lunes, 17 de febrero de 2014

Reflejos Por Alberto Espinosa Orozco

Reflejos
Por Alberto Espinosa Orozco 






I
Reflejo sobre el río:
mira Narciso
su rostro huidizo.


II
Del reflejo encantado
-más del abismo
que de sí mismo.


III
El río en sus cristales
se ha vuelto astillas:
reflejos que arden.


IV
Con un eco lejano
la ninfa Eco
se enamoraba.


V
Mira Eco su imagen
que es un reflejo
sobre el espejo.


VI
Espejo de reflejos
es la mirada
de Eco alada.




VII.- Germán Valles Fernández: La Magia Negra Por Alberto Espinosa Orozco

Germán Valles Fernández: la Fascinación y los Fantasmas
VII.- La Magia Negra
Por Alberto Espinosa Orozco 
7a de 12 Partes



   Acaso lo más trágico de la condición humana es su regreso a las formas inferiores de la mística, que lo impulsan irresistiblemente a perderse en un absoluto de esencia tóxica: en el libertinaje sexual, en la orgía, en el alcohol, en el opio, en la cocaína o en la histeria colectiva. Porque el instinto a entregarse, a perderse, es tan poderoso como el instinto de conservación, de persistir en el propio ser, al instinto de salvación, que es parte del orden natural de las cosas, donde se encuentra el sentido central de la existencia, donde se forja un destino a la espera de un agua de vida que sacie nuestra común sed de redención. Paralelamente a él malamente convive, empero, el instinto de salir de sí, de fugarse a toda costa, donde encontrar ese medio por el cual el rito ayude al sujeto a olvidarse en un absoluto inmanente, que se agota en sí mismo. Nada mejor para ello que el “arte de la decadencia”, que las realidades demetéricas a que conducen las místicas inferiores, que la magia oscura, que la magia negra de los rituales orgiásticos.
   Porque en la orgía se da propiamente es el acto demoniaco de la descomposición de las formas, de la dislocación de las fronteras, el abuso de las comparaciones, las sustituciones y de la auto anulación. Más allá de tratarse de la mera sexualidad violenta y sangrante, lo que hay en juego en la orgía es la violación de las normas y de los principios, el sobrepaso de la propia personalidad, la desmesura fáustica, o el aglomeración de la multitud para dar paso a la anulación de la identidad. El “gesto” del cambio de la identidad, frecuente en la orgía, donde una mujer pertenece a todos, donde abundan los adulterios, donde cada cual toma el lugar de otro para reemplazarlo o torcer su identidad, no resulta así diferenciable de otras herejías, a la vez que consagra esa tendencia social a lo numérico exclusivo, que reduce al individuo a un mínimo común denominador y que por tanto pugna por suprimir la unicidad, la individualidad, la personalidad. Porque el mundo de la magia oscura no es el mundo de los ritmos cósmicos y las correspondencias; sino de las dislocaciones del sentido y el frenesí de los sentidos, en lucha abierta contra lo concreto; hasta llegar al acto demoniaco de la descomposición o de la auto-anulación, de la humillación, el servilismo y sometimiento psico-biológico. Se trata en el fondo de un rito, de una lucha cuerpo a cuerpo contra las normas, donde hay una efectiva trasgresión de la ley, pero que fácilmente degenera a su vez en mera representación monótona, mecánica, de los movimientos corporales y de idénticos tropismos psíquicos, que nada dicen, por lo que resulta mudos o emergidos del coque con el puro accidente, o ya presos en las formas muertas o vacías de la inacción, del desmayo o de la parálisis. En efecto, el argumento de lo orgiástico, que es su secreto, no consiste tanto el las transgresiones o vejaciones sexuales que comete, sino en su cascada de de comparaciones y transfiguraciones, que dan lugar a la maceración de la carne y a los automatismos, fragmentaciones, licuefacciones, vaporizaciones psicológicas y a la dislocación de los objetos, dando lugar en la tentación de la sustitución o de la posesión a la abierta incitación al pecado ya no digamos de la fornicación, sino incluso de la blasfemia y finalmente de la apostasía –donde encuentra su consumación la rebeldía de los ángeles caídos,  a quienes, en efecto, Dios no perdonó.



