la melancolía: en lo que, en cualquier caso, no tiene ni puede tener ninguna valor ni trascendencia metafísica.

      Crisis de trasmutación liberal de los valores, dirigida por el hombre de la fatalidad, que se lanza inconscientemente contra todo lo santificado por la tradición, movido por juicios de valor meramente pragmáticos y utilitarios, en última instancia meramente subjetivos. Moral no cristiana, orquestada por el hombre de la soberbia, seguro de sí, que arremete burlonamente contra lo más alto, contra lo venerado y beatificado, consagrado el contrario extremo del mundo sobrenatural, que ata el mundo humano a todo lo que pende de lo natural, especialmente a lo decadente, a lo menos valioso, a lo deleznable y contravalioso o peor. Intento insensato también de de poner en el centro de la cultura a lo excéntrico, a lo mutante e híbrido, a lo monstruoso o a la alteridad. Dando a la vez la primacía a los altaneros, a los ampulosos y engreídos, creando un tipo humano sin generosidad, frío, frívolo, vacío, nutrido en los falsos valores, asumidos, defendidos y promovidos por los medios de publicidad. Negra escenografía de un drama espiritual, cuyo contendiente se apresura a condenar al justo y a justificar al réprobo, hiriendo al noble que hace lo recto, no viendo nada de malo en el impío, usando para todo ello medidas, pesas y balanzas falsas. Tarea de la lobreguez, en donde todos los gatos resultan pardos, pues los perversos no pueden amar el bien.     
   Abandono, pues, de la comunidad de fe trascendente, donde el individuo queda atomizado, expuesto al desdén rampante de la sociedad liberal, hoy en día llamada neoliberal, que insensiblemente, confiada en el puro progreso material, tiende a reproducirse inconscientemente a sí misma, en su totalitarismo tecnificado de aplanadora, encumbrando con ello a los impíos, con quienes viene el menosprecio, como viene con el deshonrador la afrenta.



III

   Individualismo autosatisfecho, solipsista y egológico, cuya búsqueda es más que nada la de la sola afirmación de sí mismo, y cuyo único mundo verdadero es éste mundo positivo, científico, mecánico, reducible a puros movimientos y sensaciones, en el que hay a su vez que afirmarse, confiando solamente en él, con todo lo que tiene de cambiante y engañoso, de condicionado y contradictorio, con entero desprecio a la idea de otra vida, por más que la visión del mundo materialista no pueda sino llegar a ser sino una proyección subjetiva, frecuentemente inmoral y dionisiaca, en cualquier caso anticristiana y en el fondo peligrosamente nihilista.

   La doblez de la hipocresía se sigue, a pasos contados, de la envidia. Rajadura, ruptura fatal, de ya no ser ni poder ser de una pieza, el hipócrita, escindido de los otros, pero sobre todo y esencialmente de sí mismo, se vuelve entonces otro: el falsario, el farsante, el bufón, el fingidor de la cultura, que falto del poder de la analogía y la poesía se da a la mezquina tarea de la ironía: a jugar irónicamente con el mundo visto estéticamente con una distancia absoluta y por tanto absolutamente distanciado de los otros.

   El peso de la máscara del fingimiento, de la hipócrita apariencia de ser lo que no se es, incurre entonces en la santidad fingida que, al dejarse seducir por Satanás o por Mamón, no puede estar en gracia con Dios. Fingimiento de conversión, que se manifiesta en la apariencia obstinada de simular que se más perfecto de lo que en realidad se es, no haciendo el bien, ni actuando por la verdad, ni buscando realmente la justicia, ni amando la inteligencia, despreocupándose por tanto de curar las yagas de la humanidad. Inclinación por el ídolo del dinero, cuya búsqueda de seguridad material y de posición social lleva a la naturalización del pecado, que es la corrupción, y a la debilidad de la espiritualidad tanto lógica como intelectual, o al pensamiento débil, donde no hay amor por la inteligencias y donde no hay ni puede haber negación de uno mismo, sino sólo la afirmación de sí del individualismo o de los intereses egoistas, y la autoindulgencia en la libertad del placer, propuesto como lo mejor que se puede obtener. Triunfo de la parte menos valiosa e inferior del alma, de naturaleza inferior y egoísta, en una palabra, que creyéndose digna de admiración y de alabanza en el fondo desprecia al otro, más que minusvalorandolo, devalorándolo o ninguneándolo directamente, no tomándolo simplemente en cuenta, que es el recurso de la indiferencia. Actitud propia de los falsarios y los bufones que, distorsionando la verdad estéticamente, dominan o golpean el alma del prójimo, sembrando en el otro, en cualquier caso, falsas expectativas e incertidumbres, angustias, fracasos y desesperanzas.    




IV

    Ignorancia de Dios y de la ley, pues, que se presenta como el mayor mal entre los hombres. Desacreditación de la ciencia del Santo, y con ella de la filosofía –que ha sido y seguirá siendo el intento de razonar la religión; de razonar por tanto sobre el misterio de nuestra doble naturaleza, a la vez mortal, por el cuerpo, e inmortal, por la parte mejor y superior de su alma; y la búsqueda de la bienaventuranza, que sería el camino de la salvación y de la virtud; y la crítica del camino del error, del vicio y de la muerte, cuyo compañero es la ignorancia y un falso concepto de la libertad, que lleva a los hombres a la perdición... a la perdición de su naturaleza divina o de lo divino que hay, por su  naturaleza, en su alma (Nous), y que neciamente empuja a los hombres guiados por las potencias inferiores a llevar una vida de crápulas o a embriagarse, a estar embrujados y como dormidos, entregados a sus deseos, olvidados de la idea de Dios y del respeto a sus divinas leyes, que son eternas. El resultado: filosofías irrisorias, cuando no ridículas y lamentables, de quienes haciendo el juego al liberalismo contemporáneo, a su desmesurado afán de aceleración de los movimientos mecánicos del hombre, o sometidos a la tecnocracia y a la lógica de la producción, quisieran reducirlo todo a un inane formalismo lógico, a una tablas de verdad que apenas aseguran la coherencia lógica del discurso conceptual, propio sólo para algunas regiones del saber, extrapolándolo injustificadamente a otras áreas de la cultura, o que reducen el hombre a un ser natural, sensible y puramente mecánico, que es propiamente el positivismo, barriendo con ello de pasada el lugar central que tiene, tanto para la estética como para la moral, la metafísica de la trascendencia. Perdiendo la filosofía así todo lo que tiene de antropológica, de visión crítica del hombre, en el sentido de ser una crítica de de la razón, pura, práctica y estética, no menos que de aquellas potencias que la merman, alienan o enajenan.

   O dicho con total economía: egoísmo e hipocresía que, al ligarse a las potencias progresistas más inhumanas de este mundo, desdeñan el querer bueno, que es el querer que las cosas existan y se desarrollen en su cabal acabamiento. Desprecio y ceguera ante la buena voluntad, pues, que es la característica activa más notable tanto de Dios como del hombre de bien y de provecho que hace sacrificios de justicia. Porque el hombre que hace el bien, crea en lo que crea, es quien realiza la voluntad de Dios, siendo la muestra y prueba fehaciente de su acción en la tierra: Dios en la tierra, identificado entonces no tanto con el hombre en la tierra, sino con su voluntad en la tierra, que propiamente es la parte de divinidad que nos corresponde en este mundo sublunar, y con la que podemos activamente participar, a la vez en el mundo y en la más íntima relación.con el orbe sobrenatural, que es también la parte más alta y noble de nosotros mismos.