   Por un lado, lo que la magia hace creer al hombre es que  puede hacer su mundo mientras hace su pensamiento, penando como el idealismo lo hace que todo está dado desde el interior, sugiriendo entonces al hombre que puede, al controlar la circulación de las energías espirituales, domar o controlar el mundo de lo invisible, que puede adquirir una fuerza sobrenatural para hacer o ser cualquier cosa –y cuya expresión degradada  se encuentra bajo la máscara de la autenticidad, presente en el hombre que descubre por experiencia que si bien no puede hacer o deshacer el mundo según su voluntad, puede al menos resignarse con vivir lo más auténticamente posible una parte de ese mundo, siendo llanamente tal cual es. Mundo efectivamente poblado por hombres de ojos ciegos, que no saben a donde van  -porque no creyeron en la luz, ni la entienden, ni los salva (por más que haya venido la luz en carne viva a salvar al mundo de sus tinieblas), porque pertenecen ya al mundo tenebroso poseído por la energía opaca de la demente indiferencia, de la vida plana y sin relieves, donde el tiempo estancado y paralítico irremediablemente se va a pique –por ser el tiempo evasivo de lo que se dice en secreto, de lo que se hace en la sombra, el tiempo mejor olvidable y por tanto indigno de memoria.
    Por el otro, hay que notar que la fuerza negativa de la magia negra, asociada a las sociedades cerradas cohesionadas por el secreto, es terrible, pues llega a amenazar a toda una comunidad. En la esfera de la vida profana la magia sustituye la confesión pública oral, donde se purifican los asuntos de este mundo, llevando a cabo una trasmutación completa de los valores al tratar lo sagrado de una manera profana y dar a lo profano un valor sagrado. Tal cambio de valores equivale a un sacrilegio que afecta también la ontología, perturbando la unidad de la armonía cósmica –pues el universo es solidario del hombre y el desorden de los ritmos cósmicos no puede sino expresarse en la sequías, en las inundaciones, en la escases. El hombre moderno desquicia así también a la naturaleza, al invertir los valores tradicionales (tradición de la ruptura), donde los grandes secretos son religiosos o metafísicos, confiriendo la secrecía a la vida profana, donde los eventos episódicos quedan cuidadosamente ocultados y se vuelve un sacrilegio la confesión de un adulterio. Así, el auge de lo nuevo (la tradición de la ruptura) arroja sobre las verdades tradicionales un manto de desdén, enterrando su cristalina fuente por el simún de la arenas,  porque las viejas verdades se olvidan pronto; mientras tanto crecen los errores y se multiplican por todas partes, adaptándose como los virus a las nuevas circunstancias, reapareciendo siempre bajo nuevas formas, más atractivas, más fascinantes, más modernizadas. Así, bajo el implacable imperio de la moda, de la novedad, del cambio, puede resurgir de vez en vez lo más arcaico, el antiguo camino; pero también resurgen las supersticiones las y las herejías bajo el signo de la novedad. Maldición del hombre moderno, condenado a caer, a resbalar siempre hacia más abajo, para saciar su sed existencial del extravío de las esencias, de experimentar en cabeza propia las nudas existencias, para finalmente perderse del todo bajo las formas de las místicas inferiores.
  Así, el artista que es Valles Fernández nos lleva al interior de los pasajes luzbelicos de las tinieblas, donde se da la aparición y desaparición de los objetos llamados o expresados por otra cosa, donde cruzamos el espantoso río de los cuerpos en que todo se pierde entre las evocaciones, las alegorías y las metáforas en una libertad alucinante que cae al infinito cuando se ofrece a las cosas rebasarse a sí mismos y salir de sus fronteras, corriendo por todos lados en busca de un signo o de un significado que los exprese, pero que al ser meros disfraces de las correspondencias mágicas quedan varados en la oscura libertad de sus imágenes no creativas, sin sorpresa ni originalidad. Paseo dantesco, pues, por los reinos luzbélicos de la desolación, cuyo combate contra Dios no consiste en luchar contra Él abiertamente, sino en esencia en imitar vulgarmente su creación. Son por ello  estigmas que tipifican al luciferismo la sustitución, la imitación y la fachada. También la tentación de emprender contra la religión para inmediatamente hacerse una inferior (místicas inferiores). Perversión, pues, de la sed natural de redención, que lleva al individuo que no cree en la religión ni en las realidades trascendentes, no a librarlo de esa sed, sino a vulgarizarla, para ser entonces presa de las metafísicas inferiores, haciendo entonces que su sacrificio se cifra entonces en el poder que tiene el hombre de aniquilarse como ser separado y afligido, aceptando un absoluto tóxico que lo lleva a la nada, llena de infinito… vacío, para perderse así en la orgía, en la fornicación, en el alcoholismo o en el opio, tomados como tristes sustitutos del orden magnífico, donde se vuelven vulgarmente incapaces de distinguir la experiencia del non esse, de la fuerza del vacío absoluto, del ese, de la realidad absoluta.



   Se trata así de dos tentaciones luzbélicas, diabólicas, paralelas: por un lado la tendencia de la sensualidad, de la acidia, de la negación de la vida hacia atrás, que en el desmayo niega la vida al sumirse en ella, cayendo en las aguas estancadas de lo indeterminado (apeiron), destejiendo de tal modo el tejido de la creación. Tendencia regresiva de la degradación materialista, degeneradora, disgregadora, que hay en todo lo vivo, en todo lo organizado, de volver al estado en bruto, en reposo, de la materia muerta, para caer en el caldo de las aguas que fluyen hacia debajo de la descomposición –escapando de la vida, de la norma, de la ley, de la luz, para sumirse en el fango vital, para hundirse en el devenir, en una retrogradación que, al dejar vacante al logos a favor de la existencia, participa de los niveles ínfimos de la creación  -yéndose finalmente a fondo, a pique, para morir. Por el otro, la tendencia complementaria de negar la vida hacia adelante, de borrar totalmente la creación al salir totalmente de la vida, escapando fantásticamente, soberbiamente de ella, por medio de la fantasía, de la ficción, del auto-endiosamiento de la soberbia, que es propiamente el pecado imaginario del espíritu desencarnado. Fuerzas oscuras que corroen el cuerpo vivo de la humanidad; que bajo la bandera colorida del fervor de los sentidos o de las abstracciones del espíritu se olvida de lo inmediato de lo próximo, de lo concreto. 
   El pintor nos presenta así una serie orgánica de imágenes del reino de Pandemonium, dominado por la figura femenina de la Afrodita Terrestre o Pandemica, del eros femenino concupiscente -que causó la caída del hombre. Reino de Pandora también, que teniendo todos los dones y siendo la creadora, al abrir imprudentemente su cofre dejó escapar el vicio, la enfermedad y la vejes para atormentar de tal modo a los mortales y hacerlos desgraciados. Porque al contrario de la gracia que viene de arriba, que es como por añadidura, que desciende, que es un lugar donde se entra o donde se está, cada quien se busca su propia desgracia, pues se es desgraciado –es decir, arrojado al mundo de la imperfección, de lo sujeto a corrupción, de la profano, sin lugar sagrado en que refugiarse, siendo por ello víctimas del vicio, de la enfermedad, de la pérdida de energía, que literalmente nos poseen.  Retrato pues del sufrimiento del alma inferior, del alma egoísta, inferior, tensa y opaca del hedonismo -que por buscar ante todo la propia satisfacción desequilibra la naturaleza humana en la hybris fáustica, que es la desmesura, siendo a la postre conducida también al reino de lo grotesco, de la iniquidad o de la impiedad (“Las Tres Gracias”).
   Porque placer y dolor están unidos por la raíz como una muela, pues son como dos hermanos gemelos, siendo que entre más aumenta el placer de los sentidos más es la insaciabilidad, la sed de gozo, el tormento de no alcanzar nunca la satisfacción entrevista, y por tanto mayor también el dolor psíquico a padecer. Así, los placeres perjudiciales de las adicciones, de los excesos del vientre se revelan en el fondo como una  la lucha contra las normas, donde sobreviene la confusión del paso del esse al non esse o del ser a la nada. –en un salto mortal donde en el lugar de la eternidad se abre más bien el abismo.  
   El espíritu sereno, pero exigente y nada conformista de Valles Fernández explora de tal forma las zonas oscuras de la existencia, ilustrándola por  la mística de las tinieblas, en toda la gama de sus fenómenos más radicales, de humillación, de posesión y de inconsciencia, para encontrar si no las normas que lo rigen, al menos si los ritmos de la vida subterránea y de la noche prenatal. Realidad puesta de espaldas, es verdad, puesta patas para arriba, que efectivamente da idea de un mundo de cabeza, al que corresponde prácticamente una efectiva inversión de los valores, donde la oscuridad no se presenta sólo como una mera ausencia de luz, sino como una entidad, emparentada con la Madre Noche custodiada por demonios, que igual es el seductor que el veneno de Dios. Confrontación, pues, con esos niveles de la condición humana, cuyo valor estriba en descubrir lo que para el hombre significan esas nuevas zonas demetéricas de la existencia humana de aparente confusión, que más allá del caos o de la neurosis, preparan desde fondo el limo, el humus de la regeneración y de un nuevo nacimiento.







domingo, 16 de febrero de 2014

VI.- Germán Valles Fernández: La Orgía: la Realidad Demetérica Por Alberto Espinosa Orozco


Germán Valles Fernández: la Fascinación y los Fantasmas
VI.- La Orgía: la Realidad Demetérica
Por Alberto Espinosa Orozco  
6a de 12 Partes




   La vitalidad y la energía decaen y degeneran junto con el universo (principio de entropía). Las cosas envejecen, los valores se olvidan, las tradiciones se pierden, la verdad deja de cultivarse y por lo tanto se oculta. En el mundo del cuerpo hay también una continua pérdida de espíritu y de conciencia, expresada en la conformidad con la vida, en la compulsión de la rutina, en buscar o perseguir objetos, en no mirar nunca hacia atrás, en no reflexionar ni observar nunca la mente. Sin embargo, cuando a las personas echadas a andar para adelante se les acaba la energía positiva y desaparece del todo, entran entonces en el mundo inferior,  embarcándose en los bajos caminos donde reina la sensación sin pensamiento que deseca al cuerpo, pues cuando el espíritu se ha agotado completamente el cuerpo no es más que un árbol desnudo o que cenizas muertas.
   El tema de Germán Valles Fernández es así el de la ficción, el de la irrealidad del mal. Porque el tema de lo fantástico en su registro expresionista, crítico, no es otro que el de los caminos del extravío -donde se han roto con desdén los lazos con la energía original, que da vida a los valores espirituales y a la moral.  Su experiencia estética es por ello frecuentemente la de lo circense o… la de lo siniestro donde emergen los decorados artificiosos y grotescos, la de los suburbios surrealistas y la de los laberintos de la conciencia, poblado por callejones sin salida o por círculos que se van cerrando, donde las formas se infectan de ambigüedad, al trastocar sus propios límites, vaciándose así progresivamente de contenido, para acabar siendo no más que la resistencia pura y no diferenciada de la materia en bruto derrumbada, erosionada y corroída por la corrupción. La irrealidad de lo caótico se presente entonces como indistinguible de la mera ilusión, en un juego de sombras que resiste a la iluminación, al no poder participar de lo dador de significación (que es lo creativo), ni mucho menos de la plenitud del sentido (que es el Misterio).



   Sí algunas de las obras de Germán Valles son fuertemente expresivas de la decadencia moral y aun física de los cuerpos, es cierto que algunas de ellas se subsumen también bajo la categoría estética de lo grotesco –por explorar las bóvedas más profundas y subterráneas del inconsciente, revelando de tal modo aquello que se encuentra oculto bajo la personalidad corriente en términos de afeites voluptuosos, de adornos caprichosos, pero también del gesto tosco o meramente imitativo, de la mueca, done las flores del mal conviven alegremente con el facundo que ostenta como un clavel  el gargajo embadurnado en la solapa -terminado sus sujetos por ser extravagantes y por tanto ridículos. Mundo inmediatamente a los pesados telones pórfidos y melíficos donde pulula lo grotesco e incluso lo invertido y donde el casos agresivo invita inevitablemente a la parodia de la objetividad, caracterizada por ser una imitación burlona de la realidad carente en absoluto de libertad. Reaparece así el motivo generacional recurrente de las personalidades indefinidas o inestables, cuyas figuras ejemplares son el payaso y el arlequín de la comedia del arte,  resueltos en términos del carnaval de los sentidos. Orbe en el cual los personajes pululan sin ideas, sin principios ni carácter, llevando la cara pintada o embadurnada de afeites femeninos, a la manera de una chirriante mascarada (James Ensor). Sus cuadros son entonces espejos de situaciones conflictivas irresueltas, que por lo tanto vuelven imposible la personificación del individuo ligado a la confusión de los deseos, quien tiende se cansa de tender pesados puentes en el aire que no salvan obstáculo alguno, al no saber distinguir lo que es mero proyecto de lo propiamente posible, sin tampoco poder poner en foco sus apetitos egoístas, los que lo van arrastrando a una misma miseria común. Rostros en cierto sentido enmascarados, sujetos a la presión y aún a la posesión por otras fuerzas, que en gesticulaciones de alegría pasan, como sin notarlo, de la comedia al corazón insípido del drama.



   Llaman la atención, tanto por la conformidad entre la visión y la realización material, como por la perfección de su expresión emocional, los cuadros “Las Vírgenes”, “Carne de Cañón”, “Magdalena”  e “Inspiración”,  pero sobre todo el extraordinario lienzo de intención mural titulado “Las Bellas Artes”, donde se resume y condensa toda una idea de los extremos en que puede caer la desorganización social: imagen prístina, pues, de la decadencia moral que, por más que se quisiera eleve a forma de vida, no constituye de hecho sino la misma prueba existencial que corona grotescamente al inmanentismo moderno, roído desde dentro por un oscuro y ofensivo paganismo (secularización desviada). Así, puede decirse que el tema del artista es el de la fascinación del mal: el de su hechizo no menos que el de su monotonía y parálisis.
   Aparecen así, por un lado, la particularidad y el subjetivismo extremo del mal, su falta de universalidad, su capricho; por el otro, el ritmo que le imprime a la escena su anomia moral, su patética lucha contra las normas eternas, contra la ley que nos hace hombres, en un inútil y estéril esfuerzo por hacer que nos pertenezca aquello por lo cual pertenecernos. Así, la gruta del desencanto se abre como un espacio que en conjunto se cierra, envolventemente, al participar del mundo de las sombras,  llamando a una serie de lugares comunes asociados, imantándolos, atrayéndolos, pues lo semejante imanta a lo que es a su  lo semejanza. Estancias donde la media luz comulga malamente con la bajeza. Escenarios de gruta donde los pesados cortinajes pórfidos y meláfidos crean una atmósfera insalubre y densa: Jardín de Epicuro situado en medio del valle de las tinieblas convertido en la casa del llanto donde se albergan las aberraciones del comportamiento social para exaltar la realidad del cuerpo. Porque el cuerpo, si bien se mira, es el órgano de socialización por excelencia, es la instancia que nos relaciona inmediatamente con los otros, sacándonos de nuestro encierro solipsista, de nuestra ipseidad monadológica, para comunicarnos, e incluso para fundir el cuerpo a otro(s), por medio de la identificación psicológica, bajo el clima propicio de las altas temperaturas provocadas por la fruición y por la frotación de la carne –hiperestecia encendida a su vez por  la influencia del alcohol o los enervantes.



   Abandono del espíritu a favor de las pulsiones imperantes de los instintos que desemboca en la sensualidad réproba de la libertad descendente: en la degeneración y decadencia que inmediatamente es imantada por la negatividad de la nada muerta o por el vacío de lo indefinido (“Atrapados”, “Carne de Cañón”).  Porque de lo que trata el artista Valles Fernández es entonces del alma sórdida, baja, emergida de las tinieblas de la noche, carcomida por las metáforas delirantes y la concatenación de similitudes; es el alma enviciada, brutalizada, en donde cada uno ha caído en la trampa de hacer de su vientre una trampa, hasta terminar por tocar ese extraño extremo de lo humano que es la enajenación en la mera existencia, donde el hombre degenera en ser de naturaleza dada, que es el “ser arrojado ahí”, que es el ser para la muerte (Dasein).  



   Visión de lo que en la orgía hay de baile siniestro, pues, tras cuyos grotescos cortinajes se oculta la amenaza de la trasformación de los símbolos y sus sentimientos asociados en meras sensaciones cada vez más primitas, más primarias y táctiles, hasta quedar reducidas  a meros síntomas de la corporalidad, fijados en los fluidos y las sensaciones y secreciones internas, que pasan por las partes más blandas y dolorosas del cuerpo, y que al pasar por las entrañas alcanzan el ambiguo estatuto de “sentimientos entrañables”, que no son otra cosa que los laboratorios del deseo mezclándose con el inconsciente. La orgía se revela entonces como el otro costado de la libertad moderna, puramente contractual, como ese derecho de paso que ha dado como producto una serie de hombres frustrados: de autómatas, de facundos e irresponsables. Costado otro, pues, que termina por apresar a los hombres en el reino de las formas y el deseo, hasta hacerlos  caer en el mundo del conformismo o de las sombras, estableciéndose en la nada muerta, en el vacío de lo indefinido o en la indiferencia, donde se apagan los sentimientos, perdiéndose en ilusiones mentales o psicológicas, en los caprichos de los deseos o en las zonas oscuras del inconsciente, en una clara involución que marcha contra el mundo de la energía creativa y de la conciencia.



  Porque en los rituales orgiásticos, la sensualidad violenta lucha contra las leyes y las normas, dándose al abismamiento para  aniquilar en la multitud el sobrepeso, la gravedad espiritual y también la carga de lo personal. Porque la orgía, por más que sea considerada como “biológicamente” necesaria para la vida colectiva, por más que aparezca siempre aparecen entre los periodos del trabajo ciego, de esfuerzo continuo e ininterrumpido, como una cadencia que dirige al hombre en la vida colectiva. Lo que en realidad pide al hombre es devolverlo  al estado larvario, que entonces lo solidariza a los niveles más bajos de la creación. La orgía representa así un estado patológico que daña el tejido social, ya muerto y sin vida, simbolizado ya por esa aglomeración desdeñosa y a la vez devorada por las pulsiones que son las larvas, ya cayendo por el curso de las agua descendentes, que se deslizan hacia los lagos del infierno, no participando propiamente del contenido de la vida al no reconocer ya ni forma ni memoria. En efecto, la humillación, la anulación de la identidad, el asumir otra personalidad para fingir ser algún otro u otra cosa en el delirio analógico, no puede sino crear el rio revuelto, espantoso, de las evocaciones y las sustituciones. Libertad alarmante que al intentar salir de si, de las fronteras propias, que al desbocarse para fugarse,  queda finalmente encallada a otros cuerpos, que son llevados por el espantoso rio del tiempo para disolver moralmente al individuo –con todo lo que ello conlleva también de acto de disolución social. Escapada fantástica, pues, que, empero, con sacar al hombre fuera de sí mismo termina en su correlato: el la adaptación del individuo a la mecánica social, confinado en su interioridad culpable y a la vez en actitud de conformismo con la vida, atrapado así en la densidad de las presencias que se apegan, viviendo pues entre sombras y las proyecciones de un mundo de fantasmas.
  El esfuerzo de Valles Fernández así no es otro que el de la parada en sitio, la de detenerse delante del no-ser y, al mismo tiempo, respetar las normas, los límites, las formas –como un acto de escucha, como un acto de dominio sobre sí mismo para mantenerse así en el porvenir, en la atmósfera cargada de sentido que nos da a la vez un horizonte, pudiendo por tanto cruzar sin merma de la luz el valle pesaroso del río de los cuerpos. El signo de la escucha se presenta entonces como aquello que distingue la comprensión, que diferencia al ser del no ser, que también es potente para identificarnos con nosotros mismos, sin ser succionados o arrebatado por el río, vital y colectivo, del devenir. Pues todo acto de escucha es también un acto de dominio sobre sí, y de “parada sobre el sitio” del río de lo subpersonal y amorfo. Que impone límites y distinciones entre las coas. Detenerse, pues, para en ver en los signos las formas de la personalidad antropológica, para a la vez que se miran sus límites poder respetarlas y normalizarlas, salvándose así de la triste libertad orgiástica y delirante de la obsesión, de la posesión o de la oscura inspiración de los automatismos que, como en los pueblos orientales, no puede distinguir el ser del no-ser, o el ser de la nada.   



   La orgía, el impulso vital a perderse, así como la realidad de la vida psico-mental evasiva y amorfa, son limitadas por el signo, por la forma pura, por la norma que establece el artista por medio de la luz potente, para logar la expresión de los límites perfectos -señalando a la vez, en su otro polo, lo que constituye la peor de las confusiones de la heterodoxia moderna: la confusión entre la vida y el impulso vital.  Porque función creativa de la vida se cifra en las normas, en los ciclos, en los ritmos cósmicos, y por tanto en la vuelta de los tiempos --mientras que el impulso vital se refiere sólo a la duración psico-metal, cuyo porvenir biológico no puede ser sino oscuro, por vacío de todo contenido metafísico.
   Al entrar en los abismos subterráneos del ser humano el artista se postula, pues, como un guía para atravesar con la mirada esa ceguera, para cruzar los niveles confusos de la existencia, del caos, de lo demoniaco y de la neurosis, donde en su extremo los cuerpos aparecen ahítos de placer y semen, en el espectáculo de la carne femenina desnuda, ya flácida por el agotamiento, por la fatiga de un gozo que ya no se desea sino  para desear un nuevo placer  que ya no goza y se da la parálisis de los sentimientos y del cuerpo mismo,. Porque la fascinación por lo prohibido y frenesí de los sentidos no pueden sino concluir en la enajenación de la voluntad, en la esclavitud de la voluptuosidad o en el pandemónium del colectivismo orgiástico determinado por los impulsos egoístas del inconsciente o por la incontinencia de la concupiscencia. La estrategia del pintor es entonces la de atravesar esa opacidad con las herramientas de la luz; utilizando colores puros, luminosos, deteniéndose cuidadosamente para hacer una parada en sitio: para distinguir las formas y los límites. Porque la pintura de Valles Fernández es a la vez una máquina del tiempo que hace girar luz y simultáneamente la detiene -primero tomando distancia al interponerla ante el espectador como un escudo y utilizando el color en sus pinceles como una espada para atravesar las esferas de la noche mediante la recuperación de las formas y las normas, siempre en lucha con las impulsos más tensos y los más amenazantes poderes turbulentos de las sombras.









sábado, 15 de febrero de 2014

Remisión Por Alberto Espinosa Orozco

Remisión
Por Alberto Espinosa Orozco 

Veme con la escucha,
porque al mirar no quiero
que tus ojos se distraigan
en quimeras -que no sea
la imagen de mi lo que tu veas
sino el sonoro sentido del sentir
por el que voy huyendo del espanto
de morir al fin sin que me veas.



El Agua de Memoria Viva Por Alberto Espinosa Orozco

El Agua de Memoria Viva 
Por Alberto Espinosa Orozco
A Don Guillermo Tovar de Teresa



Sobre un lívido altar de desmemoria
se levanta entre las llamas de la gloria
un nombre de entusiasmo constelado
que reconstruye la memoria minuciosa
de áureos palacios resguardados por espadas
-en cuyo centro está surgiendo eternamente
el borbotón alado en el ombligo de la fuente;
descansa ya su cuerpo, no así su mente,
siempre fluyente en su mercurio vivo,
 coronada por la estrella del diamante.



viernes, 14 de febrero de 2014

V.- Germán Valles Fernández: El Alma Inferior: el Tedio Por Alberto Espinosa Orozco



                      Germán Valles Fernández: la Fascinación y los Fantasmas
V.- El Alma Inferior: el Tedio
Por Alberto Espinosa Orozco 
5a de 12 Partes




   De tal manera la exploración del artista va calando cada vez más hondo, como si recorriera los círculos concéntricos de la Comedia dantesca o penetrase la gruta desimantada de los símbolos fatales, cuyo grotesco y tosco escenario estuviese cargado con los densos cortinajes, pórfidos y meláfidos, de la noche y el incendio.
   Registro de la sintomatología corporal de una era, la nuestra, la pintura de Germán Valles es también, por tanto, el retrato de su decadencia y de su barbarie moral. Así, el artista nos va guiando por los parajes sombríos de una triste libertad, orgiástica, delirante, posesa, donde llega a reinar incluso la aglomeración y la confusión de las formas, destacándose entonces  por todas partes las presiones de abajo: del submundo, de lo inmundo -que se filtran al través del subconsciente colectivo hasta llegar a abrir las puertas de cuerno del sueño y de ese antro de fieras que es el inconsciente.
   Lo que el artista entonces nos pone directamente ante los ojos es el espectáculo del dominio del alma inferior en el hombre sobre el alma superior y el espíritu. Porque en la compleja naturaleza humana hay un alma inferior (yin), asociada a la tierra, a la receptividad del elemento vital que anima la carne, pero también a lo frío y a lo oscuro o sombrío, que hay que transformar y purificar, para así restaurar la energía del alma superior que, al afinarse, conduce a las claras costas del espíritu.
   El alma inferior, ligada al río de la consciencia ya a su desarrollo, corresponde también al vagabundeo interior, donde se hunde la conciencia para producir toda desatención y toda negligencia. Cuando el alma inferior se encuentra encima del alma inferior el cuerpo, en efecto, se adormece, el espíritu se vuelve turbio y nublado, sobreviniendo la negligencia, en la que es fácil caer luego de realizar muchas tareas, todo lo cual se expresa en el bostezo bobo que va invocado al caos (las fauces devoradoras).
   La energía entonces se dispersa, la mente se encuentra inestable y la respiración se vuelve tosca –invitando entonces al erotismo, a la identificación psicológica de los cuerpos que se funden a altas temperaturas. El cuerpo, elemento de comunicación, de socialización por excelencia, no revela entonces sin embargo sino una mente nublada, que tiende a adormecerse, manifestando la energía dispersa en un espíritu que vaga con alguna dirección, o que se aferra a una presencia que se apega (vivir con fantasmas). Cuando el alma inferior ha tomado todo el control se da un olvido donde toda subsiste una tenue llama que se apaga débilmente (negligencia consciente), llegando a ser un olvido real, un no querer mirar hacia atrás (negligencia inconsciente). En tal estado el espíritu es confuso, sombrío, pues se trata de una oscuridad sin forma donde propiamente no existe el sentimiento. Cuando la conciencia está atada al alma inferior la conciencia divaga, entrando el sujeto en estados de embotamiento o depresión. Cuando el cuerpo está gobernado por el alma inferior se revela en un temperamento afectado por la sensualidad, por lo que padece grandes sufrimientos y da lugar a la escoria de lo oscuro –porque entonces el cuerpo está siendo gobernado por al sensualidad y la oscuridad puras y el alma cae en los elementos del cuerpo –perdiéndose por tanto en los escollos de los riscos, límite donde los árboles desnudos hacen su nido.
   Cuando se tienen demasiadas cosas en la mente, cuando se toma la vida demasiado en serio y no se es dueño de sí, cuando la mente anda vagando, con demasiados cabos suelos y se establece en la indiferencia o en la nada (estado de vacío mental), se corre el peligro de caer en el mundo de las sombras, dominado por los elementos del cuerpo o de la mente, de caer en las ilusiones mentales o psicológicas y, finalmente, en la inercia del cuerpo y de sus hábitos, que carecen de energía creativa y de evolución, lo cual se revela en un estado interno frío, de congelación y despojamiento, que hacen del sujeto o un zopenco (un ídolo e barro) o un caradura –hombres que se han perdido en los vericuetos del mundo, arrebatados por el viento de las formas o congelados por el deseo desolado, posesivo, de las cosas.
   El alma inferior, en efecto, tiene un obsesivo apego al cuerpo y a las cosas, al grado de mezclarse con los objetos de la percepción, de identificarse con las pasiones y con el deseo de posesión. Alma pegajosa, apegada a la existencia física y a los objetos materiales, cuyo reino interior se ve alienado por la confusión y por la mente ordinaria que se dirige hacia la muerte, adhiriéndose con facilidad al imperio de las fuerzas femeninas, pues, sometidas a la debilidad del desmayo y a la posesión. Así, las aguas del alma inferior marchan hacia abajo, pues al ser su energía tensa y opaca (yin) concentra toda la sensualidad que afecta al temperamento, estando afectadas por tanto por lo lunático, lo opaco, lo misterioso y lo oscuro, por la densidad de las tinieblas y la opacidad del reino de las sombras. El alma inferior padece por ello durante la vida grandes sufrimientos –y tras la muerte se alimenta de sangre, que es la oscuridad que retorna a la oscuridad, pues lo semejante atrae a lo semejante.



   Cuando los ojos se han quedado ciegos, sin luz, sin energía creativa, surge también un hoyo en la consciencia,  que es llenado inmediatamente por una malignidad. Se trata entonces de la ceguera del espíritu, que reduce la inspiración a delirio, a obsesión, a manía o a posesión –indicadores de que el sujeto ha entrado a la realidad sorda, cerrada, despeñada entre las quebradas de lo amorfo y subpersonal. También en la participación de una bizarra fe en el devenir oscuro y vacío de contenido metafísico -que inmediatamente atrae los niveles del ser que propiamente no participan de la vida, que desconocen la memoria estando por tanto desprovistos también de forma.
   Así, los retratos de Valles Fernández van pasando revista a una serie de figuras emblemáticas afectadas por el alma inferior, expresando sus formas en términos que bien pueden calificarse de éticos, potenciando con ello sobremanera las cualidades estéticas de su realización, al poner en el centro y en relieve el contorno de sus de vidas, tan sombrías como insignificantes, devanadas en el inútil desgaste, en el sordo combate en contra el triunfo de las formas, de las normas, pero también de lo que es a la vez simple y puro: de lo angélico. Los cuerpos serpentiformes dominados por el alma inferior y  vegetativa, donde se revela la enajenación entrañada en la pérdida de la identidad individual y, lo que es más grave, de la pertenencia, la angustia de no poder pertenecer, propiamente, ni a nada ni a nadie. Onanismo sentimental donde los cuerpos vencidos por la fatiga se hunden en el mundo de lo oscuro al tener los ojos inyectados por la sombra de la pesada ligereza, de la pesarosa alegría, invadidos por las fuerzas inversas adversas a la vida.
   Las potentes imágenes del artista van así dando minuciosamente cuenta de cómo lo amorfo, en complicidad con el devenir evasivo, avanza hasta dominar el impuso vital-biológico, en una clara tendencia a los automatismos psico-mentales que lindan con lo meramente subpersonal -compensando simultáneamente las debilidades de la carne que rebajan el tono vital por medio del gregarismo, la regresión a formas larvarias de la vida donde descargarse de la responsabilidad individual, o por medio de las kratofaías (sadismo) -indicios todos ellos de que el alma inferior ha asumido todo el control.




jueves, 13 de febrero de 2014

IV.- Germán Valles Fernández: El Sueño: el Viaje Inmóvil Por Alberto Espinosa Orozco

Germán Valles Fernández: la Fascinación y los Fantasmas
IV.- El Sueño: el Viaje Inmóvil
Por Alberto Espinosa  Orozco 
4a de 12 Partes




    Las presiones, opresiones, tensiones, atenazamientos y sujeciones en las que está como preso el hombre contemporáneo dan lugar a una peculiar fuga de lo real, de lo concreto, cuyos procesos son parangonables con los de la involución. El más notable de ellos es el de la depresión, en la que el hombre pareciera querer buscar refugio en su propia interioridad, en su propia corporeidad o en el sueño.
   A la sintomatología de ansiedad y angustia del hombre contemporáneo hay que sumar así la fuga de la realidad consistente en la hibernación, en buscar un refugio en estados y posiciones prenatales para así recuperar las energías perdidas o para defendernos de las hostilidades del mundo. Sin embargo, la depresión puede también tener otro sentido: evidenciar el conflicto que se da en medio de lo social entre las culturas geométricas y las culturas históricas, entre la cultura de la gente dormida y la cultura de la gente despierta.
   Hay hombres, efectivamente, que se conducen despiertos como si anduvieran dormidos –a esa rama pertenecen los adesos, los mistagogos y los hierofantes, también hay que añadir a los hombres de la cultura histórica, pues cada uno de ellos mira hacia adentro, cada quien a su particular mundo personal, siendo su personalidad frecuentemente introvertida. Así, lo único universal de las culturas históricas pareciera ser su generalizado egoísmo, cuyo sistema de intereses vuelve a sus sociedades tan cerradas, evasivas e imperturbables como variables. El primer rasgo de las culturas históricas es precisamente su polivalencia, su pluralidad indiferenciada donde los grupos crecen por dominados por una fuerte vida orgánica y que juzgan la realidad de acuerdo a criterios oníricos (surrealismo). 
   El símbolo de las culturas históricas es, efectivamente, el sueño, ese hermano de la muerte. Porque tanto el sueño como las culturas de la gente adormecida tienen una nota análoga común: la de su aislamiento –también el estar dominadas por su fuerte vida orgánica, únicamente suya y auténtica. Coinciden así en sus ritmos con los grandes procesos orgánicos, de la digestión, de la nutrición; y de transformación, como es la fermentación. En ambos casos se trata de un retorno a la unidad orgánica primordial, siendo su carácter negativo el intento de volver a une estado embrionario, prenatal y paradisiaco de creación sin conciencia, donde el drama, la libertad y el pecado prácticamente no existen (surrealismo). Así, si por lado el sueño es símbolo del más perfecto recogimiento sobre uno mismo y de estabilidad espiritual, su función es más el de prepararnos para la creación y el trabajo, al restituir las fuerzas perdidas, como un momento de tregua, sentido que puede adoptar el mal del sueño, la depresión, donde se anula el viaje y la aventura. Empero, la cultura occidental no ha dejado ver en las culturas históricas su participación en el error, en la pereza, en la privación, así como su pertenencia al mundo de las modas, de los truismos, de las convenciones inanes o de las locuras cultivadas: gente que anda en vida como si estuviera muerta. Porque si el sueño es un refugio equiparable a los procesos de nutrición, o al entremeterse en un nido para recobrar la energía perdida, es también un símbolo del letargo de la conciencia y de la mente nublada donde rige la energía opaca de los cuerpos varados y encallados en la isla de subjetividad.  Junto a ellas se desarrollan también las culturas geométricas, de la gente extrovertida que participa de una misma realidad, que se ilumina con la misma luz y obedece a la misma ley.  Cultura de la gente despierta, que tiene un solo mundo que le es común y que es además universal –pues el plomo en el país del agua tiene siempre un mismo sabor.


  
   De tal manera, el acto de acurrucarse en la posición fetal puede no ser sino la primera etapa de la vía para estabilizar el espíritu y unir todo lo primigenio a partir de la apertura original –hibernando en la guarida de la energía en una búsqueda de la profundidad tranquila mientras todas las cosas retornan a la raíz. En efecto, las dos primeras vías para la ascesis espiritual son la hibernación y la nutrición. Su imagen responde entonces al lapso, al intervalo de tiempo y periodo de la vida el que el iniciado deja que el mundo regrese a la organización original, produciendo el silencio mental del total recogimiento en si mismo –preparándose así para la acción esencial no determinada por los deseos condicionados. De tal manera el espíritu en reposo original puede vagar y a la vez absorber las virtudes de la energía receptiva del cuerpo (yin) y así, al purificar la mente y bañar los pensamientos, alimentar el fuego interior para llevar la vitalidad al alma superior (yang) hasta poder detenerse en el bien esencial que rescata al hombre de la muerte y preserva la vida (espíritu). Se trata entonces del despertar espiritual de la mente, de la formación del embrión espiritual que se prepara para eclosionar del huevo en que lo mantiene cautivo lo receptivo y prepararse para alimentar el cuerpo espiritual.    
   La tarea del artista Valles Fernández, ha sido en mucho la de refinar su visón en el crisol de la aflicción, debatiéndose en el valle de la luz y de las sombras al regirse por el método de inversión -pues el que está en la oscuridad puede verlo todo cuando entra a la luz, mientras quien está en la luz nada puede ver cuando entra en la oscuridad. Es por ello que, conociendo la “o” por lo redondo, su aventura de exploración equivale a un viaje iniciático, pues ha sabido  situarse en un punto equidistante de ambas fronteras polares para recuperar las normas, los cánones, los principios y simultáneamente valorar la existencia con un nuevo sentido. La posición no conformista del artista lo ha llevado así a moverse por una cuerda tensa, teniendo que atravesar los abismos de los niveles oscuros de la condición humana, las zonas brumosas de la conciencia, tratando de encontrar en las realidades demetéricas lo que tienen de ritmo y de función creadora para la existencia –yendo más allá del problema de la originalidad y aun de la de la personalidad. Porque hay que cruzar sobre los abismos subterráneos de la condición humana para poder así restaurar las normas y los principios, más que estéticos, morales de nuestra vida, para poder participar así de una misma ley, de un mismo ideal, de un mismo fin, y por tanto de una misma forma de vida.

  Esfuerzo, pues, por salir  del confinamiento, de la prisión de las presiones, los que no pueden sino llevar al desarrollo de las culturas de los hombres dormidos, caracterizadas por su perpetuo estado de reposo, donde hay mucho de dolor y otro tanto de angustia, de congelamiento y de rigidez, siendo por tanto proclives a la sobreabundcia de reglas, por el miedo a perder el control. Otras de sus manifestaciones son el refugio en la masa indiferenciada o el anhelo de una vida más vida, cuya intensidad sensualista concluye en el desgaste de las formas, en el vencimiento y fatiga de las fuerzas, en la decadencia moral que se expresa en términos de desgracia, desesperación y degeneración –concluyendo en el nihilismo activo, en el rechazo del deseo de pervivir, de insistir indeterminadamente en el propio ser, o en la claudicación del espíritu, que tras la fachada de una vida sin ataduras se queda también sin horizonte, sin esperanza de más allá y sin esencia salvadora.